#35 Parménides de César Aira

ParménidesEs curioso como los escritores están fascinados por la escritura. Mejor dicho, asumo que los fontaneros están profundamente fascinados por la fontanería, pero digamos que tienen menos oportunidades de manifestarlo al mundo. Los escritores, sin embargo, escriben, y hay pocos temas que les gusten más que el propio proceso de escribir. De ahí la gran cantidad de novelas sobre escritores, escrituras y libros.

Parménides entra dentro de ese grupo. Trata de un rico comerciante de una colonia griega, llamado Parménides -el comerciante, no la colonia-, que contrata a un escritor desconocido para que le ayude a escribir un libro. Un libro sobre el mundo y la naturaleza. Por desgracia, Parménides no tiene ni la más remota idea sobre lo que quiere contar y sólo sabe hablar en vaguedades. El escritor, Perinola, pasa así diez años de cómoda existencia cobrando por escribir un libro y, por supuesto, sin escribir ni una sola línea; ni suya ni de Parménides. Bueno, sí, dos veces. En dos arrebatos literarios, el escritor escribe de un tirón dos partes del libro. Una vez la principio de los diez años y otra justo al final. Los dos textos en cuestión son dos tonterías totales, una mezcolanza de lugares comunes, obviedades y claras contradicciones, cuya ilación viene dictada única y exclusivamente por las necesidades del metro poético.

Hay poco más en Parménides. Quizá algún comentario sobre la relación entre ricos y pobres -no tan simple como parece. Pero por lo demás, ni siquiera se esfuerza por fingir que transcurre en la época en la que está situada. Podría se Madrid en el siglo XXI o Madrás en el XVIII. Es, en ese aspecto, terriblemente insustancial. Pero esa insustancialidad es deseada y buscada por el autor. Esa insustancialidad es el punto fundamental de la obra. En el fondo viene a decir que la insustancialidad es el origen fatal y destino glorioso de toda literatura, que no hay obra literaria que no esté impulsada por el deseo vago de escribir algo -lo que sea- y que no venga dictada por las reglas del metro o la composición. Las ideas no son más que artefactos, sin mayor correlato con la realidad. Su única función en el texto es permitir la aparición de otras ideas preservando la lógica narrativa, que rara vez se corresponde con la lógica del mundo.

Parménides, al menos, sabe lo que quiere: su libro (y hablar de él). Perinola, gira y gira como una peonza, cómodamente, aspirando a un vago destino literario sin hacer nada. Poco sabe que la lógica de la narración de César Aira le tiene reservado un destino más irónico. Parménides es uno de esos libros escépticos de sí mismos.

[50 libros] 2006

Categoría: Silva

Pedro Jorge Romero

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  • jcantero 18 noviembre, 2006, 5:44 am

    «De ahí la gran cantidad de novelas sobre escritores, escrituras y libros.» Los bloggers hablan de blogs, y los escritores, de escribir. Es el efecto meta.

  • Pedro 18 noviembre, 2006, 6:49 am

    Efecto meta, qué bueno.

  • jcantero 18 noviembre, 2006, 2:25 pm

    Ahora queda la duda de cómo llamar a los que hablan del efecto meta. ¿El efecto metameta?

  • Guillermo 18 noviembre, 2006, 8:43 pm

    Creo que hilar es con «hache», de hilo. Se te ha olvidado/has descuidado/no has pulsado correctamente la tecla que debías.

    Ahora, muere.

  • Pedro 19 noviembre, 2006, 1:11 am

    Hilar es con hache, efectivamente. Ilación, no.