En «El río de la conciencia», Oliver Sacks nos ofrece diez ensayos sobre ciencia, mente y memoria. Toda una demostración de maestría reflexiva y explicativa.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. El neurólogo y gran divulgador Oliver Sacks ofrece una recopilación de ensayos que demuestran su capacidad, erudición y elegancia explicativa. Es «El río de la conciencia».

Lo publica Editorial Anagrama con traducción de Damià Alou.

A nadar.

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Este es un libro bonito y elegante, escrito por un maestro del ensayo, que sabe empezar con un tema, pasar a otro, crear conexiones y llegar a su conclusión, creando una exquisita espiral virtuosa.

No es de extrañar. Oliver Sacks no solo fue un científico en activo, sino también uno de esos grandes divulgadores capaces de combinar conocimientos de distintas disciplinas para iluminar los diferentes recovecos de la experiencia humana.

Libros como «Despertares», «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero» o «Alucinaciones» demostraron sus enormes habilidades como autor.

«El río de la conciencia» es una recopilación de diez ensayos. Algunos están dedicados a figuras concretas, otros a algún tema relacionado con la mente y un puñado trata de sus propias circunstancias personales.

Pero en realidad, todos dan vueltas alrededor de unas pocas preocupaciones, con cada ensayo expandiéndolas y expresándolas a su modo.

El primero de ellos “Darwin y el significado de las flores” es un fascinante retrato del Darwin botánico, ofreciendo muchos e interesantes detalles sobre su estudio de las flores, y de cómo ese estudio cimentó aspectos de su teoría de la evolución.

A veces el proceso del descubrimiento científico se presenta como puntuado, un hecho singular que aparece de pronto. Pero el ensayo sobre Darwin ilustra que el trabajo científico es la aplicación minuciosa de tiempo y esfuerzo.

Algo similar sucede con “El otro camino: Freud como neurólogo”, que muestra los veinte años que el fundador del psicoanálisis pasó con sus investigaciones neurológicas. Muestra sus ideas iniciales, su insatisfacción con un modelo del cerebro que le resultaba demasiado estático y mecanicista, y que muchas de sus ideas neurológicas siguen siendo relevantes. Vamos, que muestra al Freud neurólogo como un precursor importante.

Proceso que culmina en el último ensayo, “El escotoma: negligencia y olvido en la ciencia”, donde con esa erudición modesta suya se pregunta por qué algunas ideas precursoras permanecen en la oscuridad y deben ser redescubiertas posteriormente. Muestra la ciencia como un proceso contingente, azaroso, donde las ideas deben ajustarse al marco teórico de ese momento para ser aceptadas o simplemente consideradas. Por extraño que parezca, incluso las ideas científicas requieren aparecer en el momento justo.

La mente es el otro gran tema. Desde nuestra percepción del paso del tiempo, en “Velocidad”, donde describe cómo ciertos desórdenes o drogas pueden alterar la percepción del tiempo, para terminar hablando de los límites inherentes a nuestra fisiología.

“La falibidad de la memoria”, que describe nuestra incapacidad para garantizar que nuestros recuerdos sean reales. “El yo creativo”, que retoma el olvido como fundamento de la creatividad y se plantea los mecanismos inconscientes que la permiten. Inclusos los ensayos más personales, “Transoír” y “Una sensación de malestar general”, ejecutan la misma maniobra del resto de los ensayos: partir de lo concreto, del ejemplo o la anécdota para luego teorizar o abstraer.

Por supuesto, en una recopilación de este tipo, no todos los ensayos están al mismo nivel y cada lector hará su particular selección. He dejado para el final dos de mis favoritos, los que considero mejores y que me parece que sintetizan el talento de Oliver Sacks para reflexionar, escribir y explicar.

“El río de la conciencia” se plantea justo eso, el hecho de que percibimos nuestra propia conciencia como un flujo continuo de algo. ¿Esa impresión es real? Usa el cine como metáfora para plantearse si la conciencia no será más bien una sucesión de instantes aislados que el cerebro recompone como continuos. Muestra algún caso fascinante donde la conciencia parece detenerse y no vacila en adentrarse en el terreno de la qualia. Nosotros no nos limitamos a hacer o calcular: percibimos, como una experiencia cualitativa. Para nosotros el rojo es algo más que una frecuencia de la luz. El rojo para nosotros es rojez.

“Sensibilidad: las vidas mentales de las plantas y las lombrices” es un asombroso modelo de elegancia, un ejemplo magistral de cómo escribir un ensayo. Retomando a Darwin y un comentario suyo sobre las lombrices, traza todo un mapa sobre la continuidad de la mente en el mundo natural. Desde los seres más pequeños, incluyendo las plantas, hasta nosotros, ofreciendo una panorámica abierta y expandida de lo que es la mente. Un ensayo fascinante.

En ese ensayo, además, comenta el caso de los cefalópodos, como seres muy inteligentes. Y para saber más sobre la inteligencia de los pulpos, no se me ocurre nada mejor que «Otras mentes», de Peter Godfrey-Smith. Aquí te dejo el vídeo.

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Todd May es asesor filosófico de la serie «The Good Place», porque su libro «La muerte: Una reflexión filosófica» es un certero análisis de nuestra mortalidad.

Lo publica Biblioteca Buridán.

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¡Ay, pobre Yorick!

Yo le conocía, Horacio. Tenía un humor incansable, una agudeza asombrosa.

Hola. Tengo una mala noticia. Vamos a morir. Algún día. Es una faena, sí, lo sé. Pero Todd May en «La muerte: Una reflexión filosófica» intenta acotar los límites de semejante jugarreta.

Lo publica Biblioteca Buridán con traducción de Josep Sarret Grau.

Qué depresión, pero no queda otra que empezar.

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Es muy posible que el nombre de Todd May no te suene de nada. Tampoco es que los nombres de profesores de filosofía salgan habitualmente en las conversaciones. Pero es muy posible que te suene la serie a la que asesora: «The Good Place», las aventuras de Eleanor Shellstrop, Chidi, Jason y Tahani. Una serie que precisamente se inicia con la muerte de los protagonistas.

Cuentan que justo este libro, «La muerte: Una reflexión filosófica», acabó en manos del creador de la serie, Michael Schur, y el resto es historia. Alguien se tiene que asegurar que los chistes sobre Kant y Aristóteles tengan sentido.

Pero vamos al libro.

Nace, por supuesto, de la percepción de la mortalidad, esos momentos donde recordamos que vamos a morir y hasta pensamos: “mira, me toca hoy”. Todd May parte de una anécdota de ese estilo.

El primero de los tres capítulos caracteriza la muerte en sí. La muerte es, nos dice, de todos los hechos importantes de la vida, el más importante, porque la muerte colapsa todos los demás.

La muerte ni siquiera es un final, como acaban las novelas o las películas. Es una interrupción. Es el cese de las experiencias. Es la destrucción de los placeres. La muerte es inevitable e incierta.

No es nada nuevo, claro. Ya el mismo Eclesiastés nos advertía que todo es vacuidad, solo vacuidad y nada más que vacuidad. O como olvidar a los grandes filósofos, Bill y Ted.

Pero por si todo lo anterior fuese poco, la muerte además hace que dudemos del sentido del mundo.

Es decir, para qué esforzarnos, para qué hacer, si al final todo va a desaparecer. ¿Qué sentido tiene cualquier acto humano frente a la eternidad? ¿Cuál es el valor de una vida humana si está condenada a desaparecer?

Todd May va exponiendo varias tradiciones filosóficas y varias opciones. Por ejemplo, Epícuro y su idea de que no debemos temer a la muerte porque es algo que jamás experimentaremos. No suena nada convincente. O Nagel, sobre la valía intrínseca de vivir. El simple hecho de estar vivo.

Por supuesto, te habrás dado cuenta de que el tono del libro es totalmente ateo. Da por supuesto que no hay nada más allá y cuando se refiere a las religiones lo hace en el contexto de intentar contener el conocimiento de que vamos a morir.

Porque esa es la cuestión. Sabemos que vamos a morir. Si no lo supiésemos, pues tampoco pasaría nada. Pero la muerte pesa sobre todos nuestros actos y todos los segundos de nuestra existencia.

El segundo capítulo recurre nada menos que a Borges y su cuento “El inmortal”. Es decir, la otra opción. ¿Cómo sería eso de no morir? ¿Cómo se comportaría un inmortal? Alguien eternamente de mediana edad, por ejemplo, que supiese que no va a morir jamás. ¿Cómo encararía el mundo? ¿Cómo podría decidirse a hacer algo si siempre queda tiempo para emprender cualquier proyecto? La eternidad futura siempre será mayor que cualquier pasado.

Su conclusión es que la inmortalidad es incompatible con la humanidad. Que la inmortalidad borraría el sentido de nuestras vidas tanto como lo hace la muerte.

Yo recelo mucho de los textos que pretenden demostrar que la inmortalidad sería tremendamente aburrida, una infinita extensión de tedio. Siempre me pregunto si no será un fallo de imaginación.

Además, ¿no podría probar? Digamos, ¿vivir un millón de año? ¿Vale? O medio millón, ¿no? ¿1000? ¿Mil años y luego cuento qué tal, si me he aburrido mucho? ¿Quinientos? No es más que un parpadeo comparado con la eternidad. Un breve experimento. Tampoco pido tanto. ¿Vale? ¿Puede ser? ¿Por probar?

No, no puede ser. No a menos que se produzca un cambio tecnológico por ahora ni siquiera planteable. Y tampoco el argumento del libro es que la inmortalidad sea mala en sí. El problema es que la inmortalidad no sería humana. Ser inmortal sería ser algo completamente diferente a un ser humano. Lo cual no sería un problema si fuese una opción…

Pero resulta que como seres humanos que somos, seres que saben que van a morir, es justo la muerte lo que dota de sentido a nuestras acciones. La paradoja es que la muerte da sentido a nuestras acciones, pero no hay un buen momento para morir. La paradoja es que la muerte nos hace humanos, pero morirse es una faena.

He ahí el problema.

Y a eso dedica el tercer capítulo, a intentar resolver esa paradoja. O mejor dicho, a buscar la forma de integrarla en nuestra vida. Tarea para la que vuelve a recurrir a distintas tradiciones filosóficas para luego integrarlas en su respuesta final.

¿Lo que propone en ese capítulo final es la respuesta? ¿Es la mejor manera de vivir con el conocimiento de la muerte? Eso es lo que cada uno debe decidir por su cuenta.

Me gustó mucho este libro. No estoy de acuerdo con algunos de los argumentos, y creo que el budismo y el estoicismo no son tan limitados como da a entender. Pero me gusta mucho la forma en que lo cuenta y lo claramente que muestra la paradoja humana de la muerte. Incluso su respuesta, si debo decir la verdad, me parece bastante razonable.

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Gracias y hasta la próxima.

¡Universo!, de Albert Monteys

Robots demasiado enamorados. Formas de vida demasiado alienígenas. Jefes muertos que siguen dando la vara. Una extraña dislocación emocional y cronológica. Es «¡Universo!», de Albert Monteys.

Lo publica Astiberri Ediciones

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Hola. Robots demasiado enamorados. Formas de vida demasiado alienígenas. Jefes muertos que siguen dando la vara. Una extraña dislocación emocional y cronológica. Es «¡Universo!», de Albert Monteys.

Lo publica la editorial Astiberri.

Marchemos al futuro.

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Al grano. «¡Universo!», de Albert Monteys, es uno de los mejores libros de ciencia ficción en español. Ya sea cómic, novela o ensayo especulativo. Es de la mejor ciencia ficción española. Todo un triunfo del género.

Si te mola la ciencia ficción, eso es todo lo que necesitas saber. Este vídeo es así de cortito…

Ah, ¿qué quieres más? ¿Que aquí estoy para darte razones?

Uff, ¡cómo me haces trabajar! Menos mal que me caes bien.

Vale, vamos…

«¡Universo!» lo hace todo bien. Albert Monteys combina ideas espectaculares, cósmicas, grandiosas con un grafismo intenso, colorista y exuberante, un uso magistral de las viñetas para marcar el tiempo y la distorsión y, por si no fuese suficiente, lo redondea todo con una tremenda conciencia humana y un cariño especial para las clases sociales más desfavorecidas.

En este libro no hay aguerridos héroes espaciales o brillantes científicos geniales. Hay personas normales intentando navegar, como intentan siempre las personas normales, un presente, su presente, cada vez más extraño, azaroso y complicado.

La primera historia es un buen ejemplo.

Se llama “El pasado es ahora”. A Alex Wortham, el megalómano jefe de una gran corporación, se le ocurre una idea genial: consumir el 23% de los recursos de la Tierra para mandar a un empleado al inicio del tiempo, donde producirá el big bang y dedicará los primeros 13 minutos del universo a grabar la marca de la empresa en todos los quarks.

Por cierto, el jefe lleva muerto varios años, pero eso no le impide seguir mandando. Ya sabes, la cabeza muerta del mercado y esas cosas.

Lo que nuestro pobre salaryman no sabe es que la vuelta a casa con su familia implica esperar 16.000 millones de años. Y para que no se desmadre, lo han mandado con una especie de ordenador guía casi omnipotente para garantizar la aparición de la empresa. Al pobre hombre, que se rinde casi siempre a la apatía mientras el universo se despliega a su alrededor, no se le permite ni el más mínimo proyecto personal. No sea que interfiera, claro…

Pero más allá de toda la perfecta ejecución de la historia y el grafismo, el núcleo que sostiene “El pasado es ahora” es ese delicado equilibrio entre la historia sencilla de un hombre al que le gustaría volver a casa tras su jornada laboral, de 16 mil millones de años, y las enormes fuerzas del capitalismo más voraz que no le permiten ni un respiro.

Y así sucesivamente. Albert Monteys demuestra en cada historia su dominio del cómic y de los recursos pulp para sacarse de la manga historias alucinantes que tocan la famosa condición humana. El amor que queremos y el que recibimos, vivir una fantasía o entregarnos a la realidad en “La fábrica del amor”. El impresionante homenaje a Kirby en “Taurus-77” con extraterrestres que son demasiado extraños para ser mediáticos (tenemos claro lo que queremos en nuestros aliens), que acaba siendo una deliciosa vuelta de tuerca a los temas de Stanislaw Lem.

La extraña invasión de iluminados en “Lo que sabemos del planeta tierra”, que antes de su exquisitamente irónico final, todo un golpe en el mejor sentido, habla de la fertilidad y la infertilidad, de la fragilidad y la perfección.

Y acabando con ese impresionante retrato de las relaciones de parejas que es “La Cristina del mañana”, donde una mujer va percibiendo el tiempo cada vez con más adelanto, alejándose por tanto cada vez más del presente, obligada así a presenciar el paso de la existencia como una observadora incapaz de intervenir. Es una historia donde las viñetas mismas se rompen y se trastocan, incrementan el dinamismo ya presente en toda la colección, para seguir así el estado de la protagonista. Una historia conmovedora, emotiva, turbadora, desgarradora… una historia que merece todos los premios.

Las historias están ligeramente interconectadas entre sí. Algunas más que otras. El título «¡Universo!» no es casual. Todos los personajes habitan el mismo mundo.

Pero lo mejor todo es que esto sigue. Este no más que un primer volumen. Albert Monteys sigue creando episodios nuevos que va publicando digitalmente en Panel Syndicate (enlace en la descripción). Aunque yo te recomiendo comprar la recopilación. Leerlas seguidas es ir dejando que cada historia deje su poso en la siguiente.

Y hablando de estos temas, si quieres más ciencia ficción de calidad, aquí tienes un vídeo sobre una obra maestra. Y recuerda, si te interesa ver más vídeos sobre lecturas que valen la pena, ya sabes: suscríbete. Hay un botón por ahí debajo.

Gracias y hasta la próxima.

Haruki Murakami con «La muerte del comendador (Libro 2)» cierra la historia iniciada en el primer volumen. La novela completa es una de las obras más reflexivas y apasionantes de su autor.

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Hola. El protagonista, cuyo nombre es tan importante que no se nos revela, debe ponerse en acción para localizar a una niña desaparecida. Extraviado en un mundo metafórico, se enfrenta a la vez al pasado y al futuro. Es «La muerte del comendador (Libro 2)», de Haruki Murakami.

Lo publica Tusquets Editores con traducción Fernando Cordobés y Yoko Ogihara.

Entremos en el bosque.

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Un viejo chiste se pregunta: ¿Hasta dónde puede entrar un gato negro en un bosque oscuro? Pues hasta la mitad. De la mitad en adelante está saliendo. En ese punto nos encontramos.

Pero antes de seguir… gracias a Tusquets por enviarme el ejemplar para reseñar. De hecho, es este, las pruebas finales. Como puedes ver, está lleno de notas, marcadores y postits. Gracias a eso la reseña puede estar hoy. Eso sí, el libro es de la editorial, pero las opiniones y comentarios son exclusivamente míos.

Ahora sigamos…

Comprendo por qué originalmente «La muerte del comendador» se publicó como dos libros. Uno continua al otro, efectivamente, pero la separación física entre volúmenes destaca la separación temática y emocional. Y, también es importante, la dualidad interna esencial a todo personaje de Murakami. Es una situación muy ingeniosa presente en los subtítulos de cada tomo. El primero reza “Una idea hecha realidad” y el segundo dice “Metáfora cambiante”. Justo, justo eso…

Originalmente, en este punto del vídeo me demoraba más. Primero comentaba los elementos que conectan esta novela con las anteriores de Murakami y también aquellos puntos donde se distancia. Pero no te voy a hacer esperar. Venga, primero mi valoración y luego lo demás.

«La muerte del comendador», completa, es fácilmente una de las mejores novelas de Murakami. No voy a hacer un ranking ahora, pero está ahí ganando puntos para el primer puesto. Es una obra de madurez, producida por un escritor consciente de todo lo que escribió antes, capaz de recrear su universo particular pero que comprende las limitaciones de la visión ofrecida por sus anteriores novelas. Se lee y se siente como una novela de Murakami, pero también es claramente una evolución. En cierta forma, la novela está contándose a sí misma.

Cuando reseñé el primer libro comenté que es la historia de un paréntesis, cosa que no es habitual en Murakami. Lo habitual, en novelas como «1Q84» o «Los años de peregrinación del chico sin color», es que la historia se inicie en el momento del despertar del protagonista que ha pasado cierta cantidad de tiempo, hasta años, en una especie de estado de suspensión vital. Viviendo, pero sin estar totalmente vivo.

«La muerte del comendador (Libro 1)» al contrario, arranca cuando el protagonista inicia su, digamos encierro. Se atrinchera en la casa de un famoso pintor, deja de trabajar por dinero y hace lo posible por desconectarse del mundo. Un periodo de tiempo que dura aproximadamente nueve meses, como un embarazo. Detalle que no es casual.

«La muerte del comendador (Libro 2)» continúa justo donde termina el anterior. El descubrimiento del cuadro de Tomohiko Amada en el desván había desatado toda una serie de acontecimientos, entre ellos el hallazgo de un extraño pozo en el jardín, una campanilla misteriosa y la aparición del Comendador del título.

En este segundo volumen, todo empieza a encajar. ¿Por qué se pintó ese cuadro? ¿Qué es el mundo de las metáforas? ¿Qué sucedió durante la guerra? ¿Qué relaciona la Alemania Nazi con Nankín y las bombas de Hiroshima y Nagasaki? Pero hay que aclarar que solo llegamos a saber lo que el protagonista descubre o le cuentan.

Y cuando Marie, la niña de 13 que se identifica con la hermana muerta del protagonista, desaparece, este no tiene más opción que empezar a tomar decisiones para rescatarla. Pero ¿rescatarla de qué? Así es como watashi acaba en la tierra de las metáforas. Metáforas que son curiosamente muy concretas.

Se inicia así lo que es la parte principal del libro, la que exige del protagonista que tome decisiones y realice sacrificios, que pierda cosas para ganar otras. Todo el proceso en el otro lado es una más que real prueba de resistencia hasta prácticamente volver a nacer. Las referencias a los monjes budistas en el primer libro no eran casuales.

En cierta forma, «La muerte del comendador» es un libro sobre zonas liminares, zonas limítrofes entre un estado u otro. En ocasiones son reales, dentro de la historia, o metafóricas, como es el caso de Marie, una zona liminar ella misma como adolescente, encontrándose entre la niñez y la vida adulta. Así la novela apuntala una y otra vez el tema del renacimiento y la regeneración. En «La muerte del comendador» solo estás perdido cuando te empeñas en quedarte en el umbral.

Mucho de lo que sucede en este libro recuerda a libros anteriores de Murakami, pero las conclusiones no podrían ser más opuestas. Todo el paseo por el mundo subterráneo remite a «El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas», pero con una resolución muy diferente. Por su parte, la relación del protagonista con Marie recuerda a una muy similar en «Baila, baila, baila». Pero donde «Baila, baila, baila» es la novela más solipsista de Murakami (no sale ni un solo personaje que no sea una versión del protagonista), «La muerte del comendador» trata a Marie como una persona totalmente independiente, con su propio camino vital, con su propio desarrollo, una persona que a pesar de su complicidad con el protagonista divergirá inevitablemente.

Es decir, todos los personajes de «La muerte del comendador», incluso los más fantásticos, poseen su propia subjetividad, son seres independientes del protagonista. Es el punto final de lo que sucedía en «Los años de peregrinación del chico sin color». La ataraxia fundamental, más que explícita en «El fin del mundo», la depresión, la imposibilidad de actuar, que caracterizaban a las novelas de boku, desaparecen como rasgos fundamentales de su obra. Son sustituidos por la comprensión de que hay otras mentes en el mundo y, lo más importante, que puedes apoyarte en ellas para actuar.

En novelas anteriores, el aislamiento era la condición fundamental del protagonista, un aspecto específico e inalterable. En «La muerte del comendador», el aislamiento no es más que parte del proceso para luego poder abrirse al mundo, la necesaria terapia para llorar la muerte de tu vida anterior, descubrir tus sentimientos reales, cerrar capítulos del pasado y tomar decisiones para encarar el futuro.

Todo un proceso que está relacionada con las metáforas, las ideas, los conceptos.

El periplo del protagonista por el otro lado es explícitamente un viaje por el mundo de las metáforas. Porque el arte no es más que un conjunto de metáforas, que ayudan comprender o a exorcizar. El cuadro de Tomohiko Amada es pura metáfora. El cuadro del hombre del Subaru también lo es. El pozo del jardín es otra más. Todas reflejando de alguna forma una realidad que es o que querríamos que fuese.

Porque nuevas metáforas permiten crear nuevas acciones, nuevas relaciones. En «La muerte del comendador» hay cosas que son metafóricamente ciertas sin ser ciertas en la realidad. Pero es que en ocasiones, para un ser humano, lo realmente importante es aquello que es cierto metafóricamente. Y además, una buena metáfora hace que los peligros sean más evidentes.

Incluso la dualidad interior humana se entiende como un enorme sistema metafórico. Mirar hacia nuestro interior es sobre todo el despliegue de unas ciertas ideas y conceptos. Es un proceso lento, que no se puede realizar de golpe, pero es posible. En ese aspecto, Menshiki y el protagonista se vuelven a presentar como reflejos uno del otro, incluso en la forma en que lidian con su mundo interior.

Lo que nos trae de vuelta al arte, como el gran mecanismo para generar nuevas metáforas. El arte que finalmente es una forma de sanación y descubrimiento, incluso de expiación. El arte que no es preciso que nadie vea, cuya simple existencia es suficiente. El arte que cambia nuestra forma de ver el mundo.

En este libro se habla mucho de los muros y de cómo se levantan para aislar. Pero el énfasis continuo es en superarlos, no en derribarlos. En romper los círculos para poder cerrarlos mejor. Es decir, se pone énfasis en el cambio y la transformación. Causas y efectos se entremezclan en esta novela. En un momento dado, incluso da la impresión de que se ha producido un salto en el tiempo.

Incluso los tics molestos de Murakami están casi ausentes en este segundo libro. Esa forma extraña que tiene de referirse al cuerpo de las mujeres, y en concreto la obsesión por los pechos. Aunque veo anime y leo manga, donde se repite mucho la misma dinámica. En cualquier caso, en el libro 2 el protagonista está mucho más centrado, no tan disperso como en el libro 1, y no tiene tantas oportunidades.

Hay muchos aspectos de este libro que me encantan y considero brillantemente ejecutados. Incluso hay alguna sorpresa llamativa que choca todavía más con la idea que uno se hace de un Murakami “normal”. Pero como hablar de ellas requeriría comentar aspectos de la trama… Vamos, que sé que a la gente eso no le gusta.

¿Debería hacer un vídeo adicional hablando de lo detalles? ¿Un vídeo para los que han leído el libro? Déjame un comentario.

Solo decir que esa capacidad de Murakami para describir lo cotidiano, para mostrar a la gente simplemente existiendo, preparando la comida, pensando en medir la presión del coche, leyendo o paseando, le sirve enormemente bien. El protagonista es alguien muy conectado con las sensaciones del mundo, alguien cuya capacidad de observación, como demuestra una y otra vez, se orienta hacia el exterior y rara vez hacia el interior. En un momento dado menciona que de los cuadros que ha pintado recuerda sobre todo la sensación que le producían.

«La muerte del comendador (Libro 2)» es en suma la historia de una transformación, una metamorfosis. El hombre que sale de la casa al final no es el mismo hombre que entró. Pero el cambio es… no sé cómo expresarlo, sutil. Muchas cosas en realidad no cambian, pero sí cambia la forma de entenderlas y de situarlas en el mundo.

«La muerte del comendador» es una novela muy reflexiva, que en el fondo, si prestas atención, está continuamente deliberando sobre sí misma, en diálogo constante con toda la obra anterior de su autor. Pero es una novela, y todo lo que piensa y reflexiona está expertamente encajado en la estructura de la obra, en los personajes, en los entornos, en los diálogos. El protagonista, Marie, Menshiki… son de los mejores personajes creados por Murakami.

En resumen: una de sus mejores novelas.

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Gracias y hasta la próxima.

Orestes no acaba de decidirse a volver y cumplir su destino: vengar a su padre. Es Álvaro Cunqueiro en «Un hombre que se parecía a Orestes», una novela que te lleva a una Micenas atemporal donde todos esperan a Orestes.

Lo publica Austral.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. La espera interminable por una venganza que no acaba de consumarse. Un miedo que nunca se desvanece. El destino que no se cumple. Un mundo lleno de prodigios donde todo transcurre con la más absoluta cotidianidad. Es Álvaro Cunqueiro, y el libro es «Un hombre que se parecía a Orestes».

Lo publica la editorial Austral.

Y nos vamos a la antigüedad nos vamos…

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Aunque eso de la antigüedad en realidad no. A pesar de ese título tan curiosísimo «Un hombre que se parecía a Orestes»… Que es verdaderamente singular, ¿no? ¿Quién es ese hombre? ¿Quién se parecía a Orestes? ¿Quién es Orestes? Ya volveremos luego a esas preguntas.

Pero a lo que iba. A pesar de ese título, que da a entender una Grecia arcaica, la tierra en la que transcurre la novela es un mundo indefinido donde se mezclan periodos históricos y tecnológicos. Hay magias y prodigios, pero también ingenios mecánicos. El mundo del libro es una amalgama maravillosa donde todo suena más fantástico y más realista. Tal es el asombroso talento de Cunqueiro.

Es un libro extraordinariamente bien escrito que mezcla y remezcla todo tipo de estilos. Pasa del arcaísmo al cultismo y luego al vulgarismo. Juega continuamente con la sintaxis y con la forma de contar. Usa el teatro o el relato biográfico; incluso el índice onomástico para seguir narrando. Cunqueiro logra así dotar de irrealidad a la realidad, o quizá sea al revés, dotar de realidad a la irrealidad, logrando una de las grandes novelas fantásticas. No en vano recibió el premio Nadal en 1968.

«Un hombre que se parecía a Orestes» es una novela enormemente vital. Una novela que celebra la vida rechazando completamente la épica. Una novela tan divertida como afiladamente cruel. Como la vida misma. Usa los personajes de la mitología para quitarles todo rasgo de leyenda, para convertirlos en seres humanos que vacilan, que dudan o que simplemente dicen que no.

Pero primero vamos a repasar el mito.

Agamenón, tras la guerra de Troya, regresa a Micenas. Egisto, el amante de la reina Clitemnestra, lo mata, ocupando así el trono. Siete años después, Orestes llega a Micenas para vengar a su padre matando a Egisto y a su madre. Según la versión del mito que leas, Electra o Ifigenia, las hermanas de Orestes, tienen más o menos protagonismo.

La historia sigue, por supuesto, y en la antigüedad se escribieron muchas obras añadiendo todo tipo de detalles. Pero la versión más famosa es La Orestíada de Esquilo. Aunque con el resumen que acabo de hacer nos basta perfectamente.

Porque el punto de partida singular de esta novela es que Orestes no llega. La venganza no se cumple. Ifigenia, encerrada en su torre, sigue joven, porque la profecía dice que será joven cuando guíe a Orestes y joven se quedará.

Micenas es como una ciudad medieval, algunos dicen que es una Galicia de ensueño, MICENAS, porque Cunqueiro era de Mondoñedo. Es una ciudad próspera y con movimiento. Hay de todo… caballeros, pobres, augures, verduleras. Lo normal.

Pero a la monarquía no le va tan bien. Los reyes Egisto y Clitemnestra, que se aman sinceramente, están totalmente arruinados, habiendo consumido todo su dinero en una compleja red de espías y vigilancia por si aparece Orestes. De hecho, si entras en Micenas y alguien sospecha que podrías ser Orestes, lo más probable es que acabes torturado y asesinado. Nunca se puede estar demasiado seguro.

Pero Orestes, como ya he dicho, no llega. Anda por ahí, por el mundo, sin acabar de decidirse a cumplir su venganza a pesar de la insistencia de su hermana Electra. La ciudad espera ansiosa la llegada de Orestes, porque a estas alturas sería sobre todo un gran espectáculo.

Y así la vida sigue. Cada uno dedicándose a lo suyo, defendiéndose como puede, envejeciendo y al final dejando el hueco a otro. Porque la vida es el reverso de la épica. Los seres humanos somos pequeños y mortales. Pero para este libro, ser pequeño y mortal es lo importante.

Ya pocos recuerdan a Orestes el hombre.

Ni siquiera el propio Orestes recuerda del todo a Orestes. De hecho, él no es más que uno de los varios personajes que aparecen en el libro. Un libro que se deleita en saltar de uno a otro, contándonos cómo viven sus vidas mientras esperan a un hombre que no llegará. Es un libro que no vacila en irse por las ramas porque precisamente porque irse por las ramas es vivir.

En ese aspecto, me encanta el título. ¿Quién es ese hombre que se parecía a Orestes? La primera parte, de cinco, sale un personaje que muchos toman por Orestes, pero precisamente es porque se parece mucho al personaje del mito. ¿Quién es el Orestes del título? ¿La persona real que tiene ese nombre, o el mito, un ser que no puede llegar y consumar su venganza simplemente porque no existe? ¿Orestes se parecía a Orestes?

«Un hombre que se parecía a Orestes» es un libro tremendamente divertido, pero precisamente porque la vida humana está llena de ironías y de pequeñas fatalidades. Frente a la infecunda eternidad de la épica, contrasta la sencillez de la vida humana, lo que acaba y empieza, la duda… la finitud.

La gracia es que lo hace recurriendo a una venganza que no llegará a consumarse nunca.

¿Pero tú qué piensas? ¿Es Álvaro Cunqueiro un autor a reivindicar? ¿Es «Un hombre que se parecía a Orestes» una de las grandes obras de la literatura fantástica maestra del fantástica o es realmente una obra realista con elementos mágico? ¿Quién podría parecerse a Orestes? Deja tus comentarios, recomendaciones y opiniones. Y ya sabes, si te interesa ver más vídeos sobre lecturas que valen la pena: suscríbete. Hay un botón por ahí debajo.

Gracias y hasta la próxima.

Así Empieza es una sección de mi canal donde hablo sobre el comienzo de libros. En este caso, del comienzo de Maupassant y «el otro», de Alberto Savinio.

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Hola. Inauguro hoy una nueva sección en el canal. Se llama «Así empieza» y la idea es justo lo que el nombre indica. La verdad es que eso del naming nunca se me ha dado bien, soy excesivamente literal. Tendría que haber consultado a mi amigo Máximo Gavete que es un gran diseñador y sabe de esas cosas…

Pero a lo que iba. Vídeos para hablar de cómo empiezan los libros. Porque mucha gente cree que el final es lo importante. Pero tras una lectura de un montón de páginas, el final es más como una guinda. Es guay que cierre bien el texto y que encaje con todo lo anterior, pero más como una cuestión estructural. Las últimas palabras son importantes, sí, pero…

Pero no tanto como las primeras. El comienzo del libro es el encuentro del lector con el texto y por tanto el principio tiene muchas responsabilidades y tareas por cumplir, que además, debe ejecutar con relativa rapidez. Pocos autores pueden hacer como Umberto Eco en «El nombre de la rosa» y dedicar 100 páginas a empezar.

No, lo normal es tener un párrafo. Dos. Unas pocas páginas a lo sumo.

¿Y qué hace un buen principio? A veces despertar el interés, colocarte en una posición de querer saber más. Otras veces, establecer ya el tono de lo que vas a leer, indicándote qué tipo de libro es, o, en su contrapartida de autor troll, engañarte para hacerte creer que vas a leer otra cosa. A veces el principio te cuenta el final. Y a veces pretende dejar claro cuál es la voz narradora.

Vamos, que hay casi infinitas posibilidades para el comienzo de un libro. Razón por la que hay principios de libros tan famosos.

Pero hay un tipo particular de comienzo que me resulta especialmente fascinante. El comienzo que te enseña a leer el libro. Puede hacer todo lo demás que hace un comienzo, pero además te da instrucciones. Es un comienzo “tutorial”, como en un programa de ordenador, que ofrece una miniversión de lo que será leer el resto del libro.

Y no se me ocurre ningún libro más perfecto para arrancar esta sección que «Maupassant y “el otro”», de Alberto Savinio. Está traducido por José Ramón Monreal y lo publica Acantilado.

Es un ensayo, una especie de biografía del escritor francés Guy de Maupassant. Alberto Savinio fue un escritor y pintor italiano con un estilo, ya veremos, muy particular. Su nombre real era Andrea de Chirico, hermano del más famoso Giorgio de Chirico.

A ver. Guarda roja, guarda roja. Y llegamos al principio del libro. Y lo que encontramos es esta página. Lo que hay es una cita que dice «Maupassant: un verdadero romano Friedrich Nietzsche, Ecce homo»

¿Qué? Maupassant era francés. ¿Qué es eso de que era un verdadero romano? En sentido estricto, todavía no hemos empezado a leer el texto y ya andamos desconcertados.

Por suerte, debajo hay un paréntesis que no explica lo que está pasando. Dice:

«(Los epígrafes se ponen a la cabeza de los escritos para aclarar en muy pocas palabras su contenido: este epígrafe de Nietzsche ilumina tanto mejor la figura de Maupassant cuanto que no se comprende lo que quiere decir).»

¿Cómo? ¿Los epígrafes aclaran y has puesto uno que deliberadamente no aclara nada? ¿Una cita cuya razón de ser es que no se entiende?

En este momento es cuando empezamos a sospechar en qué tipo de libro nos hemos metido. Está claro que Alberto Savinio era un cachondo monumental. Pero también es evidente que no nos está haciendo dar vueltas por nada. Hay un propósito serio detrás de todo esto.

Por cierto, recuerda que estrictamente todavía no hemos empezado a leer el cuerpo del libro. Se supone que el ensayo en sí empieza aquí…

Sin embargo, no hemos acabado con el paréntesis. Hay un numerito al final, un 1, el punto de inicio, un desvío en el camino, como si este libro fue uno de esos de “elige tu propia aventura”. Nos manda a una nota. Por desgracia, en esta edición las notas están al final, así que nos vemos obligados a literalmente saltar.

Aquí, que ya había marcado el punto. Porque eso de las notas al final es el mal…

Lo primero que notamos es que hay muchas notas. Es un ensayo muy corto, pero una buena fracción de las páginas son notas. Además, no son notas cualesquiera. Parecen bastante sustanciales. De hecho, la primera es bastante larga. No la voy a leer entera, pero empieza así:

«Este comentario al epígrafe de Nietzsche no es ni una broma ni una paradoja»

¿Seguuuuro? ¿Hay que fiarse de un autor que afirma no estar bromeando?

Sigo.

«En un país agarrotado por la seriedad como Italia, nunca me abandona la duda de si mis palabras serias serán tomadas por bromas o mis bromas por palabras serias»

Vale. Toda una declaración. Empieza a quedar clara la personalidad de Savinio. A continuación, hay unas líneas indicando que el comentario de Nietzsche ilumina la figura de Maupassant precisamente porque no se sabe qué quiso decir, o incluso si quiso decir algo. Que ilumina la figura por la vía del absurdo. Y nos interpela directamente:

«Pero ¿me entenderá el lector si digo que cuando más se dice es NO DICIENDO NADA?»

Énfasis del autor.

Para añadir:

«La absurda, la inane definición de Nietzsche atrae “en el acto” la atención hacia la figura de Maupassant con más fuerza que una definición exacta, una definición PROFUNDA.»

Énfasis del autor.

Ya está, ya sabemos qué tipo de libro tenemos entre manos. Es evidente que no va a intentar escribir ningún tipo de retrato de Maupassant al uso. Pero por si las moscas, sigue hablando de lo guay que es ver películas habladas en idiomas que no comprende y que de joven intentaba entender lo que había querido decir Nietzsche. Pero ahora es mayor y experto, así que se limita a aceptarla.

«Y así la definición me resulta mucho más clara, impactante e ilustrativa».

En este punto, amigo lector, sabes con total certeza si el libro es para ti o no. Sabes exactamente si esa reflexión por la vía del absurdo, de los incomprensible, te va a interesar o no.

Pero también sabes varias cosas más.

Primero, esto va a estar lleno de digresiones. El autor se va a ir por las ramas, por los cerros de Úbeda o por cualquier metáfora que se te ocurra para desviarse del camino.

Segundo, que llevas leída prácticamente una página entera y el libro TODAVÍA NO HA EMPEZADO. Este va a ser un libro juguetón, que te va a lanzar de un lado para otro. Acaba de empezar y lo primero que ha hecho es explicarte qué tipo de libro es y cómo usarlo. Que vas a tener que ir moviéndote de un lado a otro. No has empezado a leer y ya te ha hecho practicar con una pequeña versión del resto del libro.

Pero el tutorial no ha terminado. Vuelves a la primera página, por fin, y empiezas lo que es el texto en sí y lees:

«Nivasio Dolcemare llegó por primera vez a París…»

¿Cómo? ¿Quién es Nivasio Dolcemare? ¿Este no era un libro sobre Maupassant? ¿Qué está pasando aquí?

Este es el momento de la verdad. Si te ha parecido un comienzo brillante… yo me reí a carcajadas cuando llegué a ese nombre… seguirás leyendo. Si no, el libro no es para ti.

Pero no puedes negar que ha sido transparente desde el primer momento. No solo ha dejado claro desde la primera palabra qué tipo de libro es, sino que ha tenido la cortesía de enseñarte a leerlo, a ir de un lado a otro, a saltar del texto a las notas y de las notas al texto.

Y prácticamente todo eso antes de empezar con lo que es el ensayo en sí.

No se puede pedir mucho más de un principio.

Gracias y hasta la próxima.

Un libro tan relevante hoy como el día que se publicó. En «Cómo acabar con la escritura de las mujeres», Joanna Russ lanza una brillante e inteligente enmienda a la totalidad de la literatura.

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Hola. Una gran narradora y una gran ensayista se combinan en un brillante ensayo con un título que se explica solo: «Cómo acabar con la escritura de las mujeres». Joanna Russ lanza una brillante e inteligente enmienda a la totalidad de la literatura.

Lo publican conjuntamente la editorial Dos Bigotes y la editorial Barret con traducción de Gloria Fortún.

Vamos allá.

Que este libro se haya publicado por fin en España me ha producido mucha alegría y también algo de tristeza. Voy a empezar por la alegría y explicaré la tristeza más tarde.

Debí leer este libro por primera vez a principios de los 90. Estaba en la biblioteca de la universidad y en esa época yo leía muchos libros relacionados con la crítica literaria de la ciencia ficción. No me llamó la atención tanto el título como el que estuviese firmado por mi admirada Joanna Russ.

Por supuesto, lo saqué en préstamo, lo leí de un tirón y quedé total y absolutamente asombrado. Varias puertas se me abrieron ese día. Es uno de esos libros con poder transformador.

Joanna Russ fue una mujer tremendamente inteligente y ferozmente comprometida. Dos aspectos que, por supuesto, brillan fulgurantes en este ensayo. Fue también una extraordinaria autora de varias antologías de cuentos y libros como «Picnic en Paraíso», «Las aventuras de Alyx» y esa obra maestra absoluta de la ciencia ficción que es «El hombre hembra».

Pero también dedicó su inteligencia y compromiso a convertirse en una analista brillante de la literatura, capaz de desarmar las coartadas culturales, los supuestos políticos y sociales, las trampas retóricas, con la misma facilidad con la que valoraba la prosa y la estructura narrativa.

La gran suerte para nosotros es que la Joanna Russ narradora y la Joanna Russ analista se combinan portentosamente en este volumen, en «Cómo acabar con la escritura de las mujeres».

Este libro se publicó en 1983. Hace 35 años. A mí me impactó cuando lo leí hará unos 25. Lo que esperaba al releerlo era que hubiese “envejecido”, que toda su fuerza se hubiese disipado, que bien entrado el siglo XXI la situación de la que habla ya no fuese tan relevante.

No podía estar más equivocado.

«Cómo acabar con la escritura de las mujeres» es análisis, repaso y denuncia de todas las técnicas usadas a lo largo del tiempo para negar la autoría de las mujeres. Desde las más burdas, como prohibir a las mujeres escribir, hasta las más sofisticadas como tratar a las mujeres que escriben como anomalías, pasando por otras como valorar las obras de las mujeres con otros baremos, negar que sean arte o simplemente dar a entender que un hombre ayudó a escribirlas. Y cuando todo falla, siempre puedes recurrir a “sí, escribió, pero solo una obra”. Todo el mundo sabe que Mary Shelley solo escribió «Frankenstein», ¿no?

Joanna Russ no siente ni el más mínimo respeto para con esas excusas. Usa su furia, su inteligencia y su habilidad literaria para ir desmontándolas una a una, mostrando que las mujeres siempre han escrito, que las mujeres han escrito tras leer a otras mujeres y que cuando se les valora artísticamente inferiores habitualmente se las está juzgando con criterios diferentes a los hombres.

Así página tras página, poniendo ejemplos continuamente, valorando obras desconocidas, contando una y otra vez cómo ella misma fue engañada, cómo los manuales de literatura, las antologías y el propio canon de grandes obras está deliberadamente construido para excluir a las mujeres.

A las mujeres, y a cualquier grupo que se perciba minoritario.

Porque el libro está hablando de mujeres, de la enorme injusticia de dejar de lado la experiencia de la mitad de la especie humana. Pero como ella misma dice, esos trucos se aplican a cualquier otro grupo que se pretenda dejar de lado. Otras razas, otras culturas, otros estratos sociales. Es siempre lo mismo.

Porque en última instancia, «Cómo acabar con la escritura de las mujeres» es un libro contra el canon, contra la idea de que hay una estructura jerárquica arbórea que coloca a todos los escritores (casi siempre “escritores”, por supuesto) en el puesto fijo que le corresponde a cada uno por derecho, un lugar inmutable y para siempre. Es un libro contra la idea de que hay UNA forma de hacer arte. En realidad, la literatura es más como un rizoma, un conjunto enrevesado, de múltiples voces diferentes, de una miríada de influencias que corren en todos los sentidos, donde el orden jerárquico, el canon, solo puede establecerse a fuerza de excluir.

Es una llamada a apreciar la literatura en toda su exuberante variedad, en toda su multiplicidad, en todas sus innegables mutaciones. Una invitación a salir del pequeño jardín lleno de flores disecadas.

La inteligencia, el humor, la habilidad con la que está contando, lo entretenido que resulta leerlo… «Cómo acabar con la escritura de las mujeres» sigue siendo tan relevante hoy como el día en que se escribió. Todavía excluimos a un grupo u otro, ya sea consciente o inconscientemente. Y Joanna Russ nos conmina a preguntarnos qué estamos haciendo.

Y tras leerlo, por cierto, acabarás con una buena lista de libros por leer. Eso siempre es bueno.

En cuanto a la tristeza…

Me alegra enormemente tener a Joanna Russ de nuevo en las librerías. Pero su literatura no está. Tienes que buscarla de segunda mano. Autores, hombres, muy inferiores a ella se publican continuamente. Mientras tanto, no hay una edición de «El hombre hembra», una de las grandes novelas de la ciencia ficción. Yo espero que «Cómo acabar con la escritura de las mujeres» sirva para empezar a recuperarla.

¿Pero qué piensas tú? ¿Qué novela de Joanna Russ debería publicarse? Deja tus opiniones, comentarios y recomendaciones. Y recuerda, si te interesa ver más vídeos sobre lecturas que valen la pena, ya sabes: suscríbete. Hay un botón por ahí debajo.

Gracias y hasta la próxima.

Un libro de divulgación diferente. «Un ascensor al espacio», de Kelly y Zach Weinersmith. Un repaso a 10 tecnologías emergente con mucho sentido del humor.

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Hola. Hacer predicciones es muy complicado, sobre todo si intentas predecir el futuro. Por suerte, Kelly y Zach Weinersmith no tienen miedo, o son unos descerebrados, y a eso se lanzan en «Un ascensor al espacio». Un repaso a diez tecnología que podrían hacer que nuestra vida sea mejor… o mucho peor.

Lo publica Blackie Books con traducción de Pablo Álvarez Ellacuria.

Empecemos.

Este es uno de esos casos donde no sé si empezar explicando qué tipo de libro es o qué tipo de libro NO es. Como no logro decidirme, un poco de contexto.

El título original de «Un ascensor al espacio» es «Soonish», algo así como “prontito” o “más o menos pronto” con un claro tono chistoso. La idea es explorar diez tecnologías que podrían desarrollarse en el futuro cercano y con el potencial de cambiar el mundo. Cada capítulo describe una tecnología, cuenta en qué se está trabajando, da opiniones de los investigadores y comenta posibilidades buenas y malas.

Las tecnologías comentadas son: acceso barato al espacio, minería de asteroides, energía de fusión, materia programable, construcción robotizada, realidad aumentada, biología sintética, medicina de precisión, bioimpresión y conexiones cerebro-ordenador.

La combinación de lo chistoso y lo científico no es de extrañar porque es obra de los Weinersmith. Kelly Weinersmith es investigadora especializada en parásitos.

Zach Weinersmithes el creador de SMBC, un webcomic que continuamente hace chistes sobre ciencia y tecnología. En ocasiones chiste relativos a aspectos muy rebuscados de la ciencia y la tecnología. Te lo recomiendo si te gusta mucho el humor infantil sobre tau o redes neuronales. Zack es tu hombre… Hasta tengo una cosa suya enmarcada.

Vale. ¿Qué no es?

No es un libro que pretenda tratar ciertas tecnologías en profundidad. Si alguna de las tecnologías comentadas te llama la atención, hay una larga bibliografía al final y en el texto se mencionan muchos científicos que luego puedes ir a buscar a Google.

No, la intención del libro es presentar posibles tecnologías, invenciones y desarrollos concebibles, porque alguien está trabajando en ellos. Cosas que podrían llegar a ser realidad en las próximas dos o tres décadas.

Tampoco es un libro de esos hiperoptimistas y entusiastas del desarrollo tecnológico. De esos títulos que asumen que la tecnología solo puede hacer que nuestra vida sea mejor.

«Un ascensor al espacio» siente entusiasmo e interés por la tecnología, pero su subtítulo en inglés es: “Ten Emerging Technologies That'll Improve and/or Ruin Everything”. Cuando es necesario, los autores no vacilan en indicar no solo los peligros de algunas de esas tecnologías sino directamente indicar que podrían estar limitados a los muy ricos.

En el caso del vuelo espacial barato, señalan que podría provocar graves problemas mendioambientales o se muestran pesimistas con la idea de que la minería espacial llegue a ser rentable. ¿Y qué hay de las patentes sobre órganos artificiales? Por otra parte, tendemos a convertir en enfermedad y tratar con medicinas lo que no nos gusta, por lo tanto, cuando podamos cambiar el funcionamiento del cerebro, ¿acabaremos considerando comportamiento triviales como problemas médicos?

Tampoco es un libro que plantee que todo eso va a pasar de verdad. Es muy realistas en las posibilidades y aunque haya gente trabajando en la construcción de un ascensor espacial, también destacan todos los posibles obstáculos que muy previsiblemente hagan imposible su construcción.

Es un libro lleno de bromas y chistes, complementado con dibujos cómicos de Zach Weinersmith. Habitualmente, bromean sobre el contenido del propio texto, en ocasiones a varias páginas de distancia. Y alguna vez se las arreglan para hacer una observación muy seria en forma de broma.

Por supuesto, dependiendo de tu nivel de tolerancia, la cantidad de chistes puede ser excesiva. A mí me pareció bastante equilibrado con la seriedad de lo que cuentan y agradecí los momentos de carcajadas. Pero vamos, yo en el coche en lugar de música escucho monólogos cómicos.

Algo que no vacilan en hacer es irse por la tangente si lo consideran necesario. De hecho, algunos de los mejores momentos del libro son así. Como cuando cuentan la fascinante historia de Gerald Bull, el hombre que quería lanzar cohetes a cañonazos y acabó convertido en fabricante de armas.

«Un ascensor al espacio» es un libro de divulgación diferente, extremadamente ameno, que sin embargo no quiere sacrificar el fundamento de lo que cuenta. De un tema sabrás mucho y de otros descubrirás algún aspecto nuevo. Cumple de sobra con esa máxima tan antigua de instruir deleitando. Si te gusta la divulgación…

Hay dos aspectos del libro que aprecio especialmente. Que creo que demuestran que tras las chanzas hay mucha seriedad.

Uno es el que ya he comentado, la disposición a decir cuando el avance tecnológico ha causado enormes problemas o directamente se ha empleado para aplastar a los desfavorecidos. A veces tratamos la tecnología como buena en sí mismo o, peor, neutral. Es bueno recordar de vez en cuando que el avance tecnológico es algo que se debe cuestionar, criticar y examinar.

El otro es el capítulo final, el 12, que me pareció absolutamente maravilloso. Es un cementerio de capítulos perdidos. Temas que se podrían haber tratado en el libro. O eran temas demasiado complejos, o las tecnologías no estaban claras o directamente se solapaban con algún otro. Por ejemplo, muy sabiamente en ese capítulo yace la computación cuántica.

Por cierto, las notas al pie están donde deben. A pie de página… Gracias, Blackie Books por dejarme simplemente bajar la vista para leer las notas, levantar los ojos y seguir leyendo. Eso sí que es un avance…

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Gracias y hasta la próxima.

Parentesco, de Octavia E. Butler

Octavia E. Butler fue una extraordinaria escritora. «Parentesco» es su magistral novela sobre viajes en tiempo y la esclavitud.

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Hola. Una extraordinaria novela de una de las grandes escritoras que examina sin miramientos la naturaleza corrupta e inhumana de todo un sistema: la esclavitud en el sur de Estados Unidos. Se trata de «Parentesco», de Octavia E. Butler.

Lo publica Capitán Swing con traducción de Amelia Pérez de Villar.

Dana viaja en el tiempo. Al estado de Maryland, a principios del siglo XIX. Va siempre a ayudar a un lejano antepasado, Rufus, cada vez que este se encuentra en una situación de vida o muerte. Dana se siente en obligación de ayudarle, porque si muere antes de dejar descendencia, todo su futuro desaparecerá.

Dana, por cierto, es de raza negra y está viajando a un lugar donde ser negro sin papeles es automáticamente ser un esclavo. Y Rufus es primero heredero de una plantación y más tarde el amo de los antepasados de Dana.

Octavia Butler fue una extraordinaria escritora especializada en ciencia ficción. Una mujer muy consciente de su raza y su sexo, lo que le permitía adoptar un punto de vista que dotaba a sus ficciones de una fuerza e importancia singulares. Y «Parentesco» es su gran novela.

El viaje en el tiempo en este caso no es más que un recurso. Nunca se explica por qué se produce o cómo las circunstancias de Rufus tienen la capacidad de invocar a Dana. Lo único importante es que en el presente de la protagonista, un 1976 algo más idealizado de lo que debió ser en realidad, pasan horas o días entre viajes, mientras que en el pasado transcurren meses o años.

Por cierto, no por casualidad 1976 fue el bicentenario de Estados Unidos.

Con esa mecánica del viaje, Dana encuentra a Rufus por primera vez cuando es un niño pequeño, y a lo largo de los viajes al pasado lo va encontrando cada vez mayor, hasta verlo convertido en el brutal dueño de la plantación. Amo y señor de la vida de muchos seres humanos. Es el mecanismo que permite a Octavia Butler ir mostrando el proceso que convierte a un niño en un adulto sádico. Para creciente horror de Dana que va planteándose si preservar su futuro es más importante que el dolor que Rufus está causando.

Pero no hay nada que hacer. Esa es la clave fundamental de la novela.

Octavia Butler contrasta continuamente una época y otra. En el pasado las heridas no importan nada, pero en el presente, las heridas de Dana llaman la atención de la policía que se plantea si su marido, Kevin, no será el responsable.

Octavia Butler también examina la supervivencia de una persona moderna, lo que en el pasado se considera una negra blanca, en un mundo hostil donde cualquier situación puede volverse mortal. Así mismo, queda en evidencia que no es lo mismo ser un esclavo negro que una esclava negra. El nivel de brutalidad recibido es el mismo, pero se manifiesta de formas diferentes.

Rufus es un personaje complejo por lo que tiene de trágico. Es, ciertamente, un adulto brutal, controlado por enormes sentimientos de inferioridad, sobre todo con Dana, y que solo puede manifestar un amor egoísta. Los castigos no son necesariamente más brutales al final que el principio, pero Octavia Butler aprovecha muy bien el hecho de que hacia el final la violencia la ejerce un personaje que los lectores conocimos como un niño pequeño.

Por supuesto, Dana es consciente del pasado de su país y lo que sucedía durante la esclavitud. Pero la novela deja claro que una cosa es saberlo intelectualmente y otra muy diferente experimentarlo. Lanzada a una situación extraña y muy ajena, Dana se enfrenta a lo que para ella es una sociedad totalmente alienígena. Los trabajos precarios del presente no se pueden comparar con las labores de un esclavo.

Pero «Parentesco» es algo más que un análisis de la sociedad de la época y sus efectos sobre mentes y cuerpos de personas concretas. No es solo el análisis de un personaje que se va degradando. Ni la narración magistral de cómo Dana se enfrenta a ese mundo. Lo que eleva la novela es una enorme consciencia de cuál es la naturaleza de ese mal en particular y lo limitados que están los individuos para cambiarlo.

El problema es que resulta muy fácil ir aceptando la lógica de ese mundo, como la protagonista descubre como horror. No dejarse llevar, no adoptar la mentalidad de esclavo es un proceso continuo que requiere enormes esfuerzos.

Cuando Kevin viaja al pasado, su situación es diferente, pero casi igualmente limitada. Porque no te he contado que Kevin es blanco, casado con una mujer negra, algo impensable en ese pasado. Por tanto, su relación, a ojos del mundo, pasa a ser la de amo y esclava. Pero ser un hombre blanco en un estado esclavista le dota automáticamente de enormes privilegios que su mujer no tiene.

Intenta ayudar, por supuesto, y en su tiempo en el pasado coopera con la huida de esclavos. Pero hay un límite a lo que una persona individual puede hacer. Su margen de actuación es muy estrecho.

Porque verás, la novela insiste una y otra vez en que el mal que está mostrando es social, es parte del sistema. Si Rufus puede crecer para convertirse en un sádico es porque eso es lo que se espera de él. Si puede hacer lo que hace es precisamente porque la sociedad se lo permite. Si puede vender y comprar seres humanos y separar familias es porque esos son los derechos que la sociedad le otorga.

Y es esa misma mentalidad, esa misma presión continua, la que moldea la mente de los esclavos. El sistema impone su lógica y ningún individuo puede romperla. Solo la sociedad puede transformar la sociedad.

Como he dicho, «Parentesco» es una novela extraordinaria. Octavia Butler pinta un retrato estremecedor de todo un sistema y fuerza a una persona del presente a enfrentarse a él, a conocer su funcionamiento interno, a comprender cómo podía persistir. Dana debe responder a muchas preguntas. La más importante, ¿es correcto seguir preservando a su antepasado?

¿Pero qué piensas tú? ¿Has leído a Octavia Butler? ¿Te fastidia que sus libros no estén todos disponibles en las librerías? A mí sí. Deja tus opiniones, comentarios y recomendaciones. Y recuerda, si te interesa ver más vídeos sobre lecturas que valen la pena, ya sabes: suscríbete. Hay un botón por ahí debajo.

Gracias y hasta la próxima.

La fascinante cultura japonesa vista a través de 50 películas. Eso es lo que ofrece Carolina Plou en «Bajo los cerezos en flor». Una aproximación singular y muy interesante. Géneros como jidaigeki, kaiju o el anime.

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Hola. ¿Cuánto podemos saber sobre una cultura a partir de lo que ella misma dice o lo que otros dicen? Pues examinándolo con atención, posiblemente mucho. Y con esa idea, Carolina Plou nos invita a acercarnos a Japón y su cultura a través de 50 películas. Es «Bajo los cerezos en flor».

Lo publica Editorial OUC.

Exploremos.

«Bajo los cerezos en flor», es un libro bien curioso. Ocupa un espacio ciertamente imprevisible, colándose en el hueco que hay entre un complejo libro de estudio sobre la cultura japonesa y una simple lista de 50 películas. En ese aspecto es ideal si quieres ir un poco más allá de lo habitual en lo que a cultura japonesa se refiere sin querer empantanarte en un estudio académico o sencillamente si quieres complementar lo que ya sabes.

De hecho, no dudo que «Bajo los cerezos en flor» podrá descubrirte aspectos de Japón y la cultura japonesa que no conocías y bien podría servir como punto de partida para seguir explorando.

Carolina Plou es licenciada en historia del arte especializada en arte japonés, por lo que está más que cualificada para escribir un libro así, aportando análisis y conocimientos. Es más, el libro se cierra con una muy interesante circularidad que da para reflexionar una vez que has terminado de leerlo. Más tarde lo comento.

Como dije antes, no es una simple lista de 50 películas. Hay varias sorpresas. La primera, es que no todas las películas son japonesas. La mayoría lo son, pero también hay americanas, coreanas, españolas… La segunda sorpresa es que las películas no están ordenadas por su año de producción, sino por la época histórica en la que transcurre la acción. La primera película es «Los tres tesoros», que narra el origen del mundo y con él el de Japón, y la última «Akira», que transcurre en el futuro Neo-Tokio.

Las dos sorpresas se desvanecen en cuanto comprendes que la intención del libro es intentar dar una imagen de cómo los japoneses se ven a sí mismos, de cómo ven el mundo más allá de las fronteras de su país y de cómo el resto del mundo los ve a ellos, con los consiguientes cruces e influencias culturales. El orden elegido ayuda además a que cada texto breve, unas tres páginas por película, se apoye en el anterior y pueda proyectarse hacia el futuro.

Y el resultado es excelente.

La autora aprovecha muy bien cada película. En ocasiones comenta la película en sí, a veces el contexto histórico en que se realizó, otras veces la época en la que transcurre, también su importancia fuera de la pantalla o el simple hecho de que la película en sí exista, como sucede en el caso de las coproducciones. Hay muchas grandes películas en la lista, pero también algunas que no lo son tanto pero que sirven para ilustrar algún aspecto que considera fundamental.

Por ejemplo.

«El bárbaro y la geisha» le permite comentar la historia de Japón. «El último samurai» para tratar las tensiones de la era Meiji y la persistencia de estereotipos hasta el siglo XXI. «El rito de amor y de muerte» para contextualizar a Mishima en cierta tradición japonesa. En el caso de «Seven Weeks», destaca los aspectos artísticos y experimentales de la película. El pánico nuclear está representado por «Godzilla, Japón bajo el terror del monstruo», por supuesto, para reaparecer más recientemente en «The Land of Hope». La larga serie de películas de Tora-san comenta los cambios en el paisaje urbano. «Lost in Translation» permite explorar Tokio como un tercer personaje que tiene su propio arco en la película. Y la curiosísima «Thermae Romae» es un llamativo ejemplo de Japón mirando a la antigua Roma desde un aspecto que para nosotros no podría ser más japonés: los baños. El sincretismo japonés en «La balada de Narayama» o el cambio en la percepción de los fantasmas en «Historia de fantasmas de Yotsuya». La relación con Corea con «The Admiral: Roaring Currents». «La princesa Mononoke» propicia un comentario sobre los pueblos antiguos de Japón, mientras que «Kubo y las dos cuerdas» es el ejemplo perfecto de influencia cultural de Japón en Occidente.

Y así sucesivamente, con todas las películas. Aprovechando muy bien el espacio disponible, especialmente considerando que el libro apenas supera las 200 páginas. Ofreciendo muchos apuntes culturales que se van sumando a medida que pasa de una película a otra. Y logra cerrar el libro muy satisfactoriamente comparando el japonismo, la pasión por Japón, del siglo XIX, con el neojaponismo de nuestro presente, desde el punto de vista de las formas artísticas más populares en cada caso.

Personalmente, he aprendido muchas cosas leyendo este libro. Empecé con cierto escepticismo, pero el formato y la calidad de los comentarios me ganaron al final. Así mismo, me quedo con una lista enorme de películas para ver. Unos ejemplos son: «Vida de Oharu, mujer galante», «Hara-kiri», «Scabbard Samurai», «Zatoichi», «La isla de Giovanni», «Los niños de Hiroshima», «El ahorcamiento» o «Despedidas».

Y algún descubrimiento francamente curioso. Como el mediometraje «El cartero de Alpartir», que puedes ver en YouTube. Una joven japonesa decide ingresar en un convento de clausura en España y los habitantes de Alpartir se vuelca en cumplir su sueño. Luego, el cartero del pueblo viaja a Japón a entregar a los padres de la joven las cartas y postales con mensajes de acogida enviadas desde todo el país. Una historia bien curiosa que se dramatiza en ese mediometraje. Como dice Carolina Plou, es una película interesante como reflejo del contexto social en dos países que en ese momento se estaban recuperando económicamente.

¿Pero tú qué piensas? ¿Te parece una buena forma de aproximarse a la cultura de otro país? Deja tus opiniones, comentarios y recomendaciones. Y recuerda, si te interesa ver más vídeos sobre lecturas que valen la pena, ya sabes: suscríbete. Hay un botón por ahí debajo.

Gracias y hasta la próxima.

El regreso de Haruki Murakami a la novela larga: La muerte del comendador (Libro 1). Una apasionante y enigmática historia sobre arte, soledad, responsabilidad personal y pozos en el jardín…

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Hola. Un mundo extraño, enigmático, irreal, vacío. ¿Un hombre sin rostro que pide que pinten su retrato? ¿Un personaje que sale de un cuadro? ¿Una campanilla que suena en la noche? Tienes suerte, «Matar al comendador» te lleva de regreso al universo de Haruki Murakami, en una reflexión sobre el arte, la responsabilidad, la soledad, el tiempo y la transformación.

La publica Tusquets Editores con traducción de Fernando Cordobés y Yoko Ogihara.

Venga, vamos, que hay pozos por explorar.

Antes de empezar, este es el libro 1 de 2. El siguiente volumen se publicará traducido a principios de 2019. Por tanto, por ahora hay que leerlo como si esto fuese todo y preguntarse qué tipo de libro es y cómo encaja en la obra de Murakami.

Pues bien, «La muerte del comendador» es fascinante, reflexiva, y deliciosamente extraña, con ese punto surrealista que uno nunca sabe por dónde va a salir. Es Murakami en plena forma, explorando muchas de sus constantes y también metiéndose en territorios nuevos. Tras unos primeros capítulos que muestran con maestría la desintegración de un matrimonio, se adentra en una historia de metamorfosis y regeneración. Cubre además una enorme variedad de tema que se entretejen y se reflejan entre sí. Como se entretejen y se reflejan entre sí la mayoría de los personajes. Manifiesta alguno de los tics molestos de Murakami, pero pasan bastante desapercibidos en el conjunto.

No me puedo resistir. Esta es mi oportunidad. Hablemos de todo eso…

Un poquito del argumento.

Un prestigioso pintor de retratos, de 36 años, sin nombre en la historia, se lanza a un vagabundeo por el norte de Japón cuando su mujer anuncia que quiere divorciarse. A pesar de tener un amante, la mujer tomó la decisión por un sueño que tuvo.

Nuestro vagabundo acaba recalando en Odawara, en la casa del que fuera un famoso pintor de pintura tradicional japonesa, Tomohiko Amada, ahora un señor de 92 años ingresado por demencia senil. La casa se la ha prestado un amigo de la facultad de Bella Artes, hijo del famoso pintor. Es una casa llena de discos de ópera en la que destaca poderosamente la ausencia de cualquier cuadro.

Vale, hay un cuadro. Que descubre un día en el desván, envuelto y bien guardado, lejos de la vista de cualquiera. El cuadro se llama «La muerte del comendador».

Si estás familiarizado con Murakami ya habrás pillado algunos elementos habituales. El personaje carece de nombre y es narrador en primera persona de la historia, porque esta es ante todo su historia personal. Lo del personaje sin hombre es algo que Murakami hacía en sus primeras novelas y que recupera en esta.

Pero en japonés hay varias formas de referirse a uno mismo y Murakami usa dos de ellas. En la serie de novelas del Rata, el yo que habla es “boku”, que normalmente se usa para hombres. En «El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas», el narrador se refiere a sí mismo como “watashi”, que es más formal. Y ese “watashi” es el que conecta esta novela con el febril mundo inconsciente de «Un despiadado país de las maravillas».

Pero hay un par de variaciones.

También suele ser habitual que el protagonista de Murakami despierte de una especie de impasse, siendo ese “despertar” el punto de partida que impulsa la trama de la novela. Pero en «La muerte del comendador», al menos en este primer libro, lo que se cuenta es la historia de ese impasse, de ese largo paréntesis que dura 9 meses. Eso es prácticamente lo primero que se nos dice, antes de revelarnos, también desde el principio, que volverá con su mujer. La novela está contando ese angosto desfiladero. Un poco como sucedía en «Tokio Blues», donde ya sabíamos al empezar que el narrador sobreviviría a la historia.

Y elucubra como te apetezca con el hecho de que el proceso lleve nueve meses. Yo no me voy a meter.

También es normal que Murakami arranque con la mayor de las cotidianidades, estableciendo un entorno muy realista antes de saltar a la parte más extraña y fantástica. No aquí. Todo lo que he contado viene después de un breve prólogo donde se plantea un curioso desafío. Una entidad sin rostro le pide al narrador que pinte su retrato. ¿Cómo pintar el retrato de alguien que no tiene rostro? El protagonista tiene la rara habilidad de fijarse continuamente en las caras y recordarlas, para usarlas como puerta de acceso a la subjetividad de cada uno. ¿Pero sin cara…?

El resto de lo que se cuenta es bastante cotidiano, y los elementos más extraños podrían fácilmente interpretarse como alucinaciones o engaños deliberados. Tanto es así que aún sabiendo que no es ese tipo de novela, casi se podría leer como el relato de un desconcertante trastorno psicológico.

El protagonista ha perdido todas las ganas de pintar y pasa el día dando clase y enrollándose con mujeres casadas, más listas que él. También nos cuenta su vida. Nos habla de su hermana, Komichi, que murió a los doce años por un problema de corazón y lo mucho que la vio reflejada en Yozu, su mujer, y luego en una adolescente de trece años que aparece en medio de la novela. Adolescente que podría ser o no ser la hija de Wataru Menshiki, un misterioso millonario que vive solo en una lujosa casa al otro lado del valle. Millonario que es una especie de versión de Gatsby y que un día insiste en que el famoso retratista le pinte a él. A watashi no le apetece nada hacerlo, pero paga muy bien. La única condición es posar para el cuadro, aunque nuestro artista siempre ha trabajado de memoria.

Y está el cuadro del desván.

El cuadro llamado «La muerte del comendador» resulta ser una escena violenta que parece representar la parte de la ópera «Don Giovanni», cuando el protagonista epónimo mata al comendador. Pero trasladada a la era Asuka, allá por el siglo VII. Es un cuadro extraño, porque hay sangre y violencia, y una incongruente cabeza que asome por una trampilla del suelo, cuando a Amada lo que le gustaba eran las escenas tranquilas y armoniosas ambientadas en la historia antigua del país.

Aunque no siempre fue así. De hecho, de 1936 a 1939 vivió en Viena con la intención de dedicarse a la pintura europea. Pero algo sucedió y tuvo que huir de Europa. ¿Perseguido por los nazis? ¿Se involucró en algún grupo de resistencia? Sea como sea, regresó a Japón y reapareció como pintor tradicional.

Curiosamente, watashi empezó pintando abstracto en la facultad, porque era lo que le gustaba. Se puso a pintar retratos porque daba dinero. Y la verdad es que tiene mucho talento para ello, porque sabe pintar lo que hay bajo la piel de las personas, sabe pintar vidas y no rostros. Impulsado por Wataru Menshiki, redescubre su interés por la pintura, pero con un estilo cambiado, diferente, una metamorfosis del anterior. Menos pecuniario, digamos. Menos mueble.

Tampoco es la primera vez que Murakami hace comentarios políticos. «La caza del carnero salvaje» no es más que una larga crítica al pasado bélico de su país y tanto «Baila, baila, baila» como «Al sur de la frontera, al oeste del sol» contienen muchas referencias a todo lo negativo del crecimiento económico de Japón. Pero rara vez se remonta tanto en el tiempo, rara vez lo conecta tan explícitamente con la historia antigua de Japón.

Y rara vez hace referencias tan explícitas a la literatura de su país. Ya he comentado los ecos de «El gran Gatsby», que queda puramente al nivel de lo que lector puede apreciar y la hermana Kamichi está conectada con Alicia. Pero explícitamente se menciona a Ueda Akinari y su libro «Cuentos de lluvia de primavera», y más adelante a Ōgai Mori y su «La familia Abe». Es más, los propios personajes comentan las similitudes entre la historia de Akinari “El lazo de las dos vidas” y lo que está sucediendo en la trama de la novela. Es como si el propio Murakami estuviese reclamando el sitio que le corresponde en la tradición literaria de Japón.

Es más, ese cuento —que es una crítica despiadadamente satírica de la religión— le deja camino para hacer referencias al budismo, sobre todo a una práctica ascética extrema que permitía la momificación en vida para seguir meditando durante la eternidad. E inevitablemente algunos personajes manifiestan rasgos monacales. El misterioso Wataru Menshiki posee el autocontrol que la cultura popular atribuye a un monje zen. Y watashi es un personaje pasivo no porque se esté dejando llevar por la depresión como el boku en «Baila, baila, baila», sino porque ha decidido entregarse al flujo de la existencia y participar en lo que sea que la vida arroje frente a él.

De hecho, Menshiki y watashi se presentan explícitamente como dobles e inversiones uno del otro, hasta el punto de que Menshiki vive en la diagonal de la casa de Tomohiko Amada. Se establece una complicidad entre ellos que no es fruto de entenderse, porque Menshiki prácticamente no cuenta nada de su pasado, sino que nace de una especie de sintonía o predestinación.

El humor de esta novela es divertido y grotesco, en ocasiones combinado con la crítica. No es de extrañar si recuerdas que «Don Giovanni», a pesar de sus tragedias, es una ópera bufa que no vacila en rimar “Plutón” con “bribón”. En el caso de Murakami, uno de los personajes sale del cuadro y lo hace con el mismo tamaño que tiene en la pintura. Solo el protagonista puede verle, detalle que no impide que lo inviten a cenar. Luego ese mismo personaje de un poco más de medio metro explica que se trata de una idea y que haber adoptado otra forma podría haber violado alguna marca registrada. De igual manera, en uno de los momentos más divertidos, el protagonista descubre que sus cuadros, a efectos fiscales, son considerados muebles de oficina.

En última instancia, el gran tema de este libro es la creación artística. No es vano este primer volumen se titula “Una idea hecha realidad”. Un juego más entre la trama y el tema, porque es evidente que en la narración hay ideas manifestándose y que algunas más están llamando a la puerta.

Hubiese sido demasiado fácil haber puesto a un escritor, así que Murakami recurre a un pintor, alguien que también vive a medio camino, que en su proceso de reflexión encuentra una forma de pintar que no es las de una escuela determinada. Es difícil no ver el camino de watashi como el del propio Murakami.

El arte en esta novela, que se aprovecha de la incapacidad para definir la pintura japonesa, no es tanto crear como revelar lo que ya existe, conectar con ese mundo que hay ahí al lado. Ese mundo de ideas estremeciéndose y deseando nacer, ansiando existir. Se da a entender que algunos personajes ya son conscientes de ese mundo y pueden acceder a él, pero al artista solo le queda usar la pluma o el pincel.

El arte es insinuación y metáfora, es dar con conexiones extraña y en cierto modo inexplicables, como las que en la mente de watashi unen a Yozu y a Komichi. El arte es una búsqueda de la verdad que a veces conduce a la soledad. En ocasiones es tropezar con lo siniestro, aunque uno buscase lo armonioso. El arte, al menos en esta novela, es provocar un cambio de perspectiva que lo transforma todo. Es el arte un espejo en el que no sabíamos que podíamos mirarnos.

Pintar es entender. Y watashi es un personaje con ese inefable poder.

El ritmo es ligeramente diferente. Parece un Murakami habitual, pero no lo es. Hay un cambio sutil en la longitud de la escenas, una mesura cuidada, una cadencia buscada deliberadamente, una breve aceleración episódica que dota a la narración de una música particular, un pulso extraño y sutil, como si la novela en sí fuese el fluir que controla la vida de watashi en la casa, esa corriente de acontecimientos en la que se deja flotar.

Es difícil hacer predicciones, pero si el segundo volumen mantiene el nivel de este, no dudo que «La muerte del comendador» pueda pasar a mi ranking personal de las mejores obras de Murakami. Disfruté enormemente de su lectura, mi ejemplar está lleno de post-its con notas y es seguro que la releeré. Si crees que este vídeo ha sido largo, no sabes lo que me he tenido que controlar para que no lo fuese todavía más. La de notas que se me han quedado en el suelo. Son después de todo más de 400 páginas llenas de ideas y temas que darían para muchos análisis.

El narrador innominado es uno de los mejores creados por Murakami y su relación con Wataru Menshiki me encanta. Y eso sin mencionar la presencia fantasmal de Tomohiko Amada y su estremecedor cuadro.

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Sobre la lectura, de Steve McCurry

En Sobre la lectura, Steve McCurry reúne una serie de extraordinaria fotografías alrededor del tema de la lectura.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. Para muchos de nosotros, la lectura es una actividad intelectual. Algo que hacen los cerebros, absorbiendo directamente y casi por arte de magia el contenido de las grandes obras. Pero este maravilloso libro de fotografías, Sobre la lectura, de Steve McCurry, nos recuerda que la lectura es ante todo una forma de estar en el mundo.

Lo publica Phaidon Press.

Veamos.

Si no sabes quién es Steve McCurry, no te preocupes, yo tampoco lo sabía. Por suerte, tengo a mi amigo David, del canal David García Pérez Fotografía, al que pido consejo cuando quiero hacer algo diferente con mi cámara. Le pregunté si sabía quién era, él me miró raro y me lo dijo. Resulta que aunque no sepas quién es, es muy probable que hayas visto al menos una foto suya.

Pues bien, a lo que íbamos. Sobre la lectura es un libro de fotografías tomadas en todo el mundo. Desde Brasil hasta Italia. Desde Rusia hasta Afganistan. Desde Marruecos hasta Birmania. Todas muestran la lectura. Vamos, por donde ha pasado ese hombre ha hecho una foto con ese tema. Se completa con un prólogo de Paul Theroux que a mí francamente no me ha dicho nada. Se centra demasiado en la lectura como actividad intelectual, como un paso más de la apreciación de la gran literatura.

Pero esto son fotos. Fotos tomadas por un hombre que sabe captar el momento, que sabe congelar el tiempo. Y lo que muestran es sobre todo la lectura como una postura del cuerpo, como un acto físico, como una ocupación del espacio real. Lecturas en lugares concretos, con un fin concreto, con una actitud concreta. Lecturas reales.

Ya sea una hierática estatua, leer mientras esperas, la pose dinámica de alguien que cuelga de una escalera tras encontrar el libro que buscaba y que se ha puesto a leer sin molestarse en bajar.

El aula, el transporte público, la quietud del parque, la intimidad del hogar, el bullicio de la calle, el estruendo de la fábrica, el recogimiento monacal del museo.

De pie, sentado sobre la primera superficie disponible, apoyado contra un elefante, tendido, recostado o en posiciones inverosímiles. Solo o acompañado. Leer periódicos, libros, cómics… incluso estatuas.

Leer por devoción, para aprender, para informarse, por desafío, por entretenimiento, para estudiar. Y escuchar leer para compartir.

Leer para pasar el tiempo. Leer para evitar que el tiempo pase más rápido.

Y eso es lo que revelan estas fotografías extraordinarias. Leer como algo que hacen cuerpos, como una actividad que se manifiesta físicamente. Y algo más.

Como toda actividad que requiere concentración, la lectura implica un cierto grado de confianza y seguridad. Abandonas momentáneamente el mundo que te rodea, convencido de que en los minutos posteriores no te pasará nada. Y eso es lo que manifiestan muchas de la fotografías. Incluso las que dan a entender un trasfondo violento o un pasado trágico, revelan claramente esa tranquilidad fundamental, ese rendirse brevemente, un momento quizá pasajero de alegría, asombro o entendimiento que la fotografía de Steve MCCurry ha preservado.

¿Pero tú qué opinas? ¿Es la lectura una actividad intelectual o un acto físico? Deja tus comentarios, opiniones y recomendaciones.

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Gracias y hasta la próxima.

Kappa, de Ryunosuke Akutagawa

En Kappa, Ryunosuke Akutagawa nos adentra en un mundo fantástico, una visión distorsionada, cómica y exagerada de nuestro mundo real. Parodia de las taras humanas, y más específicamente las costumbres de Japón, es también una historia profundamente melancólica.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. Kappa, de Ryunosuke Akutagawa. Una novela breve sobre un viaje fantástico que, como suele suceder en estos casos, sirve al autor para criticar su propia sociedad. Una de las magistrales últimas obras de un autor magistral.

Lo publica la editorial Ático de los Libros con traducción de David Favard.

Kappa de Ryunosuke Akutagawa recuerda al Gulliver de Swift, incluyendo un más que explícito eco final. En ambas obras, un extranjero llega a un mundo radicalmente diferente en apariencia pero que finalmente resulta ser a la vez reflejo e inversión satírica del nuestro. Pero el tono lo es todo. Gulliver era obra de un misántropo. Mientras que Kappa es el producto de un hombre que se suicidaría el mismo año de la publicación de la novela por el temor a desarrollar una enfermedad mental. Es difícil no leerla como una nota de suicidio.

Los kappa son seres de la mitología japonesa. Algo así como monos con escamas y pico, de hábitos más bien anfibios y con una gran concha como de tortuga a la espalda. No son seres inventados por el autor, por lo cual la conexión con Japón y los comentarios sobre la sociedad japonesa son explícitos. Los kappas son importantes referentes culturales en Japón.

La historia en sí es el delirio del paciente número 23 de un sanatorio psiquiátrico. El autor ya empieza así la narración, explicando que fue el propio paciente quien se la contó con gran detalle y que siempre relata lo mismo si se le pregunta.

Lo que sucedió es bien sencillo. Un día se puso a perseguir a un kappa. Durante la persecución, como si fuese Alicia, cayó por un agujero y llegó al país de los kappas, lugar donde los bichitos viven tan contentos en su sociedad.

Y esa sociedad resulta ser una crítica feroz de varios aspectos de la sociedad humana, donde todo está invertido, ridiculizado o llevado al extremo. Es una sociedad donde distintos cinismos e hipocresías, al contrario que en el mundo humano, se admiten abiertamente. Es una sociedad repleta de leyes y disposiciones invertidas que se consideran tan racionales, es decir, irracionales, como las leyes y disposiciones japonesas.

Es una sátira combinada con enormes elementos melancólicos. Por ejemplo, los niños kappa tienen la oportunidad de negarse a nacer. El padre le pregunta al feto si desea venir al mundo.

Hay otros blancos: los movimientos artísticos, la legislación, la censura, el sexo. Las hembras kappa persiguen a los machos por la calle y los atacan indiscriminadamente. Curiosamente, en su religión es el cerebro del macho kappa el que fue modelado a partir de la primera hembra kappa. El militarismo , la política, el control de los medios de comunicación… O el capitalismo. No hay desempleo porque en cuanto alguien se queda sin trabajo. Se añade el detalle de que cuando el desempleo aumenta el precio de la carne baja proporcionalmente.

Cuando el protagonista, antes de salir corriendo a vomitar, comenta que quizá esa práctica sea un poco extrema, le dicen que en Japón, porque los kappas saben mucho de la sociedad japonesa, hay prácticas perfectamente aceptadas que no son muy diferentes.

El suicidio de un importante filósofo, un súper-kappa entre los kappas -porque lo dicen él y sus amigos-, impulsa a nuestro héroe a buscar el regreso a su Japón. Lo encuentra, de mano de un peculiar kappa que vive su vida al revés y rejuvenece con el paso de los años.

Como se ve, el suicidio y la enfermedad mental son temas continuos en la obra. No es difícil ver en el suicidio del filósofo un presagio del suicidio de su autor. Lo mismo con la locura del protagonista, porque Akutagawa creía haber heredado la esquizofrenia de su madre.

Kappa es un retrato minucioso de todo lo deforme en la condición del kappa, que en esta breve novela es… no sé… caricatura de la condición humana… ya sabes.

Esta llena de momentos humorísticos. Por ejemplo, al asistir a un concierto de música clásica, se comenta que al igual que sucede en Japón los programas se publican, por alguna razón, en alemán. Pero también es una historia tremendamente melancólica que deja un curioso poso de tristeza indefinible.

Kappa sigue siendo un magistral repaso a los males sociales, porque los males sociales no suelen cambiar con el tiempo.

¿Pero qué opinas tú? Deja tus comentarios sobre los kappas, Akutagawa o el Gulliver de Swift, y dime también que otros libros de literatura japonesa debería leer.

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Una antología de ciencia ficción escrita en Japón: Japón especulativo, compilada por Gene Van Troyer y Grania Davis. Interesantes aportaciones sobre todo de los años 60 y 70.

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Hola. Hay mucha ciencia ficción escrita por el mundo. En particular, de Japón conocemos sus películas y series, ¿pero qué hay de la literatura de ciencia ficción? Pues la antología Japón especulativo, recopilada por Gene Van Troyer y Grania Davis, quiere remediar esa laguna.

Lo publica Satori Ediciones con traducción de Alexander Páez.

No nos llega mucha ciencia ficción de países no anglosajones. Hubo una época en la que era más habitual encontrar algo de ciencia ficción francesa o rusa, pero ahora resulta más complicado. Tener al menos una antología de ciencia ficción japonesa es una suerte.

Y la suerte es doble, Pedro, porque casi a la par se ha publicado una antología de ciencia ficción china realmente buena. Se titula “Planetas Invisibles” y en mi canal la comento.

Muy buena noticia. Pues ya sabes, pásate por el canal Breveseñas, de Moisés Cabello, para conocer los detalles de esa antología de ciencia ficción china.

Japón especulativo no es, ni pretende ser, una representación total. Es realmente el resultado de un proyecto de traducción de ciencia ficción japonesa al inglés, iniciado por Judith Merril, y por tanto está anclado en una época concreta: la mayoría de las historias se escribieron en los años 60 y 70. Solo hay dos de los 80 y una solitaria historia, la mejor, pertenece al siglo XXI. Incluso admite la falta de autores. Se menciona a Kobo Abe, pero no hay ninguna historia suya.

La tentación es leer las historias según el modelo de fase presentado en la introducción, que divide la ciencia ficción japonesa en tres periodos, dependiendo de su fidelidad al modelo americano. No lo voy a hacer porque no me resultó muy convincente. Las fases son demasiado genéricas y podrían aplicarse a cualquier país.

Prefiero pensar en estos cuentos como todos escritos a la vez. En ese aspecto, la antología empieza muy bien, con “Fauces salvajes” de Komatsu Sakyō, la historia de un hombre empeñado en devorarse a sí mismo. Arranca como horror corporal, pero lleva la idea hasta sus consecuencias lógicas y pasa a ser algo más. “La hora de la revolución”, de Hirai Kazumasa, cuenta la huida de una distopía futura y lanza un mensaje final antitecnológico. Mientras que “Hikari”, de Kōno Tensei, ya en los 70, describe una curiosa invasión de seres de luz que resulta bastante inquietante y divertida.

“Me desharé de tu pesar”, de Mayumura Taku, es el cuento más antiguo y para mí uno de los más interesantes. Un hombre consigue un dispositivo que al usarlo en una situación de nervios o ansiedad te permite sentirte mejor. Pero solo puede usarse tres veces. A la cuarta pasan cosas malas. No puedo evitar pensar que la historia y su desarrollo parodian el Zen y están comentando la sociedad japonesa de forma muy elíptica.

“El sendero hacia el mar”, de Ishikawa Takashi, es un cuento más convencional, mientras que “¿Adónde vuelan ahora los pájaros?”, de Yamano Kōichi, se permite ser más fantasiosa. “La vida de las flores es corta”, de Fukushima Masami”, plantea un curioso futuro para el ikebana. “Caja de cartón”, de Hanmura Ryō, detalla la vida de una caja, cuya máxima satisfacción es estar llena.

En “Otro Prince of Wales”, Toyota Aritsune presenta un mundo futuro donde la guerra está controlada por Naciones Unidas y es casi un deporte. Solo pueden declararse guerras históricas y deben lucharse con el armamento de la época. La premisa ya de por sí tiene gracia, pero el cuento acaba revelando alguna complejidad más.

“Chica”, de Ōhara Mariko, es el cuento que más se acerca a lo que vemos en animes y películas japonesas de ciencia ficción. Un futuro vagamente ciberpunk, con un protagonista modificado para ser objeto de placer. Es un cuento que fluye muy bien y que finalmente se revela tratando un tema diferente al que parecía inicialmente.

“Mujer de pie”, de Tsutsui Yasutaka, describe una sociedad totalitaria que además dispone de una nueva forma de condenarte: convertirte en un árbol. La mujer del protagonista, un escritor, ha sufrido tal suerte. El cuento es emotivo, meditativo y enigmático, pero se deleita también en las múltiples y grotescas variaciones de la idea central. Es un cuento tremendamente efectivo.

“La leyenda de la nave espacial de papel”, de Yano Tetsu, desarrolla la idea habitual de un ser extraterrestre atrapado en la Tierra, pero lo hace situando la acción en un remoto poblado japonés y perfilando con esmero la personalidad de sus dos protagonistas. También muy efectiva es “La Caja Universo de Reiko”, de Kaijo Shinji, donde un extraño objeto se convierte en metáfora de la vida matrimonial.

Pero sin duda, la mejor historia es “Mogera Wogura”, de Kawakami Hiromi, la más moderna. Un extraño ser, perteneciente a una especie que ha coexistido con la humanidad, va a trabajar a una oficina, se viste normalmente y colecciona seres humanos de los que cuida en su casa. Decir que la historia es enigmática es decir poco. Posee una ambigüedad exquisita, demuestra una habilidad magistral para omitir detalles y recrea una atmósfera fantástica y de sueño.

La antología se completa con un poema que parece sufrir por la doble traducción y una serie de ensayos que no resultan demasiado interesantes. Mi recomendación es, en todo caso, leerlos después de acabar los cuentos.

Japón especulativo es una antología que ya resulta interesante por su planteamiento, pero que por suerte contiene cuentos de muy buen nivel que se parecen a lo que esperas pero no exactamente. Destacan la aportaciones de Tsutsui, Ryō, Ōhara y, sobre todo, la enigmática fantasía de Kawakami.

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Nos vamos a explorar la clave del pensamiento con La analogía, una monumental obra de Douglas Hofstadter (autor de Gödel, Echer, Bach) y Emmnauel Sander.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. ¿Qué hacemos cuando pensamos? ¿Cuál es ese proceso que nos permite conectar dos ideas totalmente diferentes? ¿Cómo somos capaces de imaginar una situación y trasladarla a la realidad? Pues según Douglas Hofstadter y Emmanuel Sander en su libro La analogía, el motor del pensamiento es la analogía. Vamos, es el título, más claro no puede estar.

Lo publica Tusquets Editores con traducción de Roberto Musa Giuliano.

Vamos de exploración.

Por cierto, eso de decir que leer es como explorar es una metáfora, que el libro ya nos dice que es un caso de analogía. Leer y viajar se conectan como si en esencia fuesen lo mismo.

¿Ya ha salido mi nombre? Tengo la sensación de que ya he empezado a hablar del libro…

La realidad es infinita en su riqueza de detalles. Somos incapaces de percibirlos todos. Reducimos, abstraemos y, lo más importante, olvidamos diferencias para poder construir conocimiento. Si no, seríamos como Funes, el personaje de Borges, incapaces de comprender que un perro visto a las tres y catorce pertenece a la misma categoría que un perro visto a las tres y cuarto o que incluso son el mismo perro.

Todo lo contrario. A pesar de que una foto salió antes que la otra, no tienes ningún problema en comprender que muestran al mismo perro. Es más, a los pocos segundos de desaparecer, empezarás a olvidar los detalles concretos de ese perro y recordarás simplemente que salía un “perro”. Y pasado unos minutos más, es posible que incluso olvides el animal, porque no es más que una sencilla ilustración irrelevante para el resto del vídeo.

Es realmente impresionante. ¿Cómo lo hacemos? ¿Cómo logramos clasificar la realidad en una serie de categorías más sencillas? Y luego al revés. ¿Cómo combinamos esas categorías simples para construir una imagen todavía abstracta pero más compleja de la realidad? Los autores no dudan en calificar de milagro el hecho de que nuestro cerebro pueda asignar casi todo lo que encuentro a una categoría preexistente. ¿Cómo?

La respuesta de este libro es que usamos analogías. Y analogías sobre analogías. Y luego analogías sobre nuestras analogías de las analogías. Y así una y otra vez, es un proceso que podemos alargar en el tiempo todo lo que queramos, creando pensamientos cada vez más complejos en el interior de una mente más que finita.

La analogía es todo un señor libro. Estamos hablando de más de 800 páginas. Es realmente grueso. Además, ni siquiera intenta esconder su tesis, convertirla en un misterio a descubrir o algún truco similar de los libros de divulgación. No, todo lo contrario, prácticamente es lo primero que dice: «Las analogías y los conceptos protagonizan este libro acerca del pensamiento, pues sin conceptos no hay pensamiento y sin analogías no hay conceptos».

Es así de sencillo, pero también así de complicado, que es la razón para requerir tantas páginas. Las ideas sencillas son en ocasiones las más difíciles de justificar. Por tanto, el libro está organizado como una pirámide. Sin abandonar nunca la idea de hablar de la cognición como un fenómeno psicológico, dejando de lado los posibles mecanismos neuronales, cada capítulo va subiendo de nivel.

Los tres primeros capítulos introducen las ideas básicas de categorías y analogías. El primero va de cómo adquirimos conceptos sencillos como “madre” o “silla”. El segundo, de categorías más complejas que requieren de una frase entera como “cuarto de baño”. «Conocemos muchas más categorías que palabras», nos recuerdan. El tercer capítulo trata de conceptos para los que no tenemos una expresión lingüística.

Otros tres capítulos se dedican a nuestro relación con las analogías. El cuarto habla de cómo las usamos en nuestra vida. El quinto, de cómo ciertas categorías condicionan nuestra forma de pensar, nos manipulan, llevándonos a conclusiones absurdas, como en el ejemplo de las Torres de Hanoi. Y por el último el sexto aborda las analogías que nosotros manipulamos para lograr cierto efecto.

Como se ve, cada capítulo va subiendo por los niveles de abstracción, hasta llegar al séptimo y octavo, los mejores y más estimulantes del libro, donde se aborda la importancia de las analogías en el pensamiento científico. El séptimo tratando las analogías ingenuas que limitan nuestra comprensión. El octavo incluye un análisis de cómo Einstein manipulaba analogías para lograr desarrollar su pensamiento científico. De hecho, lo que vienen a decir es que el genio de Einstein radicaba sobre todo en su capacidad de crear analogías científicamente fructíferas.

La postura del libro es abiertamente antiplatónica. Las categorías mentales que usamos no existen a priori. No, las vamos formando a partir de la experiencia, empezando por casos singulares, la primera silla que vemos, añadiendo más y más individuos a medida que ampliamos la categoría. ¿Cómo? Pues es un juego doble. Creamos categorías realizando analogías entre elementos y luego usamos esas categorías para seguir creando analogías.

Nuestra vida mental consiste en ir reorganizando nuestras categorías a medida que resulta necesario. Por tanto, los conceptos o categorías son necesariamente difusos, flexibles y vagos. Todos hemos sentido esa zozobra al encontrarnos con un elemento que no sabemos si encajar o no en cierta categoría. Sillas especialmente raras, por ejemplo. O, ¿una mesa es una silla? Recuerdo que era muy pequeño cuando vi por primera vez un sacapuntas. ¿Y sabes lo que pensé? Que era una representación muy pequeña de una lavadora.

De hecho, un objeto dado puede ir cambiando de categoría a medida que es necesario. Vamos, que el espacio de las categorías es enorme y está lejos de ser único para un elemento concreto. Un ejemplo que ponen es un vaso, que en su relato va cambiando de categoría a medida que se mueve por el mundo. Puede ser “producto” en la tienda, “jarrón” en casa y “basura” una vez roto.

Otra consecuencia evidente es que cada uno tiene su propio conjunto de categorías y a veces simplemente no coinciden. Cada idioma hace lo posible por dividir el mundo en un conjunto mínimo de casos que nos permitan comunicarnos. Pero rara vez dos idiomas lo hacen de la misma forma y de ahí encontramos una fuente habitual de confusiones. Pero igualmente, mis conceptos mentales no tienen necesariamente que coincidir con los tuyos.

Todo eso lo explican en el prólogo, que es el inicio fundamental y que les sirve para construir todos los demás. Pero van más allá. Para ellos, términos como “y”, “pero”, “entonces” o “mientras” son también ejemplos de categorías, conceptos sutiles y complejos, resultado del mismo mecanismo de las analogías.

Un ejemplo.

Una papelera. No recuerdas para nada la primera papelera que viste. Pero alguien te diría que era una papelera. Ahora, no tienes ningún problema en ir por el mundo y reconocer papeleras. Comparas el objeto que estás viendo y decides según compartan o no ciertas características. Aunque encuentras casos curiosos. ¿Esto es una papelera o no?

En cualquier caso, un día descubres que esto también es una papelera. Quizá la idea choca al principio, te lleva un tiempo acostumbrarte. Pero al rato te basta hacer una analogía más profunda entre el concepto de papelera que tienes en la cabeza y eso nuevo que también llaman papelera. Comprendes que abstrayendo un poco más, eliminando algunos requerimientos, por ejemplo, la necesidad de que deba ser un objeto físico, el funcionamiento es análogo entre esa papelera que hay en el suelo y la que tienes en el escritorio del ordenador.

O el mismo concepto de escritorio, que acabo de usar. Ya no es la superficie de una mesa en la que trabajas. Es un “lugar” para trabajar, pero ha abandonado también algunos requerimientos que parecían esenciales.

Y así con todo. Conectando categorías entre sí, edificando sobre ellas, abstrayendo cada vez más. Aunque eso sí, a pesar de considerar la abstracción como un proceso enriquecedor, también indican que tiene sus límites, como ejemplifican en muchas ocasiones.

¿Recomiendo este libro?

Bien, voy a ser cauto. A mí me ha encantado. Me ha parecido una lectura muy impresionante y apasionante. Pero comprende perfectamente que mi entusiasmo por este libro es claramente resultado de mi personalidad. Las ideas que defiende me parecen intuitivamente lógicas. Estoy predispuesto a mirar la realidad como un conjunto continuamente en agitación, un hervor de categorías que se transforman, se forman y se deshacen, con márgenes increíblemente porosos entre ellas. Para mí, hay muchas cosas que solo existen en el cerebro de los seres humanos por muy reales que parezcan.

Es un libro largo, pero desde mi punto de vista se lee de un tirón, o al menos así lo leí yo, acabando un capítulo cada día. Usan continuamente anécdotas e historias, lo que agiliza mucho el texto. También está lleno de ejemplos, ejemplos tras ejemplos, y ejemplos una y otra vez. Muchas personas consideran que hay demasiados ejemplos y que el libro podría haber sido mucho más corto. Yo opino lo contrario. Me encantan los ejemplos y me resulta mucho más fácil pensar con ejemplos en la mano. Me encanta que los autores estén dispuestos a extenderse todo lo que crean necesario, que usen el humor continuamente, que comprendan que están usando los mismos mecanismos analógicos que están comentando y explicando. Ocupamos un «océano de analogías» dicen, «la analogía es la “savia vital”» afirman.

¿Es cierto lo que cuentan? Ni idea. Suena tremendamente persuasivo, pero claro, para eso han escrito un libro, para persuadir. Y también es verdad que rara vez una única idea es totalmente cierta. Pero desde mi punto de vista, lo realmente interesante de un libro así es cómo te hace reaccionar al leerlo. Y al leer La analogía, al recorrer párrafos y ejemplos múltiples, infinitos ejemplos, interminables ejemplos, tenía la sensación de que el libro me estaba obligando a pensar sobre cómo pienso, que me forzaba a plantearme la base de mi pensamiento. Vamos, que tenía la sensación de que el cerebro me crecía mientras lo leía. Otra correspondencia con mi personalidad. Es como si estuviese escrito para alguien como yo.

Desde ese punto de vista radicalmente personal, creo que Douglas Hofstadter y Emmanuel Sander han escrito justo el libro que el tema requería, el libro necesario para explicar lo que pretendían explicar. Creo que es fácil dejarse engañar por la sencillez de la idea y creer que los ejemplos sobran. Pero desde mi punto de vista, lo mejor de este libro es el esfuerzo por catalogar y apuntalar la idea central. Es más como un libro sobre mariposas donde van saliendo especímenes tras especímenes. Ese es siempre el primer paso.

Contiene momentos que me encantan. Cuando comentan cómo la formulación de los problemas matemáticos puede confundirnos. Aunque es verdad que en esos posibles problemas de la enseñanza tendrían que haberse extendido más. La parte dedicada a la ciencia, como he dicho. Las muchas páginas que dedican a problemas del tipo si abc es a abd, entonces pqrs es a… Y toda la discusión sobre cómo se debe traducir y sus ideas sobre lo que es o no trasladar correctamente el contexto de una obra.

Y hablando de traducción. Este libro se escribió originalmente en francés. Luego hicieron una edición adaptada en inglés, siguiendo sus ideas sobre lo que es o no una buena traducción. Lo divertido es que esta traducción está hecha como si los autores fuesen hispanohablantes. Y la verdad es que está increíblemente bien adaptado, y solo en muy pocos casos se recurre a ejemplos en francés o inglés.

Yo he encontrado este libro fascinante, inteligente, reflexivo y estimulante. Pero hago énfasis en el “yo” de esa frase. He disfrutado enormemente de su lectura. Me ha ofrecido una enorme cantidad de ideas sobre las que pensar y hacer analogías.

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Gracias y hasta la próxima.

Todo un clásico de la ciencia ficción: Las estrellas, mi destino, de Alfred Bester. Siglo XXV. Gully Foyle, abandonado en el espacio, solo desea vengarse de la nave que pasó de largo.

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Después del vídeo tienes la transcripción del contenido.

TRANSCRIPCIÓN

Hola. ¿Y si pudieses transportarte instantáneamente a cualquier lugar simplemente pensándolo? Si todos pudiésemos hacerlo, ¿cómo sería ese mundo? Otra cosa. ¿Cómo te comportarías si te hubiesen abandonado a tu muerte? ¿Buscarías venganza? Pues te presento Las estrellas, mi destino, de Alfred Bester, un clásico de la ciencia ficción en un mundo donde la voluntad humana ha roto muchas barreras y ha levantado algunas.

La publica la editorial Gigamesh con traducción de Sebastián Martínez.

Vamos allá

Gulliver, Gully para los amigos, Foyle está aislado en el espacio. Es el único superviviente de la nave la Nómada, ahora un pecio destrozado. Vive confinado en un pequeño armario del que solo sale para recargar el aire y buscar comida. Es un hombre bueno para nada, una mediocridad humana.

Lleva así 170 días. Agonizando sin morir. Es un animal atrapado viviendo en su ataúd.

Pero llega una nave. La Vorga-T 1339.

Estamos en el siglo XXV y una nueva habilidad ha transformado el mundo. Se trata del jaunteo. Teletransportarse por pura fuerza de voluntad. Piensas en el destino, lo deseas de veras, lo ves en tu mente y allí vas. Por supuesto hay limitaciones. No puedes saltar a un lugar que no puedas visualizar. No más de 1.500 kilómetros. Y nada de jauntear por el espacio.

El mundo ha cambiado. Ya ningún lugar es seguro si alguien lo ha visto alguna vez. Hay que construir complicados laberintos para garantizar que nadie aparezca en medio de tu casa. Así mismo, cualquier desastre atrae saqueadores desde todos los lugares del mundo. Pero con la misma facilidad, puedes trabajar en un punto del planeta y vivir en el punto opuesto. Las distancias ya no significan casi nada. Solo los ricos usan, en la Tierra, complicados medios de transportes, cuanto más antiguos mejor, simplemente porque pueden.

La Vorga parece que va a rescatar a Gully Foyle, pero en el último momento pasa de largo.

Eso mata a Foyle. El hombre que era arde en el fuego de una furia incontrolable y absoluta. Lo que nace a continuación es otra persona, un monstruo obsesivo y fragmentado controlado por el deseo total de venganza. Antes, Gully Folley era apenas un ser humano, lo mínimo para ocupar un puesto en una nave espacial. Ahora es como un bebé, puro instinto, que solo desea sobrevivir para poder castigar a la nave que lo abandonó.

Vorga. Vorga. VOOOORGA.

Poseído, logra mover la Nómada, llega a un asteroide ocupado por una tribu supuestamente “científica”, regresa a la Tierra, fracasa en su primer intento de venganza, acaba en una cárcel subterránea de la que no se puede escapar, recibe cierta educación, se reinventa como un empresario de circo y…

Las estrellas, mi destino es una extraordinaria novela que se mueve a una velocidad de vértigo, cambiando continuamente de escenario. Es como si las palabras en sí hubiesen bebido demasiado café. No es de extrañar. Alfred Bester se curtió escribiendo cómics de Batman y Superman, y también series de ciencia ficción para la televisión. Sabía llevar una historia.

Pero también es una novela muy breve que mantiene en el aire una cantidad asombrosa de temas, manejándolos con endiablada habilidad y enorme inteligencia. Las ideas se suceden a tal velocidad que si parpadeas es posible que te pierdas algunas. Parte de su gran maestría es que hiperactividad es consustancial a lo que la novela está contando.

Leí Las estrellas, mi destino hace más de 35 años. La recordaba como una gran novela de ciencia ficción. Pero esta relectura me la ha revelado como un clásico absoluto del género. Lo más asombroso es fue publicada originalmente en 1957, pero cambiando pequeños detalles, bien podría publicarse como si hubiese sido escrita hoy. Es más, con sus bebés telépatas, abogados modificados, hombres radioactivos, gente sin sistema nervioso, un capitalismo avanzado neofeudal donde las empresas son casas nobles… bien, Las estrellas, mi destino se adelantó varias décadas al ciberpunk.

El que sostiene la novela es Gully Foyle, el protagonista, que no héroe. Se le describe más de una vez como ogro, criminal, mentiroso, violador, cromañón, cavernícola… un hombre consumido por una sed de venganza tan enorme que está dispuesto a cometer cualquier crimen para lograr sus objetivos. Alfred Bester te deja bien claro quién es Gully Foyle…

En concreto, tiene en la cara la marca del tigre, la señal externa de sus demonios interiores, como se ve en la espectacular portada de Corominas. Cuando pierde el control, las manchas del tigre se iluminan y queda en evidencia lo que es en realidad.

Pero ya dije que Gully Foyle es un bebé. Empieza a crecer y a desarrollarse, empieza a aprender y a reflexionar. Pronto, sus deseos de venganza chocan con su intelecto, nace una tensión que es difícil de resolver y que impulsa la trama en la segunda parte. Mientras hace todo lo posible por vengarse, empieza a fijarse atentamente en el mundo que le rodea.

Es un futuro de guerra y explotación, donde los satélites exteriores se pelean con los planetas interiores. Es una sociedad dominada por psicópatas todavía peores que él. Es un mundo donde las religiones están prohibidas, pero no Dios.

Poco a poco las circunstancias personales de Foyle se van mezclándose con las preocupaciones del mundo. ¿Qué carga llevaba la Nómada? ¿Qué es esa misteriosa sustancia que se menciona ocasionalmente? ¿Por qué le abandonaron? ¿El ser humano puede ser libre? ¿Cuál es el futuro de la especie? ¿Quién debe dirigir el destino de la humanidad? ¿Quién dará el primer paso?

Pero como ya dije antes, Las estrellas, mi destino es mucho más que una frenética novela sobre un antihéroe que empieza demonio. Maneja una cantidad innumerable de temas. La libertad, el compromiso, la toma del control del futuro, quién manda o quién debería mandar son algunos de los más evidentes.

Cierta sensibilidad ecológica. Entornos humanos increíblemente frágiles, ecologías apenas mantenidas, una sensación de limitación que contrasta con los enormes paisajes del espacio.

También una enorme preocupación por la percepción, sobre todo la vista. En algún momento el protagonista se encuentra totalmente a oscura, hay personas que han perdido sus sistemas nerviosos e incluso un personaje que ve de una forma muy peculiar.

Incluso la sociedad que describe indica que Alfred Bester vio en los años cincuenta cosas que no debían ser tan evidentes. Vio evoluciones futuras y preocupantes que le permitieron adelantarse al ciberpunk.

Las estrellas, mi destino es una novela exuberante que en ningún momento pierde el ritmo. De hecho, cuando parece que no puede ir a más, se acelera durante las últimas 30 páginas, refinando los temas que ha tratado, sacando otros nuevo, explorando con todavía más valor la historia que está contando.

¿Esta novela sobre el espíritu humano y su capacidad para superarse es la mejor novela de la historia de la ciencia ficción? Pues es posible. Tampoco las he leído todas. Pero lo que es sin duda es una de las grandes obras maestras del género.

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Gracias y hasta la próxima

La idea de que la Tierra es en realidad un mundo plano es la conspiración de internet más desconcertante e incomprensible. Por suerte, Óscar Alarcia no ayuda a explorarla en el libro La secta de la Tierra Plana.

En mi canal de YouTube recomiendo lecturas que me gustan y que creo que podrían interesar a otros. Si quieres saber cuáles son, suscríbete.

Después del vídeo tienes la transcripción del contenido.

TRANSCRIPCIÓN

Hola. ¿La Tierra, lejos de ser más o menos una esfera, es realmente un mundo plano? No, claro que no. Pero hay gente que cree que sí. ¿Por qué? ¿Cómo es posible? ¿Hay una conspiración enorme sobre ese punto? Pues para aclararnos un poco tenemos La secta de la Tierra Plana, de Óscar Alarcia.

Lo publica Libritos Jenkins.

Venga, vamos de exploración geográfica.

Mi nombre es Pedro Jorge Romero. Y en este canal hablo de lecturas que me resultan interesantes y que creo que podrían interesarte a ti. Suscríbete para no perderte ninguna.

Te lo advierto. Esto es muy, pero que muy raro. Hay gente, en pleno siglo XXI, que cree que la Tierra es plana, que niega miles de años de conocimientos y que afirma que hay una conspiración global, en la que participan millones de personas, para hacernos creer que la Tierra es aproximadamente esférica.

Atento, porque aquí voy a hacer una distinción muy importante que luego ampliaremos. Esas personas no preguntan cómo podemos distinguir entre una forma de la Tierra y otro. No se plantean cómo se llega al conocimiento de la esfericidad de la Tierra. Es decir, no preguntan lo que no saben, no se trata de sentir curiosidad por el proceso de obtener conocimiento.

No, se trata de convertir la ignorancia en prueba, de afirmar taxativamente que la Tierra es plana, que el sol y la luna son pequeños objetos cercanos, que un muro de hielo rodea el mundo y que hay muchas pruebas de ese hecho. Pruebas que, por supuesto, no existen.

La secta de la Tierra Plana es un libro que nace claramente del desconcierto absoluto de enfrentarse a esas creencias. Yo mismo lo sentí al leerlo. Una cosa es saber intelectualmente que hay gente que cree algo así y otra muy, pero que muy diferente, leer sus “argumentos”. En lo que a teorías de la conspiración y seudociencias se refiere, la Tierra Plana es la más incomprensible. El libro ya empieza preguntándose cómo es posible que pueda darse el grado de disonancia cognitiva tan mayúsculo requerido para sostener esas ideas.

En La secta de la Tierra Plana, Óscar Alarcia hace de guía, llevándote de la mano a ese mundo tan desconcertante. Capítulo tras capítulo va exponiendo ideas cada cual más descabellada que la anterior. Los complicados modelos de la Tierra Plana, que varían enormemente entre sí, porque cada creyente tiene su propia versión. Todos los hechos del mundo que es preciso negar: la gravedad, la evolución, el cambio climático, el heliocentrismo, el espacio exterior, la luna, los solsticios, los satélites artificiales, los eclipses… El extraño uso que hacen de los mapas antiguos. O los enormes cambalaches con el conocimiento científico que se precisa ejecutar para justificar ese modelo.

Ah, y el odio a la NASA. De hecho, Óscar Alarcia ya comenta que los creyentes son más odiadores de la NASA que terraplanistas.

Vamos, que estamos a cinco elefantes y una tortuga de vivir en una novela de Terry Pratchett.

Oye, no entiendo las instrucciones. ¿Cómo van?

Tortuga, elefantes y disco

Eso no tiene sentido. Los elefantes van sobre la Tierra, y las tortugas son pequeñas, así que arriba

Tú hazlo como lo dice el jefe y deja de pensar

Vale, vale, no te enfades. Imbécil…

Voy a poner un ejemplo de un “argumento” falso que sin embargo se ofrece como real. Atento, ahí va.

El río Nilo tiene una longitud de unos 6.800 kilómetros. Por tanto, en una Tierra esférica, dicen, durante la mitad de su recorrido desde el sur, el Nilo tendría que ir subiendo, para luego caer finalmente hacia el norte. Como el agua siempre va hacia “abajo”, eso es imposible y por tanto la Tierra no puede ser esférica.

Sí, sé lo que estás pensando. Crees que me lo he inventado, que nadie puede considerar que eso es un argumento. Sin embargo, lo he sacado tal cual de un vídeo de YouTube. Luego hay versiones algo más sofisticadas que intentan ocultar su error fundamental.

Y de nuevo, el problema no es NO saber. Si no sabes, puedes preguntar. Y de hecho, las preguntas sencillas son las mejores, porque clarifican conceptos fundamentales. No, aquí el problema es usar el no saber como si fuese una prueba.

Pero esta historia del Nilo ofrece también un buen ejemplo de algo que el libro recalca una y otra vez. Es una forma de escepticismo malintencionado, que sobre todo se centra en negar la esfericidad de la Tierra. Como si negar una cosa implicase que la contraria es cierta.

Como ya dije, si hay un tono que caracteriza al libro La secta de la Tierra Plana es el desconcierto. Es como si el propio Óscar Alarcia no pudiese acabar de creer lo que está contando. Cuando detalla las innumerables y muchas veces contradictorias entre sí creencias que acompañan a la Tierra Plana, uno nota que está demasiado anonadado.

Pero su desconcierto es una suerte para nosotros. Para hablar de la Tierra Plana está obligado a contarnos expediciones polares de verdad, a hablarnos de quién ha dado y dejado de dar la vuelta al mundo (y en qué sentido), a introducirnos en la historia de las sociedades dedicadas a la Tierra Plana. Incluso indica las conexiones de la Tierra Plana con otras conspiraciones de internet que ya no son tan inofensivas. De hecho, Óscar Alarcia te cuenta cosas sobre el mundo que quizá querrías no haber sabido.

Sin embargo, es tal que así. Para hablar de este libro pasé varios días en unos foros dedicados a la Tierra Plana y te aseguro que es peor de lo que parece. No te aconsejo para nada que hagas lo que hice yo. Si quieres saber lo que se dice, lee mejor la selección de citas del capítulo titulado “Museo del pensamiento terraplanista”. Y luego pásate por el capítulo dedicado a la música plana. Para relajarte.

Ahora uno puede preguntarse por las razones para creer. Es algo a lo que Óscar Alarcia intenta responder valientemente. Es decir, ¿qué sentido tendría una conspiración para hacernos creer a todos que la Tierra es aproximadamente esférica? Desde el punto de vista del poder y la política, ¿qué se ganaría con una Tierra esférica que no pudiese ganarse aunque la Tierra tuviese forma de plátano?

En última instancia, las razones para creer en la Tierra plana se reducen a las habituales en una teoría de la conspiración. Sobre todo, la sensación de poseer un conocimiento “especial” y más “real” del mundo del que carecen las personas normales. Pero curiosamente, también se da mucho la necesidad de seguridad. Vivir en un mundo plano, cerrado por una cúpula, ofrece cierta tranquilidad, y el confort de un mundo pequeño y acogedor.

Y sobre todo se da una enorme desconfianza ante la ciencia. Lo cual, como destaca el propio autor, no tiene en sí mismo nada de malo. La ciencia ha dado muchas cosas buenas, pero también muchas cosas malas. Nos ha dado formas de tratar horribles enfermedades y también ha creado armas capaces de destruir el planeta varias veces. Además, en general, es bueno y saludable el escepticismo ante toda institución con poder.

Lo curioso es que a la vez, se reconoce el prestigio de la ciencia y las propias ideas de la Tierra Plana se visten de, según sus seguidores, científicas.

Por supuesto, su versión de la ciencia es tremendamente distorsionada. Siguen un realismo muy ingenuo, confiando solo en sus sentidos. No admiten la posibilidad de que el mundo no sea exactamente tal y como se ve y niegan cualquier prueba contraria a sus ideas. Una acusación que les encanta es decir que esto o aquello es CGI, es decir, que ha sido generado por ordenador. Incluso disponiendo de un satélite como el Himawari 8, en órbita geoestacionaria y que cada pocos minutos ofrece una imagen completa de la Tierra.

Es decir, usan la apariencia de ciencia para defender ideas que nada tienen de científica. Richard Feynman tiene un famoso ensayo sobre seudociencias llamado “Ciencia tipo «cultos cargo»: algunos comentarios sobre ciencia, pseudociencia y aprender a no engañarse”, incluido en el libro El placer de descubrir. En él señala que el fallo de estas seudociencias es justo la ausencia de cierta humildad básica, de un cierto compromiso con la transparencia, el estar dispuestos a aceptar las pruebas en contra y la posibilidad de que uno pueda estar equivocado. Por muy admirable y necesario que sea el escepticismo, en algunas ocasiones el escepticismo es insostenible.

Por tanto, por un lado, estamos hablando de una negativa absoluta a aceptar cualquier prueba contraria. Y por otro, de enormes fallos de educación. Como indica el ejemplo del Nilo, algo hemos hecho muy mal con la escuela si hay gente que acepta ese argumento.

Pero desde otro punto de vista, las “argumentaciones” de la Tierra Plana se convierten en interesantes preguntas. Preguntas que van a lo más básico y fundamental. ¿Cómo funciona la gravedad? ¿Por qué no sentimos la rotación de la Tierra? ¿Por qué las estrellas no parecen moverse a lo largo del año? Esas son las preguntas que requieren respuesta más urgente, precisamente porque a veces lo fundamental es lo que no se menciona porque se da por sabido. En muchas ocasiones, lo básico se escapa por entre los dedos de la educación. Si yo me dedicase a la divulgación, son esas las preguntas que intentaría responder. Los cimientos es justo lo que se debe recalcar una y otra vez. Por desgracia, desde cierta altura es fácil olvidar que esos cimientos están ahí. Por esa razón las argumentaciones de la Tierra Plana son tan importantes: para saber lo que hay que explicar.

La secta de la Tierra Plana no pretende ser un texto académico o un estudio final. Es más bien como un libro de viajes. Óscar Alarcia se ha adentrado en el interior de una subcultura que ha ganando popularidad gracias a vídeos de YouTube y redes sociales y ha regresado para explicarnos lo que ha visto, ofreciendo todo tipo de detalles. Es una lectura apasionante y desenfadada que te abre los ojos a aspectos del mundo que posiblemente no conocieses, pero que hay que tener en cuenta.

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Gracias y hasta la próxima.

Si quieres leer más, estás de suerte, tengo aquí 7 consejos que te ayudarán a desarrollar el hábito de la lectura.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. Así que quiere leer más. Pues tengo siete consejos para ti. Pero antes de empezar, ¿por qué quieres leer más?

Es decir. Vivimos en una sociedad en la que se defiende la lectura casi como una obligación moral. Cuando no es así, como una cuestión de salud, citándote supuestos beneficios médicos. Yo soy muy escéptico. Si no te gusta leer, no pasa nada. Y para la salud, mira que no hay actividades beneficiosas.

Lo habitual es que uno quiere leer, pero por una de un millón de razones no lee todo lo que le gustaría. No hay problema. No es culpa tuya. Es el mundo. Está empeñado en destruir tu concentración. El presente es tan denso que casi no deja espacio para respirar.

Por suerte, hay algunas cosas que puedes hacer para aliviar esa situación. Pero unas salvedades iniciales. Estamos hablando de leer más, no de leer más libros. Eso último depende de su tamaño… Y tampoco se trata de leer más rápido. Más allá de cierta velocidad, ¿para qué querrías ir más rápido? Y una cosa clara. No me he inventado nada. He leído muchas listas con consejos para leer más. Dejo las mejores en la descripción por si quieres repasarlas. La mejor es la de Austin Kleon. Lo que he hecho es reunir los consejos que me parecen más efectivos, porque los uso o los he usado. Pero son los que a mí me parecen mejor de muchos. Seguro que tú tienes los tuyos. Así que déjalos en los comentarios.

Hechas las aclaraciones, el primer consejo de los siete es…

  1. Crea tiempo para la lectura.

La mala noticia es que leer requiere tiempo. La buena es que tenemos más tiempo del que nos parece. De hecho, hay dos fuentes principales de tiempo.

Por un lado, tenemos todo el tiempo que dedicamos a otras actividades. Si esas actividades nos interesan menos que leer, podemos sacrificar un poco. Ver un episodio menos de una serie cada noche y leer, por ejemplo. Seguro que unos minutos pensando te deja una lista de actividades que puedes recortar un poquito.

Por otro lado, a lo largo del día siempre hay huecos. Momentos de cinco, diez o quince minutos que podemos aprovechar para leer. Esas colas, esas esperas, esas comidas sin importancia. Momentos que rellenamos con cualquier tontería. Sumando sumando, trozo a trozo se terminan de leer libros enteros.

Pero se puede ir más allá. Hay gente que se apunta el tiempo de lectura en la agenda. 1 hora al día, por ejemplo. O que se marca leer 50 páginas al día. No es para todo tipo de lecturas, pero es muy buena opción para esos libros que uno quiere leer pero que por su longitud intimidan o que sabes que van a requerir esfuerzo. Es un truco que funciona, porque a la mente se le da muy bien encontrar razones para no hacer las cosas. Por tanto, si las fijas como “obligatorias”, empezar es siempre más fácil.

Y eso de hablar del tiempo nos lleva a…

  1. Evita las distracciones

Lo dicho, el presente es demasiado denso. Muchas, pero que muchas cosas por hacer. Los videojuegos no se juegan solos. Las series no se ven solas.

Pero es todavía peor. Casi todos llevamos encima un dispositivo con la costumbre de avisarnos de cualquiera tontería. Una y otra vez, varias veces por hora, anunciando que en algún lugar hay un tweet que leer, un meme de facebook del que reír o un vídeo nuevo para ver. Eso mata cualquier intento de concentrarse, aunque solo sea durante cinco minutos.

¿Solución?

Tirar el móvil sería una solución algo cara. Por supuesto, podemos ponerlo en silencio, activar el modo no molestar, abandonarlo en otra habitación o simplemente, pero mucho más difícil, aprender a no hacerle caso.

Aunque no sirve de nada no estar distraído si no tienes nada que leer… por tanto…

  1. Lleva siempre un libro contigo

Si no tenemos un libro a mano, no podemos leer el libro. Si tienes un libro a mano, es más fácil que lo leas. De Perogrullo. Pero así de sencillo.

No es difícil, porque el mismo dispositivo que nos distrae también nos permite llevar cientos o miles de libros encima. Por desgracia, están en el mismo dispositivo que nos distrae, así que a menos que tengas mucha fuerza de voluntad o hayas configurado el móvil para evitar distracciones, puede que no te sirva de nada.

Casi parece mejor llevar encima un lector de libros electrónico, algo cómodo de cargar, lleno de libros y que no te distraiga.

O un libro en papel.

Pero sea digital o en papel, lo importante es tener un libro contigo porque…

  1. El entorno es muy importante

Volvemos a lo de antes. Si no tienes un libro contigo, no puedes aprovechar esos minutos libres que se escaparan entre la lluvia y más allá de la puerta. Pero la cosa va más allá. Una gran forma de lograr hacer lo que quiere hacer es reducir la fricción, el tiempo que te lleva empezar. Si tienes que ir a otro sitio a buscar un libro es más difícil empezar a leer.

Por tanto, coloca los libros allí donde puedas verlos continuamente y donde simplemente sea cuestión de alargar la mano y coger uno. Si quieres leer antes de dormir, pues libros junto a la cama. Si quieres leer mientras comes, pues libros en el comedor. Si quieres leer durante el desayuno, pues libros en la cocina. Ten libros allí donde quieras leer.

Por supuesto, ten libros que quieras leer. Y para eso, lo mejor es…

  1. Hazte una lista

Pues sí, como cualquier otra actividad que uno quiera hacer regularmente, la lectura pide cierta preparación. Si terminas de leer un libro y no sabes cuál es el siguiente, es más fácil que dejes de leer. Pero al contrario, si tienes una lista de los próximo diez, veinte o cien libros que quieres leer, la cosa cambia mucho. Ya no tienes que ni pensar. Coges el siguiente y sigues leyendo. Así de sencillo.

Pensar está muy bien y en muchas ocasiones es muy conveniente. Pero en otras ocasiones pensar es muy contraproducente, porque te obliga a pararte para decidir. Ayúdate a ti mismo a seguir leyendo decidiendo de antemano lo que tienes que leer.

Además, te quedará una bonita lista de libros que has leído.

Eso sí, una lista no es una obligación. Puede cambiarse o modificarse. ¿Ese libro que te parecía tan interesante ya no lo es tanto? Elimínalo sin piedad. Pero llevando esa idea un poco más allá…

  1. No termines libros que no te gustan

En este punto hay escuelas y opiniones variadas. Pero desde mi punto de vista, a menos que la lectura sea una obligación, es tu trabajo, te dedicas a escribir críticas de libros o eres lector editorial, no tiene mayor sentido terminar un libro que no te está gustando o del que no estás aprendiendo nada. Ese libro claramente no es para ti, al menos en ese momento. Puede cerrarlo diciendo “gracias, pero no gracias” y pasar al siguiente. Y si fuese necesario, siempre puedes volver a él más tarde.

Será por libros por leer. Lo que me recuerda…

  1. Lee dos libros a la vez

De nuevo, hay escuelas con este caso. Hay quien opina que si empiezas un libro, no puedes abrir otro hasta que hayas decidido qué hacer con el actual. Yo eso lo encuentro un poco rígido de más.

El problema es que hay ritmos distintos a lo largo del día. Vamos, hay ritmos distintos a lo largo de la semana, del mes, del año. Y se me hace muy rara la idea de que sea posible leer el mismo libro independientemente de las circunstancias.

No. Si estás cansado te apetecerá más una cosa. Si estás más despejado, puedes leer algo más exigente. Una clave para leer más es adaptar las lecturas a tu vida, no pretender que tu vida se ajuste al hecho de leer.

Dos libros al menos. De naturalezas muy diferentes. Un libro para las mañanas, un libro para las noches. De hecho, yo combino 4 o 5 a lo largo del tiempo. Hay momentos para libros duros y momentos para cosas más ligeras. Si estás leyendo un libro muy bueno de ochocientas páginas que exige pararse y reflexionar de vez en cuando, puedes leer otro en medio.

Por tanto, prueba a alternar al menos dos libros muy diferentes. Prueba a ver qué tal. Si te gusta hacerlo así, te ayudará a leer más.

Lo que me recuerda… Una forma de leer más es tener buenas recomendaciones. Por tanto, si te interesa ver más vídeos sobre mis lecturas, ya sabes: suscríbete. Hay un botón por ahí debajo.

Gracias y hasta la próxima.

Con La caída del hombre, el famoso artista británico Grayson Perry se marca una divertida e inteligente exploración de la masculinidad y defiende que debe cambiar para adaptarse al mundo moderno.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. ¿Está en crisis el hombre? No, claro que no, dice Grayson Perry en La caída del hombre. Lo que está en crisis en una forma de entender la masculinidad, una que busca la superioridad. Una búsqueda, nos dice, incompatible con nuestros ideales modernos. Nuestras ideas sobre lo que es o deja de ser un hombre, repite una y otra vez, deben cambiar.

Lo publica la editorial Malpaso con traducción de Aurora Echevarría.

Vamos a explorar ese cambio.

Mi nombre es Pedro Jorge Romero. Y en este canal hablo de lecturas que me resultan interesantes y que creo que podrían interesarte a ti. Suscríbete para no perderte ninguna.

Grayson Perry es una persona singularmente adecuada para escribir un libro así. No solo es un famoso artista, sino que le gusta travestirse y tuvo una infancia marcada por una figura paterna poco adecuada. Esos detalles le permiten tener una visión más lúcida de la masculinidad, un aspecto de ser hombre que es mucho menos rígido de lo que la sociedad quiere hacernos creer. En lugar de una identidad con la que naces, ser hombre es en buena parte una actuación.

Ayuda mucho el que el libro sea tremendamente divertido de leer. Tiene una intención clara, defender el cambio de lo que consideramos un hombre, posición que va apuntalando con muy certera inteligencia. Incluso contiene ilustraciones del propio autor.

A pesar de su título, La caída del hombre no defiende ninguna eliminación o suplantación. Defiende un reajuste, un cambio de la concepción de masculinidad. ¿Por qué? Porque muchas formas de masculinidad causan daño. No solo a otros grupos, sino también a los propios hombres que la manifiestan. Lo presenta como un cambio más que necesario, guiado por la pregunta: ¿qué tipo de hombre haría que la sociedad fuese mejor?

¿Ese cambio es posible? Grayson se muestra optimista pero precavido. Es bien consciente de que serán necesarias muchas generaciones. La forma del hombre del futuro apenas está bosquejada. Pero ofrece el libro como un primer paso de un cambio hacia una masculinidad mejor.

El libro se divide en cuatro grandes capítulos que van describiendo la forma de la masculinidad tradicional. Los enormes privilegios de ser hombre, tan dados por supuestos que muchos ni siquiera somos conscientes de ellos. La fragilidad de la masculinidad, un modelo tan rígido que debe sufrir una vigilancia continua para no desviarse ni lo más mínimo. Para ello usa la metáfora del Ministerio de la masculinidad, pero recordando que ese ministerio reside en la cabeza de los hombres. La nostalgia por una forma de ser hombre que es ahora mismo imposible. O por último, los problema para expresar las emociones y manejarlas adecuadamente.

Vamos, que lo trata prácticamente todo.

El título en inglés el libro es The Descent of Man, que remite, por supuesto, al famoso libro de Darwin sobre la evolución humana, The Descent of Man, donde el naturalista exponía sus ideas sobre la selección sexual. Por desgracia, la traducción habitual de ese título es El origen del hombre, que no se adecua al libro de Grayson Perry. Pero la referencia a Darwin da a entender evolución, y la evolución en el contexto popular es un cambio para mejor. Y eso es justo lo que defiende La caída del hombre, un cambio para mejor.

Por desgracia, la masculinidad tiende a interpretar todo reajuste como caída en picado. Y es justo esa percepción una de las cosas que debe cambiar. Para que ese tipo de suposiciones no sean automática. Una masculinidad diferente y más amplia beneficiaría a todo el mundo y a los hombres en concreto. Grayson Perry defiende esa idea con convicción, inteligencia y humor.

¿Y tú qué piensas? ¿Qué medida deben cambiar los hombres? ¿Cómo nos afectan las ideas tradicionales de masculinidad? Deja tus comentarios, ideas y recomendaciones.

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Gracias y hasta la próxima.

Si pudieses pedir cualquier deseo, ¿qué pedirías? Ese es el punto de partida de La chica del cumpleaños, un cuento de Haruki Murakami.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. Hoy cumples 20 años. Las circunstancias no son las mejores. Problemas personales y encima tienes que trabajar. Pero inesperadamente, alguien te ofrece como regalo concederte cualquier deseo. El que tú quieras. ¿Qué pides? Pues ese es el punto de partida de La chica del cumpleaños, una enigmática historia de Haruki Murakami.

Lo publica la editorial Tusquets con ilustraciones de Kat Menschik y traducción de Lourdes Porta.

Veamos.

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Tres cosas a destacar de este volumen.

Primero, el cuento.

La joven cumple hoy 20 años. Trabaja de camarera en un restaurante italiano de muy buen nivel. Ha cambiado el turno, por supuesto. Por desgracia, la compañera se ha puesto muy enferma y además una pelea ha provocado la ruptura con su novio. Por tanto, ahí está, de no muy buen ánimo, sirviendo platos. Por si todo eso fuese poco, llueve mucho.

En el restaurante, donde sirve, todos los días, a las 8 en punto, se produce un llamativo pero sencillo ritual. El encargado lleva pollo, siempre pollo, al sexto piso del edificio, donde vive el dueño, a quien nadie ve nunca. Una hora después sube a recoger los platos vacíos. Como un ritual, ya digo.

Pero ese día, el encargado, casualidad de las casualidades, también enferma. Así que es ella la que debe subir el pollo. Así lo hace, charla un poco con el viejo dueño y este, al saber que es su 20 cumpleaños, le ofrece de regalo concederle cualquier deseo. Que se lo piense bien, que es solo uno, pero el que quiera pedir.

Toda esa parte está narrada en pasado. Nos la cuenta alguien que no sabemos quién es. Pero de vez en cuando, esa narración se interrumpe y asistimos a una conversación en presente. La misma mujer, ahora con más de treinta años, recordando ese momento, contándoselo a alguien. Los dos reflexionan sobre los deseos y lo que uno pediría o no.

Por supuesto es un cuento de Murakami. La idea de que algo extraño está sucediendo bajo la superficie es inevitable. Hay una enorme abundancia de números concretos. 20 8 604. Las casualidades llamativas. La lluvia puntuando lo que se cuenta. Es imposible evitar la sensación de ritual, de que ella al llevar el pollo no respetó del todo las reglas, lo que permite la intervención del anciano. Da toda la impresión de que cumplir 20 años y hablar con ese hombre es lo importante.

Además, quién está contando la historia. ¿Quién es ese narrador? ¿Es la misma persona que nos está contando la conversación en tiempo presente? ¿Ese narrador que cuenta en pasado no es tan omnisciente como parece?

Es un cuento tremendamente enigmático, sugerente, que da a entender todo tipo de cosas obligando al lector a intentar adelantarse. Al terminar de leerlo es preciso ir de inmediato atrás y volver a empezar. Da toda la impresión de que… No sé, yo tengo mi interpretación. Incluso tengo una idea sobre el deseo en cuestión. Pero creo que lo voy a dejar aquí… Porque te toca pensarlo a ti. ¿Qué pedirías? Cualquier deseo. ¿Qué pedirías?

Segundo aspecto. El volumen se completa con un texto del propio Murakami sobre los cumpleaños. Un día te levantas y descubres que tu cumpleaños es noticia nacional. Así habla de la generación del baby boom, se plantea cómo podría celebrarse ese día si realmente fuese especial y comenta las extrañas conexiones emocionales que una cifra concreta pero arbitraria produce. Murakami va pintando una capa sobre otra.

Y tercera. El cuento en sí ya fue publicado en la maravillosa recopilación Sauce ciego, mujer dormida, pero esta edición es una preciosidad ilustrada por Kat Menschik. Ese rojo elegido es maravilloso y la portada es espectacular. Y lo mismo sucede con las ilustraciones interiores. Vamos, que es una edición ideal para regalar a cualquiera que aprecie un libro bonito. O directamente para ti mismo, si eres fan de Murakami.

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Gracias y hasta la próxima

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