Alice, de Jan Švankmajer

by Pedro Jorge Romero on 09/08/2012

Cuando cambias de medio, una adaptación no por ser más fiel es mejor. Cuando pasas de un libro a una película, como en este caso, pasas de un medio donde las cosas se describen a uno donde las cosas se ven. Pero la descripción para un cerebro humano es algo muy complejo y no es directamente equivalente a “ver”. Se puede describir a un personaje que mide 3 centímetros de alto y hacerlo interaccionar con otros de dos metros en igualdad de condiciones, sin que esa diferencia de tamaño, que conocemos, nos choque. Si hacemos lo mismo en una película, estamos viendo claramente una enorme diferencia de dimensiones y nos empezamos a preguntar cosas como: “¿qué pasa si lo pisan?”, una preocupación que no tiene necesariamente que darse al leer el texto literario.

Si la adaptación o transposición tiene personalidad propia, si hay creatividad artística de por medio, una reinterpretación que bucee en el original y que regrese a la superficie con algo nuevo y adaptado al medio puede dar resultados mucho mejores. Digamos que así acabas teniendo lo mejor de ambos mundos: el original en sí mismo y una variación del original que también aporta algo diferente, que no se limita a seguir más o menos milimétricamente el modelo.

Eso sucede con la Neco z Alenky del Jan Švankmajer. Si bien su versión sigue lejanamente la secuencia de acontecimientos del libro y todo sucede más o menos en el mismo orden, el cineasta checo inyecta continuamente su propia personalidad, el mundo que había desarrollado en sus cortos. De la fantasía paradójica a intelectual de Lewis Carroll pasamos a la fantasía onírica y surrealista de Švankmajer, conservando los elementos más grotescos, pero adaptándolos a su propia sensibilidad artística.

Si Alicia el libro produce cierto vértigo intelectual al ofrecernos personajes que desafían la lógica, Alicia la película produce el vértigo psíquico equivalente al ofrecernos imágenes que desafían nuestra percepción de lo que debe existir legítimamente en el mundo, rompiendo el edicto de los seres permitidos. La Alicia de Carroll habla hasta por los codos, ofreciéndonos un comentario continuo sobre lo que pasa a su alrededor. La Alicia de Švankmajer apenas abre la boca, y cuando lo hace, una voz en off nos dice lo que dice, porque a lo largo de la película vemos lo que sucede en pantalla, pero la reacción de Alicia está narrada. Esta Alicia sobre todo mira con desconcierto, y quizá reconocimiento, el torrente continuo del desasosiego.

La versión de Švankmajer es también mucho más física. Las transformaciones de Alicia son extrañas y terribles, tendiendo a lo monstruoso. Cuando se convierte en muñeca es como si hubiese muerto para luego surgir rompiendo el caparazón. Los personajes con los que se encuentran hace explícito el horror implícito en el libro: animales fabricados con huesos y restos, marionetas de madera antigua, cartas que se cortan de verdad. Incluso la animación “stop motion” ayuda a crear la impresionante aura de irrealidad de la película: los movimientos sincopados refuerzan lo alienígena de esos personajes. Cuando la rata trepa a la cabeza de una Alicia que flota en las aguas y procede a encender un fuego, la escena proyecta mayor sensación de “realidad” grotesca que si se tratase de una rata de verdad. Una rata real puede provocar más o menos asco. La rata de Švankmajer parece que no debería existir.

Digamos que Jan Švankmajer traduce la novela de Carroll, adaptándola a las peculiaridades de su lenguaje personal. Su versión es más claustrofóbica (la acción transcurre casi completamente en el interior de un edificio de laberínticas escaleras que parece a punto de venirse abajo y Alicia entra en el mundo desquiciado a través del cajón de una mesa) y está más centrada en las sensaciones físicas, en los aspectos más “cárnicos” del mundo. Hay trozos de carne que se mueven, Švankmajer se recrea animando objetos cotidianos para dar vida a seres como la oruga, el conejo blanco es un conejo disecado que para salir de su vitrina tiene primero que arrancar los clavos que lo sujetan al suelo. Como muchos de los animales son obra de un taxidermista desquiciado, en varias ocasiones tienen que llenar sus barrigas de la paja que han ido perdiendo por el camino. La singularidad de Alicia la niña es la de ser el único ser humano en toda la película, por lo que su presencia resulta extrañamente sólida, como si dos mundo que deberían estar separados se hubiesen tocado en su persona.

La sensación final es que la Alicia de Švankmajer es y no es la Alicia de Caroll, que no podría ser más cercana a la esencia del libro y a la vez más diferente a las peripecias originales. Es de una fidelidad infiel.

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