Ese 90%

Hace unos días empezó a correr por Twitter alguna referencia a que el editor de un libro se quedaba con el 90% del trabajo del autor. Creo que fue a propósito de la tontería de Lucía Etxebarría diciendo que dejaba de escribir porque le pirateaban sus libros. Dejando de lado la alegría que produce la renuncia a las letras de cualquier autor que sólo escriba por dinero (independientemente de la posición que uno pueda tener con respecto a la piratería), lo del 90% es algo que me quedó en la cabeza, como muestra de que a veces al mundo Twitter le cuesta entender los detalles. Yo no me dedico a la edición (aunque una vez estudié la posibilidad de montar una editorial y me olvidé de la aventura porque parecía muy mal negocio), pero sí que durante años estuve vinculado a ese mundo como traductor, así que digamos que por ósmosis acabé teniendo una imagen de cómo va el asunto.

En primer lugar, un par de detalles sobre los trabajos respectivos, los productos. El producto de un autor es un libro u otro texto. Es un producto que nadie le puede quitar, es suyo. Con él puede hacer lo que quiera. Puede meterlo en un cajón y hundirlo en el fondo del mar o llevarlo al banco y guardarlo en una cámara de seguridad. Puede tatuárselo en la piel o subirlo a un globo aerostático. Puede incluso quemarlo, y seguirá siendo suyo, porque en su momento lo escribió.

Sin embargo, es habitual que el autor quiera publicar. Y es también habitual, al menos hasta ahora y ya entraremos en eso, que para ello recurriese a un editor.

¿Cuál es el producto del editor? Pues, al menos hasta hace poco, el producto del editor era una serie de tacos de papel, habitualmente protegidos por láminas de cartón, el conjunto hábilmente unido de forma que las hojas no se caigan al suelo (aunque hay caso…).

Obsérvese que los productos son totalmente diferentes. El autor ha invertido su tiempo, y por tanto su dinero, en producir una obra. El editor ha invertido su tiempo y su dinero en producir una serie de ladrillos de papel que pesan bastante y que es preciso llevar físicamente de un lugar a otro. La relación entre esos dos “trabajos” se plasma habitualmente en forma de un acuerdo según el cual el autor cede al editor el uso de la obra durante un cierto periodo de tiempo y a cambio de cierta cantidad de dinero (expresada en forma de porcentaje sobre las ventas). Dentro de esas limitaciones, el editor produce libros, se asegura de que llegen a las librerías y luego esperar a ver si se venden.

Una cifra habitual, arriba o abajo, es que el autor se lleve un 10% del precio de venta de cada ejemplar (descontando IVA y tal). Por tanto, el editor se queda con un 90%. Pero obsérvese que no se lleva un 90% del trabajo del autor (que es un texto que sigue siendo de la persona que lo escribió), sino de su propio trabajo que son los tacos de papel que produjo como parte de su proceso editorial.

Pero ahí no acaba la historia, por supuesto. Hay más actores implicados en toda esta cadena. Y el editor tiene que compensar también a esos otros actores, con lo que ese fantástico 90% empieza a bajar a toda velocidad.

Como dije antes, un libro es un objeto físico que además pesa mucho (yo tengo en casa como 50 ejemplares de una novela mía y moverlos es siempre un suplicio). Llevarlos de un sitio a otro y asegurarse de cubrir más o menos la geografía de un país es un trabajo pesado del que se ocupan las distribuidoras. Encima, los libros no se venden solos y son las librerías las que se ocupan de esa labor. Evidentemente, distribuidora y librería aspiran a ser debidamente compensadas por sus esfuerzos y entre ambas se llevan más o menos un 50% (que se suele repartir en 30% para la librería y 20% para distribución).

Por tanto, los 90% del editor ya quedan en 40% del precio de venta. De ese 40% debe primero pagar lo que costó fabricar los libros y luego mirar si obtiene beneficios.

Pongamos un ejemplo.

Supongamos un libro que en librería vale 20 euros (sin IVA ni nada, para simplificar). Eso significa que posiblemente fabricar un ejemplar costó 4 euros (para hacer la cuenta del precio final he visto usar una hoja de Excel donde se introducen los datos relevantes: número de páginas, tirada, traducción, adelantos…). Si la tirada es de 1.000 ejemplares, el editor se ha gastado 4.000 euros en producirlos todos. Entre esos gastos se incluye también el adelanto (si lo hay) en concepto de derechos de autor que paga al creador de la obra. Pongamos que el editor entrega 1.000 euros como adelanto antes incluso de que el libro salga a la distribución.

Pues bien. Los libros salen de la imprenta y el autor tiene 1.000 euros y el editor −4.000. De los 20 euros, a distribución/librería le tocan 10, al autor 2 y al editor 8. ¿Cuándo deja de perder dinero? Pues al vender 500 ejemplares de este ejemplo. En ese punto, el editor ha ganado 0 euros, el autor sigue son sus 1.000. En este punto, empieza lo divertido. El autor ya ha cubierto el adelanto (2 euros por 500 ejemplares hacen esos 1.000 euros iniciales), por lo que empezará a cobrar más a partir de este momento. Si se vendiese el ejemplar 501, ¿cuánto tendría cada uno? Pues el autor 1.002 y el editor 8 euros. Y si se llegase a vender toda la tirada, el autor acabaría con 2.000 euros y el editor con 4.000.

Ahora imaginemos que el libro se ha vendido al completo en 3 días. El editor está encantado y decide fabricar más. Bien, hay gastos que ya no se aplican. El autor ya cobró su adelanto, el traductor (de haberlo) también, el libro está maquetado. El gasto real es sobre todo imprimir los ejemplares adicionales. A medida que hay ejemplares nuevos (si los gastos fijos se cubrieron) el editor va ganando un poco más.

El problema es que los libros no se venden todos por igual. Nada te garantiza que se vaya a vender toda la tirada. De hecho, nada te garantiza que se vayan a vender lo suficientes como para no perder dinero. Unos libros venden más que otros y hay libros que venden tan bien que permiten la publicación de libros que no venden tanto. Y con un sistema de equilibrios se va manteniendo el mundo editorial. Si hubiese que garantizar que los libros siempre den mucho dinero, sólo se publicarían nombres famosos y libros de cotilleo. Pero quien se dedica a la edición suele ser alguien amante de los libros y por tanto aspira a otra cosa.

La conclusión en todo caso es la siguiente. El autor invierte tiempo y dinero en hacer lo que hace. El editor invierte tiempo y dinero en hacer lo que hace. El editor precisa del autor, pero el autor también precisa del editor. El editor facilita un sinnúmero de procesos que serían tediosos para un individuo. Es una cooperación de beneficio mutuo, donde el editor puede arriesgar dinero sin saber si realmente lo va a recuperar.

Aunque claro, hoy hay otras posibilidades.

Mover libros es complicado porque son objetos físicos. El libro electrónico no requiere tanto trabajo. Además, en el libro electrónico no hay precio por copia. Si cuesta, por ejemplo, 2.000 euros maquetar un ebook (no tengo ni idea, es una cifra que me he inventado como ejemplo), es un pago único que es igual lo copies 2 veces o lo copies un millón. Además, la distribución es tan simple como enviarlo a la plataforma que correspondiente (Amazon o iBook), por lo que el margen para el autor es mucho mayor.

Hace años, la autoedición es un callejón sin salida porque el producto final seguía siendo un libro físico, por lo que la mayoría acababan repartidos entre familiares y amigos. Hoy en día, el ebook permite un modelo de autoedición muy diferente, lo que podría llevar a un cambio radical del ecosistema autor->editor->distribuidora->librería. Los dos últimos pasos podrían fusionarse en uno reduciendo la parte económica que les toca. Y los servicios que tradicionalmente ofrecían los editores podrían pasar a ser un clúster de actividades a las que el autor podría recurrir con un coste mucho menor.

Pero eso ya son otras cuestiones. Y para ello les recomiendo este vídeo de Mauro Entrialgo donde explica (en el mundo del tebeo, que es esencialmente igual) mucho de lo que he dicho aquí.

Categoría: Silva

Pedro Jorge Romero

Show 6 Comments
  • patxi 22 diciembre, 2011, 2:40 pm

    el autor ya no precisa del editor, el editor es un parasito y las editoriales son unos montruos antidiluvianos que han de morir.
    sed lex dura lex.

  • felipem 22 diciembre, 2011, 2:56 pm

    Un tema del que se quejan mucho algunos autores (no sé si con razón o no) es que afirman que muchas editoriales producen y venden muchos más libros de los que le dicen/pagan al autor.

  • jomaweb 22 diciembre, 2011, 5:56 pm

    Eso es cierto felipem. Tengo amigos que han publicado libros y siempre se quejan de que el editor les engaña y les dice que han vendido muchos menos de los reales para no tener que pagarles. El problema es que no hay forma de controlar las ventas reales por parte de los autores.
    En el caso del libro electrónico sí que puedes controlar las ventas reales dado que es el autor el que vende sin intermediarios, pero no podría controlar la piratería.

    Aunque mal mirado, tampoco la pueden controlar ahora. Asi que…

  • Tahúr Manco 22 diciembre, 2011, 11:09 pm

    Has descrito las características habituales de las Industrias Culturales. Se trata de industrias «de prototipos». Cada nuevo producto supone empezar de cero, aunque según el sector, hay procesos que están mecanizados. Esto hace que estas industrias tenga una estructura de costes particular. Los costes de producción son fijos y muy altos (esto se ve sobre todo a la hora de producir un disco o una película), mientras que la distribución tiene un coste relativamente bajo (insisto, relativamente, es decir, en relación al total), y los costes por nueva copia son marginales. Una vez hecha la tirada, sacar un libro más (o un CD más, o un DVD más) apenas supone coste. En televisión, un espectador más no implica ningún coste, porque la distribución es la difusión masiva de la señal.

    Con la digitalización de estas industrias, los costes por una nueva copia pasaron a ser cero, y posteriormente, los de distribución también (con Internet y demás). Es más barato copiar y distribuir, sí, pero eran costes que no implicaban un gran porcentaje en el precio de la obra (otra cosa es que el pastel esté repartido proporcionalmente entre los actores de la cadena de producción: autor, editor, distribuidor, librería).

    La desintermediación en Internet ha tenido más de utópico que de real, aunque sí es cierto que la autoedición es ahora más fácil. (Un buen ejemplo sería la revista Orsai, aunque me temo que tiene más de excepcional que de parigmático.) Más bien se da una «reintermediación». Surgen actores nuevos como los agregadores y empaquetadores de contenido (Spotify y iTunes son buenos ejemplos) y claro, los actores que antes tenían el poder no lo van a ceder fácilmente.

    A partir de ahí nos podemos eternizar en el debate, que como veis no tiene nada de simple (ni simplista). Bastante os he aburrido yo por hoy 🙂

    Buen post. Está bien explicar algunas cosas que se olvidan al hablar de estas cosas. Eso no quiere decir que seamos sicarios de la SGAE ni nada de eso (al menos no es mi caso).

  • zokos 23 diciembre, 2011, 2:53 am

    Muy interesante lo que cuentas. Sobre todo, lo del peso.

    Digamos que tengo interes, mucho, en aligerarte un poco la carga de esos 50 ejemplares de tu novela. Cual dirías tu, que sería el método más adecuado para hacerme con un ejemplar?

  • Harold 24 diciembre, 2011, 3:55 pm

    «Dejando de lado la alegría que produce la renuncia a las letras de cualquier autor que sólo escriba por dinero..»
    «Yo no me dedico a la edición (aunque una vez estudié la posibilidad de montar una editorial y me olvidé de la aventura porque parecía muy mal negocio)»

    Vaya con el combate al simplismo