Drugos el acumulador, de Mauro Entrialgo

por Pedro Jorge Romero el 14/03/2011

Acumular, acumular, acumular. Juntar cosas y más cosas. Algunos lo llaman el síndrome de Diógenes. Otro lo llaman coleccionismo. Tener dos de algo ya te pone en el camino a Damasco del coleccionismo. Es humano. Es normal. Pasa sin darte cuenta. Muchos somos, consciente o inconscientemente, coleccionistas.

Y luego está Drugos.

Drugos vive en otro nivel, ocupa otro estrato de la realidad. Si Drugos es un coleccionista, es el único coleccionista en este mundo. Nadie acumula tanto como él, que lo guarda absolutamente todo: sus libros de texto, las pegatinas de las naranjas, la facturas del gas, los juegos de infancia, todos los discos que han sacado sus amigos, todas las copias malas de productos oficiales… No hay nada en este mundo que Drugos no pueda llegar a considerar objeto de colección, porque no hay nada que de alguna forma, en la capacidad humana para sistematizar, no pueda formar parte de una serie (las tazas de alienígenas, ¿van con las tazas o con los objetos sobre extraterrestres?).

Creo, aunque no tengo pruebas, que Drugos debe ser la creación más cercana al autor. Mauro Entrialgo parece ser un acumulador nato, y si no me falla la memoria, es especialmente famoso por su colección de dispensadores de pez. En este cómic, crea una versión exagerada, pero no por ello menos exacta justo porque la exageración puede llegar a transmitir más verdad que la precisión, del afán coleccionista que nos afecta a todos. Le permite además, no sólo reflexionar sobre esa tendencia sino también explorar usos y costumbres sociales que van asociadas. En ese aspecto, es un claro antecedente de Ángel Sefija y también una de los mejores álbumes de Mauro Entrialgo. Uno que a mí me gusta revisitar periódicamente. Un clásico, vamos, porque siempre me dice algo que no me dijo la vez anterior.

Las páginas reunidas van de 1994 hasta 2002. Un hecho destacable es que las primeras páginas demostraban un interés especial en jugar con la forma del cómic. Por ejemplo, la de la página 7, que trata sobre el Picasín, tiene fondos de ese producto. La 9, sobre robots, tiene la viñetas dispuestas como un robot. La 14 es un árbol de Navidad, la 17 es una serpiente, la 18 un regalo y la 19 una flor. A medida que nos acercamos al siglo XXI, esos juegos se van perdiendo, la que posiblemente sea mi única crítica a este álbum. Me gustan más las reflexiones finales —más afinadas, apuntando certeramente al blanco—, pero disfrutaba enormemente de los juegos iniciales.

En ocasiones, no me siento identificado con los cómics de Mauro Entrialgo. Admiro su inteligencia y su capacidad para la observación quirúrgica, pero a veces habla de realidades sociales que me resultan ajenas (en ocasiones, incluso me asombra que seamos casi contemporáneos). O son experiencias que no viví o simplemente no me interesan. En Drugos se da la feliz confluencia. No sólo los comentarios del protagonista, y otros personajes, me parecen apropiados, sino que además llevo —como muchos— un Drugos dentro, una parte de mí que tiende al coleccionismo. He tardado años en dominar mi Drugos interior —y en muchas ocasiones no estoy seguro de haberlo logrado— y me alegra que esté retenido entre las tapas de esta excelente recopilación. Cuando siento la necesidad, puedo sacar el volumen de la estantería y visitarle.

Un detalle. Conocí a Mauro Entrialgo hace unos años en la Sala Nasa de Santiago. El pobre estaba sentado en una mesa firmando ejemplares y haciéndonos dibujitos. Tuve la oportunidad de charlar con él. Y mi Drugo está dedicado.

Y ahora le cuento la observación más feliz de este libro. Se da en la mencionada página 7, en la página sobre el Picasín, un juguete que servía para crear formas abstractas (pero repetitivas) a partir de cartulinas y pinturas. Siguiendo al juguete, Drugos comenta: “Al fin y al cabo las personas son sólo cartulinas que giran sobre las que se vierten genes y circunstancias”. No se puede ser más exacto.

Cómics 2011

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