El señor Mee de Andrew Crumey

by Pedro Jorge Romero on 06/06/2007

Publicado originalmente en El archivo de Nessus, 2002.

El señor MeeUn encantador viejecito, bastante ingenuo y erudito, que vive al cuidado de una de esas asistentas que debe asegurarse de que coma, descubre un día, después de una serie de coincidencias borgeanas, una referencia a la misteriosa Enciclopedia Rosier. Desesperado por saber más de ella, sigue el consejo de sus asistenta y decide buscar en Internet (después, claro, de la obligada compra y adecuada configuración de un ordenador). Lo que se encuentra es la fotografía de una señorita desnuda que lee con interés el libro Ferrand y Minard: Jean-Jacques Rousseau y la búsqueda del tiempo perdido.

Simultáneamente, el autor del libro mencionado (Ferrand y Minard: Jean-Jacques Rousseau y la búsqueda del tiempo perdido) tiene sus propios problemas y reflexiona sobre su vida y el libro que quería escribir (¿El señor Mee?) mientras entra y sale de consultas médicas y recuerda a la señorita que fue su amante y que parecía haber entendido muy bien su libro (Ferrand y Minard: Jean-Jacques Rousseau y la búsqueda del tiempo perdido).

Y mientras tanto, no hay dos sin tres, en el París de mediados del dieciocho, dos copistas, Ferrand y Minard, se conocen en un encuentro que haría las delicias de Flaubert y forjan una amistad cuyas consecuencias no son capaces de medir. Amistad que se tensa cuando deben huir de París aparentemente perseguidos por las autoridades que desean apropiarse del libro que han estado, en un encargo bastante misterioso, copiando: la Enciclopedia Rosier.

Valoración: 4 estrellas de 5

Ediciones Siruela. Madrid. 2001. Título original: Mr Mee (2000). Traducción: José Luis López Muñoz. 348 páginas. ISBN: 8478445722.

Y como era de esperar, van a dar junto a la casa de Rousseau, al que, primero sin desearlo, le hacen la vida imposible.

El señor Mee es la cuarta novela de Andrew Crumey, este escocés dedicado a retorcer los textos literarios a la manera de Calvino o de Borges. También, es la mejor de la cuatro.

La primera, Music, in a foreign language era una especie de combinación, no demasiado exitosa, entre Si una noche de invierno un viajero y 1984 en la que por medio de una historia dentro de una historia dentro de una historia dentro de una historia recurrentemente conseguía perder, con anuencia, al lector.

Sus dos obras posteriores se apartaban de la visión realista cruda de la primera y trataban más de un cierto mundo fantástico. Pfitz trataba de ciudades inexistentes y D’Alembert’s Principle… pues de eso, del Principio de D’Alembert (también, por cierto, un tríptico).

Pero es en El señor Mee donde consigue su más perfecta mezcla entre la obra autorreflexiva que se comenta a si misma, y la trama compleja llena de escaleras que suben hacia abajo y bajan hacia arriba. Pero El señor Mee es también una novela tremendamente divertida, lleno de ingenio juguetón, donde los juegos narrativos divierten al lector que se encuentra preguntándose a dónde va a parar todo esto. Es una novela filosófica, sí, pero también es un juego filosófico que arranca más de una sonrisa.

¿Qué dice la misteriosa Enciclopedia Rosier? Aparentemente, por lo que se puede reconstruir a partir de las pistas que se dan, trata de un temprano descubrimiento de la mecánica cuántica, de la realidad efímera y fantasmagórica de la… bueno, de la realidad.

Y, sin misterio ninguno, de eso va precisamente El señor Mee.

Andrew Crumey, que es físico teórico, se me olvidaba comentarlo, no escribe novelas donde aparecen misteriosos fenómenos físicos, tampoco escribe novelas sobre la vida de los científicos que estudian misteriosos fenómenos físicos, lo que escriben son novelas que en sí mismas son fenómenos físicos.

El señor Mee es una deliciosa novela cuántica. Extraña, sorprendente, donde la existencia no está nada clara, donde la riqueza puede aparecer de la nada, donde un personaje puede ser y no ser. En la que las ondas de probabilidad pueden viajar de una página a otro para hacer, en su confluencia, que lo imposible sea inevitable.

Y en la que puede, por cierto, asombrosamente, recuperarse el tiempo perdido.

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