Angel, el vampiro con alma

por Pedro Jorge Romero el 10/11/2002

Acabamos de terminar de ver en DVD la segunda temporada de Angel, la historia del vampiro con alma que se inició en Buffy, cazavampiros y que pronto cobró vida propia.

Angel conserva mucho de los elementos que hacen de Buffy una gran serie: el sentido del humor, los guiones que aspiran a sorprender, los giros continuos de la trama, la voluntad de salirse de los esquemas de ese tipo de serie, el desarrollo de los personajes…; aunque alterando la situación geográfica. En lugar de la soleada Sunnydale, tenemos la no menos soleada Los Angeles, aunque casi siempre la vemos de noche, cuando está más sucia y es más peligrosa.

Y Los Angeles, en el buffyverso, es un lugar lleno de demonios. Qué digo lleno, decididamente atestado de demonios. Vamos, que no hay bicho del inframundo que no haya buscado refugio en esa ciudad, y da la impresión de que a veces lo complicado es encontrar a un ser humano.

Por tener, Los Angeles tiene su propio bufete de abogados demoníacos ?Wolfram & Hart- especializados en atender las necesidades de esos peculiares seres (en realidad, Wolfram & Hart se manifiesta de diversas formas a lo largo de muchas dimensiones. En nuestro mundo hemos tenido la suerte de que son abogados) y cuya especial debilidad es hacerle la vida imposible a Angel, el vampiro con alma, empeñado en luchar contra el mal para ganar la redención por los crímenes cometidos durante su vida de vampiro sin alma (no dije que fuese fácil seguirla, hay que verla).

Pues bien, esta temporada es realmente compleja. Los guionistas tienen bien claro que no deben repetirse y van enredando la fórmula cada vez más. Por ejemplo, Angel no puede volverse malo ?eso ya lo hicieron en Buffy– así que lo vuelven cabrón ?y más humano. Angel empieza siendo un poco llorica ?siempre meditando seriamente sobre las víctimas que mató cuando era malo- pero a mediados de la temporada se dedica a permitir el asesinato de abogados, que ya está harto de ellos. Al final de la temporada regresa al redil, pero no se vuelve sólo bueno ?también- sino además payaso, porque ha descubierto que debe ganarse de nuevo la confianza de los empleados a los que despidió.

Esta temporada está repleta de los golpes de humor que uno espera de las personas inteligentísimas y brillantes que crearon Buffy. Pero también de las reflexiones casuales ingeniosas, de las referencias cultas y no tanto, y de los comentarios que tocan demasiado cerca de la vida real para ser cómodos, lo que ofrece, por supuesto, gran parte del atractivo de la serie.

Por ejemplo, en un momento dado, Angel se sube a un ascensor para descender al infierno acompañado de un abogado muerto ?el contrato de los empleados de Wolfram & Hart se extiende más allá de la muerte, abogados tenían que ser. ¿Adivinan a dónde llegan? Pues sí, exacto.

Lo curioso de la serie, al contrario de tantas otras de carácter fantástico, es que nunca viola ni sus propias promesas narrativas y las reglas internas que se han establecido en el pasado. Por ejemplo, los vampiros no pueden entrar en una casa particular sin ser invitados, pero tal cosa sucede en un episodio. Pues está explicado, claro, no es arbitrario, formando parte de la reacción emocional de un personaje. En un momento dado decapitan a otro personaje, pero tal decapitación es imposible porque el episodio había prometido resolver un conflicto personal de ese personaje. Por tanto, el espectador se encuentra en la curiosa situación de saber que a ese personaje le han cercenado la cabeza, y simultáneamente saber que dicha decapitación es, de alguna forma, falsa.

He de confesar que lo que más me ha gustado de esta temporada son dos cosas: el personaje de Lorne y los tres episodios finales.

Lorne, el demonio cantarínLorne es un demonio cantarín -de hecho, según he leído por ahí, primero le oyeron cantar y luego decidieron crear el personaje-, de color verde y vestido con una trajes chillones que ya darían miedo aunque el tío no tuviese cuernos. Regenta un club de karaoke, llamado Caritas, y después de que sus clientes canten les lee el aura y les da consejos sobre cómo llevar sus vidas. Un personaje cachondo, que se deja caer de vez en cuando para anunciar el fin del mundo después de cantar el himno americano o atreverse con “Over the Rainbow” cuando se encuentra en otra dimensión. Gran personaje, sí señor; a mí calenturienta imaginación se le antoja un cruce entre el Philip E. Marlow de Dennis Potter y el Lucifer de Neil Gaiman.

Los tres últimos episodios de la serie se marcan un punto especial. Los personajes principales se ven perdidos en una dimensión paralela, Pylea, que representa un homenaje a Xena, la princesa guerrera, El planeta de los simios, Robin Hood y alguna más que me dejo. Incluso, por haber, hay una especie de campeón apodado Groo. Todo ello, claro, sin olvidar ni por un momento de qué va la serie y cuáles son realmente los personajes importantes.

En Angel, como ya sucedía en Buffy, la excusa fantástica permite hablar con mayor libertad de problemas del mundo real. En uno de los primeros episodios de la temporada, hay una brutal reflexión sobre el macarthismo y lo fácil que es inducir a la paranoia. En Pylea, a pesar de las bromas, chiste y referencias de esos episodios, la naturaleza de las relaciones humanas, con sus estructuras jerárquicas y sutiles formas de mantener el poder, se manifiestan en toda su desnudez.

Vamos, en resumen, que la hemos disfrutado mucho, y nos morimos por poder ver la tercera temporada.

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