El asesinato es un acto social. Un acto terrible que exige la interacción de al menos dos personas: víctima y asesino. El cuadro se completa añadiendo un tercer elemento: el detective, que debe descubrir la verdad y restaurar el orden. Quizá por esa razón, la novela negra deriva con tanta facilidad hacia el comentario social. Un asesinato y su investigación ofrecen una oportunidad única para estudiar los modos y uso de la sociedad en curso.

Se puede pensar en el detective clásico que investigaba asesinatos casi, digamos, cordiales. En una novela de Agatha Christie se asesinaba conservando en todo momento las reglas del decoro. Por lo general, no había ensañamiento más allá de lo estrictamente necesario para causar la muerte. Incluso en Asesinato en el Orient Express, el ensañamiento tenía precisamente como propósito cumplir un ritual social.

Y la existencia de esos rituales permitía al detective resolver el crimen. Ante un asesinato se empezaba tirando de familiares y conocidos, explorando la malla de motivos y oportunidades, buscando a aquellos, que por lógica, más se beneficiarían de la muerte. Los asesinatos, simplemente, no se producían en vacío.

Pero los tiempos cambian, y llegan nuevas formas de asesinar. Y a dos de ellas se enfrenta Kurt Wallander, policía de los de antes, recién separado, al que su hija no le habla, nada más iniciarse Asesinos sin rostro, un policía viejo en un mundo nuevo. Son crímenes horrendos, como todos, pero de un horror acentuado por lo que tienen de arbitrarios, de ilógicos, de mecánicos, de salvajes.

El primero implica a una pareja de ancianos del campo de Suecia que es torturada y asesinada salvajemente. Parece que no hay motivo y el asesino, en un detalle estremecedor, tuvo la sangre fría de alimentar al caballo. Para complicar más aún la situación, la única pista es la palabra pronunciada por la mujer poco antes de morir: “extranjero”.

Y de un singular a un plural no hay más que un paso. De un “extranjero” asesino a “todos los extranjeros” son asesino sólo media un abismo lógico que muchos están dispuestos a saltar sin problemas. Nace así el segundo crimen, en el que el orden social se desmorona dejando paso a la xenofobia más radical.

El racismo, la xenofobia, e incluso el fascismo con su mecanización de la muerte, son los temas de esta novela. Narrada con convicción y habilidad, va desgranando las diversas vueltas de esta investigación doble, llena de callejones sin salida, donde la intuición más que la lógica parece ser la aliada fiel del detective.

En esta novela de tantos personajes, uno destaca especialmente. Se trata de Rydberg, un detective particularmente minucioso, protagonista de algunas de las mejores escenas, que no deja que los sentimientos le cieguen ante la realidad que tiene ante los ojos. Es un hombre que simplemente no cae ni en un extremo ni en el otro.

El personaje protagonista, Kurt Wallander, sostiene toda la narración y es realmente su problemática personal lo que impulsa la novela. Enfrentado a unos crímenes que no entiende y con una vida personal desbaratada, es su lucha por resolver esos dos aspectos lo que mantiene la atención del lector. Al final, la recompensa no está tanto en la resolución de los crímenes, como en comprobar la reacción del policía ante el mundo nuevo que descubrió al entrar por primera vez en aquella habitación salpicada de sangre por todas partes.

Asesinos sin rostro es una novela ágil y efectiva, apasionante en la interacción de los personajes (porque realmente acción física hay muy poca), que no vacila en reflexionar sobre los cambios sociales de su país de origen y, por extensión, en el resto de Europa. El mundo simplemente cambia, y las formas de matar también, pero un asesinato sigue siendo un asesinato.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Es un debate dividido, sin que sea nada extraño, casi perfectamente siguiendo líneas políticas. Los de izquierda en general están convencidos de la maleabilidad de la condición humana, de la posibilidad de cambiarla cambiando los presupuestos sociales y consideran, siguiendo a los utopistas clásicos, que la reforma de las instituciones sociales producirán una reforma equivalente de la condición humana. La derecha parece adoptar un fatalismo clasista, en el que la posición social de cada uno depende de características innatas que ninguna reforma posible podría cambiar o alterar. Los primeros abogan por políticas sociales que ayuden a las personas a alcanzar su potencial. Los segundos abogan por una especie de “no hacer nada” con el convencimiento de que aquellos que lo merezcan prosperarán en la vida según sus méritos innatos.

Los recientes avances genéticos no han hecho más que situar ese viejo debate en una nueva perspectiva. Por primera vez, hay posibilidades de que esa vieja cuestión, con todo su turbio fondo emocional y social, acabe resolviéndose. Quizá pronto, efectivamente, sepamos que aspectos concretos de su naturaleza dependen de lo innato y cuáles de lo social. O mejor dicho, quizá podamos desentrañar la compleja maraña de mutuas influencias ambientales y sociales que nos forman.

Y los gemelos son una parte muy importante de esa posible respuesta. Como los gemelos monocigóticos son genéticamente idénticos entre sí, los elementos que compartan, sobre todo si han sido separados al nacer y se han criado en ambientes muy diferentes, podrán achacarse, muy esquemáticamente, a factores genéticos y en aquellos en que difieran a factores ambientales. Incluso los mellizos, aquellos que no se parecen genéticamente más que dos hermanos de los mismos padres, aportan luz sobre el problema, al haber compartido un ambiente similar durante los primeros y cruciales nueve meses de su vida.

De esa fascinante investigación trata precisamente este pequeño volumen que explora las implicaciones que la existencia de los gemelos en nuestra especie tiene sobre nuestro concepto de quiénes somos. Escrito por un periodista, el tratamiento es extremadamente equilibrado, dando cancha a teorías opuestas. No se oscurecen aquellas aportaciones que pudiesen desacreditar opiniones contrarias. Hay, evidentemente, porque por el momento el peso de la prueba parece ir por ese lado, una cierta inclinación hacia las posiciones de innatismo genético, pero eso no impide que el autor explore otras posibilidades, simplemente porque por el momento no hay nada cerrado.

Mostrando un valor desmesurado en un libro dedicado a temas biológicos, especialmente uno dedicado a la posible influencia de la biología en la personalidad, allí donde otro autores no hubiesen mencionado el tema, el autor no vacila en iniciar su narración hablando de dos clásicos y atroces experimentos con gemelos. El primero es el caso de Mengele y sus brutales experiencias en los campos de concentración nazi. El otro es el de Burt que durante años inventó parejas de gemelos, o eso parece, para demostrar la heredabilidad de la inteligencia y por tanto lo inútil de las políticas de ayuda social. El primero es despreciable por lo que tenía de tratamiento brutal de los seres humanos y el segundo por su esfuerzo en preservar unas divisiones de clases que no tenían, ni pueden tener, justificación científica.

Esos dos episodios se produjeron, y su tratamiento en este libro es por tanto liberador. Simultáneamente sirven de contraste a las investigaciones actuales y también como advertencia de lo que puede ocurrir cuando prejuicios sociales, o el simple salvajismo, se inmiscuyen en el quehacer científico.

En el resto del libro, el autor, con un estilo vivaz y ágil, explica los distintos proyectos de investigación con gemelos. Dedica mucho espacio a tratar el caso de gemelos separados al nacer, porque eso nos permite aprender mucho de las influencias genéticas. Pero también dedica mucho espacio a hablar del hecho simple de que los gemelos existan en nuestra especie. ¿Cuál es el número real de embarazos con gemelos? ¿Cuántos embarazos se inician como de gemelos y acaban con un único bebé? ¿Qué influencia tiene en la vida posterior el haber compartido el mismo útero al mismo tiempo?

Sin ninguna sorpresa, el libro ofrece muchas preguntas fascinantes pero bien pocas respuestas. Los problemas que plantean, cuando se les examinan de cerca, se vuelven extremadamente complejos y es difícil saber qué elementos influyen en qué otros. La única imagen clara que surge es que la división tajante entre genética y ambiente no es tal, que hay una continua influencia entre los dos y que a veces los genes crean el ambiente y a veces el ambiente activa los genes.

Los gemelos han sido durante toda la historia personajes fascinantes de nuestra cultural. Antes, al ofrecer prueba real de que en algún lugar existiese una persona que fuese el doble exacto de nosotros. Ahora, porque en sus genes duplicados pueden esconderse muchas respuestas. Gemelos, es una exploración amena y documentada, que toca todas las cuerdas y no oculta ningún problema filosófico, moral o ético, de esos fascinantes enigmas.

Remolcando a Jehová de James Morrow

Éste es uno de esos libros que tienen historia. Al menos para mí.

Lo leí hace más de cinco años y perdí el ejemplar en inglés que tenía. Además lo perdí en un lugar público, que no es como perderlo en casa. Milagrosamente lo recuperé en el mismo sitio donde lo había perdido un par de meses más tarde, como si no hubiese pasado nada.

Años más tarde, me presentaron a un Escritor. Este Escritor y su Esposa resultó que conocían a todo el mundo. Literalmente a todo el mundo. Así que cuando en medio de una conversación cité los cuentos bíblicos para adultos de Morrow, con una sarcástica frase del Jehová de su versión del libro de Job “Spare the rod, spoil the species”, no me sorprendió cuando el Escritor admitió conocer a James Morrow en persona. Lo que me sorprendió fue el gesto: se llevó una mano al pecho y dijo: “Morrow is a strong man… strong here” mientras se cubría con la mano la zona del corazón. Viniendo de un veterano de guerra supongo que es todo un elogio y además describe perfectamente la literatura de Morrow: Fuerte de corazón. Y también, a su manera, milagrosa, como encontrar algo que creías perdido en el lugar justo donde lo habías dejado.

Remolcando a Jehová parece en principio una de esas novelas americanas de título alegórico, como Las uvas de la ira, hasta que uno se digna leer la contraportada y se le informa de que de alegórico nada: la novela va exactamente de eso, de cómo un barco tiene la misión de remolcar el inmenso cadáver de Dios hasta una lejana tumba en el ártico porque la Divinidad judeocristiana (que tiene cuerpo, es varón y de ojos azules escandinavos) se ha muerto sin que nadie sepa la causa. Lo único que le queda es darle un entierro digno y dejar que los ángeles se mueran de pena.

Por supuesto, esta empresa estará llena de sorpresas, peligros inesperados, crisis de fe y la idea de un mundo-reloj que continua funcionando cuando el relojero ha desaparecido, para terror de unos y pánico de otros al descubrir que el relojero existía de verdad. Y tenía pene.

Remolcando a Jehová es una novela densa y al mismo tiempo simple en la que el autor, el equivalente de Dios para los personajes de papel, elimina justo al principio de ésta la posibilidad de la intervención divina para devolver las cosas a un cauce teológico “normal”. Morrow afronta la posibilidad de la desaparición de Dios dándole una entereza envidiable a sus personajes, creando una farsa de primer orden y planteando las preguntas que tanto tiempo llevan siendo formuladas por los hombres y respondiéndolas con un sentido del humor sarcástico, ácido y, lo más importante, increíblemente compasivo. Morrow, a diferencia del Dios de los Ejércitos del Antiguo Testamento, no juzga, sino que pregunta.

La Mejor forma de entender está novela quizás sea haciendo una lista de Dramatis Personae. Oh, sí. Remolcando a Jehová es un drama. Puedes morirte de risa mientras lo lees, pero sigue siendo un drama de proporciones bíblicas:

Anthony van Horne: Para empezar con los personajes más relevantes en primer lugar tenemos a Anthony, hijo de Christopher Van Horne. Capitán de barco caído en desgracia frente al mundo, a sí mismo y, lo peor de todo, frente a su padre, debido a un desgraciado accidente que provocó un desastre ecológico a enorme escala. Una marea negra digna de figurar entre las plagas de Egipto. Anthony sabe que la oportunidad que se le presenta al capitanear el Valparaiso otra vez es la única redención posible que le queda, por lo que emprenderá la tarea sin titubear, inflexible y tenazmente. Porque es todo lo que tiene. Anthony es un personaje complejo en sus intenciones y asombrosamente simple cuando trata con sus objetivos. Tormentas, motines, una pequeña segunda guerra mundial a escala o la aparición de la Atlántida son algunas de las cosas contra las que luchara este marinero de voluntad férrea. Por supuesto, y esa es la ironía de Morrow, a bordo de su barco el capitán es… Dios.

Thomas Wickliff Ockham: Es un jesuita y doctor en física que se preocupa por las teologías más compasivas y la física más profunda. De todos los religiosos o ateos de esta novela, Ockham, haciendo honor a su apellido, es el único capaz de llegar a una conclusión sobre la muerte de Dios sin comprometer su integridad personal en el proceso o caer en la histeria (bueno, baila desnudo con una monja tetuda en el ombligo de Dios, pero eso no cuenta). Ockham es la encarnación ideal del teólogo, el hombre que interroga a Dios, pero pacientemente reúne sus propias respuestas cuando este no responde. O cuando no puede responder. También es el hombre capaz de invocar el imperativo moral kantiano en los momentos mas necesitados. Dios ya no escucha, pero el viejo pedorro alemán parece que sí.

Cassie Fowler: Atea, feminista, bióloga y escritora de poco éxito de sátira religiosa irreverente. Fowler es al mismo tiempo una especie de alter ego del propio Morrow en su faceta de escritor (ha escrito, al igual que Morrow un libro llamado Bible Stories for Adults) y el contrapunto necesario en la narración para el capitán Anthony van Horne. De hecho, Fowler es el enemigo a bordo. Cuando Fowler, rescatada de un espantoso naufragio, descubre el objetivo del Valparaiso y su carga a remolque, la espantosa ofensa a su sensibilidad de científica, escritora y atea: Dios existía, tiene cuerpo y además (el peor de los insultos) es VARÓN, la lleva a poner en marcha una serie de planes para hacer desaparecer el Corpus Dei antes de que alguien más averigüe la verdad. Fowler es Ruth en el campamento de Holofernes, pero ella misma es incapaz de comprender que su odio es del tipo fundamentalista ateo, y lo mismo le pasa a sus correligionarios de la Liga de la Ilustración de Central Park Oeste (excepto una de ellos, la única racionalista racional de todo el grupo).

Morrow, después de poner al revés el universo judeocristiano le asesta una dura crítica al falso racionalismo. Los miembros de la liga son, en su mayor parte, diletantes, artistas de poco talento o fanáticos ideólogos cuya reacción ante un misterio que les obligaría a replantearse su visión del mundo es simple: eliminar algo que perciben como una amenaza personal. Es bastante más racionalista, a su manera sesgada, el padre Ockham que los adalides de la ilustración. Para cumplir su objetivo, los racionalistas invocarán una de las mas delirantes locuras de la humanidad, bajo la indiferente mirada de su Enemigo.

Carpco Valparaiso: Morrow convierte un barco petrolero de pasado infausto en una recreación de la idea medieval de la nave de los locos y, al mismo tiempo, una farsa inspirada en Melville, que como él, veía en los barcos y sus tripulaciones una metáfora de las sociedades humanas, al igual que el reino perfecto de la sátira al estilo Swift (después de todo, el cuerpo de Dios es el cuerpo de un gigante de Brobdingnag). El Valparaiso se convierte durante el viaje hacia la tumba de Dios en un experimento social en la cual Morrow ensaya a pequeña escala la idea de las sociedades humanas posteriores a la muerte física de Dios. Anthony van Horne es a veces el capitán Ahab de la nave del estado mientras la ballena blanca es una deidad antropomórfica caucásica que se convierte en un lastre imposible de soportar. Literalmente, todo el peso del mundo y más. La tripulación del Valparaiso ensayará diferentes modos de enfrentarse a la muerte de Dios y se sumirá en el caos, la confusión y el asesinato. Lamentablemente para el experimento social, la nave está guiada por un monomaniático que no permitirá que nada, NADA, le impida cumplir su misión. Ni siquiera que la única película a bordo sea Los diez mandamientos.

El Corpus Dei: Un muerto de tres kilómetros de largo remolcado por los huesos del oído. Hay que decir en su favor que hace mejor papel que la divinidad activa del Antiguo Testamento. Muerto Dios, los hombres hacen exactamente lo de siempre, aunque con nuevas excusas. Vaya, se me ha escapado una moraleja. De todas formas, que nadie crea que el cadáver de dios es sólo una idea ingeniosa. Es toda una declaración de principios. Después de todo, ésta es una novela sobre la Muerte del Padre, ya mida éste tres kilómetros o sea de una estatura más manejable (aunque igual de imponente, como ya sabe Anthony van Horne) y sobre responsabilidades: a quién se las pedimos, quién las tiene de verdad y cuánto debería importarnos.

Cualquier lector que disfrute con esta novela debe saber una cosa: sólo hay una cosa mejor que leer Remolcando a Jehová. Y es leer la continuación: Blameless in Abaddon.

Un libro inteligente, maravilloso, divertido, profundo y todos los adjetivos que se le ocurran. Léalo.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus, 2001.

No me hagas pensar: Una aproximación a la usabilidad en la Web, de Steve KrugLeído por segunda vez este libro, vuelvo a descubrir lo extraordinario que es. Máxime, cuando se supone que ya uno sabe todo lo que en él se dice y que por tanto una segunda lectura aportaría, podría pensarse, poco más. Un error, claro, porque No me hagas pensar está escrito con tanta inteligencia y humor, destilando con sencillez la esencia de lo que el autor desea transmitir, que no sólo se beneficia de una segunda o incluso tercera lectura sino que se convierte, sin ser un manual de referencia, en una libro de obligada consulta periódica.

Para explicar de qué va No me hagas pensar voy a tomar del texto un ejemplo evidente para cualquiera que haya intentado comprar en Internet.

Es muy habitual ir a comprar un libro en una librería virtual y encontrarse con un buscador. Hasta aquí genial. Un buscador es la forma más cómoda de dar con ese producto que deseamos. Pero en cuanto lo observamos más de cerca descubrimos que, también habitualmente, nos pide que busquemos por “palabra clave”, “título” o “autor”.

Ahora, pensemos: ¿por qué?

Es decir, parece simple distinguir el título de un libro de su autor, pero ¿qué es una palabra clave? ¿Entenderá el buscador las mismas palabras claves que a mí podrían ocurrírseme? Aquí empiezan los problemas. Pero la cosa puede volverse engorrosa si tengo que buscar por autor y el buscador tiene “título” por omisión. Si deseo ver obras de varios autores, en cada búsqueda tengo que cambiar la opción. Es decir, tengo que esforzarme el doble.

Ahora, otra pregunta: ¿por qué no coge el buscador lo que yo introduzca y me presenta lo que encuentre sin pedirme primero que defina lo que estoy buscando, sin tener que especificar “autor”, “título” o “palabra clave” (e incluso “ISBN” en algunos casos)? ¿No sería mucho más cómodo y rápido así? Imagínenlo. Uno llega a la página, localiza el buscador, introduce los términos que desea y le da al botón. ¡Qué genial! Y lo más importante, sin tener que pensar.

Y ésa precisamente es la máxima de Steve Krug, su gran ley de la usabilidad en la web: ¡No me hagas pensar!. Su postura es muy simple: si un usuario llega a una página web, lo que quiere es realizar la tarea entre manos lo más rápidamente posible, no perder el tiempo intentando descifrar las convenciones, suposiciones o veleidades del diseñador (a menos, claro, que la página vaya de las convenciones, suposiciones y veleidades del diseñador). Y si una página web que pretende ser útil es engorrosa o difícil de usar, pues pasará como con cualquier otro producto… la gente dejará de usarla. O peor… el cliente irá a otro sitio más cómodo si lo encuentra.

O peor. Regresemos un segundo al ejemplo anterior y meditemos un momento sobre las librerías virtuales españolas que han cerrado sus páginas en los últimos meses. ¿Les hubiese ido mejor si hubiesen sido más fáciles de usar?

No me hagas pensar es un delgado volumen, poco más de doscientas páginas, que sin retórica y con mucho sentido del humor va mostrando la filosofía de usabilidad, el arte de hacer que los productos sean fáciles de manejar, de Steve Krug: en realidad, es muy simple, hay que ponerse en el lugar del usuario. Los consejos que da están basados en años de experiencia y en las diversas investigaciones realizadas para estudiar el comportamiento de los internautas ante una página web.

Partiendo de su primera ley de la usabilidad -a ninguno de nosotros nos gusta pensar y queremos usar el producto inmediatamente después de sacarlo de la caja o la página en cuanto ha cargado-, en los primeros capítulos se habla de cómo usamos realmente Internet, cómo leemos y lo que esperamos encontrar cuando vemos una página nueva. Se discuten diversas formas de hacer las cosas y se ofrecen consejos para hacer que las páginas sean lo más claras y evidentes posibles. En realidad, no se dan reglas, pero se recalca una y otra vez la necesidad de hacer las cosas por una razón, que ante todo se tengan en cuenta las necesidades del usuario.

Los capítulos 6, 7 y 8 hablan de cómo evitar que el usuario se pierda en la página, cómo diseñar una página inicial efectiva y cómo evitar que el proyecto colapse bajo el peso de los intereses de los distintos grupos participantes. Con respecto a evitar que el usuario se pierda, el autor plantea un curioso ejercicios de gran interés. En la página 87 se nos pide que imaginemos que acabamos de salir del maletero de un coche y que hemos caído en una página arbitraria de un sitio web razonablemente complejo: debemos identificar varios elementos que nos ayuden a orientarnos. Si no podemos hacerlo, es que algo va mal.

Pero es la última parte la más interesante y la que debería aplicarse en toda web comercial. En ella se defiende la idea de probar los sitios web antes de que se hagan públicos. Probarlos desde el momento en que se conciben hasta poco antes de su lanzamiento, buscando con ello corregir los errores y ofrece un producto fácil de usar y conveniente. También se explica cómo hacerlo con muy poco dinero y como el probar una página con al menos tres personas ya ofrece resultados que valen la pena.

Considerando el gran número de páginas comerciales deficientes que hay, especialmente en España, sería conveniente que este libro fuese leído por atención por más de un responsable de estrategia de Internet. No se trata de una Biblia, ni pretende ofrecer métodos seguros para obtener el diseño perfecto, pero si señala, de forma clara y concisa, los diversos baches del camino y ofrece un método fácil de implementar para descubrir los fallos de un diseño. La mayoría de los consejos que ofrece son de sentido común, pero como sucede habitualmente, tal cosa probablemente sólo quede clara a posteriori. Un volumen profusamente ilustrado, de fácil lectura y lleno de ejemplos de páginas reales que podría ahorrar más de un dolor de cabeza y reducir las posibilidades de un fracaso comercial.

Desde que Zenón planteara su famosa paradoja, el infinito resulta fascinante: ¿cómo puede haber movimiento, si para que este se produzca debe darse un número infinito de pasos? Para ir de A a B primero hay que recorrer la mitad del camino, de A a C, pero para poder hacer eso, es preciso recorrer la mitad de la mitad del camino, de A a D, y así sucesivamente, atravesando cada vez distancias más pequeñas pero no por ello menos reales. El autor de este libro, La historia definitiva del infinito, sostiene que Zenón era perfectamente consciente de que el movimiento es posible, pero lo que deseaba era poner de manifiesto las contradicciones a las que podía llegarse haciendo ciertas preguntas.

Y así avanza el conocimiento.

Y es Zenón, con su paradoja tan terrena, el que interesa a Richard Morris, porque a las pocas páginas de despacharse los números transfinitos de Cantor se embarca en un viaje para descubrir los infinitos de la física, es decir, los infinitos de la realidad. Y en física, los infinitos suelen declarar con rotundidad el fallo de las teorías, aunque en ocasiones oculten tesoros. Porque si una teoría falla, eso significa que podemos encontrar otra mejor.

Empieza todo con las primeras especulaciones sobre el tiempo circular, la eternidad y el eterno retorno. Pronto nos adentramos en los infinitos mundos y las posibilidades de un universo infinito, describiendo con claridad la génesis de la teoría de la gravedad de Newton. El capítulo dedicado a lo infinitamente pequeño presenta una esclarecedora y muy brillante aproximación al origen del cálculo infinitesimal. Tan bien explicada está esa génesis que durante su lectura deseé haberla tenido disponible cuando tuve que estudiar ese tema.

Dos tercios del libro están dedicados ya a la nueva física, partiendo de la catástrofe atómica, la relatividad, la mecánica cuántica para terminar con los infinitos universos posibles de la cosmología cuántica y los infinitos universos de Linde. De nuevo, el autor demuestra una rara habilidad para explicar con claridad y sencillez conceptos complejos, ya sea la masa y la carga infinita del electrón o las razones para confiar en la existencia de muchos universo. Se atreve incluso con una excursión a la teoría de las supercuerdas, con lo cual no deja de demostrar cierto arrojo.

El título de La historia definitiva del infinito le queda un poco grande, porque si bien el infinito es hilo conductor, su presencia no es tan evidente. Pero no es que el libro carezca de foco, sino que más bien el autor usa los infinitos como excusa y punto de partida para hablar de cosmología y de física moderna. La narración es ágil y está salpicada de retratos de los diversos personajes. La perplejidad de los primeros físicos cuánticos es especialmente evidente, y el talante elucubrador sin límite de los físicos modernos también queda claro; se atreven con tiempos imaginarios, universos múltiples, modelos inflacionarios y a predecir el destino del universo.

La historia definitiva del infinito representa una buena aproximación a problemas de la física contemporánea. Y no es un libro que carezca de profundidad, todo lo contrario, pero el autor se muestra capaz de explicarse con total claridad (debe ser un magnífico profesor). La lectura es extremadamente agradable y ciertamente servirá como aproximación al papel que juega el infinito en la física, y, por qué no, a entender un poco mejor la fascinante cosmología de final de siglo.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

“Los genes no existen para causar enfermedades” escribe Matt Ridley en mayúsculas para que quede bien claro. Los genes están ahí por sus propios motivos y de paso fabrican un cuerpo. En ocasiones hay genes defectuosos, y eso provoca enfermedades y defectos en el cuerpo. Pero a pesar de lo que pueda aparecer en la prensa cuando se habla de un gen para esto o para lo otro, los genes no existen para producir la enfermedad a la que pueden quedar asociados. Es más, lo más probable es que un gen tenga varias funciones diferentes.

Ése es el primer punto evidente en Genoma. La autobiografía de una especie en 23 capítulos, una fascinante introducción a ese ente elusivo que en cierta forma conecta toda la vida sobre la Tierra. Y el resultado es un viaje fascinante de varios miles de millones de años, que se mueve entre especies, sistemas, teorías y personajes con claridad y sin sacrificar en ningún momento la profundidad.

Matt Ridley ya había escrito desde una visión firmemente darwinista y evolutiva en The Red Queen que trataba del sexo y de las consecuencias de la evolución en la naturaleza humana. Ahora, con Genoma no sólo se catapulta al grupo de cabeza de la alta divulgación, sino que además demuestra que a entusiasmo por el tema no le gana nadie. Entusiasmo, por cierto, que contagia con pasmosa facilidad.

El segundo punto fundamental de Genoma es desterrar definitivamente el espectro del determinismo genético. Devoto evolucionista, Matt Ridley defiende la postura de las bases genéticas de no sólo nuestro cuerpo sino de muchos de nuestros rasgos de personalidad y carácter, acercándose en más de un capítulo a la psicología evolutiva. Pero una y otra vez, insiste en que predisposición genética no implica inevitabilidad. Capítulo tras capítulo, como por ejemplo el 10 dedicado al estrés, muestra como los genes influyen en el ambiente y como éste a su vez influye en los genes, forzando la activación de unos y la supresión de otros. Hay que superar la distinción entre herencia y ambiente, porque en general no existe una separación tan clara, y la oposición es falaz. Así, cuando habla del estrés, dice: “No somos un cerebro que gobierna un cuerpo activando hormonas. Tampoco somos un cuerpo que gobierna un genoma accionando los receptores hormonales. Tampoco somos un genoma que gobierna un cerebro activando genes que activan hormonas. Somos los tres a la vez”.

El genoma reside en el corazón de todas las células y es la plantilla para fabricar a todo ser vivo. Pero, la imagen que dibuja Ridley, lejos de ser la de un elemento estático que sirve para crear inicialmente los organismos, es la de un ente mutable, en continuo cambio, lleno de genes que batallan entre sí e intentan aprovecharse de los recursos del organismo, de genes que se activan o desactivan dependiendo de las circunstancias. Su visión es tan dinámica que incluso critica el proyecto Genoma Humano (que no, claro está, la investigación genética), mientras habla en el capítulo 9 sobre las enfermedades:

El Proyecto Genoma Humano está basado en una falacia. “El genoma humano” no existe. Un objeto tan preciso no se puede definir ni en el espacio ni en el tiempo. Diseminados por los veintitrés cromosomas, en cientos de loci diferentes, hay genes que difieren de unas personas a otras. Nadie puede decir que el grupo sanguíneo A es “normal” y los O, B y AB son “anormales”. Así que cuando el Proyecto Genoma Humano publique la secuencia de un ser humano típico, ¿qué publicará acerca del gen ABO del cromosoma 9? El propósito declarado del proyecto es publicar la secuencia promedio o “unánime” de doscientas personas diferentes. Pero en el caso del gen ABO esto pasaría por alto lo más importante, porque una parte crucial de su función es que no debería ser la misma en todo el mundo. La variación es una parte inherente e integral del genoma humano, o en realidad de cualquier genoma.

para añadir:

Tampoco tiene sentido tomar una instantánea en este momento concreto de 1999 y creer que la foto resultante representa de alguna manera una imagen estable y permanente. Los genomas cambian. La popularidad de las diferentes versiones de los genes sube y baja a menudo impulsada por el aumento y la disminución de las enfermedades. Los humanos tienen una tendencia lamentable a exagerar la estabilidad, a creer en el equilibrio. De hecho, el genoma es un escenario dinámico en constante evolución.

Genoma es una lectura apasionante, llena de intrigas, trabajos de deducción detectivescos, falsos comienzos, descubrimientos asombrosos y muchas reflexiones. Matt Ridley sabe escribir sobre ciencia sin sacrificar la precisión o la profundidad, y aunque hay capítulos más duros que otros, sabe siempre ser un guía fiel y atento. Su capacidad como narrador haría de él un gran novelista, y en este caso hace que el libro se lea prácticamente de corrido sin que sea posible dejarlo.

La excusa del libro es hacer un repaso del genoma humano en 23 capítulos aprovechando los 23 cromosomas que heredamos de cada progenitor, escogiendo un gen de cada uno de ellos para usarlo como muestra (aunque en al menos una ocasión, no le llega). Digo excusa, porque muy a menudo no vacila en tomar otros derroteros e introducirse en cualquier tema que pueda interesar en un momento determinado. Los priones, el desarrollo embrionario, el libre albedrío, la muerte, los retrovirus endógenos, la enfermedad, la inteligencia o el sexo son algunos de los aspectos que se van tratando.

El autor va pasando con alegría y regocijo de un capítulo a otro como si no pudiese esperar a mostrarnos todas las maravillas que encierra el genoma. Particularmente interesante es el capítulo 7, dedicado al conflicto entre los cromosomas X e Y, al ser estos los únicos que pasan más tiempo en un sexo que en otro. El cromosoma Y se encuentra exclusivamente presente en los hombres y un cromosoma X cualquiera pasa dos tercios del tiempo en cuerpos de mujer. Esa asimetría implica que cada uno de ellos tiene preocupaciones diferentes (y perdonen la personificación) y de ese simple hecho surgen toda una fascinante relación de fenómenos.

Matt Ridley retrata en este libro la simplicidad de lo complejo y la complejidad de lo simple (como en el caso del asombroso desarrollo embrionario descrito en el capítulo 12). En más de una ocasión debe admitir que las pruebas no son concluyentes, pero eso lejos de detenerle le sirve de oportunidad para exponer todo tipo de hipótesis con la total libertad de un investigador. Es ese el aspecto que más probablemente estimule la lectura, que es casi compulsiva, esa curiosidad voraz incapaz de saciarse.

Pero desde mi punto de vista lo que transforma lo que podía ser un gran libro de divulgación en una obra soberbia es su posición claramente contraria a la ignorancia. En el último capítulo, dedicado al libre albedrío, defiende, como ya lo había ido haciendo a la largo de la obra, la necesidad y conveniencia de la investigación genética. El estudio del genoma no es malo en sí, y si se aspiran a tomar decisiones, éstas deben tomarse conociendo la realidad y no ignorándola. Sólo conociendo todos los factores que influyen en nosotros sabremos dónde radica nuestra libertad.

Inevitablemente, dentro de unos años el material presente en este libro quedará atrasado. Pero no el placer del descubrimiento y el entusiasmos por el material. Y esto último hará que dentro de un tiempo su lectura siga siendo tan gratificante como ahora.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

En una ocasión, hace un par de años, me contrataron para arreglar la página web de una institución pública. Fue una experiencia curiosa. El problema principal era el siguiente: la habían diseñado para funcionar con Internet Explorer 5, recién aparecido en aquel momento. Por desgracia, pocas personas tenían ese navegador, y en la institución en cuestión el más usado era Explorer 3. Es decir, la empresa encargada del diseño había creado una página web que ni siquiera el cliente podía ver.

Básicamente, mi trabajo consistió en crear una versión de la página que se pudiese ver con un navegador más “primitivo”. Pero aún así, la página seguía teniendo problemas que me hubiese gustado resolver pero que quedaban más allá de mi competencia en el caso.

Para empezar, la estructura de la página reflejaba la estructura interna de la institución. Pero ¿le importa a un usuario la estructura interna de la organización o empresa que visita? No sé a ustedes, pero a mí no. Yo tengo un problema e intento resolverlo lo más rápidamente posible, ya sea encontrar información o buscar la dirección de correo de un responsable.

Pero también hay otro problema con esa forma de hacer las cosas. La estructura interna de una organización puede que esté clarísima para los que allí trabajan pero no tiene por qué estar tan clara para el visitante. Por ejemplo, en esa página había opciones para los departamentos de “Economía” y “Hacienda”. Tengo un problema relacionado con los dineros, ¿a cuál de las dos debo ir?

Aún no he terminado. La página usaba marcos para mantener varios menús en pantalla simultáneamente y cada opción hacía aparecer su propio menú. De esa forma, si uno navegaba lo suficiente, acaba con cuatro menús diferentes en pantalla, cada uno de ellos reclamando atención.

La página estaba exquisitamente diseñada, con mucho cuidado y atención a los detalles y utilizando las tecnologías más avanzadas (demasiado avanzadas, como ya he dicho). Su problema era, simplemente, que nadie se había hecho una pregunta tan básica como “¿Qué quiere hacer el usuario al llegar a la página?”. ¿Quiere saber cuál es la estructura interna de la organización? No ¿Quiere conocer el organigrama y el nombre de todos los trabajadores? No. En aquel caso, lo que un usuario tipo querría era información de subvenciones y poder bajarse los formularios correspondientes, pero para encontrar cualquiera de esas cosas era preciso navegar una serie interminable de menús, porque la información más útil era precisamente las más enterrada.

Diseñar es muy fácil. Diseñar para hacer la vida más fácil al usuario es muy difícil.

Y no sólo pasa con las instituciones públicas, que después de todo, tienen interés en que se reconozca y mantenga la jerarquía, sino que incluso algunas páginas comerciales caen en el error de dificultar la tarea del usuario en lugar de facilitarla. Y en este último caso, se pierde dinero, al perder la confianza de los usuarios y por tanto ventas.

(No me resisto a comentarlo. Hace unos días intentaba encontrar información sobre un producto informático. Me dirigí a la página de unos grandes almacenes y con toda confianza le di a la opción “Buscador”. Cuál sería mi sorpresa cuando se me ofrecen ¡doce! buscadores, cada uno para una categoría de productos diferente. Comprendan el absurdo: para poder usar la opción de búsqueda, se obliga al usuario a tomar una decisión sobre la categoría del producto que desea buscar. Peor aún, a nadie se le había ocurrido ofrecer también un buscador general que no exigiese el trabajo extra de decidir de antemano a qué categoría pertenecía el producto. Y todo esto, en la página de unos grandes almacenes que en el mundo real ofrecen una excelente atención al cliente.)

Este tipo de consideraciones son las que aborda Jakob Nielsen en Usabilidad, como viene haciendo desde sus estudios sobre el hipertexto en los años ochenta y más recientemente en su interesantísima columna web sobre usabilidad en www.useit.com, aunque el subtítulo del volumen, Diseño de sitios web, podría hacer pensar que estamos ante otro tipo de libro. No se trata en ningún momento de un libro que explique cómo combinar adecuadamente los colores o cómo aplicar ciertas técnicas de HTML. De lo que trata es de ese concepto elusivo de “usabilidad”, la capacidad de un sitio web para dejarse usar con facilidad y de forma intuitiva, para facilitar la experiencia del usuario en lugar de entorpecerla.

El motivo central de Jakob Nielsen es la idea de que menos es más (en se aspecto, el subtítulo de la versión original en inglés, La práctica de la simplicidad, expresaba mejor la idea central del libro). Una página dónde se eliminen los detalles innecesarios y los elementos arbitrarios será una página más fácil de usar y, por tanto, la experiencia global del usuario será más positiva.

Por que de eso se trata, precisamente, de diseñar para el usuario, sin olvidar que el usuario medio no tiene el mismo interés en el sitio web que el diseñador o el programador, y que no tiene mayor interés en peder el tiempo aprendiendo las convenciones de otros.

Después de un primer capítulo dedicado a explicar el por qué de la usabilidad en la web (y no deja de ser muestra del mal estado de Internet que sea necesario un capítulo para justificar que la comodidad del usuario es lo más importante) se pasa al núcleo central del libro, los capítulos dedicados al diseño de páginas, al diseño de contenidos y al diseño de sitios.

Una vez más, el capítulo dedicado al diseño de páginas no se refiere a la mejor forma de combinar los colores o a los trucos para obtener un cierto efecto, sino a la estructuración de las páginas para que la experiencia del usuario mejore. Desde usar mejor la superficie de la pantalla, colocar señales para indicar la situación dentro del sitio, cómo enlazar (o conseguir ser enlazado) o el tamaño de las fuentes, el autor va haciendo uso de los datos obtenidos evaluando usuarios reales para ofrecer sus consejos, para acabar afirmando que “La simplicidad debería ser el objetivo del diseño de páginas” porque “Los usuarios no suelen ir a un sitio para disfrutar del diseño”.

Pero quizá posiblemente el tercer capítulo, dedicado al diseño del contenido, el que debiera estudiarse con mayor atención. El fin vuelve a ser el mismo, conseguir la mejor experiencia para el usuario. Abundan nuevamente los consejos prácticos, desde el evidente (y tantas veces ignorados) de usar un buen contraste entre texto y fondo, escribir textos de cabecera que informen, hasta la introducción de elementos multimedia (siempre indicando el tamaño del archivo). En cualquier página web comercial, la aplicación de muchos de esos consejos provocaría inmediatamente una mejora en la calidad de la experiencia de los usuarios.

Diseño del sitio es el capítulo más largo y cuya aplicación afectaría más directamente a cualquier sitio web. Se discute las diversas formas de organización la información, y cómo hacer que el usuario comprenda esa estructura organizativa, encuentre lo que busque y sepa orientarse en el sitio. Es el capítulo más fascinante, pero también uno de los más difíciles de poner el práctica, especialmente si el sitio es grande y ya está en funcionamiento. El autor termina con una predicción que debería hacer que pensar a los diseñadores de sitios web: “Cuando haya sitios que consigan hacer la navegación más fácil, los usuarios se rebelarán contra los sitios que les hagan perder el tiempo viendo páginas irrelevantes”.

(En lo referente a la arquitectura de sitios web, este capítulo se ve complementado admirablemente por Information Architecture fo the World Wide Web de Louis Rosenfeld y Peter Morville, cuya lectura también recomiendo.)

Los siguientes capítulos tratan temas más específicos y cuyo interés varía de sitios a sitio. “Diseño de Intranets”, “Accesibilidad de usuarios con discapacidades”, “Utilización internacional: atender a una audiencia global”. “Predicciones para el futuro: la única constante en la Web es el cambio” es un intento de evaluar el posible futuro de la web, aunque el autor admite que el intento está inevitablemente condenado al fracaso (comienza haciendo algunas predicciones chuscas para dejar claro lo arriesgado de la proposición, entre ellas, que Bill Gates perderá toda su fortuna pero que volverá a convertirse en el hombre más rico). En conclusiones, aprovecha para repetir su leimotiv, “Simplicidad en el diseño web”, y ofrece receta para un buen sitio en siete punto: Contenido de gran calidad, Actualizado a menudo, Mínimo tiempo de descarga, Facilidad de uso, Que sea relevante para las necesidades de los usuarios, Que sea único para el medio en línea y Que tenga una cultura corporativa centra en la red.

Usabilidad. Diseño de sitios web se presenta como un libro destinado a evaluar las páginas web desde el punto de vista del usuario. Su importancia está en ofrecer consejos desde la investigación y los datos, aspirando a mejorar la experiencia del usuario. No es un libro que aspire a acabar con el diseño, pero si es un libro insistente, porque el usuario es a menudo la víctima involuntario de muchos fallos de diseño. La web es todavía un medio joven, y no es de extrañar que se comentan errores. Libros como éste ayudarán a que desaparezcan. Por el momento, Jakob Nielsen ha escrito un volumen práctico, repleto de ilustraciones y ejemplos, observaciones y datos, que debería ocupar un lugar importante en el estante de cualquiera que aspire a diseñar un sitio web aunque no se esté de acuerdo con todo lo que en él se dice.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

El libro-revista de Mondadori, Almanaque, está dedicado en su número de Invierno del 2000 a la ciencia ficción y el terror. Se ofrecen diez cuentos más o menos ligados al fantástico. Ninguno de ellos es particularmente terrorífico, y tampoco ninguno de ellos se encuadra especialmente en la ciencia ficción. Ninguno de los cuentos sorprenderá a un lector razonablemente leído en el fantástico, pero en general están francamente bien escritos, son de agradable lectura y ofrecen más que buenos momentos. Se trata de uno de esos interesantes experimentos, y una visión fresca sobre viejos temas es siempre de agradecer.

La introducción de Javier Calvo, “Invasores de Marte: las mutaciones del horror y la ciencia-ficción”, es un texto escrito de una forma deliberadamente exagerada e irónica. O al menos, ésa es la única forma razonable de entenderlo. Juega a construir una teoría referencial de la ciencia ficción. Pero la exageración es excesiva, y es muy fácil creer que el autor se está pasando de listo. Por otra parte, es difícil entender cómo en una selección de literatura la introducción se limite a citar obras cinematográficas y no haga ninguna referencia a la ciencia ficción escrita. ¿Se quería llevar la broma hasta el final poniéndose en la situación de un hipotético lector que sólo conociese el género por las películas o, y con malicia, Jorge Calvo jamás ha leído una obra escrita de ciencia ficción o terror?

(Eso sí, ya puestos a citar obras cinematográficas y a hablar de cómo los autores se han vuelto listos y han creado un conjunto de metareflexiones dentro del género, se echa en falta una mención a The Rocky Horror Picture Show que sería simultáneamente una película de terror-ciencia-ficción y el homenaje cinematográfico definitivo a ese género. “Let’s do the timewarp again.”)

Curiosamente, el cuento que más se ajusta a la visión de la ciencia ficción y el terror que se ofrece en la introducción, “Historia de monstruos” de Rodrigo Fresán, es también el más insatisfactorio del volumen. Intenta mezclar la historia real e irreal de varias películas de ciencia ficción, principalmente La mujer avispa y 2001, lo más bajo y los más alto, para construir una especie de comparación entre las personas “normales” y los “monstruos”. Pero las líneas no acaban de converger y los paralelismos se pierden. Eso sí, aunque el conjunto no funcione del todo, los elementos individuales están muy bien ejecutados, destacando la reconstrucción del rodaje de 2001 con el peculiar comportamiento de su director, y la visión de la vida y muerte de la actriz Susan Cabot.

El primero de los cuentos, “El retorno” de Roberto Bolaño, ofrece una peculiar historias de fantasmas y de relaciones necrófilas. Con gran delicadeza, el autor va dejando entrever el carácter y la personalidad de su protagonista, y al final la narración se configura como el exquisito relato de una peculiar amistad. No puede uno evitar la sensación de que morirse fue lo mejor que pudo pasarle al protagonista. Con un estilo tranquilo y depurado se posiciona como uno de los mejores cuentos de la antología.

“Esto ocurrió” de Andrés Ehrenhaus es una historia de zombis. Pero los zombis nunca aparecen y todo se lo cuentan a un despistado personaje que no siente la más mínima curiosidad y que no entiende demasiado de lo que le rodea. La trama en sí no tiene demasiada importancia, y la narración se sostiene exclusivamente sobre ese personaje, soberbiamente construido y cuyo despiste congénito torna en graciosa la historia. La lectura es ágil y la ambigüedad realidad/irrealidad está muy lograda.

En “Uno es lo que come”, Guillem Martínez demuestra que con una pizca de ingenio se puede sacar algo de vida de un lugar común ya empleado hasta la saciedad. Es también el cuento más hilarante de la antología, en gran parte gracias a su peculiar ritmo narrativo (que el autor mantiene con total virtuosismo), que haciendo uso de un conjunto de repeticiones temáticas (una canción, referencias televisivas, tópicos sobre la España pretérita, las morcillas…), consigue añadir humor e ironía a lo que debe ser el despertar adolescente más patético de la historia. Pero claro, ya lo dice el tópico: Spain is different!

A lectores experimentados en la ciencia ficción, “Mamis malas” de Naief Yehya les recordará más el ciberpunk que el terror. Se trata de la historia de un programa de televisión dedicado a las madres malas, aquellas que maltratan y, a poder ser, asesinan a sus vástagos. Vamos, un reality show de lo más rastrero. Es un bueno cuento y, nuevamente, el narrador, que no es el protagonista, lleva el peso de la narración. Un momento particularmente divertido es cuando la productora del programa rechaza una comparación, más que justificada, con la Andrea Caracortada de Almodóvar asegurando que ella tiene más tetas. Eso sí, pierde fuerza al tratarse de una sátira del mundo televisivo. Este lector acabó pensando que lo raro es que a ningún productor de televisión del mundo real se le haya ocurrido hacer semejante programa.

“Sonata” de Juan Abreu es la primera de las historias de la sección nominalmente dedicada a la ciencia ficción. Se trata de la viñeta de una batalla en la que se enfrentan una monja de la Santa Cofradía de la Suma Blancura con un ejército privado de la corporación Disney. Considerando las referencias irónicas del cuento, asumo que el hecho de que el nombre de la orden religiosa parezca un anuncio de detergente no es casual. Pero sin embargo, a pesar de lo que podría pensarse, esas referencias irónicas (a Barbie y Ken, a Disney y demás) no molestan, porque están sabiamente insertadas en la narración que fluye asombrosamente bien. Incluso cuando el cuento se detiene para dar explicaciones, el autor consigue que estas adopten su propio ritmo y complemente la narración. Lo que queda al final es, efectivamente, la historia de una monja que escribe su sonata cargándose a sus enemigos.

“Estampida” de Lázaro Covadlo es uno de los cuentos notables de esta antología. El comienzo hace pensar en una obra más graciosa, pero el humor inicial va derivando lentamente hacia lo trágico en una historia de enfrentamientos humanos llevados al límite. El desmoronamiento social representado en la figura de dos hermanos está muy bien retratado y cuando digo que la situación se lleva al límite lo digo en serio. Un ejemplo de relato donde el estilo es perfecto aliado a la narración.

“El juego de los mundos” de César Aira es claramente lo mejor de este volumen. Y lo más sorprendente es que se trata de un fragmento de una novela. Considerando la gran calidad de la muestra aquí incluida y que Mondadori ha publicado sin tapujos novelas de ciencia ficción (como Entre dinosaurios de Gaylord Simpson, Vurt de Jeff Noon o La institución smithsoniana de Gore Vidal), ¿a qué esperan para editar la de César Aira? Supongo que no tardarán mucho. Una vez más, es un personaje notablemente construido el que sostiene la narración, en este caso un padre algo calzonazos que no entiende la fascinación de su hijo por un peculiar video juego que consiste en destruir planetas de verdad. En apenas 13 páginas se acumulan profundas, que no pesadas, discusiones éticas a medida que el hijo y el padre se enfrentan dialécticamente, enfrentamientos de los que el padre parece siempre retirarse. Una narración extraordinaria, y un ejemplo perfecto del poder de la literatura especulativa para iluminar los conflictos éticos y morales.

“Cómo odiamos las despedidas” de Jesús Llorente es la más parecida a una narración de ciencia ficción convencional, la que más referencias a la ciencia ficción escrita contiene (con varias a Lem) pero curiosamente es uno de los menos interesantes al no desarrollar adecuadamente su argumento. La historia concierne a dos amantes homosexuales, uno de ellos que ha inventado un motor cuántico y está a punto de ir al espacio y el otro que agoniza en la cama de un hospital. El que agoniza le pide al otro que cuando salga al espacio demuestre la inexistencia de Dios, destruyendo, si es preciso, cualquier forma de vida que encuentre (y el lector se preguntará, con toda justicia, ¿por qué?). Parece la historia de una traición, pero esa traición no es, la verdad, tan grave.

“Viaje a Gea” de José Manuel Prieto es un cuento algo convencional que retoma algunos temas clásicos del género. Pero, sabiamente, el autor limita a cinco páginas una idea que no podría dar más de sí y la combina con una peculiar, como en el primer relato, relación de dependencia. El resultado final es bueno, con un trama bien resuelta, y ciertamente refleja un cierto aire a cuento clásico o leyenda.

¿Qué será “La página pantalla” de Eloy Fernández Porta? Claramente no es un cuento, pero tampoco es un ensayo; ciertamente está lleno de chistes, referencias culturales y ataques a muchas posiciones intelectuales, pero el tono no podría estar más alejado de un discurso racional. Por desgracia, si se trata de un chiste, les ha salido demasiado largo. En todo caso, no pega ni con cola en esta selección y debería haberse eliminado sin piedad. La mejor opción para el lector es saltárselo.

En general, este Invasores de Marte representa una selección interesante y de calidad, ofreciendo en los relatos una visión diferente y fresca. La clasificación final debería ser un 3’75, pero como no tenemos esas estrellitas y contando el valor de la iniciativa, pues un 4.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Hoy en día, cualquier película o serie de televisión que se precie viene acompañada de los correspondientes productos relacionados. Durante un tiempo, el que tarda la película o serie en cuestión en desaparecer de la percepción pública, las estanterías de todo comercio remotamente relacionado se ven invadidas por muñecos, camisetas, carpetas, hamburguesas, aperitivos, cómics, juegos y, claro, libros. Normalmente no nos libramos de al menos una novelización, así que fue con algo de sorpresa, pero no excesiva, como encontré este libro.

La película de animación Titan A. E., que no he visto, sirve de excusa para introducir diversos conceptos científicos. Siguiendo más o menos de cerca la trama de la película, se van apuntado qué podría ser posible y qué no, pero sobre todo dando más énfasis a los posible, porque después de todo se trata de entretener y de acercar a la ciencia a lectores jóvenes. Cada tema introducido está complementado por laterales donde se ofrecen datos curiosos que ayudan a mantener el interés.

Y en esa situación, la labor del libro es encomiable. Se empieza hablando de naves espaciales, para seguir considerando la posibilidad de emplear agujeros de gusano para viajar a otras regiones remotas del universo, pero sin dejar de destacar la enormidad del espacio. Se sigue discutiendo métodos para destruir la Tierra, la posible vida en el espacio, la naturaleza de los planetas, las posibilidades de la vida extraterrestre, el concepto de acción y reacción, los cuidados médicos en el espacio, las supernovas, la diferencia entre reflexión y refracción, para terminar con la clonación. Las discusiones son en ocasiones fantasiosas, pero evidentemente se desea atraer la atención del lector. Pero en todo caso, también hay un cierto rigor (aunque en un momento dado, el autor parece confundir la masa gravitatoria con la masa inercial) muy de agradecer, aunque, teniendo en cuenta el potencial público lector, no se profundiza demasiado. Siguiendo lo que parece fielmente la película, se introducen una sorprendente variedad de temas, y los laterales no dejan de servir su propósito de apuntar algún concepto más. El texto en sí se complementa con un glosario técnico muy completo.

No me queda claro a qué público está destinado este libro. Parece ser para chicos y chicas alrededor de los 12 años, aunque es posible que incluso para ellos pueda llegar a ser en algún punto demasiado superficial. La cuestión, por supuesto, es saber si se venderá. Pero en todo caso, la experiencia es muy positiva y satisfactoria. Ojalá se aprovechasen más películas de este tipo para crear libros de divulgación que se acerquen a estas edades.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Adiós, Chunky Rice de Craig Thompson

He de reconocer que como Santo Tomás creo, pero en ocasiones dudo. Tengo total fe en la capacidad del medio del cómic para crear obras al nivel de cualquier otra forma de expresión artística, pero en ocasiones, es preciso que me planten delante una obra así para creer.

Adiós, Chunky Rice es una de esas obras.

Una obra sobresaliente tanto desde el punto de vista artístico como el narrativo.

Adiós, Chunky Rice cuenta básicamente la historia de una pequeña tortuga, que vive aparentemente en un mundo de humanos, enamorada de un ratón llamado Dandel, que un día decide abandonarlo todo y embarcarse con destino a las Islas Pontinas. Durante la travesía, que en el libro no termina, conoce a un grupo de personajes fuera de lo común: las gemelas siamesas Livonia y Ruth que deben vivir permanentemente unidas, y el capitán Chuck, un personaje inicialmente desagradable pero cuyo amor por su esposa muerta y el mar redimen. En tierra ha dejado a Dandel enamorada de él y a Solomon, hermano de Chuck, que intenta expiar su pasado, su padre le obligó a ahogar a los cachorros de su perra cosa que Chuck jamás le perdonó, cuidando del pequeño pájaro Merle.

El tema principal de la narración es, evidentemente, el alejamiento y la separación, o quizá, como en el caso de las hermanas siamesas, la imposibilidad de separarse. Chunky Rice se embarca, el destino realmente no tienen importancia, y el mar funciona como lugar sin límites y de infinitas posibilidades. Durante toda la narración, se produce un diálogo contiguo entre Dandel y Chunky, a veces en la memorias, con delicados flashback que nos llevan al pasado, o por una serie de pensamientos, ideas y acciones en sincronía (Dandel escribiendo interminables cartas en botellas, Chunky escuchando su música favorita en la radio…) Aún así, no está claro quién se equivoca y quién tiene razón, Dandle quedándose o Chunky partiendo. Es más, la narración ni se lo plantea y deja al lector la tarea de decidir en qué momentos de la vida es preciso partir y cuando se necesita valor para permanecer.

El resto de los personajes actúan de coro a la historia central, ejemplificando e iluminando cada uno a su modo el tema central. Todos tienen pasado o presente que aceptar (Solomon la muerte de los cachorros, las hermanas Livonia y Ruth la imposibilidad de vivir separadas, y Chuck la muerte de su esposa). Todos huyen de algo (aunque ese algo les acompaña siempre porque el adiós no existe) y cada uno busca la forma de compensar o expiar. Pero ni siquiera, en esta inteligente obra, la expiación es un acto simple de fácil ejecución como demuestra la relación entre Merle y Solomon: ¿quién ama a quién?, ¿quién se sacrifica por quién?, ¿quién depende de quién?

La relación entre los personajes, sus mundos interiores, sus sentimientos, ideas y pasado se revelan lentamente en una serie de líneas cuidadosamente entrelazadas. La revelación paulatina es magistral y Craig Thompson con gran habilidad va incrementado la densidad emocional y psicológica de lo que parece una narración infantil. No duda en hacer que los personajes cuentes historias, que no terminan como no termina la aventura de Chunky, recuerden libremente o asocien imágenes y sonidos. La obra siempre tiene una sorpresa y es fácil no percibir toda el alcance de la historia en la primera lectura.

Adiós, Chunky Rice es una aventura psicológica y emocional y no busca héroes y villanos. El antagonista nominal, el capitán Chuck, se revela al final como un hombre con sus propias pasiones y con su propia forma de apreciar el mundo. Craig Thompson apenas necesita unas líneas de diálogos y unas pocas viñetas para revelar la verdadera dimensión de un personaje.

Lo cual nos lleva al segundo mérito de la obra. El dibujo es redondeado y casi infantil durante la mayor parte de la narración, pero no duda en volverse duro y nervioso cuando la escena lo requiere (como el flashback del padre obligando al joven Solomon a matar a los cachorros). El autor sabe dibujar el gesto justo de sus personajes, hasta el punto que es capaz de dotar de vida a una pequeña tortuga antropomórfica que apenas habla, pero de la que siempre sabemos lo que piensa o siente.

Hay páginas de composición maravillosa, como la 27 donde se describe la vida normal de un edificio o la página de fondo negro que contiene doce imágenes del pequeño Solomon jugando al escondite en una caja cuyos límites no vemos pero cuya presencia sentimos. Las transiciones son igualmente brillantes y marcan el tono de la narración, especialmente aquella en la que el mar ilimitado pasa a ser líquido contenido en una botella. La habilidad desplegada en la composición y el dibujo hace que los diálogos se reduzcan al mínimo y las palabras sean simplemente las justas.

Adiós, Chunky Rice es una obra de descubrimiento y como tal se niega a dar respuestas. Es el lector el que debe meditar sobre la historia emocionante, hermosa e inteligente que ha leído. Quizá, porque después de todo, el viaje de Chunky Rice sea el nuestro.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Timequake de Kurt Vonnegut

Kurt Vonnegut iba a escribir un libro llamado Timequake. Contaba una historia singular. El 13 de febrero de 2001, a las 2:27, el universo sufrió una crisis de confianza en sí mismo. ¿Debía seguir expandiéndose? ¿Qué sentido tenía hacerlo? Ni corto ni perezoso, decidió retroceder al 17 de febrero de 1991, más que nada, por darse diez años para pensar. Todo el mundo, hasta el último individuo, tuvo repetir esos diez años en piloto automático, cometiendo una vez más todos los errores anteriores, sin poder hacer nada para evitarlos. El libre albedrío desapareció completamente durante ese periodo, pero, ¿existió alguna vez?
Lo que no existe es ese libro. Kurt Vonnegut había escrito demasiado. Otros a su edad ya habían producido sus grandes obras. Y además, el libro, después de casi una década de trabajo, no quería escribirse. ¿Qué hacer? Salvar las partes buenas. (Todo esto lo cuenta en el prólogo/declaración de intenciones).

Y eso es Timequake (que afirma será su último libro). Sin sentido, sin estructura, sin mayor intención que permitir a Kurt Vonnegut hablar libremente, para que su mensaje quede clarito, para que nadie se confunda: la vida no tiene sentido, no vale la pena vivirla y para empezar no queríamos nacer.

No es una novela. No es una autobiografía. Es como mirar a la cabeza de una persona mientras piensa, con todo lo que se le ocurre mientras medita sobre su condición (que es, extrapolando su situación de artista, la condición humana). Entre fragmentos hilarantes de la novela que podía haber sido, entre recuerdos terribles de la niñez del autor, entre reminiscencias de personas ya muertas, entre resúmenes de los cuentos de Kilgore Trout, entre chistes amargos, Kurt Vonnegut va dibujando un especie de itinerario personal, lleno de preguntas y respuestas. ¿Por qué no es seropositivo? Lo explica. ¿Cuál fue la mejor idea que Satanás metió en la manzana que dio a la serpiente para que se la diese a Eva? El sexo es sólo una de las mejores. ¿Quién fue el primer alemán al que quiso matar? Fue en Estados Unidos.
Timequake es posiblemente el libro más autoindulgente, divertido, descreído, deprimente e inteligente de su autor. Se pone en duda todo, y al final se pone en duda la idea misma de vivir. Es la lectura perfecta para un depresivo lector de Ciorán. Al terminarlo, uno sólo puede estar más alegre. Pero enfrentarse a tal vacío es algo que sólo puede hacerse de vez en cuando. Pero la brillantez de Kurt Vonnegut parece capaz de convertir la nada en divertidísimo y fascinante material literario.

Una última cosa: ¿qué atenuante debemos esgrimir cuando nos enfrentemos al día del juicio final?

Para empezar, no queríamos nacer.

Es difícil aceptar el caos, pero puede hacerse. Yo soy una prueba viviente de ello: puede hacerse.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Uno es un gigante reconocido de la ciencia ficción, el otro es un escritor en alza que ya ha producido varias buenas obras. Los dos son de origen británico. Los dos son conocidos por la gran carga científica de su obra. Uno de ellos está ya en decadencia. El otro es una esperanza para el futuro. Los dos siguen la tradición de Olaf Stapledon y disfrutan situando sus obras contra un fondo mayor de trascendencia humana.

¿Qué podría salir de una colaboración entre ellos?

Pues una novela que es normal como novela, pero que como obra especulativa es ciertamente impresionante. Al leerla es evidente que hay dos grandes mentes reflexionando sobre el material, aunque los dos, por desgracia, han confiado en la gran carga especulativa para sostener la obra.

Hiram Petterson es un industrial del futuro, una especie de combinación entre Ted Turner y Bill Gates, un hombre hecho a sí mismo de complicado origen (nacido en África, pero de origen asiático, emigrado a Inglaterra y luego a Estados Unidos cuando el país británico pasó a convertirse en un estado de la Unión). Manipulador, egoísta y sólo interesado en el dinero, ha conseguido un adelanto tecnológico para mantener, momentáneamente, a su empresa, OneWorld, por delante de la competencia: la tecnología para transmitir información desde cualquier parte del globo por medio de agujeros de gusano microscópicos. Se acabaron los satélites de comunicaciones, se acabaron los cables de fibra óptica, se acabo no estar en el punto de la noticia cuando la noticia se produce. Pero Hiram quiere más, quiere poder llegar instantáneamente a cualquier lugar donde se produzca la noticia. Es decir, quiere poder abrir un agujero de gusano en cualquier punto del planeta y usarlo como cámara; quiere poder abrir un agujero de gusano en medio de un huracán y retransmitir lo que sucede. Y así nace la WormCam. ¿Pillan el chiste? (en español se ha traducido por GusanoCámara, que queda francamente raro).

Pero la competencia es feroz y rápida. Pronto, otras compañías de comunicaciones conseguir reproducir sus resultados, pero Hiram tiene un par de ases para mantener por delante: sus dos hijos. David, largamente perdido y contaminado por el virus de la religión, físico brillante que le ayudará a extender las posibilidades de la tecnología y Bobby, que está destinado a heredar, más literalmente de los habitual, su imperio y que es la viva imagen de su padre. Pero también está Kate, periodista de investigación que sabe cómo usar la nueva tecnología para conseguir las noticias que quiere, pero cuyo amor por Bobby pondrá patas arriba los planes de Hiram.

Pero pronto la tecnología de la WormCam escapa del control de Hiram e incluso del gobierno. Rápidamente todos los ciudadanos corrientes pueden espiar a sus conciudadanos. Porque no hay otra cosa que hacer: El Ajenjo, un gigantesco pedrusco, chocará contra la Tierra y arrasará con todo. Pasarán todavía quinientos años, pero toda la vida de la Tierra desaparecerá con total seguridad y no hay nada que la humanidad pueda hacer. Y la humanidad siente el peso de su futura extinción.

Lo interesante de la novela es que desarrolla con perfección, y algunas sorpresas, los cambios sociales que la tecnología de la WormCam podría producir. Los jóvenes, por ejemplo, comienzan a ir desnudos y hacer el amor en público, porque en una sociedad que ha perdido la intimidad esas cosas ya no importan. Cuando la tecnología de WormCam permite observar el pasado, ni siquiera los pecados de antaño están seguro (muchos senadores dimiten preventivamente) y es fácil descubrir la verdad sobre importantes figuras históricas (Lincoln y Jesús son los más discutidos, y especialmente el capítulo dedicado a este último es muy interesante. Y por cierto, Fermat tenía razón). Y paradójicamente, una tecnología que revela la verdad sirve también para mentir (Hiram consigue implicar a Kate falsamente en un caso de espionaje, para así alejarla de su hijo). Cuando la WormCam permite ver cualquier lugar del universo, y la realidad virtual permite caminar sobre a superficie de cualquier mundo por lejano que esté, el programa espacial deja de pronto de tener sentido. E incluso aparece una sociedad secreta, muy bien desarrollada y descrita en la novela, de gente que vive prácticamente en la oscuridad para no ser localizados. Y la WormCam permite también la telepatía artificial, lo que crea una variación de la especie humana, una mente colmena en la que todos comparten los pensamientos de todos los demás.

La trascendencia, tan querida a ambos autores, está firmemente presente. La novela está narrada desde el futuro, por un Bobby mágicamente resucitado. Y cerca del final se descubre el verdadero origen de la vida sobre la Tierra (y no es nada de lo que imaginan, y que es realmente sorprendente) cuando un posterior avance de la WormCam permite seguir el ADN hasta sus remotos orígenes. El final en sí se las arregla simultáneamente para ser divertido, por esperado, y escalofriante, por lo que implica para la especie humana.

En un detalle honroso, la novela está dedicada a Bob Shaw, creador del concepto del vidrio lento, que era también una forma, más limitada, de ver el pasado. [Un amable lector me recuerda que un dispositivo para ver el pasado (y el presente) también aparecía en el cuento de Asimov “El pasado muerto”]

Arthur C. Clarke ha colaborado con otros autores, pero ninguna estaba a su altura. Stephen Baxter no sólo ha demostrado hasta ahora estar al nivel de Clarke, sino que bien podría superarlo en el futuro. Entre los dos han construido una novela de ágil lectura, personajes agradable (aunque en ocasiones derivan excesivamente cerca del culebrón, con secretos familiares y hermanas perdidas) y sobre todo mucha y buena ciencia ficción. Sólo por la amplitud y profundidad de las especulaciones merece figurar en el estante de cualquier lector del género. Se trata de una buena novela de Stephen Baxter y de la mejor novela de Arthur Clarke en años.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

La serie de libros “Darwinismo hoy” intenta cubrir varios temas diversos de la teoría darwiniana moderna en su aplicación a los seres humanos, cada título escrito por una figura destacada de la moderna teoría evolutiva. Se trata de ilustrar brevemente alguna cuestión sobre la que la teoría de la evolución puede arrojar luz. Y también, de paso, popularizar esas ideas.

La moderna teoría evolutiva y en particular la psicología evolutiva (precedida en su momento por la sociobiología) han vuelto del revés el modelo político y social tradicional sobre el ser humano. De ser considerado como un ente aislado del resto de la naturaleza cuya cultura, psicología y orden social eran producto del azar, de la educación y de las condiciones sociales y económicas, la visión evolutiva lo encaja firmemente en el reino animal y aspira a deducir su comportamiento y psicología, su naturaleza humana, de su pasado como animal sujeto a las leyes del darwinismo que se aplican a cualquier otra forma viva sobre la Tierra. Es decir, de considerar al ser humano una hoja en blanco sobre la que cualquier cosa podía escribirse, ahora se lo considera un animal con un conjunto innato de comportamientos y características. La evolución aplicada a la psicología y a la sociología saca a la luz comportamientos invariantes en todos los seres humano, abarcando incluso fascinantes descubrimientos sobre nuestros comportamiento sexual (véase, por ejemplo, Anatomía del amor de Helen Fisher), social e incluso moral (véase, por ejemplo, The Moral Animal de Robert Wright). No es por tanto sorprendente que esas aproximaciones a la condición humana sean importantes y polémicas.

Lo sorprendente no es el cambio de visión, sino que las ciencias sociales considerasen durante tanto tiempo la idea de que una persona era un ser perfectamente maleable, separado de las fuerzas evolutivas que afectan a cualquier otro animal. El fallo es evidente: ¿qué sentido tendría que la naturaleza crease un animal que tuviese que aprenderlo todo desde el principio?

La izquierda darwiniana podría considerarse, quizá, el título más arriesgado de esta colección. Es más un manifiesto político que un libro de biología, y aspira a demostrar que es posible una izquierda que acepte los nuevos descubrimientos sin por ello dejar de ser izquierda. En este caso, la izquierda no se entiende como fuerza política, sino como cuerpo de pensamiento, eso que mueve a ciertas personas a actuar a favor de ciertas causas.

La tesis de partida del autor es que el marxismo aceptó con alegría la teoría de la evolución, porque hacía innecesario a Dios, pero sólo hasta cierto punto. Admitía que la evolución había creado los cuerpos de los seres humanos, pero negaba que tuviese nada que decir sobre las formas que adoptaba la sociedad humana. La tesis fundamental del marxismo es la perfectibilidad de la especie humana con un simple cambio del orden social. Pero eso choca con el mismo fundamento de la evolución, que es un proceso continuo y que nunca alcanza un estado de perfección final. “La evolución no conlleva ninguna carga moral, simplemente ocurre” (p. 23) dice el autor para luego añadir “La teoría materialista de la historia implica que no existe una naturaleza humana fija” (p. 37) lo cual choca con gran parte del cuerpo de datos de la evolución y la psicología evolutiva. Peter Singer caracteriza la posición de la izquierda con estas palabras: “la noción de que la evolución darwiniana se detiene en el alba de la historia humana y que toman el relevo las fuerzas materialistas de la historia” (p. 36). El fracaso de esa visión está claro: “En el siglo XX el sueño de la perfectibilidad de la especie humana se ha convertido en las pesadillas de la Rusia estalinista, la China de la Revolución Cultural y la Camboya de Pol Pot” (p. 47).

La tesis central del volumen se resume en una única frase: “La izquierda necesita un nuevo paradigma” (p. 13), y en un desafío: “¿Puede la izquierda trocar a Marx por Darwin y seguir siendo izquierda?” (p. 15). La respuesta del autor es un sí sin condiciones. Para ello intenta despejar varios errores tradicionales sobre la teoría de la evolución e intenta así mismo ofrecer una idea de las recientes investigaciones que apuntan a la existencia de una naturaleza humana subyacente. Pero el mito más persistente, y que por tanto intenta despejar en varias ocasiones, es que lo natural es bueno. No, nos dice, de un ser no hay que deducir un debe ser. Por ejemplo, del hecho de que los seres humano construyan siempre jerarquías (incluso en aquellas sociedades en que las jerarquías han sido supuestamente eliminadas por decreto) no debe llevarnos a pensar que las jerarquías son buenas. Simplemente, nos dice, no se puede construir una sociedad mejor desde la ignorancia y negando los hechos. Si existen patrones comunes al comportamiento y a las sociedades humanas, es mejor conocerlos para poder intentar cambiarlos: “Estar ciego a los hechos de la naturaleza humana es arriesgarse al desastre” (p. 56). Es decir, conseguir una sociedad mejor no va a ser tan fácil como se creía, pero esa dificultad no implica imposibilidad.

Pero la evolución ofrece también su rayo de esperanza. Si aparentemente, la visión tradicional del darwinismo apoya la tesis del egoísmo extremo, y por tanto, del capitalismo más salvaje, las nuevas investigaciones aportan otro punto de vista. El comportamiento altruista y cooperativo es también producto de la evolución, y se manifiesta en el hombre y en muchas especies. La naturaleza también ha creado animales capaces de cooperar y de sacrificarse por el bien de otros. En este respecto, el capítulo titulado “¿Competencia o cooperación?” es el más interesante y el núcleo fundamental de la tesis del autor. Se discuten distintos modelos cooperativos, se habla del dilema del prisionero y se discute la necesidad de “devolver la moneda” (de no cooperar con los que no cooperan), todo ello porque: “La izquierda darwiniana, al comprender los prerrequisitos para la mutua cooperación a la vez que sus beneficios, se esforzaría por evitar las condiciones económicas que crean parias” (p. 74).

En el capítulo final, el autor señala los mitos que la izquierda tradicional debería abandonar (negar que existe la naturaleza humana, utilizar sólo la revolución, la educación y el cambio social como instrumentos, aceptar el modelo tradicional del origen de las desigualdades) y delinea las condiciones de una nueva izquierda darwiniana: aceptar la existencia de una naturaleza humana, no deducir de lo “natural” lo “correcto”, promover estructuras que animen a la cooperación, etc. Pero advierte: “En algunos aspectos, esto es una visión muy rebajada de la izquierda, que sustituye sus ideas utópicas por una visión fríamente realista de lo que es posible alcanzar” (p. 87).

Este pequeño volumen por sí sólo demuestra las debilidades y puntos fuertes de la serie. El autor, evidentemente, está discutiendo un asunto que escapa a la estricta visión científica, al tratarse de un tema político. La evolución no puede decidir si la derecha o la izquierda tienen razón. Por tanto, es tremendamente subjetivo en sus planteamientos y debe tomarse como la posición de Peter Singer sobre esos asuntos. En particular, los capítulos dedicados a justificar la visión darwiniana de la especie humana (y especialmente, la existencia de una naturaleza humana) son los más débiles del libro. El autor debe limitarse prácticamente a enumerarlos, sin ofrecer los datos que apoyan esas conclusiones, mientras que en un volumen mayor se discutirían más ampliamente experimentos y datos concretos. De hecho, el volumen es tan corto que apenas puede ofrecer premisas y conclusiones, con unas pocas páginas de justificación científica en medio.

Por otra parte, la misma brevedad del volumen obliga a no apartarse del tema. La posición está claramente definida y sirve, como es el propósito de la colección, para divulgar los nuevos avances en teoría de la evolución. Se trata en suma de un libro provocador e interesante, que debería dar mucho que pensar, pero que se resiente de las limitaciones de espacio que le impiden discutir más ampliamente la parte científica. Se lee, en suma, como punto de partida de posteriores, e intensas, reflexiones e investigaciones por parte del lector.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Fases de gravedad de Dan Simmons

Supongamos que el lector gusta de la ciencia ficción y a la literatura fantástica pero se encuentra con que la oferta actual de ciencia ficción se le hace pesada y le gustaría encontrar una novela que capture el espíritu de la ciencia ficción pero sin su parafernalia y clichés. En ese caso, su novela es Fases de gravedad.

Fases de gravedad no es una novela de fantasía, es simplemente una buena novela y punto. Su protagonista es Richard Baedecker, un antiguo astronauta del proyecto Apolo y uno de los hombre que caminaron por la Luna. Lo que se cuenta es su relación con sus antiguos compañeros de misión, uno convertido en evangelista y otro en senador, con su hijo, seguidor de un gurú hindú, y con la antigua novia de éste. Pero ante todo es la historia de un hombre que se busca a sí mismo después de su momento de gloria, el relato de su búsqueda de la trascendencia, de un sentido para el resto de la vida. No es una novela de acción, sino una historia de personajes y, como dice Spinrad, la resolución final no es física sino espiritual.

Hay mucho en esta novela (además de sobre vuelo y montañismo) sobre la vida entendida como una obra de arte, de intentar hacer que cada momento tenga sentido por sí mismo, de la búsqueda del ser propio. Hay una imagen recurrente: dos astronautas jugando al frisbee en la Luna. Y tenemos también a Richard, que se lanza, arriesgando la vida, en ala delta desde una montaña por el simple propósito de celebrar la naturaleza.

La novela es ciertamente mística, pero se trata de un misticismo real que jamás se manifiesta o se hace explícito en cosas tangibles. Permea la novela esa sensación de que el mundo es algo más de lo que vemos, esa incomodidad que sentimos al vivir día a día, que nos obliga a buscar nuevas metas en la vida. Hay cierta religiosidad en la actitud del personaje, una búsqueda de un lugar sagrado. Pero no es más que la reacción de una persona de mediana edad que se encuentra ejerciendo un trabajo que no le gusta, una simple manifestación psicológica. No se asuste el lector, no hay ningún elemento fantástico en la novela. Pero la mirada y la voz de Simmons sí que son fantásticas.

Dan Simmons es un escritor sorprendente, ya que en ningún momento renuncia a la tradición literaria de la lengua en la que escribe. Hay mucho en esta novela de lo mejor de la actual novelística americana. Un punto obvio de conexión es John Updike, pero donde Updike es irónico, Simmons es comprensivo: no aspira a juzgar a su personaje sino a entenderlo.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Antártida de Kim Stanley Robinson

La Antártida está amenazada. El tratado que la protege ha expirado y la carrera por la renovación, o no, ha comenzado. Además, la naciones de la Tierra, faltas de recursos, han dirigido su mirada al continente blanco, deseosas de aprovechar sus recursos naturales. Y por si fuese poco, el cambio climático está alterando significativamente la capa de hielo que cubre el continente. Cuando comienza la novela presenciamos una extraña comitiva: un convoy de camiones automáticos, con un solo ser humano a bordo, cruza el continente. El convoy es atacado y uno de los camiones robados. ¿Quién, en medio de un continente helado, puede haberlo hecho? ¿Y por qué? ¿Qué relación hay con los problemas de la Antártida?

Sobre ese fondo, de intereses políticos y misterios, varios personajes defienden sus particular posición sobre la región (el Planeta Hielo, en la fructífera metáfora de Kim Stanley Robinson): ya sea la preservación para la investigación científica del continente; la defensa de las acciones terroristas como medio para evitar la destrucción de la Antártida; una batalla política que permita la renovación del tratado en mejores términos; la posibilidad de explotar los recursos del continente utilizando medios tecnológicos que garanticen el mínimo impacto ecológico; o, en uno de los elementos más interesantes de la novela, la posibilidad de convertirse en nativos de la Antártida.

Cualquier lector que haya leído la serie de Marte (esa magnífica recreación de la colonización de todo un planeta) sabrá inmediatamente que en Antártida todas las posibilidades diferentes se discuten, comparan y examinan simultáneamente sin que su autor tome partido por ninguna en particular. Para eso tiene a sus personajes, magníficamente recreados como es habitual en él. Destacan cuatro: Val, la guía que lleva grupos por entre los paisajes helados y cuya visión idealista del continente contrasta con lo prosaico de su trabajo; X, el asistente general de campo, el humano solitario en el convoy que inicia la novela, insatisfecho con su papel en la Antártida (limitado a hacer la vida más fácil a los científicos) pero que no sabe cómo cambiar su situación; Wade, asesor de un senador muy preocupado por la ecología que lo envía al Polo Sur a informarse de primera mano, que se adentra en la diversas (sí, diversas) culturas del continente (el propio Kim Stanley Robinson pasó unas semanas becado en la Antártida para escribir este libro, detalle que ciertamente tiene su importancia); y Ta Shu, un periodista chino, a través del cual conocemos la mayoría de la historia pasada del continente, que práctica el antiguo arte del feng shui lo que le da una especial sensibilidad para el paisaje. Todos ellos confluirán finalmente cuando llegue la hora de decidir el destino del continente. Cada uno de ellos aportará su parte para dotar a la Antártida de la complejidad que la cultura humana da al mundo.

En cierta forma, estamos ante un libro que comparte bastante del espíritu con la serie de Marte. También aquí tenemos la preocupación constante por la política, la ecología, el destino del mundo, sin olvidar nunca, sin embargo, las odiseas personales de los protagonistas, que al final justifican o no la trama. Antártida se lee en gran parte como la novela que Kim Stanley Robinson hubiese escrito sobre Marte si primero hubiese escrito la trilogía de Marte: los temas han quedado más perfilados, la narración fluye con mayor fuerza, el estilo es aun más preciso y depurado que en la trilogía. Antártida representa la novela escrita por un autor que ha sabido evolucionar a partir de su anterior obra; y no es ése uno de sus menores placeres.

También, al igual que la serie de Marte, el libro parece en ocasiones no pertenecer a la ciencia ficción. La tecnología mostrada no es demasiado avanzada, y si no existe hoy está en proyecto. Pero la forma de mirar al paisaje, un mundo completamente cubierto de hielo, y las preocupaciones continuas sobre el futuro del planeta y el destino de la humanidad (visto siempre teniendo en cuenta el pasado) hunden sus raíces en la mejor tradición del género, en la que la reflexión sobre complejidad del mundo que nos rodea ocupa un lugar principal.

Uno de los aspectos más interesantes de Antártida consiste en estar profundamente enraizada en la historia del continente, algo que en Marte no podía hacerse. A lo largo de sus páginas descubrimos aspectos de las expediciones que conquistaron el continente y que ayudaron a formar nuestras visiones del mismo. Es cómo si Kim Stanley Robinson hubiese cogido las primeras páginas de Marte rojo y las hubiese expandido para distribuirlas finalmente por entre toda la novela. Ese cuidado con la historia pasada, dota al libro de una profundidad de la que carecería en caso contrario. Porque, como dice uno de los personajes de Antártida, lo que es verdad en la Antártida es verdad en el mundo: olvidar el pasado es siempre un error. En esos aspectos, Antártida gana, con respecto a los libros de Marte, en que el elemento humano está mucho más presente, lo que destaca y magnifica la gran inhumanidad del paisaje.

Aquellos que disfrutaron fascinados con la trilogía de Marte, sin duda volverán a hacerlo con Antártida. Aquellos que opinaban que la trilogía era excesivamente larga, harían bien en darle una nueva oportunidad a este autor. En cualquier caso, ningún lector quedará insatisfecho.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

El glamour de Christopher Priest

Christopher Priest es uno de esos autores con un tema fundamental, al que regresan obsesiva y metódicamente. El suyo, en particular, es la curiosa relación entre lo real y lo imaginario, o, la relación entre la ficción que finge ser real y la realidad que finge ser ficticia. En sus novelas y cuentos todo se entremezcla y nada, absolutamente, nada es lo que parece. De pronto, un personaje al girar una esquina, se ve transportado a otro mundo irreal y fantástico, como en el caso de The Affirmation. O de pronto la realidad resulta no ser lo que parece, como en The Extremes.

En El glamour, Richard Gray se despierta en un hospital, después de haber sido víctima, supuestamente accidental, de un horrible atentado. Un día aparece Susan, que dice ser una novia reciente con la que mantuvo una relación problemática por culpa de un misterioso personaje llamado Niall, que parece ejercer un curioso y extraño dominio sobre la joven. El problema es que Richard no la recuerda, de la misma forma que no recuerda nada de las semanas anteriores al atentado. Pero Richard, después de una sesión de hipnosis, empieza a recuperar parte de sus recuerdos, en forma de narración manuscrita sobre un onírico y surreal viaje por Francia con Susan.

¿Existió ese viaje? ¿Qué parte de los recuerdos de Richard son reales y qué parte no? La cosa se complica aún más cuando Richard descubre que él, al igual que Susan y Niall, posee el glamour, la capacidad de trastornar la mente de los demás para convertirse a efectos prácticos en invisibles. Una capacidad que permite a Niall en particular dominar casi por completo la vida de los que le rodean sin que éstos lo perciban (en un momento dado, Susan dice que “Niall siempre está aquí”).

En las novelas de Priest lo problemático, en el sentido de elemento a desentrañar, nunca en lo real, sino lo propiamente ficticio. Así, The Affirmation podría leerse con facilidad como un fascinante ejercicio en la construcción del personaje literario. Y en The Prestige, el secreto está en la lectura adecuada del texto. Pero eso son dos ejemplos donde la estrategia tiene éxito, no así en El glamour.

El secreto de El glamour es trivial y sus descubrimiento por parte del lector le deja indiferente. Uno podría bien preguntarse si era necesario escribir un libro tan largo para explicar algo que la propia novela aclara en apenas cinco páginas. Christopher Priest es un autor con gran capacidad y habilidad, pero en esta ocasión ha pretendido hacer pasar un truco literario por reflexión seria.

De esa forma, la novela, a pesar de su comienzo prometedor, es periódicamente aburrida. Carece de la tensión y de la economía narrativa del mejor Priest. Richard es demasiado marioneta para ganarse la simpatía del lector, y Niall es un demiurgo (“yo soy sólo yo” dice de sí mismo) controlador obsesivo, y su verdadera identidad no es ni sorpresiva ni tiene interés (¿quién puede pasearse, aparte de Dios, impunemente por las páginas de una novela?). Hay más suerte con Susan, una mujer atrapada entre el hombre al que quiere, pero que se niega a creer, y el hombre que la controla, pero que se niega a amar.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Del amor del Alain de Botton

Alain de Botton demostraría después que era posible escribir un ensayo literario contando a Proust en el formato de un libro de autoayuda en Cómo cambiar tu vida con Proust, pero ya en su primera obra se embarcó en la ardua tarea de describir la relación amorosa más tópica que imaginarse pueda en el formato de un tratado de filosofía.

Desde que se conocen en un avión, experiencia cuya improbabilidad el narrador protagonista destaca realizando los cálculos oportunos e incluyendo un croquis de las disposición de los asientos en un 767 de British Airway, y siguiendo los diversos altibajos de la relación hasta la inevitable ruptura final, Del amor es la crónica de esos meses de enamoramiento. No hay acción prácticamente, porque en pocas relaciones amorosas las hay. Ni siquiera los personajes tienen ninguna característica destacable. Ella, Chloe, tiene los ojos verdes. Él tiene tendencia a enamorarse y un gusto, quizá excesivo, por la reflexión filosófica.

La historia real de la novela se produce en la mente del protagonista narrador, la secuencia de tesis, antítesis y síntesis llevada con todo rigor. Cada episodio, por nimio que sea, de la relación le sirve para lanzarse al análisis profundo y obsesivo, apoyándose en pensadores de todas las épocas y en los correspondientes diagramas aclarativos (las flechas que indican la alteración que cada uno produce en la personalidad del otro, la curva rígida y la curva voluble que indican las diversas personalidad de Chloe, los dientes platónicos y los dientes kantianos, la ilusión de Müller-Lyer, etc.) El paralelismo con un libro filosófico está llevada hasta el extremo de que cada capítulo está a su vez dividido en pequeñas secciones numeradas. Así, el narrador, ya sea hablando de “Fatalismo romántico”, “¿Qué ves en ella?”, “Intimidad”, “Confirmación del yo”, “Contracciones” o Lecciones de amor”, desgrana los diversos aspectos incluidos en cada tema global.

La historia de amor contada en Del amor no tiene nada de original, más aún, es deliberadamente tópica (y desde el principio sabemos que acabará en separación, porque un libro llamado Del amor debe contarlo todo, incluso el fin del amor). La historia descrita aspira a la universalidad, a convertirse en esencia de cualquier otra posible relación. Lo que sí es original es la forma de contarlo.

Pero, al contrario de lo que pueda parecer, el libro está muy lejos de ser pedante. Detrás de la aparente frialdad filosófica del narrador, que al principio podría repeler a algunos lectores, bullen emociones con las que es fácil identificarse, y a pesar de nombrar pensadores de todas las épocas (incluyendo a Groucho Marx), las dudas y preguntas están planteadas con ironía, humor y sencillez. ¿Y quién no se ha preguntado nunca por naturaleza definitiva del amor? ¿Quién no se ha planteado jamás por la naturaleza de la persona amada? Alain de Botton se limita, como si eso fuese poco, a expresar con claridad los problemas de todo enamorado.

Del amor es una lectura apasionante, profunda y tremendamente divertida.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Parecía imposible, pero Scott McCloud lo ha conseguido una vez más.

En 1993, la publicación de Cómo se hace un cómic (tonta traducción española del título original Understanding Comics) supuso la demostración de que un cómic podía ser un ensayo. Y no un ensayo cualquiera, sino una profunda reflexión sobre el cómic en sí y, más ampliamente, sobre la naturaleza del arte. Ahora, siete años después, la reflexión continúa en Reinventing Comics.

Los subtítulos de ambas obras indican las diferencias. El volumen de 1993 se subtitulaba El arte invisible y trataba principalmente de los mecanismos que hacen que un cómic funcione. El volumen del año 2000 lleva por subtítulo How Imagination and Technology Are Revolutionizing an Art Form [Cómo la imaginación y la tecnología revolucionan una forma artística] y se centra en aspectos, digamos, más materiales. Ya no es el cómic como objeto abstracto de contemplación estética sino el cómic como elemento mercantil, enmarcado dentro de ciertos condicionantes sociológicos, económicos y personales. Y es incluso un libro que defiende una solución para el futuro del cómic, promoviendo su autor la idea de que el cómic del mañana debería abrazar hoy la revolución tecnológica y volverse completamente digital, aceptando un cambio económico y forjando una nueva relación con sus lectores.

La obra está dividida en dos partes claramente diferenciadas. En la primera, Scott McCloud explica las que considera algunas de las revoluciones pendientes del cómic en este final de siglo: 1) El cómic puede representar la vida tan bien como cualquier otra forma artística, 2) El cómic es arte, 3) Los creadores de cómics tienen derechos, 4) El negocio del cómic debe cambiar para servir mejor a los lectores y los creadores, 5) La percepción pública del cómic debe mejorar para reconocer al menos sus potencialidades, 6) El cómic debe recibir un trato justo de las instituciones académicas, 7) El cómic debe ampliar su base de lectores para incluir a las mujeres, 8) El cómic debe aceptar la diversidad de sexo, raza y religión, y 9) El cómic debe ser capaz de representar cualquier género.

La explicación de esas revoluciones pendientes es clara y concisa. Algunas de ellas son vitales para garantizar la supervivencia del cómic, y otras lo son para garantizar que el cómic se convierta en una forma artística reconocida. Scott McCloud el narrador recrea con cuidado algunas de las polémicas más sonadas, como el Comic Code o los derechos de los autores, para explicar la posición actual del tebeo. Abundan los ejemplos de otros creadores, e incluso de autores que empezaron a hacer cómic antes de ayer como quien dice.

Pero es en la segunda parte donde el autor demuestra que conserva el genio que ya hizo de Cómo se hace un cómic una obra de referencia imprescindible. En esta sección, más amplia que la primera, se defiende el futuro del cómic como arte digital. Scott McCloud empieza reflexionando sobre los ordenadores, metiéndose incluso en el terreno de la inteligencia artificial, e Internet, demostrando además unos grandes conocimientos de la red de redes lo que haría de este libro uno de los mejores sobre el tema, para luego proponer una nueva forma de crear cómics (digitalmente), distribuirlos (por la red y con micropago) y una nueva forma de entender la forma cuando finalmente se haya liberado de la tiranía del papel (nuevas formas de distribuir las viñetas gracias al plano infinito digital). No son veleidades de gurú. Queda bien claro que Scott McCloud ha reflexionado sobre las nuevas tecnologías y ofrece estrategias para abrazar sus posibilidades y ganarse la vida con ello. Lejos de ser un teórico, Scott McCloud predica con el ejemplo, ampliando el libro en su página web y ofreciendo digitalmente una de sus creaciones, el personaje Zot, en internet. Es quizá un revolucionario, pero no vacila en estar en primera línea.

El libro, por sus propia estructura, no tiene un fin tan unitario como Cómo se hace un cómic, y es muy posible que algunos aspectos (como los referidos a la distribución electrónica) queden anticuados por los avances tecnológicos. Pero sigue siendo un libro entusiasta, enamorado del cómic y que aspira, como ya el primero, a liberar toda la potencialidad creativa del noveno arte.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Pavana de Keith Roberts

En 1588, la reina Isabel de Inglaterra es asesinada. El caos civil subsiguiente permite a la Armada Invencible triunfar y hacerse con el control del país. Aprovechando la potencia de Inglaterra, el movimiento protestante en Europa es aplastado y el Catolicismo se impone. En el siglo veinte, no se ha producido la revolución industrial, las locomotoras de vapor recorren la tierra, las comunicaciones se realizan por medio de un complejo sistema de semáforos y la Iglesia Católica domina el mundo (Inquisición incluida).

Pavana es posiblemente la mejor ucronía jamás escrita (sin resistirme a añadir que posiblemente Bring the Jubilee de Ward Moore ocupe el segundo puesto). Por medio de una serie de viñetas, siete, ilustra un mundo de 1966 que no fue, pero que quizá hubiese podido ser. Las historias pueden leerse casi independientemente, al ilustrar momentos de la vida en ese mundo controlado por la iglesia. Pero la narración adquiere toda su fuerza por la yuxtaposición de tramas, personajes y hechos.

El lenguaje es lento y preciso, y Keith Roberts (recientemente fallecido) se toma el tiempo necesario para describir el mundo que ha conjurado. El ritmo lento no sólo hace honor al título de la obra, sino que también le sirve para establecer el carácter de un mundo a punto de cambiar. El viejo orden está desapareciendo, como desapareció un orden aún más antiguo con la llegada de la Iglesia, y uno nuevo está a punto de nacer.

Una cierta visión mágica imbuye todo el libro. No sólo porque el ritmo narrativo, esa cuidada descripción de tradiciones y órdenes sociales, ayuda a dibujar formas en la noche, sino porque la narración está imbuida de un cierto fatalismo. Ocasionalmente, los personajes sienten que no son dueños de su propio destino, que hay una historia sobre la historia que les controla y fuerza, incluso el destino de una Iglesia que parece controlarlo todo.

La última parte del libro, “Coda”, unifica y redefine las narraciones anteriores. Introduce una nota final de ambigüedad y aparentemente justifica algunos hechos que el lector podría juzgar horribles o injustos. Es su tarea final lo que la narración significa y aceptar o rechazar.

La ucronía, la descripción de épocas que nunca fueron, es un género con sus trampas y problemas. El más importante sea posiblemente la verosimilitud. Si los cambios históricos introducidos no se justifican o parecen imposibles, la narración se desmorona. Keith Roberts elude esos peligros centrándose menos en los hechos históricos en sí que en los personajes y el mundo. Da la impresión de haber deseado escribir más una parábola o una metáfora que una ucronía. En el proceso escribió una obra maestra.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Peepshow #1 de Joe Matt

Joe Matt es un dibujante de tebeos. Su vida transcurre entre recurrentes fantasía sexuales que llevan a la masturbación, una relación de desprecio y dependencia con su novia, búsquedas cada vez más absurdas de formar de escaquearse del trabajo y el coleccionismo de carretes de view-master.

Su novia, Trish, está sinceramente enamorada, pero para Joe es poco más que un cuerpo bonito que le ofrece seguridad y a la que sólo puede aceptar en sus propios términos. Las peleas son continuas, todas producidas por el egoísmo sin medida de Joe que le lleva a rechazar cualquier posibilidad de hacer algo nuevo. Para él sólo existen las otras, a poder ser exóticas, con las que fantasea y sueña continuamente. En particularmente, una muchacha joven que trabaja con Trish. Su amigo, Seth, un ser humano aparentemente integrado, es el único capaz de decirle las verdades a la cara sin sufrir las consecuencias. Cuando Trish expresa su parecer, es probable que acabe sufriendo abusos verbales.

Joe Matt es también el autor de Peepshow, el cómic del que estoy hablando y cuyo protagonista es Joe Matt. La línea que separa a Joe el personaje de Joe el autor se diluye continuamente, incluso algunas situaciones del cómic arrancan cuando Trish descubre páginas ocultas del propio cómic que estamos leyendo, y el protagonista queda retratado como un cabrón perdedor incapaz totalmente de tener en cuenta los sentimientos de los demás, objeto de burla y risa por parte del resto de los personajes y de los lectores, y siempre en el punto de mira del sarcasmo del autor, que es Joe Matt.

¿Quién es Joe Matt?

Peepshow es un cómic con grandes dosis de humor, pero sólo se ríe de Joe Matt. Las situaciones cómicas arrancan siempre de la incapacidad de Joe Matt para enfrentarse a un mundo de adultos, comportándose, al menos en este primer volumen, como un niño hiperdesarrollado. Al resto de los personajes, no importa lo bajo que hayan caído, se les trata con consideración y ternura.

Evidentemente, el protagonista del cómic no es su autor. Nadie puede ser así y luego tener la lucidez suficiente para retratarse de tal forma en su cómic. Estamos quizá no tanto ante un cómic autobiográfico como una especie de confesión o retrato grotesco. El autor, incapaz quizá de hacerle mal a otros, no duda en dibujarse bajo la peor luz posible para convertirnos a los lectores en mirones voluntariosos. Quizá la miseria de Joe Matt esté en ser incapaz de comportarse de otra forma. Quizá la nuestra esté en no poder dejar de mirar. Quizá nos reímos porque nos reconocemos en el observador o en el observado.

Con diligencia y fascinación asistimos a los momentos más íntimos de Joe Matt el personaje, y obedientemente nos reímos de él. Pero, ¿de quién nos reímos en realidad?

Peepshow es una de esas obras, y van…, que demuestra la madurez narrativa y expresiva del cómic. La forma está lo suficientemente madura como para manejar temas que parecían reservados a la literatura.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

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