Se me ha pasado el tiempo de Marte

Estoy leyendo esta novela de Philip K. Dick. Es curioso, porque normalmente no leo tantas novelas. Cuando estoy en pleno periodo de actividad, y por tanto mis niveles de estrés son más altos, sólo me agrada leer ensayo. Así que si he conseguido terminar tres obras puramente literarias en la última semana debe ser que me sienta bien estar de vacaciones 🙂

Pero a lo mío. Soy un gran admirador de Philip K. Dick y reconozco que es un maestro absoluto, pero esta novela me está costando muchísimo. La razón es simplemente que parece escrita en el Jurásico superior, y se le nota mucho que se le ha pasado la fecha de caducidad. Por ejemplo, la acción se sitúa en un Marte de 1994, y ya sé que Dick no pretendía que su Marte fuese real ni nada remotamente parecido, pero no son ya varias las referencias al desastre de la Talidomida que, supongo, en 1964 debía estar en todos los periódicos. ¿De verdad pensaba Dick que treinta años después alguien podría comentar casualmente que quizá fuese un castigo divino al pueblo alemán por la Alemania Nazi?

Y eso sin comentar la visión que da de las causas del autismo.

Pues eso, que por el momento me parece muy lejos de estar a la altura de Ubik, El hombre en el castillo o simplemente Tiempo desarticulado. Ya diré algo más cuando la termine.

Para los interesados, aquí hay comentarios bastante más entusiastas de la novela.

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Mi compañía de hospedaje

Mi compañía de hospedaje, con la que en muchos aspectos estoy muy satisfecho, está haciendo de las suyas. Este dominio aparece y desaparece cuando le da la gana. Espero que puedan arreglarlo pronto.

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Víctor R. Ruiz de Cuaderno de bitácora comenta la noticia. La verdad, corre gente para todo en este mundo.

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iMac 17”

El nuevo iMac viene ya con una pantalla de 17 pulgadas. ¿Me decidiré por fin? Confieso que soy una veleta, porque hasta la aparición de esta versión tan chula con forma de lámpara de mesa de noche los Macs no me interesaban para nada. ¿De verdad puede el diseño hacer cambiar de opinión a un tipo que tiene en casa tres ordenadores con Windows y dos con Linux? Bueno, una vez alguien me dijo que no tenía personalidad. Será eso…

Así titula Àlex Barnet su extensa reseña de Criptonomicón de Neal Stephenson publicada hoy en el suplemento cultural de La Vanguardia. En un momento dado dice:

La clave que explica este éxito es el talento del autor como narrador. Stephenson ha construido un artefacto narrativo atípico y difícil de etiquetar, pero efectivo. Su ?Criptonomicón? es un tecno-thriller narrado con brío, originalidad, conocimientos técnicos y un notable sentido del humor.

Criptonomicón, que tuve el placer de traducir, es efectivamente una magnífica novela, ideal para cualquier amante de la informática, las nuevas tecnologías o como se mueven grandes cantidades de material bélico de un lado del mundo a otro. Hay una reseña en El archivo de Nessus y otra en jcantero.org.

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Ya empieza a tomar forma

Estoy contento. Esto ya empieza a tomar forma. No estoy contento. La disposición gráfica no me acaba de convencer. Creo que tendré que pensámelo un poco más.

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Batman el vigilante

A raíz del proyecto de película de Superman contra Batman (o Batman contra Superman, supongo que da lo mismo), Garrett Moritz hace un divertido comentario sobre Batman y su cruzada personal contra el crimen. Un fragmento:

In solving problems with his fists, Batman may be trying to exorcise the demons of his parents’ deaths, but that seems awfully selfish of a man with the financial resources to do so much good on a broader scale than one alley at a time.

Este comentario me recuerda mucho al argumento de la novela corta “Del cielo profundo y del abismo” de José Luis Zárate que ofrecía una visión desmitificadora de ese tipo de superhéroes arreglándoselas para tratarlos con cariño y mantener su condición heroica.

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Una primera impresión

Estoy dando los toques finales a mi software para esta página. En principio, podría haber usado alguna de las herramientas disponibles, como Userland pero en realidad quería hacerlo por mí mismo. En parte es para una asignatura en la que debemos crear un sitio web, y en gran parte porque hace tiempo que debería haber reformado mi página personal.

Bueno, voy a seguir un poco más. Creo que añadiré algo en la columna de la derecha.


Newton, después de inventar el cálculo diferencial (o eso dice él), leyes generales sobre la atracción de los cuerpos y después de pelearse con mucha gente, incluyendo a Leibniz, le dedica su genio a la alquimia logrando el mismo éxito que con las matemáticas y física.

En las primeras cinco páginas de esta novela, Newton vuela el tejado de su laboratorio, el Rey Luis XIV de Francia decide que no le da la gana morirse y Benjamin Franklin, niño, descubre al mismo tiempo la primera aplicación práctica de la nueva ciencia alquímica, despojada de misticismo y racionalizada, y el primer signo de que existen cosas más oscuras que la ciencia misma. Creo que es motivo más que suficiente para considerar que una novela que cuenta cosas a ese ritmo tiene que ser, por lo menos, entretenida.

Rápidamente, sin apenas pararse a explicar lo que no merece la pena que se explique porque no es relevante para la trama, Keyes lleva al lector a una Europa alternativa en la que las guerras han comenzado a librarse con armas alquímicas y en el que las bombillas de Edison son precedidas en más de 200 años por esferas luminosas que separan el aire en sus componentes alquímicos, la radio de Marconi por máquinas de escribir con resonancia etérica y la revolución del vapor ya no necesita quemar materiales orgánicos fósiles para que las calderas liberen su fuerza.

También es la Europa de la corte de Luis XIV y la América colonial, la de las academias de ciencia y la de las rivalidades entre científicos, o más bien, filósofos. La de una guerra permanente entre Inglaterra y Francia y la de unos gobiernos demasiado concentrados en si mismos para advertir lo que le pasa al mundo.

Keyes escribe al mismo tiempo con economía y con propósito.

La economía significa que no hace hincapié más que en aquello que es relevante, en detrimento quizás de construir personajes más sólidos y cosas así, pero claro, todo lector tiene en mente una imagen preconcebida de cómo se comportan los personajes históricos de esta narración, de cómo actúan o ven el mundo gracias a los mitos que existen sobre ellos.

Franklin es despierto, inteligente, creativo e ingenuo, (aunque lo suficientemente listo como para entablar un duelo de ingenio con el temible Barbanegra y no salir malparado) y vive en el Boston de Cotton Mather (imagínense a un puritano aceptando la iluminación alquímica). La corte de Luis XIV, es decadente y bizantina, y el Rey también lo es. Newton es excéntrico, caprichoso y genial. Voltaire, que aparece mas tarde en la narración, es sarcástico, despectivo e ingenioso.

La gracia está en que claro, así se ahorra material de construcción y se puede hacer las cosas rápidamente, parándose sólo en desarrollar ligeramente al único personaje que como tal carece de Historia, Adrienne de Mornay, mujer de ciencias que tiene que simular que es mujer de ciencias, conspiradora inocente y víctima de cosas que escapan a su profunda visión racionalista de las cosas pero que aún así lucha contra lo que no comprende.

La trama tiene varios puntos de inflexión sobre este personaje, quizás el único digno de tal nombre. Adrienne tiene que vérselas con la extraña corte de Luis XIV, con sus propios intereses y con los intereses del resto del mundo mientras simula que no entiende lo que pasa a su alrededor. Y muchas veces no necesita simular.

Adrienne recuerda mucho al personaje femenino principal de La luna Y el sol de Vonda M. McIntyre, incluso en la relación entre el mundo femenino, la personalidad del Rey Luis XIV y el emergente mundo de la ciencia moderna. Keyes usa un registro parecido para Adrienne, y le funciona bien dentro de las limitaciones de su narración. Aunque Keyes habla sobre el papel de una mujer en un momento y en un mundo determinado, sus intenciones son diferentes de las de McIntyre, así que la comparación entre ambas obras es precisamente que Keyes está trabajando, incluso con el personaje de Adrienne, dentro de un marco fácilmente reconocible para el lector.

La gracia de esta novela está precisamente en que parte de las posturas de la fantasía racionalista, la alquimia es un nuevo juego de reglas que describen el mundo y son postulables matemáticamente: Newton tiene que crear primero las herramientas matemáticas que se le atribuyen para luego empezar a describir como funciona el universo con alquimia en lugar de física. El problema que se le presenta a todos los personajes racionalistas es que comienzan a intuir la presencia de cosas que no son capaces de integrar en esos parámetros:

“Yo soy, sobre todo, matemática -repuso Adrienne-. No tengo de donde partir para una ecuación que explique lo que es un súcubo o un fuego fatuo.”

Sin embargo, la trama principal sí gira en torno a la mencionada fantasía racionalista, aplicando rigurosamente ese nuevo juego de reglas inventadas. Lo que escapa a la comprensión de los protagonistas, cada uno por su lado, es la naturaleza de algunos de los elementos implicados en una conspiración que pretende crear un arma de una naturaleza nunca vista. El arma en sí, el famoso Cañón de Newton del título, es completamente visible para el lector una vez que ata los cabos. Como dice uno de los personajes, “la pólvora” de ese cañón “es la gravedad”.

Lo que sorprende también es la rápida resolución de los sucesos finales, necesariamente inconclusos pero no por ello menos terminales. La narración en sí, toma dos grandes puntos de vista entre dos personajes que no se encuentran nunca durante el relato: Adrienne y Franklin.

Sin embargo Keyes hace las cosas bastante bien al crear una trama en la que las acciones de ambos, que jamás llegan a estar en el mismo país o continente al tiempo y no conocen la identidad del otro, se van solapando en un proceso progresivo de revelación del misterio principal (naturaleza del arma e identidades implicadas) mientras que los nuevos misterios van ocupando un lugar predominante mientras los viejos van siendo relegados. Evidentemente Keyes omite contarle muchas cosas a sus personajes porque supuestamente el lector tendrá que arreglárselas como ellos hasta la siguiente tanda de revelaciones… en otro libro, claro.

Un libro ingenioso, con buenos momentos y un equilibrio a veces difícil entre la construcción de una historia alternativa y la construcción de la trama. Recomendable.

Una profesión peligrosa

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Vicente Aupí ha reunido en este libro un conjunto variopinto de distintos misterios más o menos relacionados con la astronomía. Desde un punto de vista puramente divulgativo, se trata de una aproximación inspirada y muy interesante. Después de todo, la ciencia es más lo que no se sabe que aquello que se sabe. E incluso lo que hoy se tiene como cierto fue en su día problema sin resolver.

Se reúnen así misterios que van desde Tunguska, con su misterioso objeto que se estrelló en Siberia en 1908, hasta los planetas extrasolares o misma oscuridad del cielo, distribuidos en 15 capítulos en total. Destacan especialmente aquellos que tienen un trasfondo histórico y el autor muestra una rara habilidad para condensar en unos pocos párrafos lo que fueron interesantes desarrollos a lo largo de mucho tiempo. A destacar, por ejemplo, “La paradoja de la oscuridad del cielo”, “Los oasis de Marte” o “Tunguska, el enigma caído del cielo”.

Capítulos a destacar son aquellos en los que se sale del sistema solar para buscar planetas, o explorar sus mismos límites en busca de una compañera lejana del sol. Es interesante que un libro de divulgación astronómica recalque que ni siquiera en nuestra vecindad todo está claro y que nuestra estrella puede todavía deparar muchas sorpresas. Desde esa ópticas, la historia de la búsqueda de Vulcano, un planeta más cercano al sol que Mercurio, es aleccionadora e interesante. La búsqueda, simplemente, nunca termina.

Se trata también de un libro estrictamente científico. Si se comenta alguna solución sobrenatural es para descartarla, lo que demuestra que Vicente Aupí es un periodista responsable que busca ante todo la verdad. Aunque eso, no implica que no se deje arrastrar en ocasiones por un exceso de espectacularidad, y algunos de los problemas son dudosamente problemáticos. Por ejemplo, la estrella de Belén, que aparece en un único evangelio, no creo realmente que pueda considerarse un misterio ni que sea perentorio encontrar su naturaleza real.

A destacar la impresionante selección de fotografías astronómicas que acompañan al volumen. Algunas tienen interés histórico, pero otras son recientes y muestran claramente, en reproducciones en color, la grandeza del cosmos. Ayudan mucho, ciertamente, a dejar claro que el universo es un lugar lleno de misterios. Uno se lo cree, sí.

Vicente Aupí ha escrito un libro sencillo pero interesante, una introducción agradable a problemas y misterios del universo. El buen tratamiento histórico de algunos de los capítulos ofrece la visión de la ciencia como un proceso siempre en desarrollo, como algo que no acaba nunca y que puede torcerse o enderezarse de súbito, más como un ente vivo que como un cuerpo de conocimientos fijos. Algunos de los descubrimientos descritos en el libro fueron producto de la casualidad. Nada impide que la solución a más de un misterio aquí descrito lo sea también.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

¿Hasta qué punto debe ser democrática una democracia? ¿Hasta el punto de permitir la destrucción democrática de la democracia? ¿Hasta qué punto se debe ser pacifista? ¿Hasta el punto de permitir la destrucción bélica del mundo pacífico que se ha creado? ¿Hasta qué punto debe ser tolerante una sociedad? ¿Hasta el punto de consentir actos que realizado por otros ciudadanos se considerarían criminales?

Esas preguntas, y otras muchas similares, separan la pura teoría utópica de una sociedad perfecta de la ejecución práctica de esa misma sociedad. Una sociedad democrática perfecta sólo puede existir si nadie desea convertirse en dictador, una sociedad pacifista perfecta sólo puede existir si nadie desea usar la fuerza y una sociedad tolerante perfecta sólo puede existir si nadie es intolerante. Los utópicos siempre han creído que la perfección social es posible. Los demás siempre hemos sabido que la sociedad real es un juego de compromisos donde el resultado final no es exactamente igual a los ideales.

Planteando la pregunta de otra forma, Giovanni Sartori reflexiona sobre esos límites en este libro, que el mismo denomina panfleto: ¿Hasta qué punto puede ser abierta una sociedad abierta?, ¿Hasta qué punto puede ser plural una sociedad pluralista? No son preguntas fáciles de responder. Corren tiempos, con los grandes flujos migratorios hacia las sociedades occidentales, en los que el mismo hecho de plantearlas ya demuestra valor. Y lo hace con inteligencia, escribiendo con calma y cuidado, para que se le entienda bien. Se trata de un texto breve, casi mínimo, que contiene exclusivamente la esencia de la cuestión.

La primera parte del ensayo consiste en una brillante, breve y clara discusión sobre el origen del pluralismo y el significado de la tolerancia. Se trata de un análisis extremadamente razonado, porque a Sartori le interesa dejar claro que el pluralismo precisa de la tolerancia, pero que ser tolerante no implica automáticamente pluralismo.

Y la sociedad que defiende Sartori es la sociedad pluralista nacida del consenso, es más, es aquella en la que uno está obligado a alcanzar un consenso. Pero plantea, con bastante acierto, que una sociedad dividida en grupos no es automáticamente una sociedad pluralista:

Una sociedad fragmentada no es por ello una sociedad pluralista. […] el pluralismo postula una sociedad de “asociaciones múltiples”, ésta no es una determinación suficiente. En efecto, estas asociaciones deben ser, en primer lugar, voluntarias (no obligatorias o dentro de las cuales se nace) y, en segundo lugar, no exclusivas, abiertas a afiliaciones múltiples. Y este último es el rasgo distintivo.

Y casi ya al final de esa sección (en el capítulo 7) explicita el núcleo de la cuestión, una pregunta cuya respuesta sostiene el resto del ensayo:

¿Una comunidad puede sobrevivir si está quebrada en subcomunidades que resulta que son, en realidad, contracomunidades que llegan a rechazar las reglas en que se basa un convivir comunitario?

La respuesta, evidentemente, es un no y de ahí nace el fundamento de la discusión en la segunda parte del ensayo. Una sociedad multiétnica no tiene porqué ser una sociedad pluralista, porque tener muchos grupos no garantiza que los grupos se toleren entre sí. En el esquema político de Sartori, la tolerancia es un ejercicio en la reciprocidad, y aquel que se beneficia de la tolerancia está obligado, a su vez, a ser tolerante.

En la segunda parte introduce así una figura que, supongo, causará polémica, porque incide ya directamente en la espinosa situación de la inmigración: el contraciudadano que rechaza los principios de la sociedad que le acoge mientras se beneficia de las ventajas que le ofrece esa misma sociedad.

Desde el punto de vista de Sartori, una sociedad multiétnica, que aspira a diferenciar entre ciudadanos según características étnicas, raciales, religiosas o cualquier otra que éstos no puedan controlar, va en contra de la sociedad pluralista y debe, por tanto, ser rechazada. De ahí nace la oposición que plantea, en la práctica, entre pluralismo y multiculturalismo.

Pero estrictamente, lo que rechaza con total claridad es la ciudadanía diferenciada, aquella en la que a ciertos ciudadanos se les permiten ciertas cosas por pertenecer a ciertos grupos que no se les permiten a otros ciudadanos de grupos distintos. Lo que defiende es la igualdad absoluta ante la ley.

La posición más radical del libro y que posiblemente resulte más incómoda sea la que indica que no todos los inmigrantes son iguales, que convertirse en ciudadanos no es limitarse a ver reconocida la ciudadanía. Por tanto, la inmigración no puede tratarse con soluciones fáciles, sino que es un problema complejo que requiere mucha reflexión y soluciones igualmente complejas.

Se trata, por tanto, de un libro de denuncia y respuesta. Respuesta a las propuestas académicas que defienden un multiculturalismo fragmentador, al menos, en la versión del multiculturalismo que Sartori construye en este libro. Denuncia las políticas gubernamentales que no han sabido manejar la inmigración y que han aportado únicamente soluciones miopes o limitadas.

Eso sí, Sartori no ofrece ninguna solución, ni es su obligación, sólo destaca las debilidades del modelo político, tanto en Europa como en Estados Unidos. En las últimas partes, quizá pinta una imagen exagerada de una Europa asediada y atacada por enemigos del exterior, y esa simplificación, supongo que inevitable en un texto de esta longitud, debilita la parte final del ensayo.

La sociedad multiétnica es en resumen un ensayo lúcido y revelador. Construido con cuidadosa lógica y con razonamientos bien sostenidos, es una lectura a tener en cuenta aunque sólo sea para refutarla. Giovanni Sartori muestra que los problemas a los que se enfrenta una sociedad que recibe un gran flujo migratorio son muchos, variados y complejos, y que las soluciones, más allá de ideales utópicos, deberán estar a la altura de las circunstancias. Defiende la integración, pero que ésta implique una reciprocidad y una mínima aceptación por parte del integrado. Pero en última instancia, es una apasionada defensa de una sociedad abierta, pero en la que los ciudadanos deben mantenerse siempre vigilantes para asegurarse de que sigue siéndolo.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Intenté resistirme a la idea, pero al final de la lectura de este libro tuve que admitir que soy un BoBo. Tengo un título universitario, pero para mi vergüenza no he hecho el doctorado. Soy alegremente contradictorio: leo cómics de Superman y a Pierre Bourdieu, me encantan los clásicos griegos y latinos y estoy desesperado porque alguien me regale la Playstation 2. En política tiendo a un centro izquierdismo conciliador al estilo Sosoman, aunque de vez en cuando se me escapa la vena revolucionaria antisistema. Por lo que puedo apreciar, mi única razón para decidir sobre la ética de algo es si hace daño a alguien o no. Y además, tengo una deliciosa capacidad para la autoironía. En lo único en lo que no parezco encajar en el perfil es en mis opiniones religiosas (ateo practicante) y en que no gano más de 100.000 dólares al año. Esto último es una verdadera lástima.

La tesis del libro es muy simple: la nueva elite cultural y empresarial de Estados Unidos (y por extensión, cualquier país avanzado) es hija de la rebeldía típicamente bohemia y universitaria pero se ha encontrado de pronto con el poder económico y empresarial en las manos. Por tanto, esa elite se ha visto en la necesidad de fusionar su natural tendencia a la vida bohemia y radical, como corresponde a un grupo educado, con las necesidades burguesas de administrar propiedades y fuentes económicas. Eso ha creado un estrato social pequeño -estimado por el autor en sólo nueve millones de individuos en Estados Unidos- pero tremendamente poderoso porque vota con el dinero.

A ese grupo social, al que David Brooks admite con toda alegría pertenecer mientras insiste en que con toda probabilidad el lector también está incluido (¿quién si no iba a leer un libro de estas características?), los denomina el autor BoBos, como contracción de burgués (en inglés) y bohemio -la suerte, o no, ha querido que en español el término suene aún más divertido. No se trata, en todo caso, de una elite exclusivamente económica. Las grandes fortunas siguen controladas por los de siempre; pero algunos de los BoBos más representativos se han convertido en grandes millonarios gracias a las nuevas tecnologías. Se trata más bien de una meritocracia basada en los estudios y el potencial creativo que ha sustituido a la vieja aristocracia de poder en Estados Unidos. El autor dedica el primer capítulo a relatar sus orígenes desde principios del siglo XX hasta nuestros días (usando, de forma muy ingeniosa, la sección de bodas del New York Times).

Hasta aquí, todo podría parecer una especie de broma, y el tono humorístico e irónico del libro así podría darlo a entender. Pero bajo los chistes y los comentarios sangrantes (normalmente con respecto a los hábitos de los propios BoBos) el libro rezuma seriedad. No se trata de un estudio sociológico profundo y preciso, ni lo pretende, sino más bien de un libro de viajes y una visión a vuelapluma de una cultura extraña, con la curiosidad de que el autor pertenece, o dice pertenecer, al mundo que describe. El estilo puede confundir, pero las citas eruditas demuestran que el autor ha hecho sus deberes. No escribe por escribir.

Y el libro gana, porque es prácticamente imposible no reconocerse o reconocer a amigos, conocidos o famosos en las descripciones que hace. Un buen ejemplo es el capítulo 4, dedicado a los intelectuales BoBos. Cualquiera que siga habitualmente los periódicos nacionales o vea los programas “culturales” de la televisión reconocerá inmediatamente al intelectual prototípico que describe, con bastante mala leche, David Brooks. Las pinceladas son hirientes pero certeras, y casi todo el capítulo es un manual sobre cómo ser un perfecto intelectual BoBo (cómo escribir libros, cómo redactar artículos, cómo aparecer en televisión). Pero a pesar de todo, está más satisfecho con esta nueva clase intelectual que con la anterior de los cincuenta, más encerrada en su torre de cristal y más alejada del mundo, incapaz de darse un paseo por la baja cultura si la situación lo requería. Al menos, los intelectuales BoBos tienen las mismas preocupaciones económicas que el resto de los mortales y deben hacer malabarismos para llegar a fin de mes. Vamos, un capítulo extraordinario; yo llevo años diciendo lo mismo.

En el mundo moderno, con la explosión de tantas empresas que comercian con la información (desde el software de los ordenadores hasta los programas de televisión) era casi inevitable la aparición de una clase social de esas características. Hace décadas era muy fácil recorrer empresas en la que ninguno de los empleados tenía titulación universitaria, ni le hacía falta. Hoy, es muy fácil recorrer empresas de nuevo cuño sin encontrar a nadie que no posea una titulación universitaria. ¿Es positivo el cambio? ¿En esas empresas ha desaparecido el obrero? ¿Los BoBos han conseguido dominar el capitalismo y darle rostro humano? ¿O el capitalismo ha conseguido crearse un conjunto de trabajadores muy motivados que intentan compaginar el consumismo con la defensa de la naturaleza? En ese punto, la visión del autor parece ser más optimista que la mía.

El libro pinta un mundo de tintes rosáceos. Los BoBos tal y como son descritos intentan compaginar situaciones que antes se consideraban antitéticas. David Brooks afirma que los cambios han sido para mejor y que será difícil derrocar a los BoBos de su posición social actual. Pero supongo, que todo grupo social dominante, y los BoBos en la visión del autor lo son en la medida en que sus valores y actitudes van contagiándose al resto de la sociedad, se ha creído invulnerable.

El capítulo 6, dedicado a la vida espiritual, es quizá el más alejado de cualquier experiencia europea. Cualquier europeo culto que se precie debe ser al menos agnóstico, o en todo caso, no va haciendo gala de sus creencias religiosas. De hecho, para nosotros, la religión es casi tabú, y un excesivo fervor religioso es sospechoso. Sorprende, por eso, la actitud americana descrita por Brooks. Demasiado extraña y alejada. También al final, cuando habla de política, la situación deviene algo vergonzosa. El autor pierde el sentido del humor que le ha caracterizado durante todo el libro y poco más o menos viene a pintar un futuro en el que los BoBos propiciarán el renacimiento de Estados Unidos.

En todo caso, BoBos en el paraíso es un libro ante todo tremendamente divertido. La tesis es bastante más seria de lo que muchos estarían dispuestos a concederle, y el autor la defiende con inteligencia y gracia. Pinta eso sí, un mundo excesivamente optimista, y aunque hay mucha ironía y sarcasmo, no hay realmente ninguna crítica. ¿Realmente es tan bueno ser un BoBo? Esa pregunta la tendrá que responder el lector. En todo caso, el viaje que se nos propone es interesante especialmente por lo que tiene de evidente; es casi imposible no estar de acuerdo en lo fundamental con lo que dice, después de todo, es la vida de todos los días en este mundo de economía de la información.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Sobre la filosofía, la biología y la astrofísica ha construido Jesús Mosterín su búsqueda de la cosmovisión, la posición humana en el universo. En el paseo examina los fundamentos del conocimiento científico, separa el grano de la paja, pinta la semblanza de dos destacados filósofos de la ciencia y dos destacados biólogos, medita sobre la ética de diversos desarrollos de ingeniería genética y reflexiona sobre los grandes misterios del universo físico.

Lo mejor del libro son las semblanzas de dos filósofos y dos biólogos: Karl Popper, Thomas Kuhn, Jacques Monod y Edward O. Wilson. Las razones son evidentes. Los dos primeros ayudaron a fundamentar lo que se entiende por conocimiento científico, para distinguirlo de otras formas de conocer o de especulaciones que se visten de los atributos de la ciencia pero distan de serlo. Sale mejor parado Popper, entre otras cosas porque su criterio de falsabilidad sigue siendo muy poderoso, y en el caso de Kuhn da la impresión de que al final de su vida hubiese deseado no haber escrito La estructura de las revoluciones científicas. Los biólogos aparecen principalmente por haberse atrevido a extender los alcances de la biología hasta tocar la vida humana. Lo que debería ser evidente, que el ser humano es también un animal, es una afirmación que requiere de espíritus valientes. Monod introdujo el azar, mostrando que no somos producto de ningún plan maestro, y Wilson, con la sociobiología, se atrevió a iniciar el fructífero camino de explicar la psicología humana desde un punto de vista biológico.

Curiosamente, en la última parte del libro, la dedicada a la física, la matemática y especialmente a la astrofísica, no hay perfiles de pensadores destacados. Sólo se me ocurre una explicación. Si bien en el caso de la filosofía y la biología es preciso “aplicar” los conocimientos de esas disciplinas al estudio de la ciencia por un lado y de la condición humana por el otro, un paso difícil que inicialmente sólo unos pocos se atreven a dar, en el caso de la física, la matemática o la astronomía, a estas alturas de su desarrollo, los conocimientos son los que son y no hay mucha necesidad de “interpretar” o “aplicar”. Si bien todavía algunos humanistas o reformadores políticos incipientes pueden afirmar que el ser humano nace como una hoja en blanco sobre la que se puede escribir cualquier cosa, en contra de las pruebas experimentales, o algunos sociólogos declaran que la ciencia es puramente narrativa, aceptando la ciencia es difícil negar la posición de la Tierra en el sistema solar, el tamaño de la galaxia o las limitaciones de los sistemas axiomáticos matemáticos. Simplemente, es un hecho que somos diminutos frente al cosmos.

El resto del libro está compuesto a fragmentos, lo que permite al autor tratar gran variedad de temas, pero que tiene el efecto de ofrecer una imagen en ocasiones inconexa. El hilo conductor es esa búsqueda de una cosmovisión, pero en ocasiones la variedad y cantidad de los temas tratados impide conservar la ilación.

La primera parte (Ciencia, filosofía y sociedad) es la más interesante, por lo que tiene de exploración de los fundamentos del conocimiento científico. En ella, Jesús Mosterín hace lo posible por separar el grano de la paja, por intentar aclarar la diferencia entre un conocimiento que es realmente científico y por tanto se sustenta en la realidad y aquellas ideas especulativas que podrían parecer científicas, como el Punto Omega de Tipler, pero que en ocasiones se alejan de la ciencia tanto como la astrología y la cartomancia. Es una posición refrescante examinar el propio conocimiento científico desde el punto de vista de la racionalidad y Jesús Mosterín lo hace con brillantez, conocimiento y sagacidad. También hace un repaso de diversas filosofías sobre el conocimiento científico, como el positivismo, intentado encontrar una posición razonable.

La segunda parte está dedicada enteramente a la biología. La biología es hoy en día una ciencia extraordinaria que en su avance veloz está desvelando lo que hasta hace poco eran misterios, o al menos convierte los misterios en problemas en vía de solución. Es también la ciencia que más nos afecta directamente. Después de todo, a pocas personas importará la edad del universo o el tamaño de los cúmulos de galaxia, pero comparar nuestro genoma con el de una mosca es un comentario extraordinario sobre nuestra naturaleza. Hoy en día, de tanto buscar el alma en el interior del cuerpo nos hemos topado con el ADN que parece haberse convertido en el último bastión inviolable de nuestra identidad, una posición que, irónicamente, la biología se encarga de erosionar con la misma rapidez con la que la cimentó. En esta sección, el autor reflexiona sobre el genoma humano, las células madres y la clonación, intentado ahuyentar temores infundados y aplicando el mismo rigor que en la primera parte.

Es de destacar el certero análisis sobre la polémica alrededor de las células madre, que tantos posibles beneficios médicos y sanitarios pueden traer, pero cuyo uso está envuelto en una controversia que tiene más de superstición que de análisis racional. Poniendo el límite en la existencia de un sistema nervioso capaz de “sentir”, el autor no ve ningún problema en aplicaciones científicas y tecnológicas que sólo afecten a células. También se habla de un tema querido al autor, los derechos de los animales, del que hace una apasionada defensa.

Sin embargo, desde mi punto de vista, en esta segunda parte falta algo. Quedarse con el ADN y el genoma cuando la biología evolutiva, aplicada al ser humano, está generando tantas hipótesis, muchas de ellas controvertidas y discutibles, de interés sobre el origen de la conciencia humana y nuestra psicología, me parece una limitación. Desde ese punto de vista, la breve semblanza de Wilson despierta la curiosidad, pero sabe a poco. Yo en particular hubiese agradecido una aplicación del rigor de la primera parte a exponer los resultados, teoría y contradicciones de la psicología evolucionista (el término inglés es “evolutionary psichology”, pero escribo psicología evolucionista porque la traducción directa al español, como han señalado otros certeramente, daría la impresión de que estamos hablando de Piaget y no de Darwin) y lo que ésta pueda aportar a la cosmovisión que se busca.

La tercera y última parte es la menos interesante de las tres. También es la más desigual. Algunos temas se tratan de forma excesivamente esquemática (Ventanas al universo) y otros con demasiada profundidad (Los números naturales como Biblioteca Universal). También es la más difusa, al no apreciarse claramente el tema unitario. A destacar una curiosa contradicción. El autor parece dar por buena la idea de que hay vida inteligente fuera de la Tierra y defiende el proyecto SETI, pero siguiendo con rigor las formulaciones de la primera parte, las ideas del SETI tienen mucho de infalsables (es imposible decidir cuándo fracasaría el SETI, porque la búsqueda, en principio, podría realizarse durante un tiempo infinito sin resultado) por lo que sería preciso ponerlas en “cuarentena”.

En Ciencia viva, Jesús Mosterín, ha escrito un interesante libro sobre la ciencia, un elogio de la curiosidad, la comprensión y el rigor intelectual. No vacila en adentrarse en muchos terrenos, normalmente de forma fructífera, aunque, como ya he dicho, en ocasiones también de forma algo desordenada. Muchas de las ideas que discute son de gran importancia, y las explica por lo general con un lenguaje claro y directo, con la voluntad de ser entendido. Pero ante todo, es una ejemplo de amor y entusiasmo por el conocimiento y la seriedad intelectual.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Una introducción a la ciencia cognitiva y una especie de estado de la cuestión. El aspecto introductorio queda claro en la discusión desde la base de los diversos problemas, posibles soluciones y teorías. Es un libro detallado y juiciosamente minucioso, pero no excesivamente técnico. Su componente de estado de la cuestión queda en evidencia por su voluntad de discutir distintas teorías, señalar los problemas que tienen y los callejones sin salida a los que conducen, y apuntar posibles soluciones pero sin afirmar que el problema sea soluble o que la solución sea fácil.

El ordenador ha servido de metáfora para la mente desde su aparición, sustituyendo a otras maquinarias anteriores. De hecho, cada época ha identificado la mente con su dispositivo mecánico más importante, desde la fontanería hasta la máquina de vapor. Pero quizá, el ordenador, por su generalidad, sea el instrumento más adecuado y ese modelo el más fructífero. Es posible que la mente humana funcione efectivamente como un ordenador ingeniosamente diseñado y programado por la evolución, y este libro tiene pies darwinistas, a lo largo de millones de años. Y aunque la mente no funcionase como un ordenador, compararla con uno podría iluminar similitudes y diferencias.

Éste libro trata precisamente de esa relación, y del análisis de las posibilidades científicas que el modelo del ordenador ofrece para el estudio de la mente. Precisamente, el primer capítulo de la obra lleva por título “¿Cómo debería estudiarse la mente?”. Después de rechazar la intuición, “[…] si una teoría necesita de la intuición para determinar lo que predice, entonces tiene muy poco valor explicativo”, junto con teorías psicológicas como el conductismo, se plantea el estudio de la mente como un proceso computacional muy ligado al concepto de máquina universal de Turing.

Los primeros capítulos analizan los conceptos de computabilidad y máquinas de Turing y su relación con los procesos mentales. Por tanto, el “ordenador” que aparece en el título no es tanto un dispositivo electrónico como el que uso para escribir este comentario sino más bien un ente abstracto, un nuevo tipo de máquina, un “ordenador cognitivo” que es “un dispositivo para convertir energía en símbolos, símbolos en símbolos y símbolos en acciones”.

Las cinco partes posteriores van haciendo uso de ese punto de vista, aplicándolo a fenómenos cada vez más complejos: “visión”, “aprendizaje, memoria y acción”, “cogitación”, “comunicación” y “la mente consciente y la mente inconsciente”. Como guía, seguida con bastante fidelidad aunque en ocasiones no le queda más remedio que abandonarla, usa la idea de un robot al que cada vez se le dota de mayores capacidades: primero se quiere que pueda ver y representar la realidad, luego se pretende que se mueve, que recuerde, que aprenda, que reflexiones, que haga planes, que entienda el lenguaje, que sea creativo y finalmente que llegue a tener libertad y capacidad de autorreflexión.

Eso sí, no hay que llevarse a engaños. La intención del autor no es mostrar cómo construir un robot que efectivamente pueda hacer esas cosas, sino usar esa idea como mecanismo para estudiar la mente humana, porque ante todo la ciencia cognitiva tiene como propósito “explicar cómo funciona la mente” (desde ese punto de vista, la creación de programas inteligentes es una aplicación de esa ciencia y no su fin último). Tal es así que en el capítulo 20, “Necesidad y emociones”, examina las famosas leyes de la robótica de Asimov y las encuentra equivocadas para “un organismo autónomo con ‘genes egoístas'” y propone en su lugar estos otros principios:

  1. Un organismo debe reproducirse y asegurar la supervivencia de sus genes.
  2. Un organismo debe proteger su propia existencia mientras que dicha protección no entre en conflicto con la primera ley.
  3. Un organismo puede cooperar con los miembros de su especie y ayudarlos a evitar el daño mientras que dicha cooperación no entre en conflicto con la primera y la segunda ley.

Lo más interesante del procedimiento seguido por el autor es que le sirve para dejar claro lo complicados que son los procesos que damos por sentado. Ver parece muy simple, hasta que se hace necesario extraer información tridimensional a partir de lo que los ojos captan, o entender el lenguaje es muy fácil hasta que se intenta construir reglas que den cuenta de todos los casos posibles. La complejidad de acciones que parecen muy simples se olvida en ocasiones al discutir la inteligencia artificial.

Es como he dicho, un libro detallado y detallista, que intenta ofrecer una visión lo más completa posible dentro del espacio disponible. Aunque señala los triunfos de los diversos estudios cognitivos, destaca sobre todo aquellas áreas donde no se ha avanzado mucho, o donde ninguna teoría parece ser correcta. Es más, todo el programa de investigación cognitivo es visto como aproximación al problema del estudio de la mente y no como una verdad absoluta. En más de una ocasión admite que bien podría haber aspectos del funcionamiento mental que no se amolden a explicaciones científicas (aunque, evidentemente, la única forma de hacer ciencia es asumir que existe la explicación científica). Es una refrescante humildad frente a tantos estudiosos que pretenden que el problema de la mente humana está ya resuelto y sólo queda aclarar detalles.

Digamos que en realidad el propósito de Philip N. Johnson-Laird en este libro es ante todo demostrar la potencia del modelo computacional. No vacila, por ejemplo, en intentar, ya al final, construir teorías computacionales de la consciencia, que ve como proceso y no como producto, de la autorreflexión o de la libertad misma. Pero siempre deja claro que los resultados experimentales son los que permitirán aclarar qué teorías son válidas y cuáles no.

La conclusión final del autor es que efectivamente somos máquinas -en todo caso, máquinas muy alejadas de los modelos mecanicistas decimonónicos- y prevé un gran futuro para la ciencia cognitiva (incluyendo, por supuesto, modelar una mente humana en un ordenador). Pero antes de llegar a esas conclusiones, que él manifiesta en un epílogo más personal, el autor nos ha llevado a un recorrido apasionante por campos científicos que van desde la psicología y la físicas del sonido, hasta la lingüística y la filosofía. Es una introducción exigente con la atención del lector, pero que satisfará, por su fiel compromiso con la verdad experimental, a todo aquel interesado en el funcionamiento de la mente humana.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Y amanece la muerte de Jim Crace

Se trata de una novela es extremadamente perturbadora. No por lo que cuenta, porque en realidad no es excesivamente gráfica desde el punto de vista descriptivo, sino por aquello que da a entender, por las consecuencias que se derivan de la visión que presenta. No dudo, por supuesto, que perturbar era uno de los fines que buscaba el autor, y, por tanto, que lo consiga es uno de los triunfos de la obra.

Y amanece la muerte relata la muerte, y lo que acontece posteriormente, de dos zoólogos. Joseph y Celice han ido a la playa; playa salvaje que pronto será urbanizada y desaparecerá para siempre, con la intención de rememorar por última vez acontecimientos del pasado cuando se conocieron, se enamoraron e hicieron el amor en aquel mismo lugar. Un ladrón de poca monta, desquiciado, asesina a la pareja y deja los cuerpos, desnudos, sobre la arena.

La novela arranca, precisamente, con los dos cuerpos tendidos tras las dunas, y sirve de punto de partida para una extraña exploración que alternativamente salta al pasado, siguiendo el recorrido de la relación de la pareja, al futuro, contando la descomposición de los cadáveres y lo que es estar muerto, y al presente, relatando los problema de la hija Syl, rebelde y ahogada por la presencia y logros de sus padres, para localizar a esos seres algo distantes emocionalmente que de pronto han desaparecido físicamente.

Ya dije antes que los perturbador de este libro no se encuentra en las descripciones. En todo caso, el proceso de descomposición de los cadáveres, para cuya descripción el autor entremezcla con habilidad detalles casi científicos con reflexiones sobre el último gesto de amor de la pareja, es morbosamente hipnótico, relatado con un ritmo y precisión lingüística que ante todo incitan a la curiosidad, a descubrir hasta los últimos detalles de la putrefacción que nos espera a todos en el futuro. Es difícil dejar de leer, como es difícil evitar volver una y otra vez a acariciar una herida que tenemos aún fresca.

No, lo que encuentro perturbador es la vida de los mismos personajes.

El relato del pasado de Joseph y Celice, que oculta momentos de ternura y también una muerte que marcó sus vidas, deja entrever dos personajes comunes, dos personas acostumbradas al ritmo de la naturaleza (al ciclo de la vida y la muerte que todo lo controla) que, sin embargo, en una de las muchas ironías de la novela, parecen incapaces de disfrutar de esa vida que tanto estudian. Lo perturbador de la novela es la sospecha insistente de que Joseph y Celice están más vivos después de morir, al menos como fuente de alimento para insectos innumerables, gaviotas y demás fauna playera, que cuando supuestamente caminaban y respiraban. Lo perturbador de la novela es la sospecha insistente de que la condición de Joseph y Celice es la de todos nosotros.

O tomemos el personaje de la hija, Syl. Aprisionada entre el deseo de vivir su vida y el rechazo de sus padres al estilo de vida que ha adoptado, no parece despertar, no parece estar viva del todo, hasta que esos mismos padres desaparecen. Verlos muertos en la playa parece ofrecerle más una catarsis que un momento de tristeza. Supongo que ella misma sabía que sus padres ya estaban, a todos los efectos, muertos, y que al menos ella, ahora, podrá dejar de estarlo.

Porque si algo queda claro en este libro, es que la vida y la muerte no son más que categorías humanas. Que la naturaleza no sabe nada de ellas y que sigue con sus asuntos cotidianos sin importarle para nada lo que los humanos puedan hacer o pensar. No es que haya un ciclo de vida y muerte, es que hay un ciclo natural en el que nada muere, simplemente cambia. Únicamente la brutalidad humana, como cuando la policía destruye, simplemente apartando una mano, el último gesto de amor de Joseph para con Celice, crea esa distinción.

Y amanece la muerte es una reflexión sobre el condicionante humano más básico. Nada más lejos de la intención del autor que escribir una novela negra, no se descubre al asesino ni se intenta: el crimen es brutal y sin sentido, como todo acto natural a los ojos humanos. Está escrita con una estilo fluido y elegante, sin descender en ningún momento en lo obvio, sugiriendo más que afirmando. Un viaje casi surrealista por las interioridades de los ritmos naturales, a los que todos, aunque lo neguemos, pertenecemos. Una lectura fascinante que sin duda permanecerá en la mente del lector durante mucho tiempo.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Una pareja de emigrantes albaneses es asesinada y cuando otro albanés se confiesa autor del crimen el caso parece quedar definitivamente cerrado. Pero la insistencia de una periodista, que no deja de preguntar por un bebé, hacen que el comisario Jaritos, de la policía de Atenas, comience a pensar que el asunto podría tener más ramificaciones de las que aparenta. Y no ayuda a reducir esa impresión el hecho de que la periodista acabe asesinada, y también, posteriormente, su sustituta.

La novela, Noticias de la noche, de Petros Markaris contiene todos los elementos habituales del género negro: detective cínico y con hábitos extraños (en este caso, lector de diccionarios), con una relación matrimonial no del todo positiva, subordinados ineptos, jefes nada comprensivos y trama sórdida; pero todo ligeramente alterado y a contrapelo del estereotipo, como en toda buena historia de detectives.

El detective es uno de esos sabuesos que no suelta la presa hasta llegar al fondo del asunto pero que comprende la fragilidad humana aunque no pueda, por su trabajo perdonarla y que es capaz de aprender cuando le demuestran que se equivoca. Con un pasado ligado a la represión de la dictadura, su humanidad le ha permitido salir extrañamente limpio e incluso los comunistas confían en él. El matrimonio, aunque hecho de peleas y conflictos está en el fondo lleno de ternura y una de las grandes habilidades del libro es darlo a entender, con escenas cuidadosamente escogidas y escritas, sin caer en la sensiblería.

Incluso la lectura de diccionarios sirve al autor para lanzar más de una pulla satírica hacia los nuevos usos lingüísticos donde todas las palabras se toman del inglés incluso cuando existe un perfecto equivalente en la lengua original.

En cuanto a los subordinados, su ineptitud es en ocasiones una virtud. Y los jefes, no son tan poco comprensivos como parecen y en ocasiones se muestran más flexibles e inteligentes que el detective (que no puede evitar admirarlos después de verlos en acción).

Y la trama sórdida sirve a Petros Markaris para certeros e inteligentes comentarios sociales. Y es asombroso que una novela que parece tan centrada en el misterio de los asesinatos pueda hablar con tanta profundidad del pasado dictatorial de Grecia, de cómo los medios de comunicación crean en muchas ocasiones las noticias que ofrecen, de los extraños equilibrios que se requieren para el ejercicio del poder o, como parece obligado en la Europa de nuestros días, de la inmigración; mostrando en todo momento una soberbia contención, sin permitirse ningún exceso.

El estilo de Petros Markaris es siempre cuidadoso, en ocasiones casi minimalista, lo que ayuda a resaltar esos momentos emocionalmente importantes para la trama. El retrato de la Atenas de principios de los noventa es soberbio y la construcción de personajes magistral. Todos están descritos en muy pocos trazos, pero todos también se muestran como personajes vivos, grises en su humanidad, sin caer en los estereotipos.

Noticias de la noche es una absorbente novela de misterio, extremadamente irónica y viva, construida con un estilo limpio y muy visual, que sirve como comentario a una situación política que se parece mucho a la nuestra.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

El asesinato es un acto social. Un acto terrible que exige la interacción de al menos dos personas: víctima y asesino. El cuadro se completa añadiendo un tercer elemento: el detective, que debe descubrir la verdad y restaurar el orden. Quizá por esa razón, la novela negra deriva con tanta facilidad hacia el comentario social. Un asesinato y su investigación ofrecen una oportunidad única para estudiar los modos y uso de la sociedad en curso.

Se puede pensar en el detective clásico que investigaba asesinatos casi, digamos, cordiales. En una novela de Agatha Christie se asesinaba conservando en todo momento las reglas del decoro. Por lo general, no había ensañamiento más allá de lo estrictamente necesario para causar la muerte. Incluso en Asesinato en el Orient Express, el ensañamiento tenía precisamente como propósito cumplir un ritual social.

Y la existencia de esos rituales permitía al detective resolver el crimen. Ante un asesinato se empezaba tirando de familiares y conocidos, explorando la malla de motivos y oportunidades, buscando a aquellos, que por lógica, más se beneficiarían de la muerte. Los asesinatos, simplemente, no se producían en vacío.

Pero los tiempos cambian, y llegan nuevas formas de asesinar. Y a dos de ellas se enfrenta Kurt Wallander, policía de los de antes, recién separado, al que su hija no le habla, nada más iniciarse Asesinos sin rostro, un policía viejo en un mundo nuevo. Son crímenes horrendos, como todos, pero de un horror acentuado por lo que tienen de arbitrarios, de ilógicos, de mecánicos, de salvajes.

El primero implica a una pareja de ancianos del campo de Suecia que es torturada y asesinada salvajemente. Parece que no hay motivo y el asesino, en un detalle estremecedor, tuvo la sangre fría de alimentar al caballo. Para complicar más aún la situación, la única pista es la palabra pronunciada por la mujer poco antes de morir: “extranjero”.

Y de un singular a un plural no hay más que un paso. De un “extranjero” asesino a “todos los extranjeros” son asesino sólo media un abismo lógico que muchos están dispuestos a saltar sin problemas. Nace así el segundo crimen, en el que el orden social se desmorona dejando paso a la xenofobia más radical.

El racismo, la xenofobia, e incluso el fascismo con su mecanización de la muerte, son los temas de esta novela. Narrada con convicción y habilidad, va desgranando las diversas vueltas de esta investigación doble, llena de callejones sin salida, donde la intuición más que la lógica parece ser la aliada fiel del detective.

En esta novela de tantos personajes, uno destaca especialmente. Se trata de Rydberg, un detective particularmente minucioso, protagonista de algunas de las mejores escenas, que no deja que los sentimientos le cieguen ante la realidad que tiene ante los ojos. Es un hombre que simplemente no cae ni en un extremo ni en el otro.

El personaje protagonista, Kurt Wallander, sostiene toda la narración y es realmente su problemática personal lo que impulsa la novela. Enfrentado a unos crímenes que no entiende y con una vida personal desbaratada, es su lucha por resolver esos dos aspectos lo que mantiene la atención del lector. Al final, la recompensa no está tanto en la resolución de los crímenes, como en comprobar la reacción del policía ante el mundo nuevo que descubrió al entrar por primera vez en aquella habitación salpicada de sangre por todas partes.

Asesinos sin rostro es una novela ágil y efectiva, apasionante en la interacción de los personajes (porque realmente acción física hay muy poca), que no vacila en reflexionar sobre los cambios sociales de su país de origen y, por extensión, en el resto de Europa. El mundo simplemente cambia, y las formas de matar también, pero un asesinato sigue siendo un asesinato.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Es un debate dividido, sin que sea nada extraño, casi perfectamente siguiendo líneas políticas. Los de izquierda en general están convencidos de la maleabilidad de la condición humana, de la posibilidad de cambiarla cambiando los presupuestos sociales y consideran, siguiendo a los utopistas clásicos, que la reforma de las instituciones sociales producirán una reforma equivalente de la condición humana. La derecha parece adoptar un fatalismo clasista, en el que la posición social de cada uno depende de características innatas que ninguna reforma posible podría cambiar o alterar. Los primeros abogan por políticas sociales que ayuden a las personas a alcanzar su potencial. Los segundos abogan por una especie de “no hacer nada” con el convencimiento de que aquellos que lo merezcan prosperarán en la vida según sus méritos innatos.

Los recientes avances genéticos no han hecho más que situar ese viejo debate en una nueva perspectiva. Por primera vez, hay posibilidades de que esa vieja cuestión, con todo su turbio fondo emocional y social, acabe resolviéndose. Quizá pronto, efectivamente, sepamos que aspectos concretos de su naturaleza dependen de lo innato y cuáles de lo social. O mejor dicho, quizá podamos desentrañar la compleja maraña de mutuas influencias ambientales y sociales que nos forman.

Y los gemelos son una parte muy importante de esa posible respuesta. Como los gemelos monocigóticos son genéticamente idénticos entre sí, los elementos que compartan, sobre todo si han sido separados al nacer y se han criado en ambientes muy diferentes, podrán achacarse, muy esquemáticamente, a factores genéticos y en aquellos en que difieran a factores ambientales. Incluso los mellizos, aquellos que no se parecen genéticamente más que dos hermanos de los mismos padres, aportan luz sobre el problema, al haber compartido un ambiente similar durante los primeros y cruciales nueve meses de su vida.

De esa fascinante investigación trata precisamente este pequeño volumen que explora las implicaciones que la existencia de los gemelos en nuestra especie tiene sobre nuestro concepto de quiénes somos. Escrito por un periodista, el tratamiento es extremadamente equilibrado, dando cancha a teorías opuestas. No se oscurecen aquellas aportaciones que pudiesen desacreditar opiniones contrarias. Hay, evidentemente, porque por el momento el peso de la prueba parece ir por ese lado, una cierta inclinación hacia las posiciones de innatismo genético, pero eso no impide que el autor explore otras posibilidades, simplemente porque por el momento no hay nada cerrado.

Mostrando un valor desmesurado en un libro dedicado a temas biológicos, especialmente uno dedicado a la posible influencia de la biología en la personalidad, allí donde otro autores no hubiesen mencionado el tema, el autor no vacila en iniciar su narración hablando de dos clásicos y atroces experimentos con gemelos. El primero es el caso de Mengele y sus brutales experiencias en los campos de concentración nazi. El otro es el de Burt que durante años inventó parejas de gemelos, o eso parece, para demostrar la heredabilidad de la inteligencia y por tanto lo inútil de las políticas de ayuda social. El primero es despreciable por lo que tenía de tratamiento brutal de los seres humanos y el segundo por su esfuerzo en preservar unas divisiones de clases que no tenían, ni pueden tener, justificación científica.

Esos dos episodios se produjeron, y su tratamiento en este libro es por tanto liberador. Simultáneamente sirven de contraste a las investigaciones actuales y también como advertencia de lo que puede ocurrir cuando prejuicios sociales, o el simple salvajismo, se inmiscuyen en el quehacer científico.

En el resto del libro, el autor, con un estilo vivaz y ágil, explica los distintos proyectos de investigación con gemelos. Dedica mucho espacio a tratar el caso de gemelos separados al nacer, porque eso nos permite aprender mucho de las influencias genéticas. Pero también dedica mucho espacio a hablar del hecho simple de que los gemelos existan en nuestra especie. ¿Cuál es el número real de embarazos con gemelos? ¿Cuántos embarazos se inician como de gemelos y acaban con un único bebé? ¿Qué influencia tiene en la vida posterior el haber compartido el mismo útero al mismo tiempo?

Sin ninguna sorpresa, el libro ofrece muchas preguntas fascinantes pero bien pocas respuestas. Los problemas que plantean, cuando se les examinan de cerca, se vuelven extremadamente complejos y es difícil saber qué elementos influyen en qué otros. La única imagen clara que surge es que la división tajante entre genética y ambiente no es tal, que hay una continua influencia entre los dos y que a veces los genes crean el ambiente y a veces el ambiente activa los genes.

Los gemelos han sido durante toda la historia personajes fascinantes de nuestra cultural. Antes, al ofrecer prueba real de que en algún lugar existiese una persona que fuese el doble exacto de nosotros. Ahora, porque en sus genes duplicados pueden esconderse muchas respuestas. Gemelos, es una exploración amena y documentada, que toca todas las cuerdas y no oculta ningún problema filosófico, moral o ético, de esos fascinantes enigmas.

Remolcando a Jehová de James Morrow

Éste es uno de esos libros que tienen historia. Al menos para mí.

Lo leí hace más de cinco años y perdí el ejemplar en inglés que tenía. Además lo perdí en un lugar público, que no es como perderlo en casa. Milagrosamente lo recuperé en el mismo sitio donde lo había perdido un par de meses más tarde, como si no hubiese pasado nada.

Años más tarde, me presentaron a un Escritor. Este Escritor y su Esposa resultó que conocían a todo el mundo. Literalmente a todo el mundo. Así que cuando en medio de una conversación cité los cuentos bíblicos para adultos de Morrow, con una sarcástica frase del Jehová de su versión del libro de Job “Spare the rod, spoil the species”, no me sorprendió cuando el Escritor admitió conocer a James Morrow en persona. Lo que me sorprendió fue el gesto: se llevó una mano al pecho y dijo: “Morrow is a strong man… strong here” mientras se cubría con la mano la zona del corazón. Viniendo de un veterano de guerra supongo que es todo un elogio y además describe perfectamente la literatura de Morrow: Fuerte de corazón. Y también, a su manera, milagrosa, como encontrar algo que creías perdido en el lugar justo donde lo habías dejado.

Remolcando a Jehová parece en principio una de esas novelas americanas de título alegórico, como Las uvas de la ira, hasta que uno se digna leer la contraportada y se le informa de que de alegórico nada: la novela va exactamente de eso, de cómo un barco tiene la misión de remolcar el inmenso cadáver de Dios hasta una lejana tumba en el ártico porque la Divinidad judeocristiana (que tiene cuerpo, es varón y de ojos azules escandinavos) se ha muerto sin que nadie sepa la causa. Lo único que le queda es darle un entierro digno y dejar que los ángeles se mueran de pena.

Por supuesto, esta empresa estará llena de sorpresas, peligros inesperados, crisis de fe y la idea de un mundo-reloj que continua funcionando cuando el relojero ha desaparecido, para terror de unos y pánico de otros al descubrir que el relojero existía de verdad. Y tenía pene.

Remolcando a Jehová es una novela densa y al mismo tiempo simple en la que el autor, el equivalente de Dios para los personajes de papel, elimina justo al principio de ésta la posibilidad de la intervención divina para devolver las cosas a un cauce teológico “normal”. Morrow afronta la posibilidad de la desaparición de Dios dándole una entereza envidiable a sus personajes, creando una farsa de primer orden y planteando las preguntas que tanto tiempo llevan siendo formuladas por los hombres y respondiéndolas con un sentido del humor sarcástico, ácido y, lo más importante, increíblemente compasivo. Morrow, a diferencia del Dios de los Ejércitos del Antiguo Testamento, no juzga, sino que pregunta.

La Mejor forma de entender está novela quizás sea haciendo una lista de Dramatis Personae. Oh, sí. Remolcando a Jehová es un drama. Puedes morirte de risa mientras lo lees, pero sigue siendo un drama de proporciones bíblicas:

Anthony van Horne: Para empezar con los personajes más relevantes en primer lugar tenemos a Anthony, hijo de Christopher Van Horne. Capitán de barco caído en desgracia frente al mundo, a sí mismo y, lo peor de todo, frente a su padre, debido a un desgraciado accidente que provocó un desastre ecológico a enorme escala. Una marea negra digna de figurar entre las plagas de Egipto. Anthony sabe que la oportunidad que se le presenta al capitanear el Valparaiso otra vez es la única redención posible que le queda, por lo que emprenderá la tarea sin titubear, inflexible y tenazmente. Porque es todo lo que tiene. Anthony es un personaje complejo en sus intenciones y asombrosamente simple cuando trata con sus objetivos. Tormentas, motines, una pequeña segunda guerra mundial a escala o la aparición de la Atlántida son algunas de las cosas contra las que luchara este marinero de voluntad férrea. Por supuesto, y esa es la ironía de Morrow, a bordo de su barco el capitán es… Dios.

Thomas Wickliff Ockham: Es un jesuita y doctor en física que se preocupa por las teologías más compasivas y la física más profunda. De todos los religiosos o ateos de esta novela, Ockham, haciendo honor a su apellido, es el único capaz de llegar a una conclusión sobre la muerte de Dios sin comprometer su integridad personal en el proceso o caer en la histeria (bueno, baila desnudo con una monja tetuda en el ombligo de Dios, pero eso no cuenta). Ockham es la encarnación ideal del teólogo, el hombre que interroga a Dios, pero pacientemente reúne sus propias respuestas cuando este no responde. O cuando no puede responder. También es el hombre capaz de invocar el imperativo moral kantiano en los momentos mas necesitados. Dios ya no escucha, pero el viejo pedorro alemán parece que sí.

Cassie Fowler: Atea, feminista, bióloga y escritora de poco éxito de sátira religiosa irreverente. Fowler es al mismo tiempo una especie de alter ego del propio Morrow en su faceta de escritor (ha escrito, al igual que Morrow un libro llamado Bible Stories for Adults) y el contrapunto necesario en la narración para el capitán Anthony van Horne. De hecho, Fowler es el enemigo a bordo. Cuando Fowler, rescatada de un espantoso naufragio, descubre el objetivo del Valparaiso y su carga a remolque, la espantosa ofensa a su sensibilidad de científica, escritora y atea: Dios existía, tiene cuerpo y además (el peor de los insultos) es VARÓN, la lleva a poner en marcha una serie de planes para hacer desaparecer el Corpus Dei antes de que alguien más averigüe la verdad. Fowler es Ruth en el campamento de Holofernes, pero ella misma es incapaz de comprender que su odio es del tipo fundamentalista ateo, y lo mismo le pasa a sus correligionarios de la Liga de la Ilustración de Central Park Oeste (excepto una de ellos, la única racionalista racional de todo el grupo).

Morrow, después de poner al revés el universo judeocristiano le asesta una dura crítica al falso racionalismo. Los miembros de la liga son, en su mayor parte, diletantes, artistas de poco talento o fanáticos ideólogos cuya reacción ante un misterio que les obligaría a replantearse su visión del mundo es simple: eliminar algo que perciben como una amenaza personal. Es bastante más racionalista, a su manera sesgada, el padre Ockham que los adalides de la ilustración. Para cumplir su objetivo, los racionalistas invocarán una de las mas delirantes locuras de la humanidad, bajo la indiferente mirada de su Enemigo.

Carpco Valparaiso: Morrow convierte un barco petrolero de pasado infausto en una recreación de la idea medieval de la nave de los locos y, al mismo tiempo, una farsa inspirada en Melville, que como él, veía en los barcos y sus tripulaciones una metáfora de las sociedades humanas, al igual que el reino perfecto de la sátira al estilo Swift (después de todo, el cuerpo de Dios es el cuerpo de un gigante de Brobdingnag). El Valparaiso se convierte durante el viaje hacia la tumba de Dios en un experimento social en la cual Morrow ensaya a pequeña escala la idea de las sociedades humanas posteriores a la muerte física de Dios. Anthony van Horne es a veces el capitán Ahab de la nave del estado mientras la ballena blanca es una deidad antropomórfica caucásica que se convierte en un lastre imposible de soportar. Literalmente, todo el peso del mundo y más. La tripulación del Valparaiso ensayará diferentes modos de enfrentarse a la muerte de Dios y se sumirá en el caos, la confusión y el asesinato. Lamentablemente para el experimento social, la nave está guiada por un monomaniático que no permitirá que nada, NADA, le impida cumplir su misión. Ni siquiera que la única película a bordo sea Los diez mandamientos.

El Corpus Dei: Un muerto de tres kilómetros de largo remolcado por los huesos del oído. Hay que decir en su favor que hace mejor papel que la divinidad activa del Antiguo Testamento. Muerto Dios, los hombres hacen exactamente lo de siempre, aunque con nuevas excusas. Vaya, se me ha escapado una moraleja. De todas formas, que nadie crea que el cadáver de dios es sólo una idea ingeniosa. Es toda una declaración de principios. Después de todo, ésta es una novela sobre la Muerte del Padre, ya mida éste tres kilómetros o sea de una estatura más manejable (aunque igual de imponente, como ya sabe Anthony van Horne) y sobre responsabilidades: a quién se las pedimos, quién las tiene de verdad y cuánto debería importarnos.

Cualquier lector que disfrute con esta novela debe saber una cosa: sólo hay una cosa mejor que leer Remolcando a Jehová. Y es leer la continuación: Blameless in Abaddon.

Un libro inteligente, maravilloso, divertido, profundo y todos los adjetivos que se le ocurran. Léalo.

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