En una ocasión, hace un par de años, me contrataron para arreglar la página web de una institución pública. Fue una experiencia curiosa. El problema principal era el siguiente: la habían diseñado para funcionar con Internet Explorer 5, recién aparecido en aquel momento. Por desgracia, pocas personas tenían ese navegador, y en la institución en cuestión el más usado era Explorer 3. Es decir, la empresa encargada del diseño había creado una página web que ni siquiera el cliente podía ver.

Básicamente, mi trabajo consistió en crear una versión de la página que se pudiese ver con un navegador más “primitivo”. Pero aún así, la página seguía teniendo problemas que me hubiese gustado resolver pero que quedaban más allá de mi competencia en el caso.

Para empezar, la estructura de la página reflejaba la estructura interna de la institución. Pero ¿le importa a un usuario la estructura interna de la organización o empresa que visita? No sé a ustedes, pero a mí no. Yo tengo un problema e intento resolverlo lo más rápidamente posible, ya sea encontrar información o buscar la dirección de correo de un responsable.

Pero también hay otro problema con esa forma de hacer las cosas. La estructura interna de una organización puede que esté clarísima para los que allí trabajan pero no tiene por qué estar tan clara para el visitante. Por ejemplo, en esa página había opciones para los departamentos de “Economía” y “Hacienda”. Tengo un problema relacionado con los dineros, ¿a cuál de las dos debo ir?

Aún no he terminado. La página usaba marcos para mantener varios menús en pantalla simultáneamente y cada opción hacía aparecer su propio menú. De esa forma, si uno navegaba lo suficiente, acaba con cuatro menús diferentes en pantalla, cada uno de ellos reclamando atención.

La página estaba exquisitamente diseñada, con mucho cuidado y atención a los detalles y utilizando las tecnologías más avanzadas (demasiado avanzadas, como ya he dicho). Su problema era, simplemente, que nadie se había hecho una pregunta tan básica como “¿Qué quiere hacer el usuario al llegar a la página?”. ¿Quiere saber cuál es la estructura interna de la organización? No ¿Quiere conocer el organigrama y el nombre de todos los trabajadores? No. En aquel caso, lo que un usuario tipo querría era información de subvenciones y poder bajarse los formularios correspondientes, pero para encontrar cualquiera de esas cosas era preciso navegar una serie interminable de menús, porque la información más útil era precisamente las más enterrada.

Diseñar es muy fácil. Diseñar para hacer la vida más fácil al usuario es muy difícil.

Y no sólo pasa con las instituciones públicas, que después de todo, tienen interés en que se reconozca y mantenga la jerarquía, sino que incluso algunas páginas comerciales caen en el error de dificultar la tarea del usuario en lugar de facilitarla. Y en este último caso, se pierde dinero, al perder la confianza de los usuarios y por tanto ventas.

(No me resisto a comentarlo. Hace unos días intentaba encontrar información sobre un producto informático. Me dirigí a la página de unos grandes almacenes y con toda confianza le di a la opción “Buscador”. Cuál sería mi sorpresa cuando se me ofrecen ¡doce! buscadores, cada uno para una categoría de productos diferente. Comprendan el absurdo: para poder usar la opción de búsqueda, se obliga al usuario a tomar una decisión sobre la categoría del producto que desea buscar. Peor aún, a nadie se le había ocurrido ofrecer también un buscador general que no exigiese el trabajo extra de decidir de antemano a qué categoría pertenecía el producto. Y todo esto, en la página de unos grandes almacenes que en el mundo real ofrecen una excelente atención al cliente.)

Este tipo de consideraciones son las que aborda Jakob Nielsen en Usabilidad, como viene haciendo desde sus estudios sobre el hipertexto en los años ochenta y más recientemente en su interesantísima columna web sobre usabilidad en www.useit.com, aunque el subtítulo del volumen, Diseño de sitios web, podría hacer pensar que estamos ante otro tipo de libro. No se trata en ningún momento de un libro que explique cómo combinar adecuadamente los colores o cómo aplicar ciertas técnicas de HTML. De lo que trata es de ese concepto elusivo de “usabilidad”, la capacidad de un sitio web para dejarse usar con facilidad y de forma intuitiva, para facilitar la experiencia del usuario en lugar de entorpecerla.

El motivo central de Jakob Nielsen es la idea de que menos es más (en se aspecto, el subtítulo de la versión original en inglés, La práctica de la simplicidad, expresaba mejor la idea central del libro). Una página dónde se eliminen los detalles innecesarios y los elementos arbitrarios será una página más fácil de usar y, por tanto, la experiencia global del usuario será más positiva.

Por que de eso se trata, precisamente, de diseñar para el usuario, sin olvidar que el usuario medio no tiene el mismo interés en el sitio web que el diseñador o el programador, y que no tiene mayor interés en peder el tiempo aprendiendo las convenciones de otros.

Después de un primer capítulo dedicado a explicar el por qué de la usabilidad en la web (y no deja de ser muestra del mal estado de Internet que sea necesario un capítulo para justificar que la comodidad del usuario es lo más importante) se pasa al núcleo central del libro, los capítulos dedicados al diseño de páginas, al diseño de contenidos y al diseño de sitios.

Una vez más, el capítulo dedicado al diseño de páginas no se refiere a la mejor forma de combinar los colores o a los trucos para obtener un cierto efecto, sino a la estructuración de las páginas para que la experiencia del usuario mejore. Desde usar mejor la superficie de la pantalla, colocar señales para indicar la situación dentro del sitio, cómo enlazar (o conseguir ser enlazado) o el tamaño de las fuentes, el autor va haciendo uso de los datos obtenidos evaluando usuarios reales para ofrecer sus consejos, para acabar afirmando que “La simplicidad debería ser el objetivo del diseño de páginas” porque “Los usuarios no suelen ir a un sitio para disfrutar del diseño”.

Pero quizá posiblemente el tercer capítulo, dedicado al diseño del contenido, el que debiera estudiarse con mayor atención. El fin vuelve a ser el mismo, conseguir la mejor experiencia para el usuario. Abundan nuevamente los consejos prácticos, desde el evidente (y tantas veces ignorados) de usar un buen contraste entre texto y fondo, escribir textos de cabecera que informen, hasta la introducción de elementos multimedia (siempre indicando el tamaño del archivo). En cualquier página web comercial, la aplicación de muchos de esos consejos provocaría inmediatamente una mejora en la calidad de la experiencia de los usuarios.

Diseño del sitio es el capítulo más largo y cuya aplicación afectaría más directamente a cualquier sitio web. Se discute las diversas formas de organización la información, y cómo hacer que el usuario comprenda esa estructura organizativa, encuentre lo que busque y sepa orientarse en el sitio. Es el capítulo más fascinante, pero también uno de los más difíciles de poner el práctica, especialmente si el sitio es grande y ya está en funcionamiento. El autor termina con una predicción que debería hacer que pensar a los diseñadores de sitios web: “Cuando haya sitios que consigan hacer la navegación más fácil, los usuarios se rebelarán contra los sitios que les hagan perder el tiempo viendo páginas irrelevantes”.

(En lo referente a la arquitectura de sitios web, este capítulo se ve complementado admirablemente por Information Architecture fo the World Wide Web de Louis Rosenfeld y Peter Morville, cuya lectura también recomiendo.)

Los siguientes capítulos tratan temas más específicos y cuyo interés varía de sitios a sitio. “Diseño de Intranets”, “Accesibilidad de usuarios con discapacidades”, “Utilización internacional: atender a una audiencia global”. “Predicciones para el futuro: la única constante en la Web es el cambio” es un intento de evaluar el posible futuro de la web, aunque el autor admite que el intento está inevitablemente condenado al fracaso (comienza haciendo algunas predicciones chuscas para dejar claro lo arriesgado de la proposición, entre ellas, que Bill Gates perderá toda su fortuna pero que volverá a convertirse en el hombre más rico). En conclusiones, aprovecha para repetir su leimotiv, “Simplicidad en el diseño web”, y ofrece receta para un buen sitio en siete punto: Contenido de gran calidad, Actualizado a menudo, Mínimo tiempo de descarga, Facilidad de uso, Que sea relevante para las necesidades de los usuarios, Que sea único para el medio en línea y Que tenga una cultura corporativa centra en la red.

Usabilidad. Diseño de sitios web se presenta como un libro destinado a evaluar las páginas web desde el punto de vista del usuario. Su importancia está en ofrecer consejos desde la investigación y los datos, aspirando a mejorar la experiencia del usuario. No es un libro que aspire a acabar con el diseño, pero si es un libro insistente, porque el usuario es a menudo la víctima involuntario de muchos fallos de diseño. La web es todavía un medio joven, y no es de extrañar que se comentan errores. Libros como éste ayudarán a que desaparezcan. Por el momento, Jakob Nielsen ha escrito un volumen práctico, repleto de ilustraciones y ejemplos, observaciones y datos, que debería ocupar un lugar importante en el estante de cualquiera que aspire a diseñar un sitio web aunque no se esté de acuerdo con todo lo que en él se dice.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

El libro-revista de Mondadori, Almanaque, está dedicado en su número de Invierno del 2000 a la ciencia ficción y el terror. Se ofrecen diez cuentos más o menos ligados al fantástico. Ninguno de ellos es particularmente terrorífico, y tampoco ninguno de ellos se encuadra especialmente en la ciencia ficción. Ninguno de los cuentos sorprenderá a un lector razonablemente leído en el fantástico, pero en general están francamente bien escritos, son de agradable lectura y ofrecen más que buenos momentos. Se trata de uno de esos interesantes experimentos, y una visión fresca sobre viejos temas es siempre de agradecer.

La introducción de Javier Calvo, “Invasores de Marte: las mutaciones del horror y la ciencia-ficción”, es un texto escrito de una forma deliberadamente exagerada e irónica. O al menos, ésa es la única forma razonable de entenderlo. Juega a construir una teoría referencial de la ciencia ficción. Pero la exageración es excesiva, y es muy fácil creer que el autor se está pasando de listo. Por otra parte, es difícil entender cómo en una selección de literatura la introducción se limite a citar obras cinematográficas y no haga ninguna referencia a la ciencia ficción escrita. ¿Se quería llevar la broma hasta el final poniéndose en la situación de un hipotético lector que sólo conociese el género por las películas o, y con malicia, Jorge Calvo jamás ha leído una obra escrita de ciencia ficción o terror?

(Eso sí, ya puestos a citar obras cinematográficas y a hablar de cómo los autores se han vuelto listos y han creado un conjunto de metareflexiones dentro del género, se echa en falta una mención a The Rocky Horror Picture Show que sería simultáneamente una película de terror-ciencia-ficción y el homenaje cinematográfico definitivo a ese género. “Let’s do the timewarp again.”)

Curiosamente, el cuento que más se ajusta a la visión de la ciencia ficción y el terror que se ofrece en la introducción, “Historia de monstruos” de Rodrigo Fresán, es también el más insatisfactorio del volumen. Intenta mezclar la historia real e irreal de varias películas de ciencia ficción, principalmente La mujer avispa y 2001, lo más bajo y los más alto, para construir una especie de comparación entre las personas “normales” y los “monstruos”. Pero las líneas no acaban de converger y los paralelismos se pierden. Eso sí, aunque el conjunto no funcione del todo, los elementos individuales están muy bien ejecutados, destacando la reconstrucción del rodaje de 2001 con el peculiar comportamiento de su director, y la visión de la vida y muerte de la actriz Susan Cabot.

El primero de los cuentos, “El retorno” de Roberto Bolaño, ofrece una peculiar historias de fantasmas y de relaciones necrófilas. Con gran delicadeza, el autor va dejando entrever el carácter y la personalidad de su protagonista, y al final la narración se configura como el exquisito relato de una peculiar amistad. No puede uno evitar la sensación de que morirse fue lo mejor que pudo pasarle al protagonista. Con un estilo tranquilo y depurado se posiciona como uno de los mejores cuentos de la antología.

“Esto ocurrió” de Andrés Ehrenhaus es una historia de zombis. Pero los zombis nunca aparecen y todo se lo cuentan a un despistado personaje que no siente la más mínima curiosidad y que no entiende demasiado de lo que le rodea. La trama en sí no tiene demasiada importancia, y la narración se sostiene exclusivamente sobre ese personaje, soberbiamente construido y cuyo despiste congénito torna en graciosa la historia. La lectura es ágil y la ambigüedad realidad/irrealidad está muy lograda.

En “Uno es lo que come”, Guillem Martínez demuestra que con una pizca de ingenio se puede sacar algo de vida de un lugar común ya empleado hasta la saciedad. Es también el cuento más hilarante de la antología, en gran parte gracias a su peculiar ritmo narrativo (que el autor mantiene con total virtuosismo), que haciendo uso de un conjunto de repeticiones temáticas (una canción, referencias televisivas, tópicos sobre la España pretérita, las morcillas…), consigue añadir humor e ironía a lo que debe ser el despertar adolescente más patético de la historia. Pero claro, ya lo dice el tópico: Spain is different!

A lectores experimentados en la ciencia ficción, “Mamis malas” de Naief Yehya les recordará más el ciberpunk que el terror. Se trata de la historia de un programa de televisión dedicado a las madres malas, aquellas que maltratan y, a poder ser, asesinan a sus vástagos. Vamos, un reality show de lo más rastrero. Es un bueno cuento y, nuevamente, el narrador, que no es el protagonista, lleva el peso de la narración. Un momento particularmente divertido es cuando la productora del programa rechaza una comparación, más que justificada, con la Andrea Caracortada de Almodóvar asegurando que ella tiene más tetas. Eso sí, pierde fuerza al tratarse de una sátira del mundo televisivo. Este lector acabó pensando que lo raro es que a ningún productor de televisión del mundo real se le haya ocurrido hacer semejante programa.

“Sonata” de Juan Abreu es la primera de las historias de la sección nominalmente dedicada a la ciencia ficción. Se trata de la viñeta de una batalla en la que se enfrentan una monja de la Santa Cofradía de la Suma Blancura con un ejército privado de la corporación Disney. Considerando las referencias irónicas del cuento, asumo que el hecho de que el nombre de la orden religiosa parezca un anuncio de detergente no es casual. Pero sin embargo, a pesar de lo que podría pensarse, esas referencias irónicas (a Barbie y Ken, a Disney y demás) no molestan, porque están sabiamente insertadas en la narración que fluye asombrosamente bien. Incluso cuando el cuento se detiene para dar explicaciones, el autor consigue que estas adopten su propio ritmo y complemente la narración. Lo que queda al final es, efectivamente, la historia de una monja que escribe su sonata cargándose a sus enemigos.

“Estampida” de Lázaro Covadlo es uno de los cuentos notables de esta antología. El comienzo hace pensar en una obra más graciosa, pero el humor inicial va derivando lentamente hacia lo trágico en una historia de enfrentamientos humanos llevados al límite. El desmoronamiento social representado en la figura de dos hermanos está muy bien retratado y cuando digo que la situación se lleva al límite lo digo en serio. Un ejemplo de relato donde el estilo es perfecto aliado a la narración.

“El juego de los mundos” de César Aira es claramente lo mejor de este volumen. Y lo más sorprendente es que se trata de un fragmento de una novela. Considerando la gran calidad de la muestra aquí incluida y que Mondadori ha publicado sin tapujos novelas de ciencia ficción (como Entre dinosaurios de Gaylord Simpson, Vurt de Jeff Noon o La institución smithsoniana de Gore Vidal), ¿a qué esperan para editar la de César Aira? Supongo que no tardarán mucho. Una vez más, es un personaje notablemente construido el que sostiene la narración, en este caso un padre algo calzonazos que no entiende la fascinación de su hijo por un peculiar video juego que consiste en destruir planetas de verdad. En apenas 13 páginas se acumulan profundas, que no pesadas, discusiones éticas a medida que el hijo y el padre se enfrentan dialécticamente, enfrentamientos de los que el padre parece siempre retirarse. Una narración extraordinaria, y un ejemplo perfecto del poder de la literatura especulativa para iluminar los conflictos éticos y morales.

“Cómo odiamos las despedidas” de Jesús Llorente es la más parecida a una narración de ciencia ficción convencional, la que más referencias a la ciencia ficción escrita contiene (con varias a Lem) pero curiosamente es uno de los menos interesantes al no desarrollar adecuadamente su argumento. La historia concierne a dos amantes homosexuales, uno de ellos que ha inventado un motor cuántico y está a punto de ir al espacio y el otro que agoniza en la cama de un hospital. El que agoniza le pide al otro que cuando salga al espacio demuestre la inexistencia de Dios, destruyendo, si es preciso, cualquier forma de vida que encuentre (y el lector se preguntará, con toda justicia, ¿por qué?). Parece la historia de una traición, pero esa traición no es, la verdad, tan grave.

“Viaje a Gea” de José Manuel Prieto es un cuento algo convencional que retoma algunos temas clásicos del género. Pero, sabiamente, el autor limita a cinco páginas una idea que no podría dar más de sí y la combina con una peculiar, como en el primer relato, relación de dependencia. El resultado final es bueno, con un trama bien resuelta, y ciertamente refleja un cierto aire a cuento clásico o leyenda.

¿Qué será “La página pantalla” de Eloy Fernández Porta? Claramente no es un cuento, pero tampoco es un ensayo; ciertamente está lleno de chistes, referencias culturales y ataques a muchas posiciones intelectuales, pero el tono no podría estar más alejado de un discurso racional. Por desgracia, si se trata de un chiste, les ha salido demasiado largo. En todo caso, no pega ni con cola en esta selección y debería haberse eliminado sin piedad. La mejor opción para el lector es saltárselo.

En general, este Invasores de Marte representa una selección interesante y de calidad, ofreciendo en los relatos una visión diferente y fresca. La clasificación final debería ser un 3’75, pero como no tenemos esas estrellitas y contando el valor de la iniciativa, pues un 4.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Hoy en día, cualquier película o serie de televisión que se precie viene acompañada de los correspondientes productos relacionados. Durante un tiempo, el que tarda la película o serie en cuestión en desaparecer de la percepción pública, las estanterías de todo comercio remotamente relacionado se ven invadidas por muñecos, camisetas, carpetas, hamburguesas, aperitivos, cómics, juegos y, claro, libros. Normalmente no nos libramos de al menos una novelización, así que fue con algo de sorpresa, pero no excesiva, como encontré este libro.

La película de animación Titan A. E., que no he visto, sirve de excusa para introducir diversos conceptos científicos. Siguiendo más o menos de cerca la trama de la película, se van apuntado qué podría ser posible y qué no, pero sobre todo dando más énfasis a los posible, porque después de todo se trata de entretener y de acercar a la ciencia a lectores jóvenes. Cada tema introducido está complementado por laterales donde se ofrecen datos curiosos que ayudan a mantener el interés.

Y en esa situación, la labor del libro es encomiable. Se empieza hablando de naves espaciales, para seguir considerando la posibilidad de emplear agujeros de gusano para viajar a otras regiones remotas del universo, pero sin dejar de destacar la enormidad del espacio. Se sigue discutiendo métodos para destruir la Tierra, la posible vida en el espacio, la naturaleza de los planetas, las posibilidades de la vida extraterrestre, el concepto de acción y reacción, los cuidados médicos en el espacio, las supernovas, la diferencia entre reflexión y refracción, para terminar con la clonación. Las discusiones son en ocasiones fantasiosas, pero evidentemente se desea atraer la atención del lector. Pero en todo caso, también hay un cierto rigor (aunque en un momento dado, el autor parece confundir la masa gravitatoria con la masa inercial) muy de agradecer, aunque, teniendo en cuenta el potencial público lector, no se profundiza demasiado. Siguiendo lo que parece fielmente la película, se introducen una sorprendente variedad de temas, y los laterales no dejan de servir su propósito de apuntar algún concepto más. El texto en sí se complementa con un glosario técnico muy completo.

No me queda claro a qué público está destinado este libro. Parece ser para chicos y chicas alrededor de los 12 años, aunque es posible que incluso para ellos pueda llegar a ser en algún punto demasiado superficial. La cuestión, por supuesto, es saber si se venderá. Pero en todo caso, la experiencia es muy positiva y satisfactoria. Ojalá se aprovechasen más películas de este tipo para crear libros de divulgación que se acerquen a estas edades.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Adiós, Chunky Rice de Craig Thompson

He de reconocer que como Santo Tomás creo, pero en ocasiones dudo. Tengo total fe en la capacidad del medio del cómic para crear obras al nivel de cualquier otra forma de expresión artística, pero en ocasiones, es preciso que me planten delante una obra así para creer.

Adiós, Chunky Rice es una de esas obras.

Una obra sobresaliente tanto desde el punto de vista artístico como el narrativo.

Adiós, Chunky Rice cuenta básicamente la historia de una pequeña tortuga, que vive aparentemente en un mundo de humanos, enamorada de un ratón llamado Dandel, que un día decide abandonarlo todo y embarcarse con destino a las Islas Pontinas. Durante la travesía, que en el libro no termina, conoce a un grupo de personajes fuera de lo común: las gemelas siamesas Livonia y Ruth que deben vivir permanentemente unidas, y el capitán Chuck, un personaje inicialmente desagradable pero cuyo amor por su esposa muerta y el mar redimen. En tierra ha dejado a Dandel enamorada de él y a Solomon, hermano de Chuck, que intenta expiar su pasado, su padre le obligó a ahogar a los cachorros de su perra cosa que Chuck jamás le perdonó, cuidando del pequeño pájaro Merle.

El tema principal de la narración es, evidentemente, el alejamiento y la separación, o quizá, como en el caso de las hermanas siamesas, la imposibilidad de separarse. Chunky Rice se embarca, el destino realmente no tienen importancia, y el mar funciona como lugar sin límites y de infinitas posibilidades. Durante toda la narración, se produce un diálogo contiguo entre Dandel y Chunky, a veces en la memorias, con delicados flashback que nos llevan al pasado, o por una serie de pensamientos, ideas y acciones en sincronía (Dandel escribiendo interminables cartas en botellas, Chunky escuchando su música favorita en la radio…) Aún así, no está claro quién se equivoca y quién tiene razón, Dandle quedándose o Chunky partiendo. Es más, la narración ni se lo plantea y deja al lector la tarea de decidir en qué momentos de la vida es preciso partir y cuando se necesita valor para permanecer.

El resto de los personajes actúan de coro a la historia central, ejemplificando e iluminando cada uno a su modo el tema central. Todos tienen pasado o presente que aceptar (Solomon la muerte de los cachorros, las hermanas Livonia y Ruth la imposibilidad de vivir separadas, y Chuck la muerte de su esposa). Todos huyen de algo (aunque ese algo les acompaña siempre porque el adiós no existe) y cada uno busca la forma de compensar o expiar. Pero ni siquiera, en esta inteligente obra, la expiación es un acto simple de fácil ejecución como demuestra la relación entre Merle y Solomon: ¿quién ama a quién?, ¿quién se sacrifica por quién?, ¿quién depende de quién?

La relación entre los personajes, sus mundos interiores, sus sentimientos, ideas y pasado se revelan lentamente en una serie de líneas cuidadosamente entrelazadas. La revelación paulatina es magistral y Craig Thompson con gran habilidad va incrementado la densidad emocional y psicológica de lo que parece una narración infantil. No duda en hacer que los personajes cuentes historias, que no terminan como no termina la aventura de Chunky, recuerden libremente o asocien imágenes y sonidos. La obra siempre tiene una sorpresa y es fácil no percibir toda el alcance de la historia en la primera lectura.

Adiós, Chunky Rice es una aventura psicológica y emocional y no busca héroes y villanos. El antagonista nominal, el capitán Chuck, se revela al final como un hombre con sus propias pasiones y con su propia forma de apreciar el mundo. Craig Thompson apenas necesita unas líneas de diálogos y unas pocas viñetas para revelar la verdadera dimensión de un personaje.

Lo cual nos lleva al segundo mérito de la obra. El dibujo es redondeado y casi infantil durante la mayor parte de la narración, pero no duda en volverse duro y nervioso cuando la escena lo requiere (como el flashback del padre obligando al joven Solomon a matar a los cachorros). El autor sabe dibujar el gesto justo de sus personajes, hasta el punto que es capaz de dotar de vida a una pequeña tortuga antropomórfica que apenas habla, pero de la que siempre sabemos lo que piensa o siente.

Hay páginas de composición maravillosa, como la 27 donde se describe la vida normal de un edificio o la página de fondo negro que contiene doce imágenes del pequeño Solomon jugando al escondite en una caja cuyos límites no vemos pero cuya presencia sentimos. Las transiciones son igualmente brillantes y marcan el tono de la narración, especialmente aquella en la que el mar ilimitado pasa a ser líquido contenido en una botella. La habilidad desplegada en la composición y el dibujo hace que los diálogos se reduzcan al mínimo y las palabras sean simplemente las justas.

Adiós, Chunky Rice es una obra de descubrimiento y como tal se niega a dar respuestas. Es el lector el que debe meditar sobre la historia emocionante, hermosa e inteligente que ha leído. Quizá, porque después de todo, el viaje de Chunky Rice sea el nuestro.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Timequake de Kurt Vonnegut

Kurt Vonnegut iba a escribir un libro llamado Timequake. Contaba una historia singular. El 13 de febrero de 2001, a las 2:27, el universo sufrió una crisis de confianza en sí mismo. ¿Debía seguir expandiéndose? ¿Qué sentido tenía hacerlo? Ni corto ni perezoso, decidió retroceder al 17 de febrero de 1991, más que nada, por darse diez años para pensar. Todo el mundo, hasta el último individuo, tuvo repetir esos diez años en piloto automático, cometiendo una vez más todos los errores anteriores, sin poder hacer nada para evitarlos. El libre albedrío desapareció completamente durante ese periodo, pero, ¿existió alguna vez?
Lo que no existe es ese libro. Kurt Vonnegut había escrito demasiado. Otros a su edad ya habían producido sus grandes obras. Y además, el libro, después de casi una década de trabajo, no quería escribirse. ¿Qué hacer? Salvar las partes buenas. (Todo esto lo cuenta en el prólogo/declaración de intenciones).

Y eso es Timequake (que afirma será su último libro). Sin sentido, sin estructura, sin mayor intención que permitir a Kurt Vonnegut hablar libremente, para que su mensaje quede clarito, para que nadie se confunda: la vida no tiene sentido, no vale la pena vivirla y para empezar no queríamos nacer.

No es una novela. No es una autobiografía. Es como mirar a la cabeza de una persona mientras piensa, con todo lo que se le ocurre mientras medita sobre su condición (que es, extrapolando su situación de artista, la condición humana). Entre fragmentos hilarantes de la novela que podía haber sido, entre recuerdos terribles de la niñez del autor, entre reminiscencias de personas ya muertas, entre resúmenes de los cuentos de Kilgore Trout, entre chistes amargos, Kurt Vonnegut va dibujando un especie de itinerario personal, lleno de preguntas y respuestas. ¿Por qué no es seropositivo? Lo explica. ¿Cuál fue la mejor idea que Satanás metió en la manzana que dio a la serpiente para que se la diese a Eva? El sexo es sólo una de las mejores. ¿Quién fue el primer alemán al que quiso matar? Fue en Estados Unidos.
Timequake es posiblemente el libro más autoindulgente, divertido, descreído, deprimente e inteligente de su autor. Se pone en duda todo, y al final se pone en duda la idea misma de vivir. Es la lectura perfecta para un depresivo lector de Ciorán. Al terminarlo, uno sólo puede estar más alegre. Pero enfrentarse a tal vacío es algo que sólo puede hacerse de vez en cuando. Pero la brillantez de Kurt Vonnegut parece capaz de convertir la nada en divertidísimo y fascinante material literario.

Una última cosa: ¿qué atenuante debemos esgrimir cuando nos enfrentemos al día del juicio final?

Para empezar, no queríamos nacer.

Es difícil aceptar el caos, pero puede hacerse. Yo soy una prueba viviente de ello: puede hacerse.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Uno es un gigante reconocido de la ciencia ficción, el otro es un escritor en alza que ya ha producido varias buenas obras. Los dos son de origen británico. Los dos son conocidos por la gran carga científica de su obra. Uno de ellos está ya en decadencia. El otro es una esperanza para el futuro. Los dos siguen la tradición de Olaf Stapledon y disfrutan situando sus obras contra un fondo mayor de trascendencia humana.

¿Qué podría salir de una colaboración entre ellos?

Pues una novela que es normal como novela, pero que como obra especulativa es ciertamente impresionante. Al leerla es evidente que hay dos grandes mentes reflexionando sobre el material, aunque los dos, por desgracia, han confiado en la gran carga especulativa para sostener la obra.

Hiram Petterson es un industrial del futuro, una especie de combinación entre Ted Turner y Bill Gates, un hombre hecho a sí mismo de complicado origen (nacido en África, pero de origen asiático, emigrado a Inglaterra y luego a Estados Unidos cuando el país británico pasó a convertirse en un estado de la Unión). Manipulador, egoísta y sólo interesado en el dinero, ha conseguido un adelanto tecnológico para mantener, momentáneamente, a su empresa, OneWorld, por delante de la competencia: la tecnología para transmitir información desde cualquier parte del globo por medio de agujeros de gusano microscópicos. Se acabaron los satélites de comunicaciones, se acabaron los cables de fibra óptica, se acabo no estar en el punto de la noticia cuando la noticia se produce. Pero Hiram quiere más, quiere poder llegar instantáneamente a cualquier lugar donde se produzca la noticia. Es decir, quiere poder abrir un agujero de gusano en cualquier punto del planeta y usarlo como cámara; quiere poder abrir un agujero de gusano en medio de un huracán y retransmitir lo que sucede. Y así nace la WormCam. ¿Pillan el chiste? (en español se ha traducido por GusanoCámara, que queda francamente raro).

Pero la competencia es feroz y rápida. Pronto, otras compañías de comunicaciones conseguir reproducir sus resultados, pero Hiram tiene un par de ases para mantener por delante: sus dos hijos. David, largamente perdido y contaminado por el virus de la religión, físico brillante que le ayudará a extender las posibilidades de la tecnología y Bobby, que está destinado a heredar, más literalmente de los habitual, su imperio y que es la viva imagen de su padre. Pero también está Kate, periodista de investigación que sabe cómo usar la nueva tecnología para conseguir las noticias que quiere, pero cuyo amor por Bobby pondrá patas arriba los planes de Hiram.

Pero pronto la tecnología de la WormCam escapa del control de Hiram e incluso del gobierno. Rápidamente todos los ciudadanos corrientes pueden espiar a sus conciudadanos. Porque no hay otra cosa que hacer: El Ajenjo, un gigantesco pedrusco, chocará contra la Tierra y arrasará con todo. Pasarán todavía quinientos años, pero toda la vida de la Tierra desaparecerá con total seguridad y no hay nada que la humanidad pueda hacer. Y la humanidad siente el peso de su futura extinción.

Lo interesante de la novela es que desarrolla con perfección, y algunas sorpresas, los cambios sociales que la tecnología de la WormCam podría producir. Los jóvenes, por ejemplo, comienzan a ir desnudos y hacer el amor en público, porque en una sociedad que ha perdido la intimidad esas cosas ya no importan. Cuando la tecnología de WormCam permite observar el pasado, ni siquiera los pecados de antaño están seguro (muchos senadores dimiten preventivamente) y es fácil descubrir la verdad sobre importantes figuras históricas (Lincoln y Jesús son los más discutidos, y especialmente el capítulo dedicado a este último es muy interesante. Y por cierto, Fermat tenía razón). Y paradójicamente, una tecnología que revela la verdad sirve también para mentir (Hiram consigue implicar a Kate falsamente en un caso de espionaje, para así alejarla de su hijo). Cuando la WormCam permite ver cualquier lugar del universo, y la realidad virtual permite caminar sobre a superficie de cualquier mundo por lejano que esté, el programa espacial deja de pronto de tener sentido. E incluso aparece una sociedad secreta, muy bien desarrollada y descrita en la novela, de gente que vive prácticamente en la oscuridad para no ser localizados. Y la WormCam permite también la telepatía artificial, lo que crea una variación de la especie humana, una mente colmena en la que todos comparten los pensamientos de todos los demás.

La trascendencia, tan querida a ambos autores, está firmemente presente. La novela está narrada desde el futuro, por un Bobby mágicamente resucitado. Y cerca del final se descubre el verdadero origen de la vida sobre la Tierra (y no es nada de lo que imaginan, y que es realmente sorprendente) cuando un posterior avance de la WormCam permite seguir el ADN hasta sus remotos orígenes. El final en sí se las arregla simultáneamente para ser divertido, por esperado, y escalofriante, por lo que implica para la especie humana.

En un detalle honroso, la novela está dedicada a Bob Shaw, creador del concepto del vidrio lento, que era también una forma, más limitada, de ver el pasado. [Un amable lector me recuerda que un dispositivo para ver el pasado (y el presente) también aparecía en el cuento de Asimov “El pasado muerto”]

Arthur C. Clarke ha colaborado con otros autores, pero ninguna estaba a su altura. Stephen Baxter no sólo ha demostrado hasta ahora estar al nivel de Clarke, sino que bien podría superarlo en el futuro. Entre los dos han construido una novela de ágil lectura, personajes agradable (aunque en ocasiones derivan excesivamente cerca del culebrón, con secretos familiares y hermanas perdidas) y sobre todo mucha y buena ciencia ficción. Sólo por la amplitud y profundidad de las especulaciones merece figurar en el estante de cualquier lector del género. Se trata de una buena novela de Stephen Baxter y de la mejor novela de Arthur Clarke en años.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

La serie de libros “Darwinismo hoy” intenta cubrir varios temas diversos de la teoría darwiniana moderna en su aplicación a los seres humanos, cada título escrito por una figura destacada de la moderna teoría evolutiva. Se trata de ilustrar brevemente alguna cuestión sobre la que la teoría de la evolución puede arrojar luz. Y también, de paso, popularizar esas ideas.

La moderna teoría evolutiva y en particular la psicología evolutiva (precedida en su momento por la sociobiología) han vuelto del revés el modelo político y social tradicional sobre el ser humano. De ser considerado como un ente aislado del resto de la naturaleza cuya cultura, psicología y orden social eran producto del azar, de la educación y de las condiciones sociales y económicas, la visión evolutiva lo encaja firmemente en el reino animal y aspira a deducir su comportamiento y psicología, su naturaleza humana, de su pasado como animal sujeto a las leyes del darwinismo que se aplican a cualquier otra forma viva sobre la Tierra. Es decir, de considerar al ser humano una hoja en blanco sobre la que cualquier cosa podía escribirse, ahora se lo considera un animal con un conjunto innato de comportamientos y características. La evolución aplicada a la psicología y a la sociología saca a la luz comportamientos invariantes en todos los seres humano, abarcando incluso fascinantes descubrimientos sobre nuestros comportamiento sexual (véase, por ejemplo, Anatomía del amor de Helen Fisher), social e incluso moral (véase, por ejemplo, The Moral Animal de Robert Wright). No es por tanto sorprendente que esas aproximaciones a la condición humana sean importantes y polémicas.

Lo sorprendente no es el cambio de visión, sino que las ciencias sociales considerasen durante tanto tiempo la idea de que una persona era un ser perfectamente maleable, separado de las fuerzas evolutivas que afectan a cualquier otro animal. El fallo es evidente: ¿qué sentido tendría que la naturaleza crease un animal que tuviese que aprenderlo todo desde el principio?

La izquierda darwiniana podría considerarse, quizá, el título más arriesgado de esta colección. Es más un manifiesto político que un libro de biología, y aspira a demostrar que es posible una izquierda que acepte los nuevos descubrimientos sin por ello dejar de ser izquierda. En este caso, la izquierda no se entiende como fuerza política, sino como cuerpo de pensamiento, eso que mueve a ciertas personas a actuar a favor de ciertas causas.

La tesis de partida del autor es que el marxismo aceptó con alegría la teoría de la evolución, porque hacía innecesario a Dios, pero sólo hasta cierto punto. Admitía que la evolución había creado los cuerpos de los seres humanos, pero negaba que tuviese nada que decir sobre las formas que adoptaba la sociedad humana. La tesis fundamental del marxismo es la perfectibilidad de la especie humana con un simple cambio del orden social. Pero eso choca con el mismo fundamento de la evolución, que es un proceso continuo y que nunca alcanza un estado de perfección final. “La evolución no conlleva ninguna carga moral, simplemente ocurre” (p. 23) dice el autor para luego añadir “La teoría materialista de la historia implica que no existe una naturaleza humana fija” (p. 37) lo cual choca con gran parte del cuerpo de datos de la evolución y la psicología evolutiva. Peter Singer caracteriza la posición de la izquierda con estas palabras: “la noción de que la evolución darwiniana se detiene en el alba de la historia humana y que toman el relevo las fuerzas materialistas de la historia” (p. 36). El fracaso de esa visión está claro: “En el siglo XX el sueño de la perfectibilidad de la especie humana se ha convertido en las pesadillas de la Rusia estalinista, la China de la Revolución Cultural y la Camboya de Pol Pot” (p. 47).

La tesis central del volumen se resume en una única frase: “La izquierda necesita un nuevo paradigma” (p. 13), y en un desafío: “¿Puede la izquierda trocar a Marx por Darwin y seguir siendo izquierda?” (p. 15). La respuesta del autor es un sí sin condiciones. Para ello intenta despejar varios errores tradicionales sobre la teoría de la evolución e intenta así mismo ofrecer una idea de las recientes investigaciones que apuntan a la existencia de una naturaleza humana subyacente. Pero el mito más persistente, y que por tanto intenta despejar en varias ocasiones, es que lo natural es bueno. No, nos dice, de un ser no hay que deducir un debe ser. Por ejemplo, del hecho de que los seres humano construyan siempre jerarquías (incluso en aquellas sociedades en que las jerarquías han sido supuestamente eliminadas por decreto) no debe llevarnos a pensar que las jerarquías son buenas. Simplemente, nos dice, no se puede construir una sociedad mejor desde la ignorancia y negando los hechos. Si existen patrones comunes al comportamiento y a las sociedades humanas, es mejor conocerlos para poder intentar cambiarlos: “Estar ciego a los hechos de la naturaleza humana es arriesgarse al desastre” (p. 56). Es decir, conseguir una sociedad mejor no va a ser tan fácil como se creía, pero esa dificultad no implica imposibilidad.

Pero la evolución ofrece también su rayo de esperanza. Si aparentemente, la visión tradicional del darwinismo apoya la tesis del egoísmo extremo, y por tanto, del capitalismo más salvaje, las nuevas investigaciones aportan otro punto de vista. El comportamiento altruista y cooperativo es también producto de la evolución, y se manifiesta en el hombre y en muchas especies. La naturaleza también ha creado animales capaces de cooperar y de sacrificarse por el bien de otros. En este respecto, el capítulo titulado “¿Competencia o cooperación?” es el más interesante y el núcleo fundamental de la tesis del autor. Se discuten distintos modelos cooperativos, se habla del dilema del prisionero y se discute la necesidad de “devolver la moneda” (de no cooperar con los que no cooperan), todo ello porque: “La izquierda darwiniana, al comprender los prerrequisitos para la mutua cooperación a la vez que sus beneficios, se esforzaría por evitar las condiciones económicas que crean parias” (p. 74).

En el capítulo final, el autor señala los mitos que la izquierda tradicional debería abandonar (negar que existe la naturaleza humana, utilizar sólo la revolución, la educación y el cambio social como instrumentos, aceptar el modelo tradicional del origen de las desigualdades) y delinea las condiciones de una nueva izquierda darwiniana: aceptar la existencia de una naturaleza humana, no deducir de lo “natural” lo “correcto”, promover estructuras que animen a la cooperación, etc. Pero advierte: “En algunos aspectos, esto es una visión muy rebajada de la izquierda, que sustituye sus ideas utópicas por una visión fríamente realista de lo que es posible alcanzar” (p. 87).

Este pequeño volumen por sí sólo demuestra las debilidades y puntos fuertes de la serie. El autor, evidentemente, está discutiendo un asunto que escapa a la estricta visión científica, al tratarse de un tema político. La evolución no puede decidir si la derecha o la izquierda tienen razón. Por tanto, es tremendamente subjetivo en sus planteamientos y debe tomarse como la posición de Peter Singer sobre esos asuntos. En particular, los capítulos dedicados a justificar la visión darwiniana de la especie humana (y especialmente, la existencia de una naturaleza humana) son los más débiles del libro. El autor debe limitarse prácticamente a enumerarlos, sin ofrecer los datos que apoyan esas conclusiones, mientras que en un volumen mayor se discutirían más ampliamente experimentos y datos concretos. De hecho, el volumen es tan corto que apenas puede ofrecer premisas y conclusiones, con unas pocas páginas de justificación científica en medio.

Por otra parte, la misma brevedad del volumen obliga a no apartarse del tema. La posición está claramente definida y sirve, como es el propósito de la colección, para divulgar los nuevos avances en teoría de la evolución. Se trata en suma de un libro provocador e interesante, que debería dar mucho que pensar, pero que se resiente de las limitaciones de espacio que le impiden discutir más ampliamente la parte científica. Se lee, en suma, como punto de partida de posteriores, e intensas, reflexiones e investigaciones por parte del lector.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Fases de gravedad de Dan Simmons

Supongamos que el lector gusta de la ciencia ficción y a la literatura fantástica pero se encuentra con que la oferta actual de ciencia ficción se le hace pesada y le gustaría encontrar una novela que capture el espíritu de la ciencia ficción pero sin su parafernalia y clichés. En ese caso, su novela es Fases de gravedad.

Fases de gravedad no es una novela de fantasía, es simplemente una buena novela y punto. Su protagonista es Richard Baedecker, un antiguo astronauta del proyecto Apolo y uno de los hombre que caminaron por la Luna. Lo que se cuenta es su relación con sus antiguos compañeros de misión, uno convertido en evangelista y otro en senador, con su hijo, seguidor de un gurú hindú, y con la antigua novia de éste. Pero ante todo es la historia de un hombre que se busca a sí mismo después de su momento de gloria, el relato de su búsqueda de la trascendencia, de un sentido para el resto de la vida. No es una novela de acción, sino una historia de personajes y, como dice Spinrad, la resolución final no es física sino espiritual.

Hay mucho en esta novela (además de sobre vuelo y montañismo) sobre la vida entendida como una obra de arte, de intentar hacer que cada momento tenga sentido por sí mismo, de la búsqueda del ser propio. Hay una imagen recurrente: dos astronautas jugando al frisbee en la Luna. Y tenemos también a Richard, que se lanza, arriesgando la vida, en ala delta desde una montaña por el simple propósito de celebrar la naturaleza.

La novela es ciertamente mística, pero se trata de un misticismo real que jamás se manifiesta o se hace explícito en cosas tangibles. Permea la novela esa sensación de que el mundo es algo más de lo que vemos, esa incomodidad que sentimos al vivir día a día, que nos obliga a buscar nuevas metas en la vida. Hay cierta religiosidad en la actitud del personaje, una búsqueda de un lugar sagrado. Pero no es más que la reacción de una persona de mediana edad que se encuentra ejerciendo un trabajo que no le gusta, una simple manifestación psicológica. No se asuste el lector, no hay ningún elemento fantástico en la novela. Pero la mirada y la voz de Simmons sí que son fantásticas.

Dan Simmons es un escritor sorprendente, ya que en ningún momento renuncia a la tradición literaria de la lengua en la que escribe. Hay mucho en esta novela de lo mejor de la actual novelística americana. Un punto obvio de conexión es John Updike, pero donde Updike es irónico, Simmons es comprensivo: no aspira a juzgar a su personaje sino a entenderlo.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Antártida de Kim Stanley Robinson

La Antártida está amenazada. El tratado que la protege ha expirado y la carrera por la renovación, o no, ha comenzado. Además, la naciones de la Tierra, faltas de recursos, han dirigido su mirada al continente blanco, deseosas de aprovechar sus recursos naturales. Y por si fuese poco, el cambio climático está alterando significativamente la capa de hielo que cubre el continente. Cuando comienza la novela presenciamos una extraña comitiva: un convoy de camiones automáticos, con un solo ser humano a bordo, cruza el continente. El convoy es atacado y uno de los camiones robados. ¿Quién, en medio de un continente helado, puede haberlo hecho? ¿Y por qué? ¿Qué relación hay con los problemas de la Antártida?

Sobre ese fondo, de intereses políticos y misterios, varios personajes defienden sus particular posición sobre la región (el Planeta Hielo, en la fructífera metáfora de Kim Stanley Robinson): ya sea la preservación para la investigación científica del continente; la defensa de las acciones terroristas como medio para evitar la destrucción de la Antártida; una batalla política que permita la renovación del tratado en mejores términos; la posibilidad de explotar los recursos del continente utilizando medios tecnológicos que garanticen el mínimo impacto ecológico; o, en uno de los elementos más interesantes de la novela, la posibilidad de convertirse en nativos de la Antártida.

Cualquier lector que haya leído la serie de Marte (esa magnífica recreación de la colonización de todo un planeta) sabrá inmediatamente que en Antártida todas las posibilidades diferentes se discuten, comparan y examinan simultáneamente sin que su autor tome partido por ninguna en particular. Para eso tiene a sus personajes, magníficamente recreados como es habitual en él. Destacan cuatro: Val, la guía que lleva grupos por entre los paisajes helados y cuya visión idealista del continente contrasta con lo prosaico de su trabajo; X, el asistente general de campo, el humano solitario en el convoy que inicia la novela, insatisfecho con su papel en la Antártida (limitado a hacer la vida más fácil a los científicos) pero que no sabe cómo cambiar su situación; Wade, asesor de un senador muy preocupado por la ecología que lo envía al Polo Sur a informarse de primera mano, que se adentra en la diversas (sí, diversas) culturas del continente (el propio Kim Stanley Robinson pasó unas semanas becado en la Antártida para escribir este libro, detalle que ciertamente tiene su importancia); y Ta Shu, un periodista chino, a través del cual conocemos la mayoría de la historia pasada del continente, que práctica el antiguo arte del feng shui lo que le da una especial sensibilidad para el paisaje. Todos ellos confluirán finalmente cuando llegue la hora de decidir el destino del continente. Cada uno de ellos aportará su parte para dotar a la Antártida de la complejidad que la cultura humana da al mundo.

En cierta forma, estamos ante un libro que comparte bastante del espíritu con la serie de Marte. También aquí tenemos la preocupación constante por la política, la ecología, el destino del mundo, sin olvidar nunca, sin embargo, las odiseas personales de los protagonistas, que al final justifican o no la trama. Antártida se lee en gran parte como la novela que Kim Stanley Robinson hubiese escrito sobre Marte si primero hubiese escrito la trilogía de Marte: los temas han quedado más perfilados, la narración fluye con mayor fuerza, el estilo es aun más preciso y depurado que en la trilogía. Antártida representa la novela escrita por un autor que ha sabido evolucionar a partir de su anterior obra; y no es ése uno de sus menores placeres.

También, al igual que la serie de Marte, el libro parece en ocasiones no pertenecer a la ciencia ficción. La tecnología mostrada no es demasiado avanzada, y si no existe hoy está en proyecto. Pero la forma de mirar al paisaje, un mundo completamente cubierto de hielo, y las preocupaciones continuas sobre el futuro del planeta y el destino de la humanidad (visto siempre teniendo en cuenta el pasado) hunden sus raíces en la mejor tradición del género, en la que la reflexión sobre complejidad del mundo que nos rodea ocupa un lugar principal.

Uno de los aspectos más interesantes de Antártida consiste en estar profundamente enraizada en la historia del continente, algo que en Marte no podía hacerse. A lo largo de sus páginas descubrimos aspectos de las expediciones que conquistaron el continente y que ayudaron a formar nuestras visiones del mismo. Es cómo si Kim Stanley Robinson hubiese cogido las primeras páginas de Marte rojo y las hubiese expandido para distribuirlas finalmente por entre toda la novela. Ese cuidado con la historia pasada, dota al libro de una profundidad de la que carecería en caso contrario. Porque, como dice uno de los personajes de Antártida, lo que es verdad en la Antártida es verdad en el mundo: olvidar el pasado es siempre un error. En esos aspectos, Antártida gana, con respecto a los libros de Marte, en que el elemento humano está mucho más presente, lo que destaca y magnifica la gran inhumanidad del paisaje.

Aquellos que disfrutaron fascinados con la trilogía de Marte, sin duda volverán a hacerlo con Antártida. Aquellos que opinaban que la trilogía era excesivamente larga, harían bien en darle una nueva oportunidad a este autor. En cualquier caso, ningún lector quedará insatisfecho.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

El glamour de Christopher Priest

Christopher Priest es uno de esos autores con un tema fundamental, al que regresan obsesiva y metódicamente. El suyo, en particular, es la curiosa relación entre lo real y lo imaginario, o, la relación entre la ficción que finge ser real y la realidad que finge ser ficticia. En sus novelas y cuentos todo se entremezcla y nada, absolutamente, nada es lo que parece. De pronto, un personaje al girar una esquina, se ve transportado a otro mundo irreal y fantástico, como en el caso de The Affirmation. O de pronto la realidad resulta no ser lo que parece, como en The Extremes.

En El glamour, Richard Gray se despierta en un hospital, después de haber sido víctima, supuestamente accidental, de un horrible atentado. Un día aparece Susan, que dice ser una novia reciente con la que mantuvo una relación problemática por culpa de un misterioso personaje llamado Niall, que parece ejercer un curioso y extraño dominio sobre la joven. El problema es que Richard no la recuerda, de la misma forma que no recuerda nada de las semanas anteriores al atentado. Pero Richard, después de una sesión de hipnosis, empieza a recuperar parte de sus recuerdos, en forma de narración manuscrita sobre un onírico y surreal viaje por Francia con Susan.

¿Existió ese viaje? ¿Qué parte de los recuerdos de Richard son reales y qué parte no? La cosa se complica aún más cuando Richard descubre que él, al igual que Susan y Niall, posee el glamour, la capacidad de trastornar la mente de los demás para convertirse a efectos prácticos en invisibles. Una capacidad que permite a Niall en particular dominar casi por completo la vida de los que le rodean sin que éstos lo perciban (en un momento dado, Susan dice que “Niall siempre está aquí”).

En las novelas de Priest lo problemático, en el sentido de elemento a desentrañar, nunca en lo real, sino lo propiamente ficticio. Así, The Affirmation podría leerse con facilidad como un fascinante ejercicio en la construcción del personaje literario. Y en The Prestige, el secreto está en la lectura adecuada del texto. Pero eso son dos ejemplos donde la estrategia tiene éxito, no así en El glamour.

El secreto de El glamour es trivial y sus descubrimiento por parte del lector le deja indiferente. Uno podría bien preguntarse si era necesario escribir un libro tan largo para explicar algo que la propia novela aclara en apenas cinco páginas. Christopher Priest es un autor con gran capacidad y habilidad, pero en esta ocasión ha pretendido hacer pasar un truco literario por reflexión seria.

De esa forma, la novela, a pesar de su comienzo prometedor, es periódicamente aburrida. Carece de la tensión y de la economía narrativa del mejor Priest. Richard es demasiado marioneta para ganarse la simpatía del lector, y Niall es un demiurgo (“yo soy sólo yo” dice de sí mismo) controlador obsesivo, y su verdadera identidad no es ni sorpresiva ni tiene interés (¿quién puede pasearse, aparte de Dios, impunemente por las páginas de una novela?). Hay más suerte con Susan, una mujer atrapada entre el hombre al que quiere, pero que se niega a creer, y el hombre que la controla, pero que se niega a amar.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Del amor del Alain de Botton

Alain de Botton demostraría después que era posible escribir un ensayo literario contando a Proust en el formato de un libro de autoayuda en Cómo cambiar tu vida con Proust, pero ya en su primera obra se embarcó en la ardua tarea de describir la relación amorosa más tópica que imaginarse pueda en el formato de un tratado de filosofía.

Desde que se conocen en un avión, experiencia cuya improbabilidad el narrador protagonista destaca realizando los cálculos oportunos e incluyendo un croquis de las disposición de los asientos en un 767 de British Airway, y siguiendo los diversos altibajos de la relación hasta la inevitable ruptura final, Del amor es la crónica de esos meses de enamoramiento. No hay acción prácticamente, porque en pocas relaciones amorosas las hay. Ni siquiera los personajes tienen ninguna característica destacable. Ella, Chloe, tiene los ojos verdes. Él tiene tendencia a enamorarse y un gusto, quizá excesivo, por la reflexión filosófica.

La historia real de la novela se produce en la mente del protagonista narrador, la secuencia de tesis, antítesis y síntesis llevada con todo rigor. Cada episodio, por nimio que sea, de la relación le sirve para lanzarse al análisis profundo y obsesivo, apoyándose en pensadores de todas las épocas y en los correspondientes diagramas aclarativos (las flechas que indican la alteración que cada uno produce en la personalidad del otro, la curva rígida y la curva voluble que indican las diversas personalidad de Chloe, los dientes platónicos y los dientes kantianos, la ilusión de Müller-Lyer, etc.) El paralelismo con un libro filosófico está llevada hasta el extremo de que cada capítulo está a su vez dividido en pequeñas secciones numeradas. Así, el narrador, ya sea hablando de “Fatalismo romántico”, “¿Qué ves en ella?”, “Intimidad”, “Confirmación del yo”, “Contracciones” o Lecciones de amor”, desgrana los diversos aspectos incluidos en cada tema global.

La historia de amor contada en Del amor no tiene nada de original, más aún, es deliberadamente tópica (y desde el principio sabemos que acabará en separación, porque un libro llamado Del amor debe contarlo todo, incluso el fin del amor). La historia descrita aspira a la universalidad, a convertirse en esencia de cualquier otra posible relación. Lo que sí es original es la forma de contarlo.

Pero, al contrario de lo que pueda parecer, el libro está muy lejos de ser pedante. Detrás de la aparente frialdad filosófica del narrador, que al principio podría repeler a algunos lectores, bullen emociones con las que es fácil identificarse, y a pesar de nombrar pensadores de todas las épocas (incluyendo a Groucho Marx), las dudas y preguntas están planteadas con ironía, humor y sencillez. ¿Y quién no se ha preguntado nunca por naturaleza definitiva del amor? ¿Quién no se ha planteado jamás por la naturaleza de la persona amada? Alain de Botton se limita, como si eso fuese poco, a expresar con claridad los problemas de todo enamorado.

Del amor es una lectura apasionante, profunda y tremendamente divertida.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Parecía imposible, pero Scott McCloud lo ha conseguido una vez más.

En 1993, la publicación de Cómo se hace un cómic (tonta traducción española del título original Understanding Comics) supuso la demostración de que un cómic podía ser un ensayo. Y no un ensayo cualquiera, sino una profunda reflexión sobre el cómic en sí y, más ampliamente, sobre la naturaleza del arte. Ahora, siete años después, la reflexión continúa en Reinventing Comics.

Los subtítulos de ambas obras indican las diferencias. El volumen de 1993 se subtitulaba El arte invisible y trataba principalmente de los mecanismos que hacen que un cómic funcione. El volumen del año 2000 lleva por subtítulo How Imagination and Technology Are Revolutionizing an Art Form [Cómo la imaginación y la tecnología revolucionan una forma artística] y se centra en aspectos, digamos, más materiales. Ya no es el cómic como objeto abstracto de contemplación estética sino el cómic como elemento mercantil, enmarcado dentro de ciertos condicionantes sociológicos, económicos y personales. Y es incluso un libro que defiende una solución para el futuro del cómic, promoviendo su autor la idea de que el cómic del mañana debería abrazar hoy la revolución tecnológica y volverse completamente digital, aceptando un cambio económico y forjando una nueva relación con sus lectores.

La obra está dividida en dos partes claramente diferenciadas. En la primera, Scott McCloud explica las que considera algunas de las revoluciones pendientes del cómic en este final de siglo: 1) El cómic puede representar la vida tan bien como cualquier otra forma artística, 2) El cómic es arte, 3) Los creadores de cómics tienen derechos, 4) El negocio del cómic debe cambiar para servir mejor a los lectores y los creadores, 5) La percepción pública del cómic debe mejorar para reconocer al menos sus potencialidades, 6) El cómic debe recibir un trato justo de las instituciones académicas, 7) El cómic debe ampliar su base de lectores para incluir a las mujeres, 8) El cómic debe aceptar la diversidad de sexo, raza y religión, y 9) El cómic debe ser capaz de representar cualquier género.

La explicación de esas revoluciones pendientes es clara y concisa. Algunas de ellas son vitales para garantizar la supervivencia del cómic, y otras lo son para garantizar que el cómic se convierta en una forma artística reconocida. Scott McCloud el narrador recrea con cuidado algunas de las polémicas más sonadas, como el Comic Code o los derechos de los autores, para explicar la posición actual del tebeo. Abundan los ejemplos de otros creadores, e incluso de autores que empezaron a hacer cómic antes de ayer como quien dice.

Pero es en la segunda parte donde el autor demuestra que conserva el genio que ya hizo de Cómo se hace un cómic una obra de referencia imprescindible. En esta sección, más amplia que la primera, se defiende el futuro del cómic como arte digital. Scott McCloud empieza reflexionando sobre los ordenadores, metiéndose incluso en el terreno de la inteligencia artificial, e Internet, demostrando además unos grandes conocimientos de la red de redes lo que haría de este libro uno de los mejores sobre el tema, para luego proponer una nueva forma de crear cómics (digitalmente), distribuirlos (por la red y con micropago) y una nueva forma de entender la forma cuando finalmente se haya liberado de la tiranía del papel (nuevas formas de distribuir las viñetas gracias al plano infinito digital). No son veleidades de gurú. Queda bien claro que Scott McCloud ha reflexionado sobre las nuevas tecnologías y ofrece estrategias para abrazar sus posibilidades y ganarse la vida con ello. Lejos de ser un teórico, Scott McCloud predica con el ejemplo, ampliando el libro en su página web y ofreciendo digitalmente una de sus creaciones, el personaje Zot, en internet. Es quizá un revolucionario, pero no vacila en estar en primera línea.

El libro, por sus propia estructura, no tiene un fin tan unitario como Cómo se hace un cómic, y es muy posible que algunos aspectos (como los referidos a la distribución electrónica) queden anticuados por los avances tecnológicos. Pero sigue siendo un libro entusiasta, enamorado del cómic y que aspira, como ya el primero, a liberar toda la potencialidad creativa del noveno arte.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Pavana de Keith Roberts

En 1588, la reina Isabel de Inglaterra es asesinada. El caos civil subsiguiente permite a la Armada Invencible triunfar y hacerse con el control del país. Aprovechando la potencia de Inglaterra, el movimiento protestante en Europa es aplastado y el Catolicismo se impone. En el siglo veinte, no se ha producido la revolución industrial, las locomotoras de vapor recorren la tierra, las comunicaciones se realizan por medio de un complejo sistema de semáforos y la Iglesia Católica domina el mundo (Inquisición incluida).

Pavana es posiblemente la mejor ucronía jamás escrita (sin resistirme a añadir que posiblemente Bring the Jubilee de Ward Moore ocupe el segundo puesto). Por medio de una serie de viñetas, siete, ilustra un mundo de 1966 que no fue, pero que quizá hubiese podido ser. Las historias pueden leerse casi independientemente, al ilustrar momentos de la vida en ese mundo controlado por la iglesia. Pero la narración adquiere toda su fuerza por la yuxtaposición de tramas, personajes y hechos.

El lenguaje es lento y preciso, y Keith Roberts (recientemente fallecido) se toma el tiempo necesario para describir el mundo que ha conjurado. El ritmo lento no sólo hace honor al título de la obra, sino que también le sirve para establecer el carácter de un mundo a punto de cambiar. El viejo orden está desapareciendo, como desapareció un orden aún más antiguo con la llegada de la Iglesia, y uno nuevo está a punto de nacer.

Una cierta visión mágica imbuye todo el libro. No sólo porque el ritmo narrativo, esa cuidada descripción de tradiciones y órdenes sociales, ayuda a dibujar formas en la noche, sino porque la narración está imbuida de un cierto fatalismo. Ocasionalmente, los personajes sienten que no son dueños de su propio destino, que hay una historia sobre la historia que les controla y fuerza, incluso el destino de una Iglesia que parece controlarlo todo.

La última parte del libro, “Coda”, unifica y redefine las narraciones anteriores. Introduce una nota final de ambigüedad y aparentemente justifica algunos hechos que el lector podría juzgar horribles o injustos. Es su tarea final lo que la narración significa y aceptar o rechazar.

La ucronía, la descripción de épocas que nunca fueron, es un género con sus trampas y problemas. El más importante sea posiblemente la verosimilitud. Si los cambios históricos introducidos no se justifican o parecen imposibles, la narración se desmorona. Keith Roberts elude esos peligros centrándose menos en los hechos históricos en sí que en los personajes y el mundo. Da la impresión de haber deseado escribir más una parábola o una metáfora que una ucronía. En el proceso escribió una obra maestra.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Peepshow #1 de Joe Matt

Joe Matt es un dibujante de tebeos. Su vida transcurre entre recurrentes fantasía sexuales que llevan a la masturbación, una relación de desprecio y dependencia con su novia, búsquedas cada vez más absurdas de formar de escaquearse del trabajo y el coleccionismo de carretes de view-master.

Su novia, Trish, está sinceramente enamorada, pero para Joe es poco más que un cuerpo bonito que le ofrece seguridad y a la que sólo puede aceptar en sus propios términos. Las peleas son continuas, todas producidas por el egoísmo sin medida de Joe que le lleva a rechazar cualquier posibilidad de hacer algo nuevo. Para él sólo existen las otras, a poder ser exóticas, con las que fantasea y sueña continuamente. En particularmente, una muchacha joven que trabaja con Trish. Su amigo, Seth, un ser humano aparentemente integrado, es el único capaz de decirle las verdades a la cara sin sufrir las consecuencias. Cuando Trish expresa su parecer, es probable que acabe sufriendo abusos verbales.

Joe Matt es también el autor de Peepshow, el cómic del que estoy hablando y cuyo protagonista es Joe Matt. La línea que separa a Joe el personaje de Joe el autor se diluye continuamente, incluso algunas situaciones del cómic arrancan cuando Trish descubre páginas ocultas del propio cómic que estamos leyendo, y el protagonista queda retratado como un cabrón perdedor incapaz totalmente de tener en cuenta los sentimientos de los demás, objeto de burla y risa por parte del resto de los personajes y de los lectores, y siempre en el punto de mira del sarcasmo del autor, que es Joe Matt.

¿Quién es Joe Matt?

Peepshow es un cómic con grandes dosis de humor, pero sólo se ríe de Joe Matt. Las situaciones cómicas arrancan siempre de la incapacidad de Joe Matt para enfrentarse a un mundo de adultos, comportándose, al menos en este primer volumen, como un niño hiperdesarrollado. Al resto de los personajes, no importa lo bajo que hayan caído, se les trata con consideración y ternura.

Evidentemente, el protagonista del cómic no es su autor. Nadie puede ser así y luego tener la lucidez suficiente para retratarse de tal forma en su cómic. Estamos quizá no tanto ante un cómic autobiográfico como una especie de confesión o retrato grotesco. El autor, incapaz quizá de hacerle mal a otros, no duda en dibujarse bajo la peor luz posible para convertirnos a los lectores en mirones voluntariosos. Quizá la miseria de Joe Matt esté en ser incapaz de comportarse de otra forma. Quizá la nuestra esté en no poder dejar de mirar. Quizá nos reímos porque nos reconocemos en el observador o en el observado.

Con diligencia y fascinación asistimos a los momentos más íntimos de Joe Matt el personaje, y obedientemente nos reímos de él. Pero, ¿de quién nos reímos en realidad?

Peepshow es una de esas obras, y van…, que demuestra la madurez narrativa y expresiva del cómic. La forma está lo suficientemente madura como para manejar temas que parecían reservados a la literatura.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

En obras como Bola 8 o Dan Pussey, Daniel Clowes ha demostrado su capacidad para ver el aspecto más tarado e inadaptado de la personalidad humana. Una visión lúcida y precisa a la que no escapa el propio autor, que rara vez aparece representado bajo la luz más agradable. Pero no pretende ridiculizar, sino mostrar, y es capaz de comprender y perdonar las debilidades humanas.

Ghost World cuenta la historia de dos amigas, Enid y Rebecca, que acaban de terminar el instituto y durante su último verano juntas ven como la niñez se escapa y se acerca inexorablemente la madurez. La relación retratada es compleja y frágil, hecha de dependencias y complicidades más que de comprensión y cariño, más del temor a enfrentarse al mundo que de una verdadera necesidad de amistad. A Enid y Rebecca les une la complicidad ante un mundo al que se resisten.

Las historias de ese último verano son pequeños problemas e insatisfacciones; el primer sexo sórdido, la relación con personajes disfuncionales (como un ex-cura pedófilo), amigos con problemas similares que buscan sus propias estrategias para resistirse a la madurez (John Ellis, obsesionado con las mutilaciones y los asesinos en serie que no duda en aparecer en un programa de televisión caracterizado como “‘Chuck’ amigo de un pederasta”), la búsqueda continua de la infancia perdida por medio de peregrinaciones casi religiosas a lugares de antaño o la recuperación de antiguos discos infantiles, la fascinación con personaje que se perciben como peligrosos (como los satanistas de la cafetería), las bromas crueles, la separación posible para ir a la universidad, etc…

El dibujo de Clowes es efectivo, sin recrearse nunca en los aspectos negativos, dándolos a entender más que manifestándolos. Pero es en el guión donde Clowes demuestra su capacidad y dominio. Enid y Rebecca se manifiestan como personajes complejos y llenos de dudas, que en la superficie parecen simples y vulgares pero que ocultan un mundo interior lleno de temores y esperanzas. Ghost World es la historia de la transición de la niñez a la edad adulta, de las consecuencias no deseadas de tal cambio, pero de las variaciones inevitables que introduce en la vida. Todos los personajes están tratados con ternura, porque todos ellos ponen de manifiesto algún aspecto del tema de la obra; desde los que aceptaron el cambio demasiado rápido y han perdido su humanidad hasta aquellos que nunca dejaron la niñez atrás. Clowes puede ser crítico y sarcástico (como en su propio retrato personal introducido en el cómic), pero jamás es innecesariamente cruel.

El pasado no es más que un mundo fantasmal que se disuelve poco a poco. Enid y Rebecca deben aprender a vivir en otro mundo y mantener otro tipo de relaciones. Mientras tanto, Ghost World es el retrato de su último verano juntas y una prueba más de que el cómic puede tratar cualquier argumento, centrándose con sobriedad y tan bien como cualquier novela en los sentimientos y la vida interior.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus.

Quizá sea preciso aclarar un punto sobre Los sueños de Lincoln: es una novela con tema. Es decir, trata de algo fundamental e importante para su autora, y no se oculta en ningún momento que así es. Para algunos lectores eso puede ser un problema, porque se asume que una novela no debe tratar ideas morales, como en este caso.

Jeff trabaja como investigador para un novelista que prepara una novela histórica sobre la Guerra Civil americana. En particular, está interesado en el significado de los sueños de Lincoln. Un día, Jeff conoce a Annie que tiene sus propios problemas con los sueños. Jeff comprende que Annie sueña los sueños del general Lee y decide ayudarla. Junto con ella, viaja por algunos de los paisajes de la Guerra Civil americana buscando las claves de los sueños que atormenta a la mujer de la que, instantáneamente, se ha enamorado.

Los sueños de Lincoln es ante todo una historia de amor, pero también es una reflexión sobre el deber. Cada personaje debe descubrir al final sus razones para actuar y el destino que su sentido del deber les obliga a cumplir. Hay elementos de viaje en el tiempo, pero en esta ocasión, el viaje se produce en el mundo de los sueños, lo cual lleva la novela más al terreno del fantástico.

El planteamiento es casi perfecto, y una relectura desvelará muchas de los paralelismos entre la situación durante la Guerra Civil (que se manifiesta de varias formas en la novela) y personajes del presente (en particular, Jeff). La Guerra Civil en sí está perfectamente reflejada sin llegar a ser una novela histórica. El conflicto se presenta como actual y es fácil creer que su influencia se hace sentir hoy.

Los sueños de Lincoln es una magnífica historia de amor y una profunda reflexión sobre el deber.

Este volumen, Los mejores relatos de ciencia ficción, está claramente dirigido a un público juvenil. Quizá eso explique que ningún cuento sea realmente moderno, que los temas tratados sean los habituales de la ciencia ficción pero sin más honduras de las estrictamente necesarias. Se trata, en suma, de una antología convenientemente domesticada, para consumo de un público que sin bien puede tener simpatías hacia el género no es necesariamente lector habitual. Eso claro, la torna ideal como antología de introducción o iniciación.

No es por ello que los cuentos sean malos. Todos tienen una calidad más que aceptable y son agradables de leer. Como ya he dicho, no hay nada realmente extraordinario y no se ha intentado manifestar el abanico temático de la ciencia ficción. Entre los menos satisfactorios tenemos: “Exilio” de Edmond Hamilton, con una idea que quizá sorprendió en su día pero que es hoy tal cliché que es difícil no averiguar el final nada más empezar a leerlo; “Lección de historia” de Arthur C. Clarke, que no es más que una de sus habituales bromas en forma de cuento, agradable de leer e irónica pero lastrada por su forma; y “Recuerdo perdido” de Isaac Asimov, que trata de seres del futuro que añoran cuando era maravilloso ser humano.

Mas satisfactoria es el resto de la aportación anglosajona. “El sexto palacio” de Robert Silverberg es una agradable historia sobre tesoros perdidos y guardián temible que termina con un adecuado giro irónico. “El ruido del trueno” de Ray Bradbury combina la ucronía con el viaje en el tiempo mostrando las terribles consecuencias de incluso el acto más pequeño. “Deserción” de Clifford D. Simak es el tipo de historia que uno esperaría de su autor: lírica y pastoral, a pesar de situarse en Júpiter, pero que sin embargo consigue reflexionar con cierta hondura sobre la experiencia de “el otro”.

Pero tres cuentos forman claramente lo mejor del volumen. El más magistral y mejor contado es “El nuevo acelerador” de H.G. Wells (es interesante observar que el mejor cuento de una antología de ciencia ficción tiene ya un siglo) que comienza como lo que parece un informe más o menos interesante sobre una nueva droga milagrosa y acaba siendo algo completamente distinto, en un giro inesperado y que demuestra la gran capacidad que tenía Wells para la crítica social. “De cómo Ergio el autoinductivo mató a un carapálida” de Stanislaw Lem trae, junto con Wells, un cierto aire diferente al trasladar las preocupaciones básicas de la ciencia ficción a un ambiente fantasioso y juguetón, donde la cibernética convive con los dragones. Y por último, “Lo recordaremos por usted perfectamente” de Philip K. Dick que sirvió de base a la película Desafío total. Lo único a comentar de este cuento es que se conserva sorprendentemente bien, y que los juegos irónicos de la trama siguen siendo dignos de su autor (y que incluso sorprende en la relectura).

Ya ven. Nada es realmente desconocido, y casi cualquier aficionado al género habrá leído la mayoría de los relatos incluidos. Aún así, no deja de ser una antología de calidad a muy buen precio.

Publicado originalmente en El Archivo de Nessus, 2000

Aparte de escribir buenas novelas de ciencia ficción (o cómo se llame lo que hace), Neal Stephenson tiene otra faceta más periodística. No está tan marcada como la de Bruce Sterling, quien ha dedicado muchos esfuerzos a informar desde cinco minutos en el futuro, pero es muy interesante, centrándose sobre todo en el mundo de la informática y las tecnologías avanzadas de comunicación. Y aquí es donde Neal Stephenson gana a muchos de los que tratan esos temas: él realmente entiende el fundamento técnico. No es que sus comentarios sean análisis secos de posibilidades tecnológicas, más bien todo lo contrario. Son piezas llenas de opiniones, subjetivas y claramente escritas por una persona en concreto, pero una persona cuya opinión merece tenerse en cuenta porque demuestra conocer bien el campo sobre el que escribe.

Un buen ejemplo es este libro, ya disponible en formato electrónico, dedicado a los sistemas operativos. In the beginning… es una combinación de historia del software, discusión sobre la progresiva ocultación de la realidad tras un “interfaz” cada vez más bonito, meditación sobre el sentido de la vida, diario de los problemas de enfrentarse a varios sistemas operativos diferentes, canto nostálgico a los días en que las cosas se hacían como debían hacerse y, un poco, defensa de los muy masculinos valores de la potencia y el control.

Todo empieza con una analogía: los sistemas operativos son como los coches. La compañía Microsoft empezó vendiendo bicicletas motorizadas (MS-DOS), luego pasó a producir una actualización (el Windows original) que permitía a la bicicleta ir más rápido. Y finalmente, produce un coche, no demasiado bonito, que pierde mucho aceite pero que la gente compra mucho. La otra compañía, Apple, vende unos coches muy cómodos, fáciles de usar, pero que vienen herméticamente cerrado de forma que es imposible saber qué hay en su interior. BeOS vende coches de alta tecnologías, hermosos, con gran estilo y capaces de volar, ir por el agua o hacer lo que uno quiera, y más baratos que la competencia. Y por último tenemos algo que no es ni siquiera una compañía, sino más bien un campamento de refugiados, lleno de voluntarios de gran talento, que produce tanques. Sí, tanques. Tan buenos, que nunca se rompen, fáciles de maniobrar, que consumen el mismo combustible que un coche, están fabricados con la última tecnología y, lo mejor de todo, son gratuitos. A medida que uno de esos tanques Linux, ¿no lo habían adivinado?, se termina, se deja en la calle y cualquiera puede llevárselo.

A partir de ahí Neal Stephenson construye un discurso en el que explica el valor real de una compañía de sistemas operativos (ninguno; su valor sólo está en la cabeza de los clientes que como Mulder “quieren creer”), analiza la necesidad de la sociedad americana (y por extensión, el resto del mundo) de ocultar la complejidad tras unos bonitos botones, y discute los muchos problemas de instalar Linux. Y cuando uno sospechaba que está a punto de defender los valores de las herramientas para hombres (después de comparar a Linux con un, maravilloso en su experiencia, taladro industrial) se descuelga con una afirmación sorprendente para un hacker: el mejor sistema operativo sería aquel que combinase la potencia con un buen interfaz gráfico. Es decir, uno que te dejase la posibilidad de abrir una ventana a la línea de comando. Es decir, BeOS.

Porque la línea de comando es la mejor forma de relacionarse con el mundo. La línea de comando es lo que te permite acceder a la realidad fundamental. Seguro que dios cuando creo el universo lo hizo como un hacker delante de la pantalla de su ordenador tecleando crípticos comandos para crear universos.

¿Son 150 páginas de un discurso laberíntico? Muy posiblemente. ¿Tiene razón en lo que dice? En buena parte. ¿Se va por las ramas? Ciertamente. ¿Es apasionante de leer? Puedes darlo por seguro. Porque In the beginning… está escrito con pasión, y por un autor que sabe utilizar atrevidas metáforas y brillantes imágenes, que a cada página puede sorprender con una observación inteligente o un dato interesante. Cuando terminas, te quedas con el inexplicable deseo de instalar BeOS en tu ordenador. Lo que puede resumirse diciendo que es otro buen libro de Neal Stephenson.

Publicado originalmente en El archivo de Nessus

Neil Gershenfeld es un tecnólogo singular. Defiende muchas ideas innovadoras y avanzadas sobre cómo deberían funcionar los ordenadores, pero lo hace siempre desde el punto de vista humano. Por ejemplo, ¿a qué debería parecerse un ordenador portátil? Pues a un libro. Un libro se puede llevar a cualquier sitio. La resolución es impresionante y puede leerse incluso en las condiciones de iluminación más extremas. Pesa poco. No consume energía. Carga instantáneamente. Es resistente (se cae al suelo, y no pasa nada). Es fácil de anotar. El acceso es rápido a cualquier parte. Visto así, al ordenador portátil le queda mucho camino por recorrer. Y ésa es, precisamente, la perspectiva de Gershenfeld: las personas no debe adaptarse a las máquinas sino las máquinas a las personas. Y su ideal es un mundo en el que nadie piense en los ordenadores porque estarán por todas partes (pero tampoco se trata de fantasías absurdas de inteligencias artificiales por todas partes, sino de objetos comunes que conservarán su función, pero la ejecutarán mejor). Todo lo que nos rodea, será un poco más inteligente y cumplirá mejor con su función, que es servir a las personas (por ejemplo, ¿por qué el teléfono se empeña en sonar cuando no podemos cogerlo, o cuando llama alguien con el que no queremos hablar? ¿Por qué los relojes no son capaces de ponerse en hora solos? ¿Cómo es posible que mi cafetera todavía no sepa cómo me gusta el café?).

Y eso es When Things Start To Think, un repaso variado a las posibilidades nuevas que se abren cuando uno intenta dotar de cierta inteligencia a objetos comunes de la vida diaria (¿por qué no podemos marcar directamente un número de teléfono simplemente pasando por delante del aparato la tarjeta de visita de la persona a la que queremos llamar? ¿Por qué la ropa no le indica a la lavadora la cantidad de detergente que necesita?). Dividido en tres partes, que a su vez se subdividen en una serie de ensayo breves y de fácil lectura, va repasando el “Qué”: libros (sobre todo, las grandes posibilidades del papel electrónico), instrumentos musicales que conserven el interfaz habitual pero permitan mayor expresividad, la ropa, el dinero inteligente, el fabricador personal (una especie de impresora tridimensional que fabricaría sobre la marcha los objetos que queremos. Se acabó esperar al cartero después de haber hecho un pedido en Internet). El “porqué”: nuestros derechos como usuarios, los derechos de las máquinas, las falsas creencias (como “realidad virtual” o “lógica difusa”) y la naturaleza del interfaz que ponemos al mundo. Y la parte más interesante, el “cómo”.

Porque olvidaba comentar que Neil Gershenfeld es físico y trabaja en ese fascinante lugar de investigación conocido como Media Lab. En particular, investiga en el consorcio Things That Think (cosas que piensan). Es decir, esté señor no sólo explica cosas que podrían hacerse mañana, sino que además tiene una idea bastante ajustada de cómo hacerlas realidad. Y en ese tercer apartado es donde se explica, con bastante claridad, cómo efectivamente podría hacerse que las cosas pensasen. Y en ocasiones, curiosamente, consiste en eliminar el ordenador tal y como lo conocemos. A veces lo digital no es la mejor solución, y en ese caso se propone utilizar propiedades físicas para que el objeto gane en capacidad, recurrir a sistemas analógicos, o, ya haciendo cábalas, ir a por el ordenador cuántico. Lo importante, es que Neil Gershenfeld comprende perfectamente que uno no debe detenerse en el nivel tecnológico de la informática actual, sino que debe en muchas ocasiones descender al fundamento físico de lo real. Hoy día, combinar un ordenador con una cámara sólo produce una cámara más confusa y difícil de usar. El autor propone romper esa situación.

Ya sea describiendo cómo fabricar un mejor violonchelo para Yo-Yo Ma, como poner en marcha una PAN (Personal Area Network) para aprovechar las propiedades de la piel y permitir que dispositivos distribuidos por el cuerpo se comuniquen entre sí (por ejemplo, los zapatos con las gafas. Los zapatos son un lugar perfecto para colocar un ordenador, porque se puede aprovechar la energía producida al caminar para alimentarlo. Y las gafas, claro, es el lugar perfecto para llamar nuestra atención), cómo dotar de inteligencia al dinero de forma que tenga distinto valor dependiendo de la forma en que se ha ganado (una idea bastante más interesante y lógica de lo que parece) o discutiendo el fundamento físico último de la computación, Neil Gershenfeld nunca olvida ni por un momento que el fin último de todo esto es hacer que la vida de las personas sea más cómoda, fácil y agradable.

Lo dicho, un tecnólogo singular que sabe combinar su capacidad creativa con una gran claridad expositiva. When Things Start to Think es una lectura fascinante para cualquiera que sienta interés por las grandes posibilidades del mañana. El futuro de los ordenadores es acabar hechos pedazos y sus fragmentos dispersos por el mundo, para permitir que las cosas piensen.

35 millones de necios y un solo profeta

El crítico Harold Bloom, autor de El canon occidental y poseedor de una visión muy estricta de lo que son y no son buenas obras literarias, decidió examinar el primer libro de la serie de Harry Potter y no lo encontró nada satisfactorio. Por tanto, según él, la explicación del éxito de la serie hay que buscarla en otra parte. Su artículo lleva por título “¿Pueden equivocarse 35 millones de compradores de libros? Sí”. Xavier Riesco Riquelme, con una visión algo más flexible de lo literario, tiene un punto de vista bien distinto.

Harold Bloom es un erudito.

Esto no significa que tenga razón o que sea un tipo especialmente simpático, pero le he de admitir que a arrogancia intelectual no le deben ganar muchos. Nada más comenzar su discurso en contra del fenómeno de masas conocido como Harry Potter se compara a si mismo con Hamlet empuñando la espada contra un mar de infortunios. Evidentemente es autoironía. Pero también es autoironía al final cuando se acusa a sí mismo de snobismo intelectual, con tanta humildad que sigue siendo arrogante Este que escribe si alguna vez comienza un iracundo discurso contra algo se siente más bien como Ignatius Reilly en La conjura de los necios: un poco ridículo y con manchas de mostaza en la camisa. El título de este clásico de Toole mira por donde, es otra cita de alta cultura anglosajona, concretamente de Swift. Bueno, ya he demostrado que puedo ser tan pedante como un erudito, pero en la diferencia de ambas citas estriba mi discurso contra Bloom.

Bloom cuenta al lector con toda justicia, cuales son los antecedentes de la literatura juvenil que preceden al fenómeno de Harry Potter. Tenemos a Tolkien, a Lewis y El viento entre los sauces. Tenemos Thomas Brown´s School Days como el más probable candidato a la paternidad del género de novela de escuela que tanto ha gustado a los ingleses, aunque la paternidad más cercana esté posiblemente en Enid Blyton, con esa mezcla de novela de detectives infantiles y aventuras en el patio de recreo. Sin olvidar al terrible Guillermo y sus gamberradas de cottage inglés. A lo que quiero llegar es que Bloom cita todo aquello que cita sólo para destacar que Rowling no está a la altura. El concepto de canon literario permea tan considerablemente el pensamiento de Bloom que no es capaz de una crítica sincrónica de la obra, sino diacrónica, genealógicamente sesgada y por tanto ontológicamente falsa: un libro se juzga por sí mismo, no por la altura de sus predecesores. El único ejemplo de crítica sincrónica de Bloom consiste en decir que el primer libro está mal escrito —según, claro, el canon de Bloom-, para luego volver a comparar las excelencias de los tiempos pasados. Incluso se permite cuantificar la temporalidad de la obra de Rowling prediciendo su carácter efímero… comparándolo con lo efímero del momento de gloria de Tolkien: “as J.R.R. Tolkien did, and then wane” (“como ocurrió con J.R.R. Tolkien, para luego desvanecerse”). Curioso comentario, sin duda, teniendo en cuenta que la adaptación al cine de la obra más conocida de Tolkien se lleva a cabo con actores reales casi cincuenta años después de su gestación. Incluso el anuncio de tal producción se convirtió en un fenómeno de masas, bloqueando Internet (de la que parece desconfiar Bloom).

Ahora bien, cualquiera puede justificar la obra de Rowling de la misma manera que Bloom la desacredita. Charles Dickens, por ejemplo, no era un escritor intelectual o especialmente preocupado por la posteridad. Dickens escribía seriales, los antepasados de los culebrones actuales o de aquellas series sobre imperios económicos americanos que hace un par de décadas poblaban las televisiones. Y Dickens era un escritor de éxito, rescatado luego de lo popular a merced de lo poderoso de su obra en su manera de combinar la novela realista de ascenso social con elementos más románticos -o en el caso de sus villanos, casi góticos. Dickens forma parte del “canon” de la novela en occidente independientemente de la valoración que la crítica atribuya a su obra; simplemente está ahí para gusto o disgusto de los críticos. Toda la expectativa alrededor del último libro de la serie de Harry Potter me recuerda mucho a Dickens. Cuando estaba serializando The Old Curiosity Shop, Dickens tenía mucho lectores en el entonces joven país Estados Unidos. La gente iba al puerto de Nueva York para preguntar a los barcos que llegaban como seguía la novela. Hasta, claro está, el punto de hacer célebre en literatura una frase como “La pequeña Nell ha muerto”; la noticia acerca de la conclusión del serial de Dickens fue uno de los primeros sucesos artísticos transoceánicos de carácter igualitario, y como tal se gritaba como repuesta desde los barcos que llegaban del Viejo Continente. Lo mismo, diría yo, pasa con Rowling y la expectación que ha despertado el nuevo libro entre sus lectores. Eso sí, el mundo en el que vivimos no es el mundo de Dickens, y Rowling se ha cuidado muy mucho de revelar quién es el cadáver en su novela hasta que se ha publicado, previendo quizás gritos de una costa a otra con el nombre del difunto personaje.

Para terminar como empecé, la frase completa de Swift que define al irreverentemente paranoico Ignatius era “Cuando nace un genio, todos los necios se conjuran contra él”… Quién es el genio y quién el necio profeta es algo que el tiempo dirá. Hasta entonces, más nos vale suspender las opiniones y dedicarnos a disfrutar de lo que nos gusta, cosa que por mucho aparato crítico que le sea impuesto, no deja de ser una cuestión de elección personal.

Pero en el fondo, lo que parece fastidiar a Bloom es que treinta y cinco millones de personas hayan elegido el mismo libro sin pedirle su opinión.

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