Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay

La desaparición de unas alumnas de un elitista colegio, en la Australia de 1900, desencadena una serie de acontecimientos que sacuden las convicciones. «Picnic en Hanging Rock», de Joan Lindsay, todo un clásico de la literatura australiana.

En mi canal de YouTube recomiendo lecturas que me gustan y que creo que podrían interesar a otros. Si quieres saber cuáles son, suscríbete.

Después del vídeo tienes la transcripción del contenido.

TRANSCRIPCIÓN

Hola. Una desaparición repentina. Un misterio que no tiene sentido. Un enigma que no se puede resolver. Una invasión que se produce bajo la atenta mirada de una roca casi eterna. Es «Picnic en Hanging Rock», de Joan Lindsay.

Lo publica Impedimenta con traducción de Pilar Adón.

Vamos de picnic…

Mi nombre es Pedro Jorge Romero y en este canal te hablo de lecturas que valen la pena. Suscríbete para estar al día y no olvides darle a la campanita para no perderte ningún vídeo.

«Picnic en Hanging Rock» es un clásico de la literatura australiana. Se publicó originalmente en 1967 y cuenta la historia de unas alumnas que desaparecen en la formación rocosa de Hanging Rock durante una excursión el día de San Valentín. La autora decía haberla escrito en dos semanas, a medida que los sueños se la iban dictando.

A mí lo que me llama poderosamente la atención de esta novela, más allá del argumento, es que ejecuta una maniobra tremendamente complicada. Es simultáneamente una novela sobre una presencia y una ausencia. Hay una invasión alienígena y a la vez hay algo que extrañamente falta. En la terminología de Mark Fisher, sería una novela que es a la vez weird y eerie.

Primero la invasión.

La novela entra directamente en el asunto. Es el día de San Valentín y las alumnas de la elitista escuela privada Appleyard salen de excursión a Hanging Rock. Se trata de una famosa y característica formación rocosa habilitada para picnics. La acción se sitúa en 1900, así el viaje hasta allí es largo y se hace en carruaje.

La novela, por cierto, presenta la historia como real y ofrece todo tipo de detalles periodísticos falsos.

Una vez allí, algunas alumnas acompañadas de la profesora de matemática deciden explorar la base de la formación. Y no regresan nunca. Bueno, una de ellas reaparece posteriormente, pero sin ser capaz de arrojar luz sobre lo sucedido.

Por supuesto, se inicia una búsqueda frenética, pero las consecuencias de la desaparición, totalmente misteriosa e inexplicable, se van ramificando y buena parte de la novela consiste en narrar esas ramificaciones. Los hechos trastocan las vidas de muchos personajes, en ocasiones produciendo conexiones, casualidades y azares que alcanzan finales inesperados.

Pero nada esto sucede en el vacío. La desaparición se produce en el contexto de la ocupación británica de Australia. La autora no vacila en ningún momento en mostrar a los europeos como invasores, como personas que creen que han llegado a un lugar vacío, un lugar sin historia, donde no pasó absolutamente nada hasta la llegada de los británicos. Un lugar donde todo está todavía por hacer, como dice un personaje.

La novela contrasta continuamente esa idea ingenua con las enormes extensiones de tiempo del propio mundo, de la geografía. Los venidos de fuera invariablemente desdeñan los millones de años geológicos, o directamente sienten miedo. Pero «Picnic en Hanging Rock» jamás te permite olvidar que Australia ya estaba allí, y no está vacía por mucho que los recién llegados lo crean.

El paisaje, la geografía, los animales, los insectos son siempre observadores de fondo de esta historia. Siempre están ahí. Gran parte de la atmósfera misteriosa de la novela depende de ese punto de vista, de la comprensión de que allí ya han pasado cosas, de que los parámetros que sirven para medir otros lugares no operan allí. Durante el viaje de ida, la profesora de matemática hace una referencia al teorema de Pitágoras aplicado al camino, para desconcierto total del conductor. En Australia eso no necesariamente se cumple.

Llega el punto incluso de que la novela contrasta las filosofías de vida de aquellos nacidos en Australia, y que han crecido en esa tierra, y los británicos recién llegados que no son capaces de comprender las dimensiones de la isla continente y no están capacitados ni para sobrevivir de verdad. Para ellos, todo es extraño y desconcertante. En febrero hace mucho calor.

Esa invasión está presente desde el mismo principio, con unas primeras páginas antológicas. El colegio en sí se presenta como una monstruosidad, algo totalmente fuera de lugar, una presencia impostada, algo que no debería estar. Una fuerza corrupta.

Las niñas sin embargo se presentan como seres a medio camino, todavía en transición. Todavía con cierta sintonía con lo natural, con la tierra y el aire. Pero ya a punto de pasar a la sociedad. Las niñas en esta novela son totalmente liminares.

Y nadie representa mejor la invasión que la directora del colegio, la señora Appleyard. Ella representa las reglas, los tiempos humanos, las cronologías, las costumbres sociales, el decoro, los intentos de controlar un mundo que no se deja, el deseo de orden… Frente a una naturaleza caótica, irreal, compleja, llena de vida, impasible, azarosa, ensoñadora, eterna… La roca posee una mirada de millones de años.

La señora Appleyard no puede estar más alejada de lo natural, insiste la novela una y otra vez. La directora encorseta, limita y marca los modelos de la sociedad.

¿Y la ausencia?

Pues los aborígenes australianos. Ellos estaban allí. No es verdad que Australia estuviese vacía. Hanging Rock era el hogar de alguien. Allí vivían unas personas a las que expulsaron para crear una zona de picnic. La desaparición que se cuenta en la novela remite a la desaparición histórica.

No tengo claro qué esperaba al empezar a la lectura de «Picnic en Hanging Rock». Ciertamente no me esperaba esa reflexión sobre mundos enfrentados, sobre escalas temporales tan incompatibles, una novela que reflexiona sobre la destrucción causada por cada paso que dan los personajes. Ciertamente no esperaba una novela tan increíblemente ecológica, en el sentido de que la naturaleza misma es uno de los protagonistas esenciales de la novela, parte de una dualidad fundamental.

Francamente, me pareció una obra maestra que merece una lectura atenta.

Y si quieres otro libro consciente del lugar en el que se desarrolla, no puedo sino recomendarte «El bebedor de vino de palma», de Amos Tutuola, con su asombrosa reelaboración de la tradición oral yoruba.

Por lo demás, deja tus opiniones, comentarios y recomendaciones. Y recuerda, si te interesa ver más vídeos sobre lecturas que valen la pena, ya sabes: suscríbete. Hay un botón por ahí debajo.

Gracias y hasta la próxima.

Categoría: Ficción, Libros

Pedro Jorge Romero