La muerte: Una reflexión filosófica, de Todd May

Todd May es asesor filosófico de la serie «The Good Place», porque su libro «La muerte: Una reflexión filosófica» es un certero análisis de nuestra mortalidad.

Lo publica Biblioteca Buridán.

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Después del vídeo tienes la transcripción del contenido.

TRANSCRIPCIÓN

¡Ay, pobre Yorick!

Yo le conocía, Horacio. Tenía un humor incansable, una agudeza asombrosa.

Hola. Tengo una mala noticia. Vamos a morir. Algún día. Es una faena, sí, lo sé. Pero Todd May en «La muerte: Una reflexión filosófica» intenta acotar los límites de semejante jugarreta.

Lo publica Biblioteca Buridán con traducción de Josep Sarret Grau.

Qué depresión, pero no queda otra que empezar.

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Es muy posible que el nombre de Todd May no te suene de nada. Tampoco es que los nombres de profesores de filosofía salgan habitualmente en las conversaciones. Pero es muy posible que te suene la serie a la que asesora: «The Good Place», las aventuras de Eleanor Shellstrop, Chidi, Jason y Tahani. Una serie que precisamente se inicia con la muerte de los protagonistas.

Cuentan que justo este libro, «La muerte: Una reflexión filosófica», acabó en manos del creador de la serie, Michael Schur, y el resto es historia. Alguien se tiene que asegurar que los chistes sobre Kant y Aristóteles tengan sentido.

Pero vamos al libro.

Nace, por supuesto, de la percepción de la mortalidad, esos momentos donde recordamos que vamos a morir y hasta pensamos: “mira, me toca hoy”. Todd May parte de una anécdota de ese estilo.

El primero de los tres capítulos caracteriza la muerte en sí. La muerte es, nos dice, de todos los hechos importantes de la vida, el más importante, porque la muerte colapsa todos los demás.

La muerte ni siquiera es un final, como acaban las novelas o las películas. Es una interrupción. Es el cese de las experiencias. Es la destrucción de los placeres. La muerte es inevitable e incierta.

No es nada nuevo, claro. Ya el mismo Eclesiastés nos advertía que todo es vacuidad, solo vacuidad y nada más que vacuidad. O como olvidar a los grandes filósofos, Bill y Ted.

Pero por si todo lo anterior fuese poco, la muerte además hace que dudemos del sentido del mundo.

Es decir, para qué esforzarnos, para qué hacer, si al final todo va a desaparecer. ¿Qué sentido tiene cualquier acto humano frente a la eternidad? ¿Cuál es el valor de una vida humana si está condenada a desaparecer?

Todd May va exponiendo varias tradiciones filosóficas y varias opciones. Por ejemplo, Epícuro y su idea de que no debemos temer a la muerte porque es algo que jamás experimentaremos. No suena nada convincente. O Nagel, sobre la valía intrínseca de vivir. El simple hecho de estar vivo.

Por supuesto, te habrás dado cuenta de que el tono del libro es totalmente ateo. Da por supuesto que no hay nada más allá y cuando se refiere a las religiones lo hace en el contexto de intentar contener el conocimiento de que vamos a morir.

Porque esa es la cuestión. Sabemos que vamos a morir. Si no lo supiésemos, pues tampoco pasaría nada. Pero la muerte pesa sobre todos nuestros actos y todos los segundos de nuestra existencia.

El segundo capítulo recurre nada menos que a Borges y su cuento “El inmortal”. Es decir, la otra opción. ¿Cómo sería eso de no morir? ¿Cómo se comportaría un inmortal? Alguien eternamente de mediana edad, por ejemplo, que supiese que no va a morir jamás. ¿Cómo encararía el mundo? ¿Cómo podría decidirse a hacer algo si siempre queda tiempo para emprender cualquier proyecto? La eternidad futura siempre será mayor que cualquier pasado.

Su conclusión es que la inmortalidad es incompatible con la humanidad. Que la inmortalidad borraría el sentido de nuestras vidas tanto como lo hace la muerte.

Yo recelo mucho de los textos que pretenden demostrar que la inmortalidad sería tremendamente aburrida, una infinita extensión de tedio. Siempre me pregunto si no será un fallo de imaginación.

Además, ¿no podría probar? Digamos, ¿vivir un millón de año? ¿Vale? O medio millón, ¿no? ¿1000? ¿Mil años y luego cuento qué tal, si me he aburrido mucho? ¿Quinientos? No es más que un parpadeo comparado con la eternidad. Un breve experimento. Tampoco pido tanto. ¿Vale? ¿Puede ser? ¿Por probar?

No, no puede ser. No a menos que se produzca un cambio tecnológico por ahora ni siquiera planteable. Y tampoco el argumento del libro es que la inmortalidad sea mala en sí. El problema es que la inmortalidad no sería humana. Ser inmortal sería ser algo completamente diferente a un ser humano. Lo cual no sería un problema si fuese una opción…

Pero resulta que como seres humanos que somos, seres que saben que van a morir, es justo la muerte lo que dota de sentido a nuestras acciones. La paradoja es que la muerte da sentido a nuestras acciones, pero no hay un buen momento para morir. La paradoja es que la muerte nos hace humanos, pero morirse es una faena.

He ahí el problema.

Y a eso dedica el tercer capítulo, a intentar resolver esa paradoja. O mejor dicho, a buscar la forma de integrarla en nuestra vida. Tarea para la que vuelve a recurrir a distintas tradiciones filosóficas para luego integrarlas en su respuesta final.

¿Lo que propone en ese capítulo final es la respuesta? ¿Es la mejor manera de vivir con el conocimiento de la muerte? Eso es lo que cada uno debe decidir por su cuenta.

Me gustó mucho este libro. No estoy de acuerdo con algunos de los argumentos, y creo que el budismo y el estoicismo no son tan limitados como da a entender. Pero me gusta mucho la forma en que lo cuenta y lo claramente que muestra la paradoja humana de la muerte. Incluso su respuesta, si debo decir la verdad, me parece bastante razonable.

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Gracias y hasta la próxima.

Categoría: Ensayo, Libros

Pedro Jorge Romero