La muerte de Gregorio

 

Un cuento que escribí como regalo de cumpleaños.

 

Cuando entró en el corral y vio como el gallo ponía un huevo supo que aquel no sería un buen día.

Poco después, cuando el sol ya casi había surgido definitivamente de detrás del elevado pico cubierto de nieve, oyó a una gallina cantar como si fuese el gallo. Más tarde, vio a un perenquén entrar y salir siete veces, las contó, de su madriguera en una pared vetusta que llevaba allí desde siempre. Mientras trabajaba en el campo, dejando que el camello fuese trazando los surcos, una bandada de cuervos voló sobre su cabeza.

Y así, poco a poco, como suceden estas cosas, fue acumulando más portento: al ir a beber se le cruzó un cojo, escuchó lejano el canto de un peroluís, recordó, finalmente, que antes de despertar había soñado con una boda y que en ayunas había visto una araña.

Por si todo eso fuese poco, además era día trece.

El peso de tanta prueba le reafirmó el profundo convencimiento de que aquel habría de ser un día extraño. Recogió lo útiles de labranza, guardó al camello, entró en casa y se metió en la cama.

Su esposa, María, lo encontró de esa guisa, con la manta hasta el cuello y los ojos fijos en la pared, murmurando algún ensalmo que de niño había aprendido de su madre. “¿Qué te pasa, cristiano?” preguntó ella y Gregorio le contó lo que le había sucedido esa mañana, repasando punto por punto todo el memorial de agravios, y remató el relato con un “me voy a morir hoy” quejumbroso.

María sopesó la cuestión durante unos momentos. Bien era cierto que Gregorio, como ya había anotado el día de la boda cuando uno por uno todos sus familiares se lo susurraron al oído, tenía las orejas pequeñas y eso evidenciaba una muerte pronta. También era cierto que los acontecimientos de la mañana que había relatado eran preocupantes. No tanto cada uno de ellos, ya que individualmente podían ser producto de la simple mala suerte, sino por su insistente cadencia, su machacona terquedad en manifestarse una y otra vez. Cuando el mundo quiere decirte algo puede que sea sutil, pero siempre es insistente.

Sin embargo, porque María era ante todo una mujer práctica que se tomaba los mensajes del más allá muy en serio pero prefería tener los pies pisando bien el más acá, era preciso asegurarse.

Su primer paso fue llamar a una sobrina suya que acababa de parir un hermoso nano. No fue complicado, porque el suyo era uno de los pueblos más pequeños de la Isla de los Perros y prácticamente le bastó acercarse a la puerta, dar unas voces y dejar que los vecinos fuesen transmitiendo el mensaje. Al poco la joven se presentó en casa y pudieron dar comienzo presto a la prueba. Tras casi nada de espera pudieron obtener un vaso con la orina del presunto moribundo y en ella vertieron unas gotas de la leche de la nueva madre.

Las dos mujeres, una más preocupada que la otra y la otra sobre todo dejándose llevar por la novelería y deseando escapar un poco de casa, observaron atentamente el líquido durante unas horas (con alguna salida ocasional para dar usos más normales a la leche). Pero la espera no les valió de nada: estaba claro que la leche se negaba a cuajar.

Mala señal, mala señal.

Las mujeres, algo desesperadas y también un poco envalentonadas, optaron por otras medidas más drásticas.

El mudo Gregorio seguía con la vista fija en la pared blanca, por lo que no hubo problema en coger el naife y acercarse hasta él sin que sospechase nada. Con jeito, y sin oposición del pobre hombre que parecía totalmente perdido, le hicieron un corte en el pulgar. Procedieron entonces a dejar caer una gota de esa sangre en un vaso de agua.

No sucedió lo que hubiesen querido que sucediese. Horrorizadas, pero ya también resignadas, vieron a la gota de agua disolverse en la superficie, en lugar de descender segura hasta el fondo. Constataron así lo temido: todo apuntaba a que Gregorio moriría ese mismo día.

A estas alturas, como era de esperar, el pueblo de goleores ya se había arremolinado alrededor de la puerta de Gregorio y María. No a todos les movía el morbo y las ganas de presenciar las novedades, escasas en el pueblo. Algunos eran amigos de siempre de Gregorio y se habían acercado sinceramente preocupados. Estaba allí Pedrín el Pintarrojas, por ejemplo, que había venido acompañado de unas sardinas a modo de presente. También se había acercado Pancho el del Pescao, quien, curiosamente, no tenía nada que ver con la pesca y ejercía la profesión de zapatero remendón. Pepe el del Alpiste sí que se dedicaba al cuidado de pájaros, que teñía de vivos colores para vender como aves exóticas a los adinerados de la capital, y también se había interesado por la situación.

En cualquier caso, es fácil imaginar que allí todos ofrecían sus remedios y posibles soluciones. Cada uno seguía su tradición, la de su pueblo, la de su iglesia o simplemente lo que fuese que hubiesen aprendido de sus padres en aquellos momentos en los que la enfermedad o el descuido exigía los cuidados de los progenitores. Todos estaban de acuerdo en que era una oportunidad única eso de estar sobre aviso, porque se tenía la opción de aplicar remedios que serían imposibles si la situación se hubiese desarrollado de improviso.

María no acababa de creer que nada de aquello sirviese de algo. Pero en vista de que Gregorio seguía en la atenta contemplación de la pared encalada y no parecía dispuesto a ocuparse de la situación, ella estaba más que dispuesta a ejercer el mando e ir moviendo todos los hilos.

Primero trajeron a un animal a la casa, con la idea de intentar confundir a la muerte y lograr que ésta, debidamente desorientada, se llevase a una bestia en lugar de la otra. Ataron al perro, pues se trataba de un perro, a la pata de la cama y allí lo dejaron sentado. El perro, que no acababa de entender demasiado bien que hacía allí, se puso a dar vueltas a la pata de la cama hasta que las cuerda con que le habían atado estuvo completamente enrollada, y al pobre animal no le quedó más remedio que acomodarse con la cabeza algo inclinada porque ni desenrollarse sabía.

Como segunda medida, alguien propuso volver a orientar la cama, porque todos sabían, o eso dijo el origen de la idea, que la muerte sólo te lleva si se coloca en la cabecera, mientras que si se sitúa a los pies no tienes nada que temer. Demuestra la confusión de la situación el que les llevase varios minutos de esfuerzos de varios hombres y mujeres empujando cada uno la cama de un lado al otro el comprender que daba un poco igual dónde caía el cabecero o no. Allí donde estuviese, estaría, y la muerte no tendría problemas en dar con él.

La tercera medida fue muy bien recibida. Se trataba nuevamente de un engaño, pero en esta ocasión de tipo más festivo. Se juntaron los que pudieron en el chaplón de la casa, encendieron una fogalera justo enfrente, se trajo vino, queso de cabra, pan y chorizo de Teror. No había ninguna obra, pero pronto empezaron los cantos y la noche se llenó de folías y canciones de viejos y viejas.

El propósito de la operación era doble. Por un lado, hacer creer a la muerte que allí donde la gente estaba tan animada era imposible que se estuviese muriendo nadie. Por otra parte, si se producía lo peor, la parte del velatorio dedicada a honrar al difunto ya estaría en marcha.

A todo esto, Gregorio seguía oculto en la cama. Como de vez en cuando se le acercaba alguien a preguntarle “¿Me conoces Gregorito?” y oía también la fiesta del exterior, no podía evitar sentir que por algún salto extraño del tiempo se encontraba ya en Carnavales. Pero no había mascaritas y tampoco vientres hinchados de pescado. No, debía ser por él. Sí, por él.

María se le acercó y le dio un beso en la frente.

Pasadas unas horas, mientras los timples rasgaban la noche y las alegres plañideras se turnaban para entonar las rimas correspondientes, Gregorio murió, todavía mirando a la pared, apenas exhalando su suspiro. Nadie vio entrar o salir a la muerte, porque siempre va oculta e invisible.

Poco después dieron las doce de la noche.

No fue, sin embargo, una transición tan brusca como podría suponerse. Al extraño día de Gregorio le quedaban todavía sorpresas, siendo una de ellas encontrarse en su cuarto, mirándose a él mismo en la cama, ya muerto. En realidad, razonó Gregorio, sigue habiendo sólo uno de nosotros. El otro ya está muerto y por tanto ya ha dejado de existir. Yo debo ser su espíritu o fantasma, y por tanto con legítimo derecho a identificarme como Gregorio.

Aunque estaba claro que tal reafirmación de su yo no iba a servirle de mucho, porque evidentemente nadie podía verle. En cuanto comprobaron su muerte, la fiesta cambió de carácter y Gregorio se encontró rodeado, atravesado y en general arrempujado de gente que se dedicaba ahora a preparar un entierro.

Desde la posición de tranquilidad que le daba el haber pasado a mejor vida, vio como pedían un ataúd, cómo preparaban su cuerpo, cómo llamaban al sacerdote (cosa que, pensó, ya podrían haber hecho cuando todavía le quedaba vida terrenal). También se pusieron a decidir quién cargaría con el féretro y en qué tartana lo llevarían. Pancho se ofreció a usar su camión. Pero al final optaron por cargarlo entre varios amigos e ir a pie. En el caso de Pepe, que siempre iba cambado y por tanto escorado ligeramente a la derecha, decidieron que portaría la parte menos complicada del féretro.

Y así, poco a poco, lo decidieron todo. Un ajetreo tranquilo, le pareció a Gregorio, un apresurarse por algo que bien podía esperar unas horas. Sucedía todo con precisión de reloj, sin mayores problemas y sin dificultades que la buena voluntad no pudiese resolver. Comprobó aliviado que sus amigos, vecinos, familiares y demás implicados habían decidido sin realmente hablarlo que María no se ocupase de nada, que la viuda nueva se limitase a soportar el dolor sin tener encima que ocuparse de la intendencia.

De tal forma pasó Gregorio su primera noche en ese lugar incierto entre la vida y la muerte.

Roque Cinchado © 2015 David García Pérez

Roque Cinchado © 2015 David García Pérez

Guayota, el demonio, era un perro enorme de largo pelaje negro como la noche, como la tinta más oscura, como el corazón de un asesino o como cualquier otro símil que le venga uno a la miente. Vivía Guayota en lo más alto del volcán Echeyde, que dominaba por completo el centro de la isla. Es más, podría decirse que el Echeyde y la isla eran uno y sólo uno. La boca del volcán era la entrada directa al infierno, pero a Guayota ya no le gustaba tanto después de aquel desafortunado incidente que le había dejado atrapado durante siglos en el interior del volcán. No, ahora Guayota prefería estar fuera, correr con los tibicenas o sentarse en la nieve. Aunque en realidad, de lo que más disfrutaba Guayota era de seguir a los neveros, en su obstinada labor de trepar hasta allá arriba, recoger nieve y llevarle de nuevo a los pueblos para darle el uso adecuado. A Guayota toda la operación se le antojaba pintada de claros ecos de Sísifo. Tanto esfuerzo para recoger nieve que luego acabaría en una caja para conservar alimentos unos días. Nieve que finalmente se fundiría y habría que reponer, iniciando nuevamente el ciclo. Los humanos eran, le parecía, seres extraños, embarcados en extraños rituales. Quizá fuese su corta vida, pensaba, ya que siendo él inmortal todos los aspectos de la existencia le resultaban razonablemente similares.

Pero hoy había trabajo.

Se había producido una muerte en un pueblo de la isla. Era preciso ir a comprobar si el difunto merecería el infierno. Le resultaba un poco extraño que les cosas fuesen así. Igualmente podría otro ente supraterrenal haberse ocupado de decidir si el difunto merecía otra cosa, y en el caso de ser material de infierno enviárselo a él. Pero no, el infierno era la opción inicial. Quizá tal organización fuese un juicio sobre el carácter último de la humanidad.

Daba igual.

Guayota comenzó a correr Echeyde abajo. Su forma negra se movía rauda sobre la nieve, tan oscura sobre el blanco que parecía más bien una mancha de tinta que fuese rodando por un papel que sin embargo no lograba manchar. Guayota sintió el frío en la cara, pero estaba más que acostumbrado. Algunos tibicenas, canes menores de la Isla de los Perros, le siguieron juguetones durante parte del trayecto. Sin embargo, se detuvieron en cuanto la montaña perdió la nieve y dio paso a una vegetación más normal. Pero Guayota siguió su camino.

Recorrió senderos polvorientos, con el paisaje oscilando rápidamente entre el rigor del volcán y la suavidad del bosque verde de plantas suculentas. Podría haber ido más rápido, pero a Guayota en realidad no le molestaban estos paseos. Le gustaba la distracción, le gustaba pasearse por entre los humanos, le gustaba mirar las almas de los difuntos y, ocasionalmente, le gustaba cargar con alguno de vuelta al Echeyde. Ahora que lo pensaba, quizá por esa razón éste era su trabajo.

Entro en el pueblo a eso de las once, justo cuando partía el cortejo fúnebre de la casa. Habían sido muy rápidos. Guayota se mantuvo inicialmente a distancia, observando. Las ropas eran tan pobres, los semblantes tan serios y adustos. Sin embargo, Guayota sabía que luego se dedicarían a beber y a celebrar la vida del difunto. Más tarde dormirían, porque el dolor persiste, pero la carne es débil y no puede sostenerlo continuamente. Con el tiempo, el muerto se convertiría en leyenda, y en las tabernas y bares, con un vaso de aguardiente en las manos, contarían aquella vez que el muerto perdió al camello o cuando presa de una borrachera acabó dormido entre aulagas. Su vida se convertiría en fábula.

Habían llegado a medio camino del camposanto cuando Guayota se acercó al fin. Se movió por entre los presentes, su enorme forma deslizándose casi sin problemas por entre las piernas. Todos le veían, porque, por supuesto, no era invisible, pero todos hacían como que no le veían, porque eran precavidos. Guayota era el mal, el demonio, y hay cosas que es mejor hacer como que no están. No es que el enorme perro lanudo y negro tuviese nada contra ellos. Cumplía su función, nada más, y para él mal y bien eran categorías arbitrarías. Le había tocado una como podría haberle tocado otra.

Vio a la viuda, toda vestida de negro de arriba a abajo. Contenía las lágrimas, quizá porque ya había llorado más que suficiente, y miraba al infinito. Caminaba a pasos lentos, apoyándose en los brazos de sus cuñadas, también vestidas de negro. El féretro iba detrás, cargado con más o menos cuidado. El muerto pesaba poco, estaba claro, y aquello era como enterrar una sardina.

Y allí estaba el difunto. Una fantasma, un alma perdida en un mundo que ya no era suyo. Guayota lo miró de arriba a abajo. Todos le vieron mirarle, aunque no pudiesen ver al muerto. La forma en que el perro movía la cabeza, cómo desplazaba las patas. Estaba claro que juzgaba, que sopesaba acciones y vidas. Guayota en la cabeza llevaba una balanza.

Gregorio miró a Guayota a los ojos. No le tenía miedo. De hecho, sentía algo de curiosidad. Mientras se movían en sincronía, todavía avanzando a la sepultura que ya estaba cavada, se preguntó qué estaría viendo Guayota. ¿Qué había hecho en su vida que mereciese tal examen? ¿Hasta qué fibra de su ser estaría analizando el demonio?

Se detuvieron. Dejaron el féretro en el suelo.

El sacerdote empezó a hablar. Una referencia a Achamán fue lo último que escuchó Guayota al darse la vuelta y alejarse de allí. Aquel hombre no era suyo y por tanto nada tenía que hacer allí.

Playa de Benijo © 2015 David García Pérez

Vista de la playa de Benijo © 2015 David García Pérez

Ya al atardecer, María durmió al fin un poco, acompañada por una de sus sobrinas. Habían traído mucha comida a la casa, para que se alimentase bien durante los siguientes días. Luego, ya se pondrían a pensar en qué hacer con su vida. ¿Irse a vivir con otro familiar? ¿Seguir en aquella casa? ¿Buscar ayuda para le huerto? ¿Venderlo todo? Eran preguntas que pertenecían al futuro. Pero sin haber tenido nunca hijos tampoco es que abundasen las opciones.

Gregorio seguía allí, observando, le parecía que por última vez, la casa en la que había vivido durante tanto años. La había levantado él mismo, con ayuda de sus amigos, bloque a bloque. La habían encalado entre todos. Esa cocina de leña la había instalado él mismo.

Miró la llama del candil, agitándose, viva. Sintió cierto miedo a la soledad, el temor a no saber qué podría hacer a partir de ahora. Miró atentamente a una de las vigas. Estaba algo agujereada.

“Hay caruncho. Habrá que poner gasoil”, dijo una voz que le tomó por sorpresa. Se giró. Era María, claro, que se había levantado. La sobrina corrió de inmediato a la cocina a calentar algo de guiso. Lo sirvió todo en un plato sencillo, con unos cubiertop y lo colocó en la pequeña mesa de madera. La cocina no era muy grande y apenas había espacio para dos personas y el fantasma.

María se sentó a la mesa, para comer, mientras le miraba como si pudiese verle. También como si se preguntase qué hacía todavía allí. Tenía razón. Los asuntos de los vivos ya no eran los suyos. Gregorio dijo “te quiero”, aunque no supo si la mujer le oyó, y se giró hacia la puerta. Miró el fechillo que estaba pasado. Recordó que era una limitación que ya no le afectaba. Salió.

Cruzó el malpaís. Extrañamente, las piedras volcánicas no le herían lo pies. Comprendió una vez más que al estar muerto, lo elementos del mundo terrenal no le afectaban.

Durante su errancia sin rumbo a la intemperie, la noche fue cediendo ante el día. Ya empezaba a clarear el horizonte. Llegó a la playa, rocosa, agreste, donde las olas pegaban con tal fuerza que levantaban enormes muros de espuma. Se sentó, escuchado el retumbar continuo de la masa de agua estrellándose.

Contempló atentamente las olas. Los dinde, esos pequeños seres alegres, se entretenían ya jugando con las olas, atravesando la espuma, dejándose atrapar por el agua. Eran, al igual que él, seres de otro plano. Comprendió que ahora él era personaje de leyenda, de mitología, que su lugar en el orden de las cosas había cambiado radicalmente.

Y comprendió que eso tampoco tenía nada de malo. Había dejado atrás una forma de vida. Ahora se iniciaba otra.

Como siempre pasaba con los seres mortales.

El sol salió definitivamente y su luz iluminó por completo la costa de piedras negras. Gregorio lo miró directamente porque una de las ventajas de su situación actual era que la potencia de la luz ya no le hacía daño. Miró de nuevo a los dindes, con su alegría natural, sus pequeños cuerpecitos disfrutando del simple placer de la naturaleza. Él debería hacer lo mismo. Se puso en pie para entrar en el agua.

Oyó el canto del peroluís.

Supo que aquel sería un buen día.

 

Fotografías: © 2015 David García Pérez

Categoría: Cuentos

Pedro Jorge Romero