Decir que Terror Cinema (Calamar Ediciones. ISBN: 978-84-96235-23-6. 448 pp. PVP: 37,50 €) de Juan A. Pedrero Santos es un libro generosamente ilustrado sería quedarse corto. Más de 700 ilustraciones (más que página) es un torrente o una fiesta. Además, el resto de la edición no está nada mal: color por todas partes, tapa dura, cinta marcapágina, cosido y con un diseño interior que está francamente bien (las notas al lado para que sea cómoda leerlas, y créeme, vas a querer leerlas).
Del contenido no puedo opinar porque he leído lo justo para hacerme una idea rápida, pero lo poco que he visto me ha gustado mucho. Vamos, que parece ideal para cualquiera que esté interesado en el cine de terror.
De entre todos los géneros que componen el Cine Fantástico, el cine de terror es, sin duda, el que más obras maestras ha aportado a la ya larga historia del Séptimo Arte. Un género que ha ido adaptándose a los tiempos, consiguiendo ser reflejo y crisol, casi siempre velado, de las inquietudes que han perturbado al ser humano a través de los tiempos.
En este libro, profusamente ilustrado con más de 700 fotografías, fotocromos y carteles de películas a todo color, se hace un profundo repaso al cine de terror clásico a través de sus grandes obras, enmarcadas en un periodo que comienza en los mismos orígenes del cine, la época silente, pasando por la etapa dorada de la Universal, las producciones de Val Lewton, el auge de la británica Hammer, las particulares idiosincrasias del cine italiano, japonés o el fantaerror español, hasta llegar a películas claves que constituyen el punto de partida del cine de terror moderno, como La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero o Tiburón de Steven Spielberg.
Un repaso que asume la labor de contrarrestrar el hábito de las nuevas generaciones de espectadores, en peligroso feedback con la propia industria cinematográfica, que se empeñan, en consumir uno, y en producir los otros, nuevas versiones de películas antiguas que desde hace décadas tienen bien demostrada su vigencia y virtud; casi siempre con el único logro de certifir lo extraordinarias que son las películas originales ante la obligada comparación con sus correspondientes y actualizados remakes.
Proponemos al lector que se adentre en estas bellas páginas y haga un recorrido por el género a través de sus grandes clásicos.
De W.G. Beasley tuve hace poco el placer de leer The Rise of Modern Japan: Political, Economic, and Social Change Since 1850, un libro extraordinario sobre el nacimiento del Japón moderno. En dicho libro, los capítulos más interesantes eran los dedicados a la Restauración Meiji que devolvió, o eso dicen, el poder al emperador. También resulta un periodo apasionante, lleno de pequeños elementos y pistas sobre la reconversión de un país feudal. Por tanto, me alegra mucho recibir ahora del mismo autor La Restauración Meiji (Satori Ediciones. ISBN: 978-84-6118033-2. 430 páginas), un grueso volumen e ilustrado dedicado exclusivamente a ese periodo.
De la contraportada:
A mediados del siglo XIX, mientras las potencias extranjeras se industrializaban y participaban en la carrera por la colonización, Japón vivía sumido en un profundo aislamiento, con un gobierno feudal en crisis y al margen de los avances tecnológicos.
En 1853 el Comodoro Matthew Perry, al mando de una flota armada estadounidense, arribo al puerto de Uraga, cerca de Edo, demandando un tratado de apertura del país al comercio. Este hecho fue el detonante de una grave crisis política y social que se prolongó durante 15 años, y que tuvo como consecuencia el fin del feudalismo y el comienzo de una nueva era para Japón, inspirada por el gobierno del Emperador Mejiji. En un breve periodo de tiempo la sociedad japonesa, sus instituciones y sus economía se transformaron por completo, situado al país del sol naciente al nivel de las naciones más industrializadas y avanzadas de Occidente.
Por cierto, la editorial tiene otros dos títulos también muy llamativos: El Japón fantasmal de Lafcadio Hearn y Sintoismo: el camino de los kami de Sokyo Ono.
Materia extraña (Espasa. ISBN: 978-84-670-2663-4. 21,9 €) de J.J. Gómez Cadena es un thriller bastante efectivo que mezcla reflexiones sobre la ciencia con una trama de conflictos internacionales.
De la contraportada:
En el centro europeo de investigación nuclear, el CERN de Ginebra, está a punto de producirse uno de los avances científicos más importantes de todos los tiempos: el descubrimiento de un nuevo estado de la materia llamado plasma de quarks.
Sin embargo, la directora del CERN, Helena Le Guin, teme que junto a este plasma se estén formando fragmentos letales de materia extraña, capaces de iniciar una reacción en cadena que podría destruir el planeta.
Mientras Helena trata desesperadamente de hacer frente a la crisis, llegan a Ginebra Irene De Ávila, una joven y prometedora física teórica, y el mayor Héctor Espinosa, un militar americano destinado a la sede de las Naciones Unidas para trabajar en un proyecto ultrasecreto relacionado con la no proliferación de armas nucleares.
Comienza así una apasionante trama en la que convergen rivalidades científicas, arriesgadas operaciones de espionaje del más alto nivel y los avatares personales de los personajes. Una combinación de la que resulta un magnífico thriller, muy poco convencional por la alta calidad narrativa, que satisfará al lector más exigente.
Cuando lo recibí, pensé que sería el típico libro catastrofista escrito por alguien que había leído un par de artículos en Muy interesante. Pero al comprobar la biografía del autor, vi que era un físico que sabe de lo que habla y con experiencia en el propio CERN. Uno de los placeres de leerlo, por cierto, fue entretenerme intentando descubrir a qué personaje real se corresponde algunos de los personajes imaginarios. Es sobre todo un libro sin complejos que cuenta precisamente lo que quiere contar.
Y les dejo con este vídeo del autor:
Algunos de los comentarios son muy interesantes. Sobre todo, la primera referencia a la paradoja de vivir en una sociedad muy científica que no se refleja en las creaciones literarias de esa misma sociedad.
Para mí es una sensación habitual. En un periódico ves una gráfica que pretende describir un fenómeno. Pero de pronto te das cuenta de que en la gráfica hay detalles que no cuadran. Quizá algunas columnas son demasiado grandes para el cambio que se supone que representan, o quizá uno de los ejes no está especificado y no sabes que se está midiendo. Incluso es posible que no todos los elementos de la gráfica estén representando lo mismo. Es una práctica tan habitual que incluso hay toda una bitácora, adecuadamente llamada Malaprensa, dedicada a denunciar esos casos.
Esas situaciones son una demostración de las lecciones de este libro (que se presenta, jocosamente, como un manual para enseñarte a mentir usando las estadísticas): los números son números, y podemos empezar a manipularlos hasta que digan lo que queremos. Por supuesto, no todos los errores en la presentación de una estadísticas son casos de mentiras deliberadas, pero, como nos recuerda el autor, cuando los errores sistemáticamente benefician a una parte, tenemos razones para sospechar.
El texto es breve, está escrito con mucho sentido del humor pero con lógica férrea. Va desgranando técnicas para manipular la realidad (por ejemplo, confundir deliberadamente media, mediana y moda y aprender a usar la que nos conviene en cada ocasión) y enseñándonos los trucos para mentir nos va inmunizando un poco ante las mentiras.
La verdad es que vivimos en una época que se cree científica, pero en realidad es cientifista. Nos gusta pensar que tomamos decisiones basándonos en hechos objetivos, medibles, cuantificables. Pero preferimos olvidar que las cifras en sí no dicen nada, que los datos no son lo mismo que la información. Por tanto, cuando no podemos medir lo que queremos medir, medimos otra cosa y creemos haber medido lo original. Como por ejemplo cuando habiendo calculado el sueldo medio de la población decidimos que eso indica la calidad de vida o la felicidad.
Eso sí, el autor, inteligentemente nos advierte al final que rechazar todas las estadísticas simplemente porque sean fáciles de manipular no es la solución. Aboga por un proceso más similar a la lectura. Aprendemos a leer y leemos periódicamente a pesar de que las palabras se pueden usar para mentir. Debemos igualmente aprender a “estatidiscar”, a juzgar la verosimilitud de unos datos de la misma forma que somos capaces de evaluar la verosimilitud de un texto.
How to Lie with Statistics es ya un clásico. Se publicó por primera vez en 1954 y en más de cincuenta años no ha perdido nada de su utilidad. Los consejos que ofrece son tan válidos hoy como entonces. Y todo, en un texto corto y muy entretenido de leer. No todos los libros pueden decir lo mismo.