La aventura del tocador de señoras de Eduardo Mendoza

Es una desgracia como cualquier otra. Le puede pasar a cualquiera. De hecho estoy seguro que les ocurre a muchos a diario: después de leer a Eduardo Mendoza a mí lo que me pasa es que quiero escribir como Mendoza. Y claro, no puedo. Porque sería plagio aunque lo disfrace de homenaje y cada autor debería tener un estilo propio y todo eso de la literatura. Me pregunto si no sería posible que el señor Eduardo Mendoza, previo pago a éste claro está, dejara que personas normales y corrientes tomaran su puesto durante, digamos, dos horas o así, y emborronando un par de papeles en su nombre y así sentirse, durante un momento o dos, como se debe sentir un escritor que a) sabe escribir, c) se divierte haciéndolo y c) = a) + b) pero no escribe terror, ni bestselller jurídico ni libros de autoayuda espiritual ni nada de eso, sino farsa social y con bastante mala leche en el caso que nos ocupa. Una combinación por la que yo estaría dispuesto a pagar (aparte del valor del libro, claro, que esa es otra porque hay que ver lo caros que están los libros) por que me permitieran ser durante ese par de horas; y así saber como es tener éxito mientras uno se ríe de lo que ve, que no haciendo el payaso como otros. La aventura del tocador se señoras es un título ambiguo que alude tanto a las peripecias del protagonista al hacerse cargo la peluquería de su cuñado como a las tendencias, desarrolladas durante los muchos años de estancia en institución psiquiátrica, de este mismo protagonista para con las mujeres. Esos años de alojamiento a cargo del estado se ven de vez en cuando amenizados por escapadas al exterior cuando se requieren los servicios de una mente como la de nuestro anónimo protagonista. O sea, cuando alguien necesita una cabeza de turco. La primera de esas escapadas controladas fue la impresionante El misterio de la cripta embrujada, en la cual Mendoza establece el modus operandi de las tramas de las novelas de este personaje: primero sacar al personaje del manicomio, luego enfrentarlo a un enigma rocambolesco, luego dejárselo resolver y una vez resuelto el enigma devolverlo al manicomio y asegurarse de que su esfuerzo ha sido en vano. La segunda aparición, El laberinto de las aceitunas se ciñe a este patrón pero con la inventiva que le sobra a Mendoza no hay manera de que resulte aburrida. Si la primera ocurría en los primeros años de la transición, y por ende las referencias a monárquicos retentivos anales o a quejarse de los sindicatos con un “con Franco vivíamos mejor”, la segunda hurga en la sociedad catalana de los ochenta con la misma mordacidad; y de ahí ese malo que se comporta como si fuese el malo de una película de James Bond mientras no es más que un yuppie de segunda división, por ejemplo. Por no hablar del fútbol y su importancia para la trama (aparentemente ninguna pero ahí está presente en la primera y última página). La aventura del tocador de señoras es la tercera novela cronológicamente sucesiva de este personaje (que diría él mismo o algo así), y esta vez sueltan al pobre maleante sin demasiada vocación y ciudadano renuente en la Barcelona de los noventa para que se las apañe como pueda ya que se lee que el manicomio va a ser reconvertido en solar edificable y la urgencia urbanística consigue aquello que los escritos y peticiones no: que den de alta de una vez por todas al sufrido narrador y protagonista adicto a la Pepsi Cola y propenso al malentendido. Así empieza esta novela. Esta vez no hay encargo, ni amenaza ni nada, simplemente se suelta al aguerrido orate en el mundo de hoy en día (o casi) y se le deja que haga lo que pueda en la Barcelona que mira al siglo XXI con la mano firme sobre el XX. Efectivamente, los problemas no tardarán en encontrarle. Su natural tendencia a complicarse la vida con enigmas y a quedarse en calzoncillos con o sin su volición directa le llevará a escalar rápidamente por el escalafón social. Del manicomio a irse de tapas con el señor alcalde, antes conocido también por señor alcalde antes de ser señor alcalde. Claro esta que este tipo de relaciones conllevan sus peligros como atestigua el brutal atentado con bomba contra la peluquería que él mima y su implicación (más o menos voluntaria) en el caso del asesinato de un empresario. Una vez más, armado con las autojustificaciones más desternillantes y una cierta candidez especiada con un tardío sentido común, el anónimo inquilino de institución mental creado por Mendoza se las verá enfrentado a un mundo que sus habitantes deciden que es demasiado complicado como para que este lo comprenda. El resultado, por supuesto, es que el único con una visión completa y acertada de todo el asunto es el supuesto loco (que parece que sólo lo es entre las paredes del manicomio, fuera de ellas es más bien excéntrico) mientras el resto se empeña en enredarse en sus propias redes de codicia, lujuria, avaricia, envidia y apartamentos pagados en cómodos plazos. La galería de personajes de esta novela es bastante amplia: por un lado tenemos a los reincidentes en la prosa de Mendoza como son la hermana del héroe, Cándida, esta vez felizmente casada; el Comisario Flores, que esta vez tiene un corto papel en vez del más largo que antes se le adjudicó, pero claro, los años no pasan en balde aunque seas una ficción; y la fugaz aparición del Dr. Sugrañes, preclaro psiquiatra y némesis personal no admitida del protagonista. En el bando de los nuevos personajes la galería se amplía mucho: el negro Magnolio, miope y chófer que se ríe de los ridículos nombres de los blancos que conoce y que admite que todos los negros son iguales (o al menos lo eran en su poblado); el ya mencionado señor alcalde con su exquisita auto-observación psicológica aunque todo el mundo le asegure que no está loco; el fallecido empresario Perdalot, que tiene un par de intervenciones post-mortem; Ivet (I) hija de alguien; Ivet (II) hija también de otro alguien, Reinona, mujer fatal de la alta burguesía (en contraste con Ivet (II) que es mujer fatal del proletariado en lo que respecta al protagonista); Horacio Miscosillas, abogado del difunto… y demás matones, asesinos, extorsionadores y prevaricadores que en España y gran parte del mundo civilizado se conocen como “Hombres de Negocios”. Frente al tumulto de la vida moderna, Mendoza dota a su personaje de dos contundentes armas: el lenguaje y la absoluta falta de sentido del ridículo. Lo que explica como puede salir más o menos bien parado de muchas situaciones sin que haya (demasiados) heridos o muertos. En cuanto al humor de la novela, Mendoza recurre a muchas fuentes. Por un lado usa los trucos de humor surrealista de los Marx, proponiendo su versión de la escena del camarote o el simplemente surrealista con la constante relación de la lectura de los periódicos con el Tour de Francia (hay que leerlo), pero también, gracias al lenguaje antes mencionado, se las arregla para entroncar de pleno en la tradición de la picaresca sin resultar excesivo. El protagonista es en realidad en muchas cosas un anacronismo, como el celacanto quizás, pero su torrente de palabras, giros, requiebros y disculpas, aunque anticuadas a veces funcionan a la perfección por eso mismo. Lo que demuestra, más o menos, que no importa lo mucho que cambie el mundo, las cosas siguen siendo más o menos iguales para el supuesto discapacitado social que ve y comenta el mundo a su manera, divertida y algo triste al mismo tiempo, con una cierta melancolía final completamente justificada. En cuanto al final de la novela, hay que recordar que si bien el manicomio de donde fue liberado el protagonista no existe, es muy probable que la Barcelona de Mendoza tenga todos los atributos que se le exigen a uno…

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Categoría: Reseñas

Xavier Riesco Riquelme

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