35 millones de necios y un solo profeta

El crítico Harold Bloom, autor de El canon occidental y poseedor de una visión muy estricta de lo que son y no son buenas obras literarias, decidió examinar el primer libro de la serie de Harry Potter y no lo encontró nada satisfactorio. Por tanto, según él, la explicación del éxito de la serie hay que buscarla en otra parte. Su artículo lleva por título «¿Pueden equivocarse 35 millones de compradores de libros? Sí». Xavier Riesco Riquelme, con una visión algo más flexible de lo literario, tiene un punto de vista bien distinto.

Harold Bloom es un erudito.

Esto no significa que tenga razón o que sea un tipo especialmente simpático, pero le he de admitir que a arrogancia intelectual no le deben ganar muchos. Nada más comenzar su discurso en contra del fenómeno de masas conocido como Harry Potter se compara a si mismo con Hamlet empuñando la espada contra un mar de infortunios. Evidentemente es autoironía. Pero también es autoironía al final cuando se acusa a sí mismo de snobismo intelectual, con tanta humildad que sigue siendo arrogante Este que escribe si alguna vez comienza un iracundo discurso contra algo se siente más bien como Ignatius Reilly en La conjura de los necios: un poco ridículo y con manchas de mostaza en la camisa. El título de este clásico de Toole mira por donde, es otra cita de alta cultura anglosajona, concretamente de Swift. Bueno, ya he demostrado que puedo ser tan pedante como un erudito, pero en la diferencia de ambas citas estriba mi discurso contra Bloom.

Bloom cuenta al lector con toda justicia, cuales son los antecedentes de la literatura juvenil que preceden al fenómeno de Harry Potter. Tenemos a Tolkien, a Lewis y El viento entre los sauces. Tenemos Thomas Brown´s School Days como el más probable candidato a la paternidad del género de novela de escuela que tanto ha gustado a los ingleses, aunque la paternidad más cercana esté posiblemente en Enid Blyton, con esa mezcla de novela de detectives infantiles y aventuras en el patio de recreo. Sin olvidar al terrible Guillermo y sus gamberradas de cottage inglés. A lo que quiero llegar es que Bloom cita todo aquello que cita sólo para destacar que Rowling no está a la altura. El concepto de canon literario permea tan considerablemente el pensamiento de Bloom que no es capaz de una crítica sincrónica de la obra, sino diacrónica, genealógicamente sesgada y por tanto ontológicamente falsa: un libro se juzga por sí mismo, no por la altura de sus predecesores. El único ejemplo de crítica sincrónica de Bloom consiste en decir que el primer libro está mal escrito —según, claro, el canon de Bloom-, para luego volver a comparar las excelencias de los tiempos pasados. Incluso se permite cuantificar la temporalidad de la obra de Rowling prediciendo su carácter efímero… comparándolo con lo efímero del momento de gloria de Tolkien: «as J.R.R. Tolkien did, and then wane» («como ocurrió con J.R.R. Tolkien, para luego desvanecerse»). Curioso comentario, sin duda, teniendo en cuenta que la adaptación al cine de la obra más conocida de Tolkien se lleva a cabo con actores reales casi cincuenta años después de su gestación. Incluso el anuncio de tal producción se convirtió en un fenómeno de masas, bloqueando Internet (de la que parece desconfiar Bloom).

Ahora bien, cualquiera puede justificar la obra de Rowling de la misma manera que Bloom la desacredita. Charles Dickens, por ejemplo, no era un escritor intelectual o especialmente preocupado por la posteridad. Dickens escribía seriales, los antepasados de los culebrones actuales o de aquellas series sobre imperios económicos americanos que hace un par de décadas poblaban las televisiones. Y Dickens era un escritor de éxito, rescatado luego de lo popular a merced de lo poderoso de su obra en su manera de combinar la novela realista de ascenso social con elementos más románticos -o en el caso de sus villanos, casi góticos. Dickens forma parte del «canon» de la novela en occidente independientemente de la valoración que la crítica atribuya a su obra; simplemente está ahí para gusto o disgusto de los críticos. Toda la expectativa alrededor del último libro de la serie de Harry Potter me recuerda mucho a Dickens. Cuando estaba serializando The Old Curiosity Shop, Dickens tenía mucho lectores en el entonces joven país Estados Unidos. La gente iba al puerto de Nueva York para preguntar a los barcos que llegaban como seguía la novela. Hasta, claro está, el punto de hacer célebre en literatura una frase como «La pequeña Nell ha muerto»; la noticia acerca de la conclusión del serial de Dickens fue uno de los primeros sucesos artísticos transoceánicos de carácter igualitario, y como tal se gritaba como repuesta desde los barcos que llegaban del Viejo Continente. Lo mismo, diría yo, pasa con Rowling y la expectación que ha despertado el nuevo libro entre sus lectores. Eso sí, el mundo en el que vivimos no es el mundo de Dickens, y Rowling se ha cuidado muy mucho de revelar quién es el cadáver en su novela hasta que se ha publicado, previendo quizás gritos de una costa a otra con el nombre del difunto personaje.

Para terminar como empecé, la frase completa de Swift que define al irreverentemente paranoico Ignatius era «Cuando nace un genio, todos los necios se conjuran contra él»… Quién es el genio y quién el necio profeta es algo que el tiempo dirá. Hasta entonces, más nos vale suspender las opiniones y dedicarnos a disfrutar de lo que nos gusta, cosa que por mucho aparato crítico que le sea impuesto, no deja de ser una cuestión de elección personal.

Pero en el fondo, lo que parece fastidiar a Bloom es que treinta y cinco millones de personas hayan elegido el mismo libro sin pedirle su opinión.

Categoría: Libros

Xavier Riesco Riquelme

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