La muerte de Gregorio

 

Un cuento que escribí como regalo de cumpleaños.

 

Cuando entró en el corral y vio como el gallo ponía un huevo supo que aquel no sería un buen día.

Poco después, cuando el sol ya casi había surgido definitivamente de detrás del elevado pico cubierto de nieve, oyó a una gallina cantar como si fuese el gallo. Más tarde, vio a un perenquén entrar y salir siete veces, las contó, de su madriguera en una pared vetusta que llevaba allí desde siempre. Mientras trabajaba en el campo, dejando que el camello fuese trazando los surcos, una bandada de cuervos voló sobre su cabeza.

Y así, poco a poco, como suceden estas cosas, fue acumulando más portento: al ir a beber se le cruzó un cojo, escuchó lejano el canto de un peroluís, recordó, finalmente, que antes de despertar había soñado con una boda y que en ayunas había visto una araña.

Por si todo eso fuese poco, además era día trece.

El peso de tanta prueba le reafirmó el profundo convencimiento de que aquel habría de ser un día extraño. Recogió lo útiles de labranza, guardó al camello, entró en casa y se metió en la cama.

Su esposa, María, lo encontró de esa guisa, con la manta hasta el cuello y los ojos fijos en la pared, murmurando algún ensalmo que de niño había aprendido de su madre. “¿Qué te pasa, cristiano?” preguntó ella y Gregorio le contó lo que le había sucedido esa mañana, repasando punto por punto todo el memorial de agravios, y remató el relato con un “me voy a morir hoy” quejumbroso.

María sopesó la cuestión durante unos momentos. Bien era cierto que Gregorio, como ya había anotado el día de la boda cuando uno por uno todos sus familiares se lo susurraron al oído, tenía las orejas pequeñas y eso evidenciaba una muerte pronta. También era cierto que los acontecimientos de la mañana que había relatado eran preocupantes. No tanto cada uno de ellos, ya que individualmente podían ser producto de la simple mala suerte, sino por su insistente cadencia, su machacona terquedad en manifestarse una y otra vez. Cuando el mundo quiere decirte algo puede que sea sutil, pero siempre es insistente.

Sin embargo, porque María era ante todo una mujer práctica que se tomaba los mensajes del más allá muy en serio pero prefería tener los pies pisando bien el más acá, era preciso asegurarse.

Su primer paso fue llamar a una sobrina suya que acababa de parir un hermoso nano. No fue complicado, porque el suyo era uno de los pueblos más pequeños de la Isla de los Perros y prácticamente le bastó acercarse a la puerta, dar unas voces y dejar que los vecinos fuesen transmitiendo el mensaje. Al poco la joven se presentó en casa y pudieron dar comienzo presto a la prueba. Tras casi nada de espera pudieron obtener un vaso con la orina del presunto moribundo y en ella vertieron unas gotas de la leche de la nueva madre.

Las dos mujeres, una más preocupada que la otra y la otra sobre todo dejándose llevar por la novelería y deseando escapar un poco de casa, observaron atentamente el líquido durante unas horas (con alguna salida ocasional para dar usos más normales a la leche). Pero la espera no les valió de nada: estaba claro que la leche se negaba a cuajar.

Mala señal, mala señal.

Las mujeres, algo desesperadas y también un poco envalentonadas, optaron por otras medidas más drásticas.

El mudo Gregorio seguía con la vista fija en la pared blanca, por lo que no hubo problema en coger el naife y acercarse hasta él sin que sospechase nada. Con jeito, y sin oposición del pobre hombre que parecía totalmente perdido, le hicieron un corte en el pulgar. Procedieron entonces a dejar caer una gota de esa sangre en un vaso de agua.

No sucedió lo que hubiesen querido que sucediese. Horrorizadas, pero ya también resignadas, vieron a la gota de agua disolverse en la superficie, en lugar de descender segura hasta el fondo. Constataron así lo temido: todo apuntaba a que Gregorio moriría ese mismo día.

A estas alturas, como era de esperar, el pueblo de goleores ya se había arremolinado alrededor de la puerta de Gregorio y María. No a todos les movía el morbo y las ganas de presenciar las novedades, escasas en el pueblo. Algunos eran amigos de siempre de Gregorio y se habían acercado sinceramente preocupados. Estaba allí Pedrín el Pintarrojas, por ejemplo, que había venido acompañado de unas sardinas a modo de presente. También se había acercado Pancho el del Pescao, quien, curiosamente, no tenía nada que ver con la pesca y ejercía la profesión de zapatero remendón. Pepe el del Alpiste sí que se dedicaba al cuidado de pájaros, que teñía de vivos colores para vender como aves exóticas a los adinerados de la capital, y también se había interesado por la situación.

En cualquier caso, es fácil imaginar que allí todos ofrecían sus remedios y posibles soluciones. Cada uno seguía su tradición, la de su pueblo, la de su iglesia o simplemente lo que fuese que hubiesen aprendido de sus padres en aquellos momentos en los que la enfermedad o el descuido exigía los cuidados de los progenitores. Todos estaban de acuerdo en que era una oportunidad única eso de estar sobre aviso, porque se tenía la opción de aplicar remedios que serían imposibles si la situación se hubiese desarrollado de improviso.

María no acababa de creer que nada de aquello sirviese de algo. Pero en vista de que Gregorio seguía en la atenta contemplación de la pared encalada y no parecía dispuesto a ocuparse de la situación, ella estaba más que dispuesta a ejercer el mando e ir moviendo todos los hilos.

Primero trajeron a un animal a la casa, con la idea de intentar confundir a la muerte y lograr que ésta, debidamente desorientada, se llevase a una bestia en lugar de la otra. Ataron al perro, pues se trataba de un perro, a la pata de la cama y allí lo dejaron sentado. El perro, que no acababa de entender demasiado bien que hacía allí, se puso a dar vueltas a la pata de la cama hasta que las cuerda con que le habían atado estuvo completamente enrollada, y al pobre animal no le quedó más remedio que acomodarse con la cabeza algo inclinada porque ni desenrollarse sabía.

Como segunda medida, alguien propuso volver a orientar la cama, porque todos sabían, o eso dijo el origen de la idea, que la muerte sólo te lleva si se coloca en la cabecera, mientras que si se sitúa a los pies no tienes nada que temer. Demuestra la confusión de la situación el que les llevase varios minutos de esfuerzos de varios hombres y mujeres empujando cada uno la cama de un lado al otro el comprender que daba un poco igual dónde caía el cabecero o no. Allí donde estuviese, estaría, y la muerte no tendría problemas en dar con él.

La tercera medida fue muy bien recibida. Se trataba nuevamente de un engaño, pero en esta ocasión de tipo más festivo. Se juntaron los que pudieron en el chaplón de la casa, encendieron una fogalera justo enfrente, se trajo vino, queso de cabra, pan y chorizo de Teror. No había ninguna obra, pero pronto empezaron los cantos y la noche se llenó de folías y canciones de viejos y viejas.

El propósito de la operación era doble. Por un lado, hacer creer a la muerte que allí donde la gente estaba tan animada era imposible que se estuviese muriendo nadie. Por otra parte, si se producía lo peor, la parte del velatorio dedicada a honrar al difunto ya estaría en marcha.

A todo esto, Gregorio seguía oculto en la cama. Como de vez en cuando se le acercaba alguien a preguntarle “¿Me conoces Gregorito?” y oía también la fiesta del exterior, no podía evitar sentir que por algún salto extraño del tiempo se encontraba ya en Carnavales. Pero no había mascaritas y tampoco vientres hinchados de pescado. No, debía ser por él. Sí, por él.

María se le acercó y le dio un beso en la frente.

Pasadas unas horas, mientras los timples rasgaban la noche y las alegres plañideras se turnaban para entonar las rimas correspondientes, Gregorio murió, todavía mirando a la pared, apenas exhalando su suspiro. Nadie vio entrar o salir a la muerte, porque siempre va oculta e invisible.

Poco después dieron las doce de la noche.

No fue, sin embargo, una transición tan brusca como podría suponerse. Al extraño día de Gregorio le quedaban todavía sorpresas, siendo una de ellas encontrarse en su cuarto, mirándose a él mismo en la cama, ya muerto. En realidad, razonó Gregorio, sigue habiendo sólo uno de nosotros. El otro ya está muerto y por tanto ya ha dejado de existir. Yo debo ser su espíritu o fantasma, y por tanto con legítimo derecho a identificarme como Gregorio.

Aunque estaba claro que tal reafirmación de su yo no iba a servirle de mucho, porque evidentemente nadie podía verle. En cuanto comprobaron su muerte, la fiesta cambió de carácter y Gregorio se encontró rodeado, atravesado y en general arrempujado de gente que se dedicaba ahora a preparar un entierro.

Desde la posición de tranquilidad que le daba el haber pasado a mejor vida, vio como pedían un ataúd, cómo preparaban su cuerpo, cómo llamaban al sacerdote (cosa que, pensó, ya podrían haber hecho cuando todavía le quedaba vida terrenal). También se pusieron a decidir quién cargaría con el féretro y en qué tartana lo llevarían. Pancho se ofreció a usar su camión. Pero al final optaron por cargarlo entre varios amigos e ir a pie. En el caso de Pepe, que siempre iba cambado y por tanto escorado ligeramente a la derecha, decidieron que portaría la parte menos complicada del féretro.

Y así, poco a poco, lo decidieron todo. Un ajetreo tranquilo, le pareció a Gregorio, un apresurarse por algo que bien podía esperar unas horas. Sucedía todo con precisión de reloj, sin mayores problemas y sin dificultades que la buena voluntad no pudiese resolver. Comprobó aliviado que sus amigos, vecinos, familiares y demás implicados habían decidido sin realmente hablarlo que María no se ocupase de nada, que la viuda nueva se limitase a soportar el dolor sin tener encima que ocuparse de la intendencia.

De tal forma pasó Gregorio su primera noche en ese lugar incierto entre la vida y la muerte.

Roque Cinchado © 2015 David García Pérez

Roque Cinchado © 2015 David García Pérez

Guayota, el demonio, era un perro enorme de largo pelaje negro como la noche, como la tinta más oscura, como el corazón de un asesino o como cualquier otro símil que le venga uno a la miente. Vivía Guayota en lo más alto del volcán Echeyde, que dominaba por completo el centro de la isla. Es más, podría decirse que el Echeyde y la isla eran uno y sólo uno. La boca del volcán era la entrada directa al infierno, pero a Guayota ya no le gustaba tanto después de aquel desafortunado incidente que le había dejado atrapado durante siglos en el interior del volcán. No, ahora Guayota prefería estar fuera, correr con los tibicenas o sentarse en la nieve. Aunque en realidad, de lo que más disfrutaba Guayota era de seguir a los neveros, en su obstinada labor de trepar hasta allá arriba, recoger nieve y llevarle de nuevo a los pueblos para darle el uso adecuado. A Guayota toda la operación se le antojaba pintada de claros ecos de Sísifo. Tanto esfuerzo para recoger nieve que luego acabaría en una caja para conservar alimentos unos días. Nieve que finalmente se fundiría y habría que reponer, iniciando nuevamente el ciclo. Los humanos eran, le parecía, seres extraños, embarcados en extraños rituales. Quizá fuese su corta vida, pensaba, ya que siendo él inmortal todos los aspectos de la existencia le resultaban razonablemente similares.

Pero hoy había trabajo.

Se había producido una muerte en un pueblo de la isla. Era preciso ir a comprobar si el difunto merecería el infierno. Le resultaba un poco extraño que les cosas fuesen así. Igualmente podría otro ente supraterrenal haberse ocupado de decidir si el difunto merecía otra cosa, y en el caso de ser material de infierno enviárselo a él. Pero no, el infierno era la opción inicial. Quizá tal organización fuese un juicio sobre el carácter último de la humanidad.

Daba igual.

Guayota comenzó a correr Echeyde abajo. Su forma negra se movía rauda sobre la nieve, tan oscura sobre el blanco que parecía más bien una mancha de tinta que fuese rodando por un papel que sin embargo no lograba manchar. Guayota sintió el frío en la cara, pero estaba más que acostumbrado. Algunos tibicenas, canes menores de la Isla de los Perros, le siguieron juguetones durante parte del trayecto. Sin embargo, se detuvieron en cuanto la montaña perdió la nieve y dio paso a una vegetación más normal. Pero Guayota siguió su camino.

Recorrió senderos polvorientos, con el paisaje oscilando rápidamente entre el rigor del volcán y la suavidad del bosque verde de plantas suculentas. Podría haber ido más rápido, pero a Guayota en realidad no le molestaban estos paseos. Le gustaba la distracción, le gustaba pasearse por entre los humanos, le gustaba mirar las almas de los difuntos y, ocasionalmente, le gustaba cargar con alguno de vuelta al Echeyde. Ahora que lo pensaba, quizá por esa razón éste era su trabajo.

Entro en el pueblo a eso de las once, justo cuando partía el cortejo fúnebre de la casa. Habían sido muy rápidos. Guayota se mantuvo inicialmente a distancia, observando. Las ropas eran tan pobres, los semblantes tan serios y adustos. Sin embargo, Guayota sabía que luego se dedicarían a beber y a celebrar la vida del difunto. Más tarde dormirían, porque el dolor persiste, pero la carne es débil y no puede sostenerlo continuamente. Con el tiempo, el muerto se convertiría en leyenda, y en las tabernas y bares, con un vaso de aguardiente en las manos, contarían aquella vez que el muerto perdió al camello o cuando presa de una borrachera acabó dormido entre aulagas. Su vida se convertiría en fábula.

Habían llegado a medio camino del camposanto cuando Guayota se acercó al fin. Se movió por entre los presentes, su enorme forma deslizándose casi sin problemas por entre las piernas. Todos le veían, porque, por supuesto, no era invisible, pero todos hacían como que no le veían, porque eran precavidos. Guayota era el mal, el demonio, y hay cosas que es mejor hacer como que no están. No es que el enorme perro lanudo y negro tuviese nada contra ellos. Cumplía su función, nada más, y para él mal y bien eran categorías arbitrarías. Le había tocado una como podría haberle tocado otra.

Vio a la viuda, toda vestida de negro de arriba a abajo. Contenía las lágrimas, quizá porque ya había llorado más que suficiente, y miraba al infinito. Caminaba a pasos lentos, apoyándose en los brazos de sus cuñadas, también vestidas de negro. El féretro iba detrás, cargado con más o menos cuidado. El muerto pesaba poco, estaba claro, y aquello era como enterrar una sardina.

Y allí estaba el difunto. Una fantasma, un alma perdida en un mundo que ya no era suyo. Guayota lo miró de arriba a abajo. Todos le vieron mirarle, aunque no pudiesen ver al muerto. La forma en que el perro movía la cabeza, cómo desplazaba las patas. Estaba claro que juzgaba, que sopesaba acciones y vidas. Guayota en la cabeza llevaba una balanza.

Gregorio miró a Guayota a los ojos. No le tenía miedo. De hecho, sentía algo de curiosidad. Mientras se movían en sincronía, todavía avanzando a la sepultura que ya estaba cavada, se preguntó qué estaría viendo Guayota. ¿Qué había hecho en su vida que mereciese tal examen? ¿Hasta qué fibra de su ser estaría analizando el demonio?

Se detuvieron. Dejaron el féretro en el suelo.

El sacerdote empezó a hablar. Una referencia a Achamán fue lo último que escuchó Guayota al darse la vuelta y alejarse de allí. Aquel hombre no era suyo y por tanto nada tenía que hacer allí.

Playa de Benijo © 2015 David García Pérez

Vista de la playa de Benijo © 2015 David García Pérez

Ya al atardecer, María durmió al fin un poco, acompañada por una de sus sobrinas. Habían traído mucha comida a la casa, para que se alimentase bien durante los siguientes días. Luego, ya se pondrían a pensar en qué hacer con su vida. ¿Irse a vivir con otro familiar? ¿Seguir en aquella casa? ¿Buscar ayuda para le huerto? ¿Venderlo todo? Eran preguntas que pertenecían al futuro. Pero sin haber tenido nunca hijos tampoco es que abundasen las opciones.

Gregorio seguía allí, observando, le parecía que por última vez, la casa en la que había vivido durante tanto años. La había levantado él mismo, con ayuda de sus amigos, bloque a bloque. La habían encalado entre todos. Esa cocina de leña la había instalado él mismo.

Miró la llama del candil, agitándose, viva. Sintió cierto miedo a la soledad, el temor a no saber qué podría hacer a partir de ahora. Miró atentamente a una de las vigas. Estaba algo agujereada.

“Hay caruncho. Habrá que poner gasoil”, dijo una voz que le tomó por sorpresa. Se giró. Era María, claro, que se había levantado. La sobrina corrió de inmediato a la cocina a calentar algo de guiso. Lo sirvió todo en un plato sencillo, con unos cubiertop y lo colocó en la pequeña mesa de madera. La cocina no era muy grande y apenas había espacio para dos personas y el fantasma.

María se sentó a la mesa, para comer, mientras le miraba como si pudiese verle. También como si se preguntase qué hacía todavía allí. Tenía razón. Los asuntos de los vivos ya no eran los suyos. Gregorio dijo “te quiero”, aunque no supo si la mujer le oyó, y se giró hacia la puerta. Miró el fechillo que estaba pasado. Recordó que era una limitación que ya no le afectaba. Salió.

Cruzó el malpaís. Extrañamente, las piedras volcánicas no le herían lo pies. Comprendió una vez más que al estar muerto, lo elementos del mundo terrenal no le afectaban.

Durante su errancia sin rumbo a la intemperie, la noche fue cediendo ante el día. Ya empezaba a clarear el horizonte. Llegó a la playa, rocosa, agreste, donde las olas pegaban con tal fuerza que levantaban enormes muros de espuma. Se sentó, escuchado el retumbar continuo de la masa de agua estrellándose.

Contempló atentamente las olas. Los dinde, esos pequeños seres alegres, se entretenían ya jugando con las olas, atravesando la espuma, dejándose atrapar por el agua. Eran, al igual que él, seres de otro plano. Comprendió que ahora él era personaje de leyenda, de mitología, que su lugar en el orden de las cosas había cambiado radicalmente.

Y comprendió que eso tampoco tenía nada de malo. Había dejado atrás una forma de vida. Ahora se iniciaba otra.

Como siempre pasaba con los seres mortales.

El sol salió definitivamente y su luz iluminó por completo la costa de piedras negras. Gregorio lo miró directamente porque una de las ventajas de su situación actual era que la potencia de la luz ya no le hacía daño. Miró de nuevo a los dindes, con su alegría natural, sus pequeños cuerpecitos disfrutando del simple placer de la naturaleza. Él debería hacer lo mismo. Se puso en pie para entrar en el agua.

Oyó el canto del peroluís.

Supo que aquel sería un buen día.

 

Fotografías: © 2015 David García Pérez

Gilead, de Marilynne Robinson

“A veces me siento como si fuera un niño que abre los ojos al mundo, ve cosas asombrosas cuyos nombres nunca conocerá y luego tiene que volver a cerrarlos”

Existen obras de arte capaces de reconciliarte con la condición humana y, desde mi punto de vista, Gilead es una de ellas. Y lo es, entre otros motivos, porque consigue describir lo que significa ser un animal con conciencia en un universo indiferente e incomprensible, pleno de belleza y de dolor, pero lo hace a través de la mirada y las palabras de un anciano, profundamente religioso, pastor de una paupérrima congregación en una desolada zona de la América rural del primer tercio del siglo XX. John Ames recuerda y se despide del mundo escribiendo una carta a su único hijo, aquel que nació cuando él ya no contaba con que el amor y la ternura llegaran a su vida y al que sabe que no verá crecer. Es, como muchos de los regalos que otorga ese dios al que ha dedicado su existencia, un pequeño milagro en el que la felicidad va unida a la pérdida.

Gilead, de Marilynne Robinson

Consigue describir lo que significa ser un animal con conciencia en un universo indiferente e incomprensible

Ames es hijo y nieto de predicadores, un destino marcado que en su caso llegó a convertirse en vocación auténtica. Fuera de su pequeño pueblo, Gilead, tan solo ha estado en un par de ocasiones, la primera, siendo un niño y acompañado de su padre en busca de la tumba de su abuelo, atravesando un estado de Kansas asolado por la sequía y el hambre; la segunda, para estudiar en el seminario y regresar convertido en pastor a hacerse cargo de su congregación. Ha vivido una vida sencilla, despojada incluso de lo más esencial y al margen de los grandes acontecimientos de su época, de los que solo ha experimentado, como la mayoría de los que le rodean, la cuota de dolor que éstos dejan incluso en los lugares más remotos. Toda su existencia ha transcurrido entre las mismas personas, casi todas con una vida tan sencilla como la suya y a muchas de las cuales conoce desde su infancia, pero es el conocimiento profundo de estos seres humanos, un conocimiento teñido de compasión, la auténtica, la que parte de la introspección y la sinceridad con respecto a uno mismo y que deja poco margen para el juicio severo, el que le ha otorgado una visión completa del mundo. Ha conocido el amor y la amistad, la soledad, el dolor, el sufrimiento y la pérdida, la bondad, la violencia, la alegría, la belleza y el horror de este mundo, sus pequeñas y grandes miserias. Ha observado y ha reflexionado sobre todo ello. Y ha conseguido encontrar en medio de todo esos pequeños instantes, esos destellos de pura felicidad que redimen en parte de toda la fealdad que se acumula en cualquier vida humana.

Siente de una forma profunda el asombro ante la inmensidad de un mundo difícil de comprender, en contacto directo con una naturaleza poco clemente con la vida de los hombres. Se ha impuesto como misión en ese mundo acompañar y confortar a otros seres humanos, abrumados por penas y dudas que en muchas ocasiones comparte y, sin embargo, a lo largo de toda su vida, la presencia de dios es algo tan real para él como pueden serlo el agua que bebe o el aire que respira, encuentra en dicha presencia no solo un sentido para su existencia, sino un medio a través del cual reconciliarse con los fallos propios y ajenos.

Ahora, ya anciano y enfrentado a su propia desaparición, desea dejar a su hijo de siete años la única herencia de la que dispone: la experiencia acumulada en una vida vivida con plena conciencia, en la que se ha visto obligado a reflexionar a fondo sobre sus muchas contradicciones, con la esperanza de que en dicha narración su hijo tenga al menos un atisbo de quién fue su padre y, sobre todo, comprenda el amor que éste le ha profesado y que, a falta de bienes materiales, ese amor constituya un soporte en los tiempos difíciles que sabe que se avecinan.

En medio de la placidez de los que intuye que serán sus últimos días aparece un elemento perturbador, el hijo de su amigo más antiguo, al que apadrinó y con el que siempre ha tenido una relación complicada y que regresa al hogar paterno después de una larga ausencia, tras huir del pueblo en su juventud por turbios asuntos, causantes de gran dolor y decepción para su familia. Su aparición confronta a John Ames con algunas de las emociones a las que creía haber vencido para siempre: ira, rencor, celos… Y es aquí, en las páginas dedicadas a describir con asombrosa precisión y sutileza el torrente de sentimientos que dicha presencia desencadena en el predicador, donde la novela revela la enorme talla literaria de su autora que consigue completar el retrato de un personaje absolutamente inolvidable.

Pocas experiencias vitales más alejadas de la mía, visiones del mundo más diferentes a la que yo tengo o creencias más opuestas a las que comparto que las que narra esta novela. Y pocas han conseguido conmoverme de la forma en que ésta lo ha hecho. Lo ha conseguido, como con otros muchos lectores, a través de una prosa de deslumbrante sencillez, con pasajes de una gran belleza y gracias a un personaje que consigue transmitir la experiencia religiosa que da sentido a su vida y configura su visión del mundo de una forma que cualquier ser humano con un mínimo de sensibilidad puede entender sin necesidad de compartir dichas creencias. Y no, no estamos hablando de una pseudofilosofía exótica y ligera, adaptada a la escéptica mentalidad contemporánea, estamos hablando de cristianismo puro y duro, es más, estamos hablando de calvinismo, en el que es especialista Marylinne Robinson, autora que, además de una respetada y premiada escritora e intelectual norteamericana, es un miembro activo de la Iglesia Congregacionalista de Estados Unidos, para la que enseña e incluso predica.

Decía, pues, al principio de esta reseña, que es ésta una de esas obras que me reconcilia con el ser humano, y lo hace porque, además de ser una novela maravillosa desde una perspectiva literaria, es un ejemplo de que el arte como creación puramente humana y en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, tiene la virtud de trascender la experiencia individual y reflejar aquello que todos tenemos en común por encima de nuestras diferencias y no deja de ser también un pequeño milagro el que seamos capaces de conectar con alguien tan diferente a nosotros, que puede hablar otro idioma, pertenecer a una cultura completamente ajena, tener ideas opuestas a las nuestras o, incluso, llevar muerto setecientos años.

La resistencia es inútil

Hace un tiempo alguien acuñó la idea del Borg Complex, para referirse a aquellas declaraciones que se limitan a decir, o a dar por supuesto, que toda resistencia a la tecnología es inútil. Es habitualmente, aunque no siempre siendo a veces una retórica para vender más, una filosofía derrotista que viene a decir que el ser humano está sujeto a fuerzas tecnológicas que no puede controlar.

Hoy me he encontrado un ejemplo en La cara ya es algo más que el espejo del alma, que trata sobre una empresa de reconocimiento facial. Enfrentados al hecho de que esa tecnología haría evaporarse toda posible intimidad en cuanto uno esté mínimamente cerca de una cámara, uno de los dueños de la empresa dice:

Según la filosofía de Kabakov, una persona hoy en día tiene que aceptar que va a vivir permanentemente rodeada de tecnología, que se dispone de datos en tiempo real de sus movimientos e intereses, y que eso es algo que no se puede detener de ninguna manera, lo que obliga a intentar mantener ese progreso tecnológico como un desarrollo lo más abierto y transparente posible.

Obsérvese el “algo que no se puede detener de ninguna manera”. Borg Complex en todo su esplendor.

Obra del artista digital Tobias Gremmler, muestra distintas “visiones” del kung fu empleando captura de movimiento. El proceso de abstraer y aislar los movimientos permite generar estas fascinantes animaciones.

(vía The Physics of Kung Fu Brought to Life Through Motion Capture Visualizations | Colossal)

ping pongLa serie Ping Pong The Animation de Masaaki Yuasa es simplemente uno de los mejores animes que se ha producido en los últimos años.

Lo primero que me llamó la atención es que a simple vista un anime que aparentemente sigue tan religiosamente los tropos y elementos comunes de su género, el de deportes, no parece que pueda llegar estos niveles de calidad. Este género de deportes es uno que se ha hecho hasta la saciedad, hay muchísimas buenas obras y de todos las temáticas que nos podamos imaginar.

Todos recordamos obras que marcan una época o que son las precursoras de nuevos géneros o reinvenciones importantes de viejos. Pero Ping Pong no es nada de eso, es un ejemplo de como un gran director con un buen guión y con personajes muy bien escritos puede elevar una obra hasta convertirla en lo mejor del género.

La historia de Ping Pong trata sobre Peco (Yutaka Hoshino), un genio del ping pong desde pequeño, algo alocado, bastante chulo, pero al que nunca le ha hecho falta esforzarse, y que ama jugar por encima de todo, y de su mejor amigo, Smile (Makoto Tsukimoto), otro genio, introvertido y serio (de ahí su sarcástico apodo), pero que le falta el entusiasmo para realmente para jugar a todo su potencial. Es sobre la relación entre los dos y la importancia del ping pong en su relación en lo que se centra la historia, pasando por los típicos elementos de un anime de este tipo: la competición, el esfuerzo, el compañerismo.

La historia comienza cuando el ego de Peco se desinfla al perder como un novato contra un jugador nuevo en la ciudad (Wenge Kong, un raro ejemplo de un personaje chino en anime), y paralelamente el entrenador del equipo del instituto descubre el potencial de Smile para el deporte y quiere entrenarlo personalmente. Peco se le destroza su visión de si mismo, deja de jugar, mientras que Smile, más bien debido a la insistencia de su entrenador que a su interés, sigue mejorando.

A partir de ahí vamos aprendiendo más de la relación entre los dos protagonistas. Peco es el héroe que salvó a Smile del bullying y le descubrió el mundo del ping pong que desde entonces funciona como la piedra fundamental de su relación. Como no puede ser de otra manera la serie terminara con los dos encontrándose delante de la mesa de ping pong…

Hay otros personajes muy memorables que sirven como vehículo para explorar otros aspectos del deporte, como Manabu Sakuma (Demon), un personaje trágico que muestra como aun con la mayor perseverancia sin una cierta cantidad de talento no se puede llegar a lo más alto del deporte. O Ryūichi Kazama (Dragon) un genio y trabajador nato como casi ninguno, pero que debido a la presión de todos (familia, amigos y colegio) acaba odiándose a sí mismo y al deporte.

Masaaki Yuasa es un director poco convencional en la industria del anime, y prueba de ello es el estilo muy adecuado que ha creado para Ping Pong. Algo memorable es su juego con la composición, creando un desarrollo narrativo a través de múltiples imágenes compuestas en un solo cuadro:

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La banda sonora también funciona perfectamente con este anime y especialmente en las partidas: música electrónica y electrificante. Un ejemplo es Like a Dance:

Afortunadamente toda la banda sonora se puede encontrar en youtube:

No puedo recomendar más encarecidamente esta obra, y esperar que Masaaki Yuasa siga dirigiendo durante mucho tiempo.

Es un ejemplo espectacular del uso del cómic para contar. Cielos de bambú: los hombres araña que construyeron Hong Kong – Yorokobu, obra de Marcus Hurst y Juan Díaz Faes, cuenta el impacto del bambú, por sus asombrosas propiedades, en el desarrollo urbanístico de Hong Kong. Ya es fascinante de por sí esa confluencia de edificios modernos y técnicas milenarias.

Pero también es fascinante que el cómic sea una serie de gifs, demostrando un inteligente uso de la animación.

Empieza así y va a mejor:

bambú

No sé si las cifras son correctas, pero es interesante plantearse cuánta energía de consume por el simple acto de ver un vídeo en YouTube.

(vía Instead of TV, you should watch… | The Energy Use of a YouTube Video)

Hace ya unos años usábamos el término The Pila para hablar del montón de libros sin leer que cualquier lector mínimamente compulsivo tiene por ahí (otro ejemplo, The Pila Reordered).

La verdad es que el vicio de comprar libros e ir acumulándolos (hasta el día que comprendes con asombro que varias vidas no darían para leer todos los que tienes) es una forma bien curiosa de síndrome de Diógenes. Es como si de pequeños hubiésemos pasado muchas penalidades y jamás nadie nos comprase libros. Lo que en mi caso es totalmente falso: no recuerdo ni una sola ocasión en la que mis padres se negasen a comprarme el libro que quería.

Pero a lo que iba. Acabo de descubrir que el término en japonés para ese estado es tsundoku que suena, francamente, mucho mejor que The Pila. Si el francés es el lenguaje del amor, el japonés parece ser la lengua ideal para describir el rango completo de comportamientos humanos. Bibliomanía no suena ni la mitad de bien.

Mejor todavía, parece que tsundoku es además un juego de palabras. Traduzco:

El término se remonta a los comienzo del Japón moderno, la era Meiji (1868–1912), y se originó en un juego de palabras. Tsundoku, cuyo significado literal es pila de lectura, se escribe como 積ん読 en japonés. Tsunde oku significa dejar que algo se acumule y se escribe 積んでおく. En algún momento del cambio de siglo, a algún gracioso se le ocurrió cambiar ese oku (おく) de tsunde oku por doku (読), que significa leer. Dado que es difícil pronunciar tsunde doku, el término acabó contraído para dar tsundoku.

Sé lo que estás pensando, pero no, el dominio tsundoku.com ya está pillado. Cierto, sería ideal para un blog sobre libros. Por otra parte, tsundoku.expert me describe perfectamente y posiblemente a ti también.

Ya me he desviado.

En realidad yo pasaba por aquí para comentar eran los 7 consejos para leer más libros en un año compartidos por Austin Kleon. Son estos:

Tsundoku

El número 1 efectivamente es un poco así, más que nada porque yo leo mucho en mi iPhone e iPad (el iPad vive permanentemente junto a la cama y es mi lector electrónico). Y en cualquier caso, a estas alturas del siglo XXI decirte que tires el móvil al océano es como decirte que mandes tu hígado a la basura. Aunque pudieses, probablemente no sobrevivieses.

Pero la 4 y la 5 son las más importantes. Efectivamente, hay que hacer tiempo para leer, como haces tiempo para cualquier otra actividad que consideras importante.

Y en cuanto a la 4. Si no es por alguna obligación académica o laboral, ¿para qué querrías leer un libro que no te está gustando? Si te parece malo de verdad, tirarlo a la basura es siempre una opción. Regalarlo no. Piénsalo: seguro que jamás se te ocurriría [regalar fruta podrida](fruta podrida site:pjorge.com – Google Search).

Nuestro futuro en el espacio

De los cómics web que leo habitualmente, Poorly Drawn Lines es mi preferido ahora mismo. Me encanta ese humor totalmente absurdo, demencial en ocasiones, ridículo cuando quiere, pero que se aprovecha de todos esos factores, con cierto tono caprichoso, para dejar un fondo de verdad.

Un buen ejemplo es este Our Future in Space. Tres columnas de cuatro viñetas cada una. La columna de la izquierda es:

futuro-espacial

Le advierto que Venus es la única sorpresa.

Tengo además el libro, regalo del amigo Enreas. Es una absoluta delicia. Un día de estos tengo que reseñarlo.

Su nombre de especie es Hortum Machina, B, que parece significar “máquina jardín, bucky”, pero a mí me gusta más lo de jardín rodante. Se trata de una esfera geodésica que rueda por sí sola. ¿Y cómo decide hacia dónde moverse? Pues las plantas de su interior lo comunican, con sus reacciones al entorno. ¿Hace falta más luz? Pues allá vamos. ¿Menos luz? Pues por aquí. Con ayuda de los sistemas informáticos, las plantas votan sobre qué hacer en cada momento (aunque podría argumentarse que quizá sean los ordenadores los que votan, porque así están programados, pero es una cuestión que podemos dejar para otro momento).

jardín rodante

Se trata de uno de esos proyectos tan habituales en el siglo XXI, combinando ciencia, arte, tecnología y arquitectura, sin que quede muy claro si encaja en alguna de esas categorías o ocupa una especie de zona difusa entre ellas. Da igual, porque el resultado es espectacular y más que interesante.

Inspirado por Buckminster Fuller, evidentemente, forma parte de un proyecto mayor llamado reEarth. Ha nacido de la cabeza de William Victor Camilleri y Danilo Sampaio:

Harnessing the collective intelligence of plant behaviour, the reEarth project explores new forms of bio-cooperative interaction between people and nature, within the built environment. While plants lack a nervous system, they can, much like animals, become electro-chemically stimulated by their surrounding environment. Through the study of plant electro-physiology, we have wired their primitive ‘intelligence’ into the control-loop of an autonomous robotic ecosystem. Half garden, half machine – a new cybernetic lifeform we’ve named Hortum machina, B.

Creo que lo que más me gusta es que la esfera se mueve modificando su centro de gravedad.

Hay una entrevista con los creadores de este Jardín rodante en Hortum Machina, B, the garden that rolls across the city.

Y un vídeo donde se ve un poco el proceso de fabricación:

La pequeña comunista que no sonreía nunca, de Lola LafonHace unos años leí un libro que comenzaba con la siguiente frase: “No me imaginaba que acabaríamos así” y ya en aquel momento pensé en como una sentencia tan anodina podía reflejar tan exactamente mi propio estado de confusión. La autora, Natasha Walter, se refería en concreto a la perplejidad que le causaba el cariz que estaba tomando el sexismo en nuestra sociedad. Aunque se me ocurren, como supongo que le sucede a cualquiera, unos cuantos temas en los que la evolución del mundo no está siendo la que yo esperaba, hay pocos en los que me sienta realmente tan asombrada por como se han ido desarrollando los acontecimientos. Así que aunque no había sentido nunca curiosidad por la figura de la gimnasta rumana Nadia Comăneci, cuya vida reconstruye por medio de la ficción Lola Lafon en La pequeña comunista que no sonreía nunca, intuía que podía resultarme interesante el enfoque desde el que la escritora abordaba el personaje.

Blonde, de Joyce Carol OatesMientras la leía venía a mi mente continuamente otra novela, la sorprendente y potentísima reconstrucción que la escritora americana Joyce Carol Oates, hace de la vida de Marilyn Monroe en su libro Blonde. Asociaba ambas novelas porque, siendo completamente diferentes, las dos reflexionan sobre las enormes dificultades que estamos teniendo para superar y trascender la importancia que el cuerpo femenino, su representación y su valoración estética, han tenido y siguen teniendo en la valoración general que se hace de una mujer en cualquier otro aspecto de su vida y en ese sentido la comparación entre ambas novelas me resultaba muy reveladora. Blonde transcurre en los años 50, su protagonista es un icono absoluto, una bomba sexual cuya potencia arrasa con todo. Una de las imágenes más conmovedoras de la novela es la de una mujer destrozada, incapaz de vivir con su propio mito, a la que le están cosiendo directamente sobre el cuerpo (es tan apretado que no es posible hacerlo de otra forma) el famoso vestido con el que aparecerá en la no menos famosa celebración del cumpleaños presidencial. Aparentemente ninguna imagen más alejada de ésta que la de una Nadia de 14 años, una niña en todos los aspectos, que con su impoluto maillot blanco y sin más adornos que los lazos rojos de sus coletas, asombra al mundo con la perfección de su dificilísimo (y peligrosísimo) ejercicio en las barras asimétricas en las Olimpiadas de Montreal del año 1976 o los encantadores movimientos, al ritmo de la canción “Yes, Sir, that’s my baby”, de su ejercicio de suelo. Aparentemente.

Cuatro años más tarde, en las Olimpiadas de Moscú, a la Nadia de la novela le han ocurrido muchas cosas, algunas de ellas relacionadas con la paranoia de control casi surrealista de los países del bloque del Este, otras, con las exigencias sobrehumanas del deporte de alta competición y, otras, las que tienen que ver con su propio crecimiento y el cambio físico y mental que éste trae consigo. En ese momento, al igual que había sucedido en Montreal, más allá de su espectacular rendimiento deportivo, se valora un aspecto inherente a la gimnasia femenina, subjetivo y por tanto difícil de cuantificar, el aspecto digamos artístico o estético de la misma. Y aquí el juicio es demoledor: lo que había sido encanto, pureza e inocencia, se ha transformado en pesadez, falta de frescura y vulgaridad.

Algunos comentarios periodísticos sobre Nadia en Montreal: “una Lolita olímpica de apenas cuarenta kilos, una colegiala de catorce años con silueta de chico que se pliega a todas las exigencias”. “Si buscan una palabra para decir que han visto algo tan bello que no se podía expresar hasta qué punto era bello, digan que era nadiesco”.

Algunos comentarios periodísticos sobre Nadia en Moscú: “La chiquilla se ha transformado en mujer y la magia se ha esfumado”. “De gran niña a mujer. Veredicto: se ha roto el encanto”.

¿Por qué me parece que la comparación entre ambas novelas es reveladora? Precisamente porque en los años que han transcurrido entre las realidades que ambas reflejan se ha producido uno de esos giros con el que creo que no contábamos y porque creo que la aparición de esas gimnastas pre-púberes, que pronto se iban a convertir en la norma, es simbólica en ese sentido. En un momento de la novela Lola Lafon alude al hecho de que en el año 1977 triunfa “un triunvirato de niñas mediáticas”; Nadia Comăneci es una de ellas, las actrices Jodie Foster y Brooke Shields, ambas representando a dos prostitutas infantiles en las películas Taxi Driver y La Pequeña respectivamente, son las otras dos. El tipo de imágenes publicitarias, reportajes, fotografías, entrevistas, etc, que comenzaron a aparecer en los medios en aquel momento, son hoy tan frecuentes que pasan casi desapercibidas, las implicaciones sociales que, desde mi punto de vista, conllevan esas representaciones creo que en gran parte también. No hemos superado todavía un estereotipo y ya estamos lidiando con otro, o con la superposición de ambos… no se. Ya digo, mi estado es de cierta confusión.

Creo que La pequeña comunista que no sonreía nunca, al poner el foco en los años 70 y 80 del siglo pasado, puede ayudar a entender un fenómeno que desde la perspectiva actual es a veces difícil de interpretar, ya que la hipersexualización de las niñas se produce hoy en un entorno social que está tan hipersexualizado en términos generales, que,o bien pasa desapercibida, o bien se infravaloran sus repercusiones.

Contribuye mucho a la confusión en torno a este tema (y a otros que atañen a la imagen y valoración de la mujer) el hecho de que una parte del movimiento feminista concluyera en aquel momento que, al menos en Occidente, ya estaban sentadas las bases para una verdadera igualdad y que, por lo tanto, era una cuestión de tiempo que el sexismo fuese desapareciendo para ser sustituido gradualmente por una cada vez mayor libertad de elección. Sin embargo, lo que realmente sucedió fue que el límite entre ambos términos se volvió más y más confuso y, puesto que una parte importante de la desigualdad persistió a pesar de las apariencias, se tornó cada vez más difícil detectar e interpretar correctamente el sexismo que se esconde detrás de determinadas conductas o representaciones que se han generalizado. Y así, por ejemplo, se valora la hipersexualización actual de la imagen de la mujer como un síntoma de su liberación, permitiendo que determinados modelos, determinados estereotipos, se impongan a nuestras niñas de forma bastante acrítica a una edad cada vez más temprana. Y no lo vemos o, incluso, lo celebramos.

Para terminar con otra frase de Natasha Walter que debería hacernos reflexionar: “si ésta es la nueva liberación, se parece demasiado al viejo sexismo como para convencernos de que se trata de la libertad a la que aspirábamos”.

Ayer me regalaron El elefante desaparece, de Haruki Murakami, una antología de relatos publicada hace muy poco en España. La había leído en inglés hace mucho tiempo, pero la verdad es que compruebo que no recordaba muchos detalles. Por ejemplo, no era consciente de que fuesen cuentos tan tremendamente divertidos, con un humor que vacila entre lo absurdo y lo demencial (al menos, los tres que llevo leídos), con su tono habitual ligeramente fantástico. Me encanta especialmente “Nuevo ataque a la panadería”.

Pero a lo que iba, la edición que me regalaron es una que viene con una camiseta de esas que llega en bloque y hay que meter en agua para desempaquetar (cosa que mi hija procedió a hacer de inmediato) y con una divertida tarjeta de un elefante en lo que parece una especie de archivo abandonado. Por supuesto, si te pones a inclinarla, el elefanta aparece y desaparece. Tal que así:

el elefante desaparece, de Haruki Murakami

Lo que sí recuerdo de El elefante desaparece es la sensación de ser muy buena recopilación de cuentos de Haruki Murakami, al nivel al menos de Sauce ciego, mujer dormida o Después del terremoto (no así Hombres sin mujeres, de la que sólo me gustó un cuento, y justo es el que parece que llegó extraviado de otra recopilación). Por ahora, la sensación persiste. A ver qué pasa en cuanto la termine.

Por cierto, la camiseta dice “Keep calm and read Murakami” y sale, como no, un gato. Por desgracia, la camiseta es de color gris. No se puede tener todo… Pero la llevaré con orgullo.

(Gracias a Javier Alonso en Twitter descubro que ese tipo de imágenes, que al inclinarlas el cambio de ángulo ofrece sensación de movimiento, se llaman lenticulares. La Wikipedia tiene un breve artículo explicativo sobre la impresión lenticular).

Durante la Gran Depresión, ya bien entrada en ella, la administración de Estados Unidos decidió documentar fotográficamente la situación en las zonas del país más alejadas de los grandes centros urbanos. El curioso destino de algunas de esas fotografías se cuenta en Los «negativos asesinados» de la Gran Depresión:

A pesar de ello, las imágenes de lo que sucedía en la Norteamérica más profunda tardarían en llegar. No era un lugar en el que abundaran las cámaras de fotos, tampoco los medios de comunicación impresos; y las pocas cosas que sucedían en lugares tan distantes de los centros urbanos solían estar relacionadas con unas hambrunas y situaciones de pobreza, impropias de un país industrializado y aparentemente próspero como los Estados Unidos.

Porque aparentemente uno de los propósitos de esas fotografías era el propagandísticos, una defensa de los triunfos de la política del New Deal. ¿Qué sucedía con las fotografías que no encajaban? Pues en lugar de destruir el negativo, les hacían un agujero para dejarlos inservibles para su publicación.

Pero observen el resultado:

fotografía anulada de la gran depresión

Como dice el propio artículo, nuestro punto de vista es muy diferente al de la época. Es evidente que para ellos el punto negro era mucho más “potente” de lo que era ahora, porque en algunas fotos está colocado en cualquier sitio. Hoy en día, lo vemos y podemos obviarlo. Pero más aún, después de varias décadas de arte contemporáneo, es muy difícil mirar ese círculo negro y no verlo como “artístico”, como un elemento que lejos de destruir la fotografía, le añade un toque peculiar y personal. De hecho, yo al ver esas fotos (y el artículo contiene varias) no puedo evitar pensar en John Baldessari.

La idea general es que aquello que parece malo, negativo o directamente basura en una época acaba resultado valioso, incluso imprescindible, para otra.

Orphan Black Tatiana MaslanyEs una de esas series de ciencia ficción, Orphan Black, que no esperas. Su argumento fundamental, un montón de clones que corren por ahí, queda sumergido en una intensa exploración de múltiples temas: la identidad individual, el determinismo genético, la relación entre género y sexo… por mencionar algunos. También, por cierto, el de la propiedad de las modificaciones genéticas, como cuando los clones descubren que su ADN viene con copyright.

Orphan Black también resulta una serie extraordinaria porque una misma actriz, Tatiana Maslany, interpreta a un montón de personajes diferentes, con la misma cara, pero con gestos y personalidades propios. Lo que es más, en ocasiones interpreta a un clon que está imitando a otro clon diferente (y si no recuerdo mal, en algún momento interpreta a un clon que finge ser un clon que está fingiendo ser otro clon). Cuando da la impresión de que en Orphan Black no cabe un clon más y que Tatiana Maslany ha llegado al límite de su talento, allí viene uno nuevo y otra interpretación diferente. Las versiones son tan variopintas que algunos de los mejores momentos de la serie se dan cuando hay varios clones simultáneamente en pantalla e interaccionan entre sí.

Lo que lleva claro a la posibilidad de perderse. Por suerte, aquí está una útil lista de los distintos personajes interpretados por Tatiana Maslany, muy útil ahora que la serie acaba de empezar su cuarta temporada. La lista está llena de espoileres, así que no la leas a menos que ya hayas visto las temporadas anteriores. Pero creo que el comienzo de la entrada dedicada a la protagonista (o al menos, a las más protagonista) es bastante seguro.

Sarah Manning – Our lead protagonist, Sarah Manning is the first of the clones that we meet. She’s reactive, hot-tempered, tough, and crass. She digs leather, combat boots, and the Clash. She’s also got some dirt in her past. In the first episode of Season 1, she’s on the run because she stole a kilo of cocaine from her boyfriend.

Origen: The Many Faces of Tatiana Maslany: A Guide to the Clones of Orphan Black’s Project Leda – Flavorwire

El ingenio humano no dejará nunca de asombrarme: música usando los sonidos de Windows.

Un ejemplo:

Más en Windows Remix | ./mediateletipos)))

Muestra tres en The Exciting Future of Virtual Reality. Por ejemplo:

vr-future

Más o menos será así.

El programa de radio Mossegalapoma dedica un programa a la charlar de ciencia y ciencia ficción con Miquel Barceló: Especial Ciència Ficció i Ciència amb Miquel Barceló. Es en catalán, pero la verdad es que se sigue bastante bien y es bastante divertido.

Por supuesto, en un momento dado se habla de El tríptico de Dios.

Me encanta la foto que le han hecho a Miquel:

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(G Ricard de la Casa)

Chiste de físicos 

Me encantan. Éste termina con I’m afraid she is a physicist, pero lo gracioso viene antes.

La reportera de nueve años

Hilde Kate Lysiak es una periodista multimedia con su propio medio, Orange Street News, dedicado a informar sobre su pueblo, Selingsgrove. Lo empezó a los 7 años, y hace unos días con, con 9, dio la exclusiva de un posible asesinato.

A veces pienso que los jóvenes son el único grupo al que se puede odiar libremente. En realidad no es así, claro, es un simple efecto de que las voces de los críticos suenan muy altas. Estoy convencido de que para la mayoría de la gente, el que los jóvenes sean dinámicos, emprendedores y estén dispuestos a probar cosas nuevas es motivo de satisfacción.

En cualquier caso, le cayeron algunas críticas a la pobre Hilde, porque para algunas personas las niñas tienen que jugar con muñecas y no informar de asesinatos. Así que con la ayuda de su hermana de 12 años, que por lo visto le edita los vídeos, no dudó en responder. Es admirable el aplomo con la que lee los mensajes críticos:

9-year-old reporter breaks crime news, posts videos, fires back at critics

Hilde said she doesn’t much care for the criticism she receives. “People thought I should be like playing tea parties or doing something other than being at the crime scene,” and “I haven’t really checked” to see if she had received more after her Sunday video blast. In her response, she said, “Because of my work, I was able to inform the people that there’s a terrible murder, hours before my competition even got to the scene. In fact some of the adult-run newspapers were reporting the wrong news, or no news at all.”

También hay en todo esto un comentario sobre las tecnologías modernas permiten contribuir de muchas formas al mundo. Ya lo sabíamos, claro, pero pensábamos que estarían limitadas a los adultos. Pero no, los niños aprenden rápido.

(vía Una periodista de 9 años da una lección a sus haters adultos)

Wifredo Lam

Una exposición dedicada a Wifredo Lam en el Reina Sofía, desde ya hasta el 15 de agosto de 2016:

Iniciador de una pintura mestiza que unía modernismo occidental y símbolos africanos o caribeños, Wifredo Lam (Sagua La Grande, 1902 – París, 1982), se codeó con todas las vanguardias del momento, afrontando también los problemas del mundo. Su obra profundamente comprometida, exploradora de diversidad de expresiones y de medios, desde la pintura al dibujo, del grabado a la cerámica, persigue el mismo combate que su amigo Aimé Césaire: “pintar el drama de su país, la causa y el espíritu de los Negros”. Lam tomó consciencia desde muy joven de la cuestión racial y de sus implicaciones sociales y políticas en Cuba, en Europa y, más adelante, en Estados Unidos. Asociado a diversos ambientes nacionales, sociales y culturales, siempre mantendrá una postura distante, sin caer en los papeles ni las proyecciones de identidad que le imponen, con buena voluntad, amigos y admiradores. Lam inventó un lenguaje propio, único y original para defender la dignidad de la vida y la libertad.

Tengo que organizarme para ir a verla.

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