Contra la lectura, de Mikita Brottman

En, «Contra la lectura», Mikita Brottman, intenta despejar los mitos que rodean al libro.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. Leer es lo mejor que hay, ¿no? Aumenta tu belleza física, incrementa tu altura, te eleva a otro estado superior del ser, te limpia la nevera, se ocupa del perro, te permite sentirte superior a los demás. Leer es lo mejor que hay, ¿no? Pues es posible que no, nos dice Mikita Brottman en «Contra la lectura».

Lo publica la editorial Blackie Books con traducción de Lucía Barahona.

Descubramos la verdad.

Mi nombre es Pedro Jorge Romero y en este canal te hablo de lecturas que valen la pena. Suscríbete para estar al día y no olvides darle a la campanita para no perderte ningún vídeo.

Pocas veces se reconoce que uno de los grandes éxitos del marketing de los últimos cinco siglos es haber logrado convertir un simple objeto, el libro, es una especie de bálsamo de Fierabrás, dotado de unas cualidades prácticamente sobrenaturales.

Un extraterrestre que no hubiese visto jamás un libro creería, al oír algunas de las cosas que se dicen sobre él, sobre la lectura e incluso sobre la industria editorial, que estamos ante una suerte de ente mágica y con seguridad dotado de los atributos de la divinidad. Intento imaginarme su decepción cuando le enseñasen un taco de hojas de papel (o un Kindle).

Yo lo llamo la bobería del libro.

Algo similar debe sentir Mikita Brottman, porque su «Contra la lectura» intenta desenmascarar muchos de los mitos sobre el libro procurando a la vez hacer la menor sangre posible. No intenta tanto hacer que los lectores se sientan mal, sino colocar en su justa medida esa actividad que a algunos nos gusta tanto.

Esa voluntad de no hacer sangre se evidencia en el subtítulo: “Un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros sean intocables”. Seguimos hablando de lectores, pero de unos concretos. Más claro no puede estar.

El libro empieza muy bien, preguntándose qué significa “leer” para toda esa gente que se preocupa tanto del supuesto descenso de los índices de lectura. ¿Qué les preocupa de verdad? En mi experiencia personal, se trata sobre todo de algún tipo de ansiedad social, una vigilancia fronteriza para poder delimitar bien los grupos. Rara vez es una preocupación puramente cultural.

También nos recuerda que la sacralización de la lectura es un fenómeno relativamente reciente. De hecho, la valoración del acto de leer ha sufrido muchísimos altibajos. En su día, leer novelas se consideraba al nivel al que hoy estimamos, o no, a los realities.

Es más, el valor que le asignamos ahora está muy relacionado con el capitalismo en sí, que precisó en su momento de una fuerza laboral con cierto nivel de alfabetización. Ese importante factor, la lectura como necesaria para el crecimiento, más otros relativos sobre todo a las clases sociales, ha llevado al estado actual donde damos por supuesto que leer es siempre positivo.

Y no dudamos en insultar al que no lee. De hecho, bastaría con repasar los memes que los lectores han ido creando para hablar de los no lectores para confirmar que la lectura podrá ser muy beneficiosa, pero no te convierte necesariamente en mejor ser humano.

La autora resume muy bien su punto de vista cuando dice:

«Simplemente quiero sugerir que no hay nada digno o respetable de manera intrínseca en el acto de leer en sí».

Es una idea más que evidente. Toda actividad humana se puede pervertir, toda actividad se puede malograr, toda actividad puede convertirse en síntoma de un trastorno. Pero la realidad es que nuestra sociedad del libro ha sacralizado la lectura en sí, independientemente de lo que estés leyendo.

Es más, se considera que lo contrario de leer es algún tipo de atrofia intelectual. Que la lectura es la única forma de desarrollar una mente plenamente humana. Lo saben incluso los que no leen, de tantas veces que se ha repetido.

En contra, Mikita Brottman recuerda todo tipo de problemas. Que la lectura puede producir un aislamiento social considerable y limitar el desarrollo emocional, hasta el punto de tener gente que afirma que sus mejores amigos son personajes literarios. Eso sin contar con un progresivo alejamiento de la realidad.

Aunque no llega a afirmar que la bibliomanía, la tendencia a acumular libros porque sí, sea una enfermedad, se acerca bastante a hacerlo. En la mayoría de los casos llamamos bibliomanía a lo que no es más que una variante del síndrome de Diógenes. Yo lo sufro, pero hago lo posible por resistirme.

Eso sin hablar de la tendencia de los lectores a sentirse superiores a los demás, con toda una serie de creencias que normalmente no son más que formas de articular discriminaciones y jerarquías sociales ajenas a los libros en sí.

Nos recuerda que los clásicos se siguen publicando porque dan dinero. Que en muchas ocasiones, son libros aburridos sin el más mínimo interés excepto para especialistas y que te compensa más ver la película. «Solo deberíais leer libros con los que disfrutéis», sin convertir, añado yo, la lectura es un trabajo o un sacerdocio.

Y sobre todo, defiende a la gente que no lee, que el aspecto que más me gusta de este libro. Especialmente a los que no leen porque sus cerebros no funcionan así, porque piensan de una forma diferente a los lectores. Defiende, acertadamente, que otras formas artísticas, como la música o la pintura abstracta, pueden lograr efectos y presentar realidades que escapan a cualquier ficción literaria. Por desgracia, nuestro sistema tiende a dejar de lado a esas personas, sobre todo en el ámbito académico, donde reina la palabra.

Pero no se trata de afirmar que la lectura, y en este caso lectura es leer literatura, no sirva para nada. Por supuesto, tiene sus efectos positivos. Tomado en su justa medida, leer es muy importante. Como también lo es saber cuándo dejar de leer.

Y otro libro contra la idea de lecturas, que va todavía más lejos en sus críticas (por si eso te parecía imposible), es «Metáforas de la lectura», de Víctor Moreno. Aquí te dejo el vídeo.

Gracias y hasta la próxima.

Uzumaki, de Junji Ito

En «Uzumaki», Junji Ito ha creado una obra maestra del manga de terror.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. El terror ante un cuerpo que te traiciona, el terror de una biología sobrenatural, el terror ante una transformación incontrolable. Es «Uzumaki», de Junji Ito.

Lo publica la Editorial Planeta con traducción de Marc Bernabé y Verònica Calafell.

Entremos en el pueblo.

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La historia se inicia en Huruzu, un pequeño pueblecito japonés en la costa. La primera persona con la que nos encontramos es Kirie, una alumna que secundaria que será la protagonista y guía. Tras encontrarse con un extraño remolino, la protagonista da con el padre de su amigo Shûichi. El hombre ni siquiera responde, está en un callejón contemplando fijamente un caracol. Su amigo le confirma que efectivamente era su padre y le propone de inmediato escapar juntos del pueblo porque algo va pasar. Resulta que esta pequeña población pesquera está contaminada por las espirales.

En concreto, el padre de Shûichi, la primera víctima que conocemos, está obsesionado con las espirales. No trabaja, apenas se relaciona, y pasaría el día encerrado contemplando espirales de todo tipo. Pronto su cuerpo se transformará horriblemente, se distorsionará plegándose sobre sí mismo, adoptando el cuerpo humano la forma de espiral. El día de la cremación, el humo que sale de la chimenea también se mueve en espiral.

«Uzumaki» es uno de los cómics que me ha dado miedo. Muchos dicen que es imposible, que un cómic no puede dar miedo porque el lector controla por completo el ritmo de la historia. Puedes pasar la página más despacio, o no pasarla en absoluto.

Tonterías. Eso es pensar que la aparición súbita, que el cine de terror ha perfeccionado hasta el extremo, es la única forma de provocar miedo.

No, al contrario, hay muchas formas de producir terror. Y Junji Ito, como demuestra ampliamente en «Uzumaki», domina varias de ellas. Fue… fue dentista…

El pueblo efectivamente está contaminado por espirales. A medida que la historia progresa comprendemos que hay algo profundo y antiguo que regresa, que la periodicidad en el plano de las espirales es también una repetición en el tiempo.

Hay espirales por todas partes. En la hierba. En los edificios. En el interior de las personas. Junji Ito se divierte dando con espirales en los lugares más inverosímiles, convirtiéndolas en reales y metafóricas a la vez, ocultándolas en el dibujo o haciéndolas totalmente explícitas.

Pronto queda claro que el pueblo está más que sometido a las espirales. No dejan de sucederse hechos horribles. Personas que se transforman en caracoles. Pelos que se desmadran y acaban compitiendo. Amantes anudados. Casas ancestrales que se deforman. Faros encantados. Bebés que aspiran a regresar al útero. O fenómenos atmosféricos provocados por la voz humana.

De hecho, es el propio espacio físico alrededor del pueblo el que se deforma, tornándose en una espiral que te permite entrar, pero no te deja salir. El pueblo entero llega a transformarse en un universo cerrado separado del resto del país.

Sin embargo, todos parecen aceptar esos hechos como si fuesen normales, parte de algo que simplemente sucede. Solo Kirie y algunos personajes más parecen reaccionar con horror. Lo que hace especialmente horrible este cómic es el ambiente general de aceptación.

La protagonista, Kirie, será casi siempre la testigo de todos estos fenómenos, ya sea sufriéndolos directamente o presenciándolos en persona. Ella será siempre nuestro punto de referencia a medida que la situación el pueblo va deteriorándose.

Lo dicho, llegado cierto momento, quien entra en Hurouzu no vuelve a salir.

Este volumen contiene la historia completa, más un epílogo muy gracioso y un capítulo extra llamado “Galaxias”. Ese capítulo extra no aporta nada y desde mi punto de vista la historia termina más que satisfactoriamente en la página 610.

Hay dos aspectos en «Uzumaki».

Está la historia global, lo que le sucede al pueblo entero en sí. Es una historia con tintes lovecraftianos, con entidades antiguas, que bien podrían ser abstractas, más allá de lo humano, que reaparecen periódicamente y exigen su sacrificio. Entes más allá de cualquier comprensión, que tratan a la humanidad como nosotros tratamos a las hormigas, con una indiferencia brutal en el mejor de los casos y con una crueldad desmedida en el peor.

Ese aspecto está bastante bien y el final es una asombrosa combinación agridulce, acompañado del virtuosismo gráfico de Junji Ito. De la misma forma que provoca un verdadero desasosiego cuando muestra destinos colectivos en formas de montones y montones de cuerpos deformes.

Pero lo que realmente convierte a «Uzumaki» en una historia genial es cuando se vuelve intimista y personal, cuando contemplamos, por los ojos de nuestra protagonista, un horror individual, el irónico y desmedido castigo por una falta trivial. Cuando contemplamos destrucciones físicas que para nosotros son claramente inmerecidas. Y cuando esas deformaciones, esas alteraciones desconcertantes y repugnantes del cuerpo son simultáneamente metafóricas.

Como cuando las rivalidades de instituto, la necesidad de ser más popular, se manifiesta como una batalla entre peinados barrocos que cobran vida propia y exigen su atención. O, siguiendo con la escuela, cuando la suerte de acosado y acosador se une en un destino común. En «Uzumaki», la pereza te transforma en caracol, la ira te une a la violencia de tu víctima, la lujuria te convierte en una monstruosidad terrorífica.

Junji Ito usa además un estilo muy realista, lo que ayuda mucho a provocar la sensación de grotescas deformaciones, a hacerte creer que eso podría pasarte a ti, que «Uzumaki» transmite con tanta genialidad.

Y si quieres seguir con el terror, te propongo «Una cabeza llena de fantasmas», una novela de Paul Tremblay francamente curiosa. Aquí te dejo el vídeo.

Gracias y hasta la próxima.

De lo sublime, de Longino

Un gran clásico de la crítica literaria, una obra que conserva su frescura a pesar de tener casi 2.000 años. «De lo sublime», de Longino.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. Hoy te traigo «De lo sublime», de Longino. Una de las grandes obras clásicas sobre la estética y la crítica literaria. Y también una lectura muy entretenida.

La publica la editorial Acantilado con traducción de Eduardo Gil Bera.

Vamos allá.

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«De lo sublime», conocido en otras ediciones como «Sobre lo sublime», es una de mis obras preferidas de la antigüedad clásica. Ese periodo indefinido que puede llegar hasta la caída del imperio romano. Es un texto fascinante, rico, reflexivo, lleno de ideas y que puede leerse y releerse una y otra vez.

Veras.

Hay un gran texto clásico sobre literatura, que es la Poética de Aristóteles. Cuando lo tuve que leer, la edición que compré venía con otro libro: «De lo sublime» de Longino. No lo conocía. Terminada la tarea que me habían asignado, leí el siguiente.

Ya lo había pagado. Fue hace mucho tiempo y los móviles todavía no hacían nada útil. No daban ni la hora.

Al terminar, sentí el más absoluto entusiasmo. El libro que NO se me había asignado para leer me gustó mucho más y me resultó mucho más extraordinario, cercano y francamente razonable. Comprendo que la Poética es muy importante, pero…

Mi opinión. A Aristóteles no le gustaba el teatro. Lo que le gustaba eran sus ideas sobre el teatro. Y si el teatro real no coincidía con sus ideas, pues peor para el teatro.

También carecía del más mínimo sentido del humor. Jorge de Burgos no tenía nada de qué preocuparse. Su libro sobre la comedia seguro que era el libro de chistes más aburrido de la historia. Ni Freud lo hubiese superado.

Tu vídeo es pueril y desdramatizado. No tiene sentido de la estructura, los personajes o de mis unidades.

Qué te decía.

Pero al contrario, el autor de «De lo sublime»… Nadie sabe cómo se llamaba, pero Longino nos vale… parece que sinceramente disfrutaba del arte, de la literatura, del teatro. Sus palabras parecen derivar de haber estudiado las obras para extraer sus aspectos destacables, su técnica, en lugar de partir de opiniones a priori sobre “así deben ser las cosas”.

Y hay un momento absolutamente luminoso, una revelación maravillosa en la que el autor y yo somos uno y estamos totalmente de acuerdo. Pero ya hablaremos de eso.

Si bien el discurso posee un firme sustrato moral, sí que transmite la cercanía y el calor humano de alguien que disfruta. Longino parece estar pasándoselo bien.

Ayuda mucho que el texto sea una carta dirigida a un amigo y describa una experiencia común a los dos: el desencanto con un tratado anterior sobre la materia. Nuestro autor decide componer su propio texto. Con doble intención. Por un lado, explicar qué es lo sublime, sus efectos y sus usos. Y por el otro, explicar cómo lograr ese efecto sublime, dejando espacio para que cada uno adapte esas enseñanzas a su propia personalidad.

Es a la vez texto de análisis y manual de retórica. Analiza cómo se hace y enseña a hacerlo.

No está nada mal para un libro tan cortito y que además está incompleto. Y siempre con una enorme profusión de citas y comentarios sobre otros autores, usando continuamente ejemplos para apoyar sus palabras. Por citar, incluso cita el Génesis.

Pero ya hemos dado muchas vueltas. ¿Qué es lo sublime?

Pues es un cierto apasionamiento, un cierto éxtasis, es un desborde de emociones atemperado por la razón. Para convencer no basta con argumentar, no basta con dar datos, no basta con los razonamientos. Hace falta mover al público, elevar su espíritu, llevar al cénit su humanidad.

«Lo sublime es una elevación y culmen del lenguaje», dice. «Lo maravilloso y sobrecogedor siempre vence a lo que apunta sólo a persuadir y complacer» añade. «Lo sublime que irrumpe en sazón devasta como un rayo todo lo establecido y muestra en su plenitud el poder del orador», sentencia.

Ya sale una idea importante en todo el texto, que es más o menos explícita en todo el discurso, la de un cierto equilibrio. No se trata de emocionar. No se trata de razonar. Se trata de hacerlo a la vez y en su justa medida.

¿Y de dónde surge lo sublime?

Pues tiene 5 fuentes:

  1. Concepción elevada del pensamiento.
  2. Pasión vehemente e inspirada.
  3. La doble formación de figuras.
  4. La dicción noble.
  5. La dignidad y elevación de estilo en la composición.

Pero ya te habrás dado cuenta de que todas estas fuentes no son iguales. Las tres últimas, son las que se refieren al arte, a la técnica, a la pura composición del texto. Es la parte de escritor, es la parte que se puede aprender, es lo que la experiencia y la cuidadosa selección de modelo te puede enseñar.

Y es a lo que dedica muchas y muchas páginas el autor, a contar, con muchos ejemplos como ya he dicho, como lograr esos efectos retóricos de lo sublime.

Hay pocas reglas en «De lo sublime». O mejor dicho, hay muchas reglas, pero todas están debidamente matizadas, todas están atemperadas y todas definen un dominio sobre el que pueden aplicar. Por ejemplo, en la página 86 dice «La excesiva concisión rebaja lo sublime» para inmediatamente añadir «La prolijidad es fría». Siempre hay un punto justo, siempre hay una razón perfecta. Pero depende de la obra.

«De lo sublime» se escribió en una época muy diferente, alejada de los grandes sistemas filosóficos, de lo esquemas totales, una época en la que resultaba difícil dar con una cosmovisión, con una teoría general que explicase todos los fenómenos. Una época más dispersa que se enfrentaba a una compleja avalancha de hechos y una prolija sucesión de manifestaciones que exigen un análisis individual y concreto.

Por esa razón hay una presencia continua de fondo, un “todo en su justa medida”, que obliga al autor, y a nosotros lectores, a tratar las obras en su individualidad radical. Si no lo hacemos así, al no disponer de recetas, ¿cómo podremos saber si realmente la obra ha alcanzado ese equilibrio y con él lo sublime? Leído ampliamente, «De lo sublime» defiende juzgar cada obra según lo que cada obra ha decidido hacer.

Es más estricto con cierto… minimalismo. Defiende más que nada que las figuras no se noten. Que la habilidad artística pase desapercibida en cuanto ha alcanzado lo bello y sublime. Nada de florituras por las florituras para Longino. No todas las pasiones son iguales, nos dice, y es muy fácil caer en la puerilidad.

¿Y las otras dos fuentes? ¿Las dos primeras?

Pues lamento decirte que según el autor tienden a ser innatas. Aunque el texto también parece defender que emular a los grandes posiblemente te permita elevarte a ti también. Pero en lo que debe ser la distancia más grande con nuestra época, Longino va a un poco más allá.

«Lo sublime es el eco de un alma grande», dice, añadiendo además que «…no es posible que hombres en cuyas vidas prevalecen ideas y propósitos ruines y propios de esclavos produzcan algo admirable y digno de inmortalidad» (p. 20)

Supongo que en esa época una idea de ese tipo debía ser evidente. Ser un genio era ser buena persona o algo así. Una gran obra implicaba un gran creador, o algo así. Para ciudadanos del siglo XXI, acostumbrados a los desmanes de los creadores y hábiles para navegar la distinción entre persona y obra, la idea es bastante más difícil de aceptar. No nos da la impresión de que la grandeza artística requiera de un alma especial.

Bien, espero que te haya quedado claro que me encanta de este libro su disfrute absoluto de la literatura y que esté tan dispuesto a acercarse a las obras en sí. Pero todavía no te he contado el momento más luminoso, el que cuando lo leí originalmente me impactó de verdad y me obligó a tratar «De lo sublime» como un gran clásico.

Se produce en la página 70 de esta edición, al comienzo de la sección XXXIII. Tras conjurar a un hipotético escritor «verdaderamente puro e irreprochable», el autor plantea con inocencia lo que es realmente una pregunta fundamental:

«¿No merece la pena preguntarse en general qué es preferible, en poesía como en prosa, si la grandeza con errores, o la mediocridad en la ejecución, pero pulcra en su conjunto y sin fallos?»

En ese punto, esa persona que habla desde hace casi dos mil años y yo somos uno. Porque la respuesta se decanta de inmediato por la convicción de que la obra genial contiene el error, que lo audaz tiene su mácula, por la idea de que la grandeza tropieza consigo misma. La obra perfecta y pura lo es porque no se arriesga. El genio siempre admite crítica porque la audacia de producir una gran obra implica fallar en algún punto.

Es mejor el error valiente que la perfección estéril.

«De lo sublime» es una gran obra. Todo un monumento al aprecio de la literatura. Y otro libro enamorado de lo literario es «Impón tu suerte», de Enrique Vila-Matas. Ahí encontrarás obras y obras para disfrutar. Aquí te dejo el vídeo.

Gracias y hasta la próxima.

Dónde aterrizar, Bruno Latour

El clima del planeta está cambiando por culpa de la actividad humana. Y todavía cambiará mucho más, lo que, según Bruno Latour en «Dónde aterrizar», nos obliga a cambiar toda nuestra orientación política.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. El mundo ha cambiado. Pero no el mundo metafórico de la actividad humana. El mundo en sí. Lo real. El planeta ha cambiado y sigue cambiando rápidamente. Y si la política es la habilidad de vivir en el mundo, entonces según Bruno Latour en «Dónde aterrizar», la política también ha cambiado radicalmente. Otra cosa es que queramos verlo.

Lo publica la editorial Taurus con traducción de Pablo Cuartas.

Si nos descuidamos, vamos a arder.

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Apuesto a que no sabías que estabas volando. Pero sí, así estamos todos, en un avión que salió en su día de un origen al que ya no podemos volver y que avanza hacia un destino que ya no existe. Esa condición que ahora compartimos todos es la que según Bruno Latour debe transformar nuestra forma de vivir y hacer política.

Y todo eso es consecuencia de una transformación fundamental del planeta: el cambio climático. O mutación climática, como la llama el autor, extendiendo su caracterización más allá de lo puramente factual, más allá del hecho de que estamos cambiando el clima.

Pero antes de seguir… gracias a Taurus por enviarme el ejemplar para reseñar. Pero como digo siempre, el libro es de la editorial, pero las opiniones y comentarios son exclusivamente míos.

Hay un detalle interesante de este libro que no percibí cuando lo leí. Normalmente el índice de un libro no te dice nada. Los nombres de los capítulos rara vez tienen sentido a menos que ya hayas leído el libro. No en este caso. De hecho, el índice se llama “Índice en forma de resumen” y los títulos son muy descriptivos.

Por ejemplo, el 1 está muy claro: «Una hipótesis de política ficción: la explosión de las desigualdades y la negación de la situación climática son el mismo fenómeno». Pues sí. El capítulo 14 es «El desvío por la historia de las ciencias permite comprender cómo cierta noción de naturaleza ha inmovilizado algunas posiciones políticas». Evidente… O simplemente son declaraciones de acciones: «Las ciencias de la Zona Crítica no tienen las mismas funciones políticas que las demás ciencias naturales».

Por supuesto, en ese índice resumen no está el libro. Pero sí que lo puedes leer completo, son dos páginas, y hacerte una idea de por dónde van los tiros.

En lo fundamental, «Dónde aterrizar» es un manifiesto, un manual de urgencia pidiendo modificar nuestra forma de pensar, nuestra forma de relacionarnos con el planeta. Es un brillante análisis de nuestra situación contemporánea, una clara reflexión sobre lo que hemos hechos mal y una lúcida exigencia de cambio. El estilo, como él mismo dice, es voluntariamente abrupto. Se trata de ser claros.

Por desgracia, eso le lleva a usar palabras fácilmente malinterpretables, que en otro tipo de libro exigirían varias páginas de aclaraciones. Por suerte, el texto remite una y otra vez a una amplia bibliografía.

Bruno Latour relaciona tres fenómenos. La desregulización que trajo con ella el fin del sueño de la globalización. El enorme crecimiento de la desigualdad. Y el negacionismo del cambio climático. Fenómenos que toma como síntomas de un algo mucho más profundo, de un cambio político descomunal. O, tras leer las posiciones del autor, sería mejor decir que se trata de la irrupción de un elemento que siempre estuvo ahí pero no quisimos ver.

El cambio climático lo cambia todo. Hace que lo Terrestre se manifieste plenamente y provoca lo que el autor define como mutación climática, donde clima es la relación de los humanos con sus condiciones materiales de la existencia, hecho que afecta enormemente nuestras opciones para organizar la sociedad. Y lo Terrestre no va a irse.

Pero ¿qué sucedió?

Nuestra política, dice Latour, se orientaba hacia dos polos. Por un lado, los Global, con su sueño de unidad del mundo entero. Por el otro, lo Local, con sus viejos arraigos al suelo. Nuestras posiciones políticas se situaban en la línea que los unía, colocándose cada uno en algún punto a lo largo de la onda de modernización que llevaba de uno a otro.

Por desgracia, lo Global se transformó en algo puramente depredador y volver a lo Local ahora es imposible. Curiosamente, el planeta es demasiado pequeño para contener la globalización, que exigiría muchos más recursos de los disponibles, varios planetas. Pero a la vez es demasiado grande, contiene demasiados elementos, es demasiado complejo para permitir lo local. Vamos, no puedes cerrar tus fronteras y fingir que lo de fuera no te afecta.

O mejor dicho, sí que puedes. Puedes negar el cambio climático y fingir que eso afecta a otros, ahí fuera. Es un polo atractivo para mucha gente y todos los días lo vemos manifestarse de una forma u otra en las noticias. Pero es una fantasía. Las condiciones del planeta afectan a todos. Hemos perdido el suelo y nuestra orientación política.

De nuevo, somos como pasajeros viajando en un avión que vuela sobre el agua, habiendo partido de un aeropuerto que ya no existe con destino a un lugar que nunca fue.

De ahí lo de «Dónde aterrizar».

¿Cómo orientarnos? Pues si estos tres polos son dos de ellos ya imposible y el tercero es una fantasía, solo nos queda la opción de mirar hacia la Tierra. Lo Terrestre, un nuevo actor político, que en una situación sin precedentes deja de ser el telón de fondo de la actividad humana. Se planta ante nosotros, como un ser primigenio que creíamos dormido.

Estamos quemando el planeta. Si no tenemos cuidado en las próximas décadas, provocaremos un desastre sin precedentes en la historia humana. En esencia, hemos forzado la naturaleza hasta tal punto que esta se ha revirado contra nosotros. Ahora, la Tierra entera reclama participar, o al menos la parte que Latour identifica como Zona Crítica.

Y no es que no hubiésemos intentado cambiar. Ya lo hicimos con la ecología, que tras 50 años Latour presenta como un fracaso. Y fracasó porque a pesar de sus preocupaciones por la naturaleza, no logró cambiar de punto de vista. Seguía moviéndose en el antiguo eje. La preocupación social y la preocupación ecológica, insiste Latour, no son dos preocupaciones diferentes. Son la misma. Un mundo justo para los humanos es también un mundo justo para los pajaritos.

La distinción entre seres humanos y naturaleza no es real. Compartimos el planeta con un número inmenso de otros actores y debemos decidir en qué grado estamos dispuestos a colaborar con ellos. En los noventa soñamos con el fin de la historia y ahora nos hemos topado de bruces con la geohistoria.

Sencillamente, nuestro sistema actual es insostenible.

Pero no te confundas, no es que el capitalismo esté mal equipado para resolver la mutación climática. Eso es tan evidente que hay millonarios que lo dicen e incluso tenemos un famoso chiste gráfico al respecto. No, el blanco de Bruno Latour es más de fondo, la forma de pensar que sostiene nuestro sistema: la modernidad.

La modernidad tiene muchas características, pero una principal era considerar que la naturaleza y lo humano eran dos esferas totalmente diferentes. Podíamos vivir en nuestras ciudades y de vez en cuando ir a la naturaleza a buscar recursos. Latour se pregunta cómo se pudo considerar racional una forma de pensar capaz de producir semejante fantasía, capaz de dejar el planeta en el estado en que se encuentra ahora.

Como resume muy bien:

«Hoy, el escenario, los bastidores, el proscenio, el edificio entero se ha subido a las tablas y les disputa a los actores el papel principal. Esto cambia todos los libretos y sugiere nuevos desenlaces. Los humanos ya no son los únicos actores aunque comprueban que se les confía un papel demasiado importante para ellos».

Si hay una fecha para el certificado de defunción, sería el 13 de diciembre de 2015.

De todas formas, la crítica no acaba con la modernidad. También incluye a la ciencia, que en más de una ocasión ha servido para justificar y favorecer el deterioro del planeta. Y también reclama cambios en la forma de hacer ciencia. Aunque por desgracia esa me resultó la parte más decepcionante. No porque no esté de acuerdo, sino porque no acaba de ser lo suficientemente claro en su argumentación. Si no supiese, por otros textos, lo que quiere decir, creo que no me hubiese aclarado.

Ah, por cierto, también que hay que cambiar la forma en que contamos y divulgamos la ciencia. Pero eso queda para otro día.

Pero tampoco es excesivamente importante. El resto de lo que argumenta es muy claro y creo que fundamentalmente tiene toda la razón. El cambio climático es la gran amenaza existencial a la que se enfrenta la humanidad y que eso produce la mutación climática de la que habla: la necesidad de cambiar muchas cosas, entre ellas la relación con el resto del planeta. Y ya creía, antes de empezar, que la mayor parte de lo que consideramos problemas, los titulares que ocupan las cabeceras de los periódicos o que abren informativos, no son más que síntomas de un problema mayor que da la impresión de que no queremos ver.

Haciendo gala de lo que recomienda, tener en cuenta todas las voces del planeta, «Dónde aterrizar» se cierra con una declaración personal, un punto de vista desde sus condiciones concretas, que explicita y deja claras, como un actor más en el planeta.

En mis momentos más pesimistas, creo que simplemente está claro que la inteligencia no es adaptativa a escala planetaria, que una civilización inteligente acaba destruyendo su ecosistema y que esa es la explicación de la paradoja de Fermi.

Cuando me siento optimista, tengo fe en los jóvenes, que parecen estar levantándose para exigir que les dejemos un planeta en condiciones, que no quememos el mundo. Quizá la mejor opción sería dejárselos ya.

Y otro libro sobre cómo podríamos cambiar la sociedad para mejor es «Utopía para realistas», de Rutger Bregman. Quedan muchos cambios por hacer y por algún sitio hay que empezar. Aquí te dejo el vídeo.

Gracias y hasta la próxima.

La dependienta, de Sayaka Murata

Sayaka Murata ofrece en «La dependienta» una protagonista singular que solo aspira a su hueco en el mundo.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. Una mujer que ha encontrado su lugar. Un hombre que está convencido de que alguien le debe algo. Una sociedad que exige continuamente nuestro conformismo, aunque ya se lo hayamos entregado. Es «La dependienta», de Sayaka Murata.

La publica Duomo ediciones con traducción de Marina Bornas.

Entremos en la tienda.

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Keiko Furukura sabe que no es una persona normal. Así que vive oculta en los huecos que la sociedad le deja: trabaja por horas en una tienda abierta veinticuatro horas, parte de una gran cadena, donde es feliz siguiendo el manual de empleado al pie de la letra. Por desgracia, ya ha cumplido los 36 y la sociedad tiene ideas muy claras sobre lo que una mujer de su edad debe hacer.

«La dependienta» es una de esas novelas muy serias escrita con mucho sentido del humor. Muestra a una protagonista francamente peculiar, muy diferente al lector, pero cuyo deseo de poder vivir tranquilamente, en paz, con su forma de ver el mundo, es perfectamente comprensible.

Keiko no es solo que quiera vivir la vida de otra forma, sino que ella misma es muy diferente a los demás. Cuando era pequeña, decidió que la mejor forma de separar a unos compañeros de clase que se peleaban era usar una pala. Ante los lloros de un bebé piensa que un cuchillo sería la solución. Las emociones que siente son diferentes y quizá más limitadas. No sabe lo que es la ira. No experimenta tampoco mayor interés por el sexo o tener pareja. Y su definición de comer es limitarse a hacer lo mínimo para que algo sea masticable.

Su problema principal es que la vida tiene muchas reglas rara vez explícitas, increíblemente sutiles y en muchas ocasiones inconsistentes. Tiene que recurrir a las excusas inventadas por su hermana para justificar seguir trabajando por horas en una tienda. Porque en la tienda hay algo que no existe en el mundo real: un manual perfectamente claro explicando cómo ser el empleado ideal. Keiko no sabe ser humana, pero sí sabe ser humana de tienda: ser dependienta.

Por desgracia, la sociedad sigue insistiendo. Cuándo piensa casarse y encontrar un trabajo estable. Así que concibe un plan genial: fingir que mantiene una relación con un antiguo compañero de trabajo, Shiraha, un vago redomado que busca la vida más sencilla pero que inicialmente parece similar a ella.

Pero el tiro sale por la culata. La pobre Keiko acaba con más presiones que antes y encima rompe el delicado equilibrio de la tienda. Para sus compañeros, incluso para su jefe, de pronto deja de ser una simple dependienta y se convierte en “persona”, con vida sentimental y planes de boda.

Lo mejor de «La dependienta» es su protagonista, que nos cuenta la historia en primera persona. Es claramente neuroatípica, pero acepta su situación sin rencor ni odio. A pesar de que piense cosas que no consideramos normales, ella solo aspira a vivir tranquilamente. Es un personaje muy simpático que aspira a sobrevivir en un mundo que no acaba de entender.

Un poco como todos nosotros.

La autora se deleita mostrando a Keiko como una observadora casi ornitóloga, que tiene calados los movimientos de clientes y empleados. La tienda es un lugar ordenado, donde cada uno es un objeto que ejecuta su función. Ella se limita a obedecer el reglamento e imitar a los demás, para encajar.

Incluso el trabajo emocional, el tener que sonreír continuamente y ser amable, no le importa. Ser un engranaje más de una máquina enorme es justo lo que quiere. Ella nació realmente cuando se convirtió en dependienta.

El humor de la novela va de fondo, ocupando casi siempre el espacio entre los deseos de Keiko y la realidad social. Ella no acaba de entender por qué le insisten y con ella tampoco el lector.

Me encanta además que la reflexión de la novela sea doble. Por un lado, preguntarse por qué la sociedad puede llegar a insistir de esa forma, exigir que interpretemos unos papeles determinados. Y por el otro, mostrar qué tipo de persona sería la ideal para ser engranaje, para ser perfectamente conformista.

O inconformistamente conformista.

O conformistamente inconformista.

Algo así…

En ese aspecto, si el final te parece feliz o trágico depende firmemente de tu valoración de Keiko. A mí me pareció que completaba maravillosamente su arco narrativo y no podría ser más feliz.

Lo que no dejo de preguntarme es si la novela mantiene alguna relación con «Indigno de ser humano», de Osamu Dazai. De hecho, parece jugar con esa obra, ofreciendo a su protagonista como ejemplo de otra forma de llevar eso de no encajar en el orden social y pintando a Shiraha como una versión paródica del protagonista de Dazai. Ya digo, no dejo de pensarlo, pero he sido incapaz de dar con ningún comentario al respecto. Es algo que le preguntaría a la autora.

«La dependienta» es una divertida novela sobre las exigencias sociales y cómo cada uno se enfrenta a ellas. Incluso una persona que no acaba de entender por qué se le piden esas cosas y con qué sentido.

Y si quieres otra novela japonesa sobre personas al margen de la sociedad, te dejo aquí el vídeo sobre «La fórmula preferida del profesor». Los primos son los mejores números.

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Gracias y hasta la próxima.

Una ciudad a caballo entre dos continentes, dos religiones, dos culturas. Su caída marcó el mundo. Eso es lo que cuenta Roger Crowley en «Constantinopla 1453: El último gran asedio»

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. Una ciudad milenaria a caballo entre dos mundos, dos religiones, dos formas de concebir la sociedad. Una ciudad codiciada por todos y cuya caída marcó un final y un renacimiento. Es «Constantinopla 1453: El último gran asedio», de Roger Crowley.

Lo publica la editorial Ático de los libros con traducción de Joan Eloi Roca.

No, ya no podemos volver a Constantinopla.

Mi nombre es Pedro Jorge Romero y en este canal te hablo de lecturas que valen la pena. Suscríbete para estar al día y no olvides darle a la campanita para no perderte ningún vídeo.

Me encanta este libro. Me gustó mucho cuando lo leí por primera vez hace unos años. Y me ha vuelto a encantar en esta nueva lectura.

Pero antes de seguir… gracias a Ático de los libros por enviarme el ejemplar para reseñar. Pero como digo siempre, el libro es de la editorial, pero las opiniones y comentarios son exclusivamente míos.

«Constantinopla 1453: El último gran asedio» es un libro ágil, informativo, fascinante, muy bien contado, que no deja un momento de pausa y que sabe abrirse más allá de los límites del conflicto que cuenta. Reflexiona sobre cambios tecnológicos y políticos, sobre las transformaciones de las poblaciones y de las culturas, sobre organizaciones y jerarquías.

En el centro, claro, la ciudad de Constantinopla. Constantinopla, la nueva capital del Imperio Romano, en su momento la ciudad más grande y rica del mundo, una ciudad que exhibía su poder ante todos. Constantinopla justo en la confluencia de dos continentes, rodeada por mar en tres de sus lados, y protegida en el otro por una impresionante muralla que la había defendido durante mil años. Constantinopla, el último representante del cristianismo en territorio del islam.

Ciudad saqueada en 1204 por la cuarta cruzada, convertida en una mísera sombra de lo que fue, capital de un imperio cada vez más reducido. Pero aún así, todo un símbolo, la heredera de Roma, el recordatorio de una época que ya no existía. Quien poseyese Constantinopla poseería el mundo. Razón por la que la ciudad estaba acostumbrada a ser asediada periódicamente. Una ciudad con ahora una población tan reducida que algunos de sus barrios, tras las murallas, eran a todos los efectos pueblos separados.

Y así fue como el joven sultán Mehmed II, con solo veintiún años y acompañado de un descomunal ejército, se plantó ante ella el mes de abril de 1453, en lo que sería el último asedio contra la ciudad. 53 días después, Constantinopla caía bajo el poder del Imperio Otomano.

Roger Crowley cuenta toda esta historia con un estilo asombrosamente vívido, pasando de un acontecimiento a otro con ritmo perfecto, manteniéndote interesado mientras baraja múltiples versiones de un mismo detalle (las crónicas son dispersas y en ocasiones contradictorias) para hacerte sentir como si realmente estuvieses allí. De la política de la Europa cristiana pasa hábilmente a un detalle personal e íntimo para luego darnos una muestra del genio organizativo del sultán o del enorme ingenio defensivo de la bizantinos.

A mí en el colegio me contaron la caída de Constantinopla como el inicio del Renacimiento. Por supuesto no es así, y esos procesos históricos rara vez dependen de una única causa. Pero si es cierto, como este libro deja muy claro, que ese hecho en concreto es tremendamente simbólico de un mundo que ya estaba cambiando y de equilibrios que ya se estaban desplazando. Vamos, si hasta hay una canción.

Por ejemplo, los ejércitos en sí.

Hoy tenemos una imagen muy en blanco y negro. Pero esos dos ejércitos eran mucho más multiculturales de lo que podría pensarse. Había muchos cristianos en el bando musulmán, y musulmanes en el bando cristiano. Por otra parte, era una batalla medieval, y el grado de brutal violencia es el de una batalla medieval. Sin embargo, el grado de organización y ejecución era impresionante. El ejército otomano requería de los recursos de todo un imperio, moviendo materiales de un lado a otro para preparar el asedio.

Las naciones europeas, por su parte, eran ya más cercanas a nosotros de lo que podrían pensarse. Estaban más preocupadas de sus intereses comerciales que de cualquier otra cosa y también de su propia seguridad inmediata, recelando sobre todo unas de las otras (enemistades, por cierto, que se repetían en la propia ciudad de Constantinopla). La religión, dejando de lado el tema de la unión de las iglesias, parecía una cuestión secundaria. Como dice el autor, eran naciones ya demasiado seculares. La diplomacia, que para muchos era cuestión de vida o muerte, es una constante en esta historia.

De hecho, los genoveses tenían todo un asentamiento, Gálata, frente a Constantinopla, supuestamente neutral. Una neutralidad más bien imperfecta.

Pero a mí personalmente lo que me fascina de este libro es que cuenta una historia que más allá de su enormidad geopolítica y humana es también tremendamente tecnológica.

La triple muralla de Constantinopla era un primor. Era la defensa perfecta y había protegido a la ciudad hasta ese momento. Pero frente a ella, el ejército otomano se plantó con los mayores cañones de la época, unas impresionantes obras de ingeniería que habían requerido conocimientos de muchas naciones y que exigían un grado de organización impresionante. Se rompían con su uso y debían ser reparados o modificados sobre la marcha. Todo un contingente de especialistas debía desplazarse con ellos.

Esos cañones disparaban proyectiles que oscilaban entre los 90 y los increíbles 700 kilos en el caso del supercañón diseñado por el húngaro Urbano, que ya había ofrecido sus servicios a Constantinopla (que carecía de recursos económicos y materiales). Se estima que la ciudad recibió 5.000 cañonazos, que exigieron 25 toneladas de pólvora. Hay una combinación de guerra antigua y moderna en esta historia. Como todo lo relacionado con la caída de Constantinopla, hay algo de mundo que muere y mundo que nace, algo de periodo de transición. Todos lo que prestaban atención sabían que la ciudad caería en algún momento. Si no hoy, mañana.

Por supuesto, los cañones no fueron el único elementos. Se asediaba, se asaltaba con torres, se cavaban túneles bajo las murallas, se inventaban métodos para localizar esos túneles, se tendía una cadena para cerrar el Cuerno de Oro, las flotas luchaban y los barcos se trasladaban por tierra…

Pero más allá de eso, si consideramos la capacidad de organizarse como una tecnología, una forma de hacer las cosas, este asedio es tremendamente fascinante. A mí me encantan los procedimientos, disfruto muchísimo descubriendo cómo se hacen cosas que parecen sencillas. Y Roger Crowley no defrauda en ese aspectos. Más de una vez durante la lectura, como sin duda me pasó la primera vez, tuve que detenerme para admirar el ingenio que le echaban.

Y en el centro de este libro lo que hay es una ciudad, a la que su autor claramente le tiene mucho cariño. La que fuera Bizancio, luego Constantinopla y que finalmente cambiaría su nombre a Estambul. Pasa eso con las ciudad. Incluso Nueva York se llamaba Nueva Amsterdam.

Fue capital de sucesivos imperios. Pero curiosamente, como indica el propio autor, en cierta forma tuvo que caer para poder renacer. Mehmed la convirtió en una ciudad multicultural, a caballo entre dos continentes, donde convergían innumerables rutas comerciales. Una ciudad mucho más tolerante de lo que era habitual en la época. A pesar de ser un trauma para Occidente, dice el autor:

«La caída también liberó la ciudad del empobrecimiento, el aislamiento y la ruina».

Y añade que los conquistadores:

«Supieron insuflar nueva vida a una ciudad asombrosa y bella, distinta a la Ciudad de Oro cristiana, pero hecha de colores no menos brillantes».

«Constantinopla 1453» es un libro que sabe moverse con agilidad entre las distintas facetas de lo que cuenta, que ofrece una visión amplia del conflicto y de la política de la época, que entra en lo personal cuando es necesario y pasa a lo global cuando hace falta. Una gran lectura.

Y si quieres otro libro sobre una época fascinante y cambios tecnológicos incesantes, entonces te dejo este vídeo sobre «El ojo del observador», los cambios en la forma de ver el mundo en la República Neerlandesa del siglo XVII.

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La desaparición de unas alumnas de un elitista colegio, en la Australia de 1900, desencadena una serie de acontecimientos que sacuden las convicciones. «Picnic en Hanging Rock», de Joan Lindsay, todo un clásico de la literatura australiana.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. Una desaparición repentina. Un misterio que no tiene sentido. Un enigma que no se puede resolver. Una invasión que se produce bajo la atenta mirada de una roca casi eterna. Es «Picnic en Hanging Rock», de Joan Lindsay.

Lo publica Impedimenta con traducción de Pilar Adón.

Vamos de picnic…

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«Picnic en Hanging Rock» es un clásico de la literatura australiana. Se publicó originalmente en 1967 y cuenta la historia de unas alumnas que desaparecen en la formación rocosa de Hanging Rock durante una excursión el día de San Valentín. La autora decía haberla escrito en dos semanas, a medida que los sueños se la iban dictando.

A mí lo que me llama poderosamente la atención de esta novela, más allá del argumento, es que ejecuta una maniobra tremendamente complicada. Es simultáneamente una novela sobre una presencia y una ausencia. Hay una invasión alienígena y a la vez hay algo que extrañamente falta. En la terminología de Mark Fisher, sería una novela que es a la vez weird y eerie.

Primero la invasión.

La novela entra directamente en el asunto. Es el día de San Valentín y las alumnas de la elitista escuela privada Appleyard salen de excursión a Hanging Rock. Se trata de una famosa y característica formación rocosa habilitada para picnics. La acción se sitúa en 1900, así el viaje hasta allí es largo y se hace en carruaje.

La novela, por cierto, presenta la historia como real y ofrece todo tipo de detalles periodísticos falsos.

Una vez allí, algunas alumnas acompañadas de la profesora de matemática deciden explorar la base de la formación. Y no regresan nunca. Bueno, una de ellas reaparece posteriormente, pero sin ser capaz de arrojar luz sobre lo sucedido.

Por supuesto, se inicia una búsqueda frenética, pero las consecuencias de la desaparición, totalmente misteriosa e inexplicable, se van ramificando y buena parte de la novela consiste en narrar esas ramificaciones. Los hechos trastocan las vidas de muchos personajes, en ocasiones produciendo conexiones, casualidades y azares que alcanzan finales inesperados.

Pero nada esto sucede en el vacío. La desaparición se produce en el contexto de la ocupación británica de Australia. La autora no vacila en ningún momento en mostrar a los europeos como invasores, como personas que creen que han llegado a un lugar vacío, un lugar sin historia, donde no pasó absolutamente nada hasta la llegada de los británicos. Un lugar donde todo está todavía por hacer, como dice un personaje.

La novela contrasta continuamente esa idea ingenua con las enormes extensiones de tiempo del propio mundo, de la geografía. Los venidos de fuera invariablemente desdeñan los millones de años geológicos, o directamente sienten miedo. Pero «Picnic en Hanging Rock» jamás te permite olvidar que Australia ya estaba allí, y no está vacía por mucho que los recién llegados lo crean.

El paisaje, la geografía, los animales, los insectos son siempre observadores de fondo de esta historia. Siempre están ahí. Gran parte de la atmósfera misteriosa de la novela depende de ese punto de vista, de la comprensión de que allí ya han pasado cosas, de que los parámetros que sirven para medir otros lugares no operan allí. Durante el viaje de ida, la profesora de matemática hace una referencia al teorema de Pitágoras aplicado al camino, para desconcierto total del conductor. En Australia eso no necesariamente se cumple.

Llega el punto incluso de que la novela contrasta las filosofías de vida de aquellos nacidos en Australia, y que han crecido en esa tierra, y los británicos recién llegados que no son capaces de comprender las dimensiones de la isla continente y no están capacitados ni para sobrevivir de verdad. Para ellos, todo es extraño y desconcertante. En febrero hace mucho calor.

Esa invasión está presente desde el mismo principio, con unas primeras páginas antológicas. El colegio en sí se presenta como una monstruosidad, algo totalmente fuera de lugar, una presencia impostada, algo que no debería estar. Una fuerza corrupta.

Las niñas sin embargo se presentan como seres a medio camino, todavía en transición. Todavía con cierta sintonía con lo natural, con la tierra y el aire. Pero ya a punto de pasar a la sociedad. Las niñas en esta novela son totalmente liminares.

Y nadie representa mejor la invasión que la directora del colegio, la señora Appleyard. Ella representa las reglas, los tiempos humanos, las cronologías, las costumbres sociales, el decoro, los intentos de controlar un mundo que no se deja, el deseo de orden… Frente a una naturaleza caótica, irreal, compleja, llena de vida, impasible, azarosa, ensoñadora, eterna… La roca posee una mirada de millones de años.

La señora Appleyard no puede estar más alejada de lo natural, insiste la novela una y otra vez. La directora encorseta, limita y marca los modelos de la sociedad.

¿Y la ausencia?

Pues los aborígenes australianos. Ellos estaban allí. No es verdad que Australia estuviese vacía. Hanging Rock era el hogar de alguien. Allí vivían unas personas a las que expulsaron para crear una zona de picnic. La desaparición que se cuenta en la novela remite a la desaparición histórica.

No tengo claro qué esperaba al empezar a la lectura de «Picnic en Hanging Rock». Ciertamente no me esperaba esa reflexión sobre mundos enfrentados, sobre escalas temporales tan incompatibles, una novela que reflexiona sobre la destrucción causada por cada paso que dan los personajes. Ciertamente no esperaba una novela tan increíblemente ecológica, en el sentido de que la naturaleza misma es uno de los protagonistas esenciales de la novela, parte de una dualidad fundamental.

Francamente, me pareció una obra maestra que merece una lectura atenta.

Y si quieres otro libro consciente del lugar en el que se desarrolla, no puedo sino recomendarte «El bebedor de vino de palma», de Amos Tutuola, con su asombrosa reelaboración de la tradición oral yoruba.

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Enrique Vila-Matas reúne en «Impón tu suerte» una serie de ensayos sobre todo tipo de temas. Pero cada uno de ellos vuelve una y otra vez a la literatura y lo literario, a una serie de lecturas literarias.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. Enrique Vila-Matas es un prosista excepcional, un escritor como hay poco, autor de una obra singular y fascinante. Y en los ensayos de «Impón tu suerte» recorre imprevisibles senderos literarios.

Lo publica la editorial Círculo de Tiza.

Empecemos.

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Para organizarme, uso banderitas de colores donde escribo el título del libro. Cada color, un tipo de libro. En el caso de «Impón tu suerte», la banderita es naranja, lo que en mi sistema indica un libro de ensayo.

En teoría es lo que es, un libro que reúne 140 ensayos sobre distintos temas, que sin embargo siempre confluyen de una forma u otra hacia lo literario.

Pero estamos hablando de Enrique Vila-Matas, un escritor que no quiere hacer ese tipo de distinciones, un autor que claramente nos dice en la introducción: «no me dedico a la no ficción, ni al realismo negro ni sucio, ni a la maldita autoficción; el espacio en el que siempre me moví es simplemente el de la ficción, sin más».

En ese aspecto, «Impón tu suerte» bien podría ser una novela de Enrique Vila-Matas, donde aparece un personaje llamado Enrique Vila-Matas que hace cosas que bien podría hacer Enrique Vila-Matas. ¿Qué distingue a este libro de «Marienbad eléctrico» o «Kassel no invita a la lógica»?

O mejor dicho.

¿Qué ganaríamos haciendo semejante distinción?

Después de todo, como él mismo dice: «la obra es solo una».

Da igual. «Impón tu suerte» es un libro maravilloso. Un repaso estimulante, vital, entusiasta y extremadamente inteligente a toda una serie de literaturas, obras y autores. Todo eso filtrado a través de la personalidad de Enrique Vila-Matas, de sus preferencias, de sus gustos, de su forma de entender la literatura y, muy importante, su forma de encarar la actividad de escritor. La convicción de que lo artificial puede llevar a la verdad.

Son ensayos iluminadores, exploradores, que pasan de un autor a otro, de una obra a la siguiente, con una velocidad asombrosa, pero siempre con un comentario certero e inteligente. De hecho, la cantidad de autores mencionados es tan enorme, que el muy útil índice onomástico tiene nada menos que 22 páginas.

Por supuesto, las obras mencionadas son las que se ajustan a la concepción de la literatura que tiene Vila-Matas. No es que él mismo considere que su forma de leer sea la única, ni siquiera la mejor, pero es la suya. Las ficciones que le gustan son las que se pelean con los bordes, dice, las, usando esa palabra tan bonita, liminares, las que vacilan en el umbral sin saber del todo donde han puesto los pies.

Obras que se arriesgan, obras que se meten en líos, obras que llegan a un callejón sin salida. El experimento audaz y fallido antes que la estéril perfección de lo bien hecho pero convencional.

Y si eso te puede gustar a ti, este libro es ideal. Enrique Vila-Matas tiene la endiablada habilidad de explicar lo más interesante de un texto usando un par de palabras. Ee excavar y dar justo con ese minúsculo detalle que hace que valga la pena leer la obra de la que habla.

Además, se muestra inteligente y capaz de valorar el mundo tal y como es. En ocasiones se pone apocalíptico, pero se resiste gallardamente. Por ejemplo, comenta que en España nunca se ha editado tan bien, aunque es verdad que los suplementos literarios han degenerado bastante.

También demuestra una mirada enormemente lúcida que le lleva a aceptar que la cultura no es una panacea. La barbarie se puede desatar en el lugar más culto. Pero cabe la esperanza, aunque sea lejana y difusa.

No quiero dar la impresión de que todos los textos tratan de literatura. No, no, toca todo tipo de temas. El uso de redes sociales, el paseo como una de las pocas actividades no colonizadas por el capitalismo, la política reciente o el hecho de que el presente es tan terriblemente denso que nos impide por completo pensar.

Pero sí que de alguna forma todos esos temas vuelven a lo literario, a veces por senderos insospechados. Por ejemplo, un paseante permite reflexionar sobre la doble vida del escritor, que por tanto no está anclada en ningún lugar concreto.

«Impón tu suerte» no es solo una delicia de lectura, es también para mí una fuente inagotable de lecturas novedosas. Más de una vez tuve que detener la lectura para ir a la librería a obtener con premura ese libro tan interesante que Vila-Matas estaba contando tan bien.

Y si te interesa otro ensayo sobre el estado de nuestra cultura, aquí tienes el vídeo sobre «El intelectual melancólico», de Jordi Gracia.

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Gracias y hasta la próxima.

En «El río de la conciencia», Oliver Sacks nos ofrece diez ensayos sobre ciencia, mente y memoria. Toda una demostración de maestría reflexiva y explicativa.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. El neurólogo y gran divulgador Oliver Sacks ofrece una recopilación de ensayos que demuestran su capacidad, erudición y elegancia explicativa. Es «El río de la conciencia».

Lo publica Editorial Anagrama con traducción de Damià Alou.

A nadar.

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Este es un libro bonito y elegante, escrito por un maestro del ensayo, que sabe empezar con un tema, pasar a otro, crear conexiones y llegar a su conclusión, creando una exquisita espiral virtuosa.

No es de extrañar. Oliver Sacks no solo fue un científico en activo, sino también uno de esos grandes divulgadores capaces de combinar conocimientos de distintas disciplinas para iluminar los diferentes recovecos de la experiencia humana.

Libros como «Despertares», «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero» o «Alucinaciones» demostraron sus enormes habilidades como autor.

«El río de la conciencia» es una recopilación de diez ensayos. Algunos están dedicados a figuras concretas, otros a algún tema relacionado con la mente y un puñado trata de sus propias circunstancias personales.

Pero en realidad, todos dan vueltas alrededor de unas pocas preocupaciones, con cada ensayo expandiéndolas y expresándolas a su modo.

El primero de ellos “Darwin y el significado de las flores” es un fascinante retrato del Darwin botánico, ofreciendo muchos e interesantes detalles sobre su estudio de las flores, y de cómo ese estudio cimentó aspectos de su teoría de la evolución.

A veces el proceso del descubrimiento científico se presenta como puntuado, un hecho singular que aparece de pronto. Pero el ensayo sobre Darwin ilustra que el trabajo científico es la aplicación minuciosa de tiempo y esfuerzo.

Algo similar sucede con “El otro camino: Freud como neurólogo”, que muestra los veinte años que el fundador del psicoanálisis pasó con sus investigaciones neurológicas. Muestra sus ideas iniciales, su insatisfacción con un modelo del cerebro que le resultaba demasiado estático y mecanicista, y que muchas de sus ideas neurológicas siguen siendo relevantes. Vamos, que muestra al Freud neurólogo como un precursor importante.

Proceso que culmina en el último ensayo, “El escotoma: negligencia y olvido en la ciencia”, donde con esa erudición modesta suya se pregunta por qué algunas ideas precursoras permanecen en la oscuridad y deben ser redescubiertas posteriormente. Muestra la ciencia como un proceso contingente, azaroso, donde las ideas deben ajustarse al marco teórico de ese momento para ser aceptadas o simplemente consideradas. Por extraño que parezca, incluso las ideas científicas requieren aparecer en el momento justo.

La mente es el otro gran tema. Desde nuestra percepción del paso del tiempo, en “Velocidad”, donde describe cómo ciertos desórdenes o drogas pueden alterar la percepción del tiempo, para terminar hablando de los límites inherentes a nuestra fisiología.

“La falibidad de la memoria”, que describe nuestra incapacidad para garantizar que nuestros recuerdos sean reales. “El yo creativo”, que retoma el olvido como fundamento de la creatividad y se plantea los mecanismos inconscientes que la permiten. Inclusos los ensayos más personales, “Transoír” y “Una sensación de malestar general”, ejecutan la misma maniobra del resto de los ensayos: partir de lo concreto, del ejemplo o la anécdota para luego teorizar o abstraer.

Por supuesto, en una recopilación de este tipo, no todos los ensayos están al mismo nivel y cada lector hará su particular selección. He dejado para el final dos de mis favoritos, los que considero mejores y que me parece que sintetizan el talento de Oliver Sacks para reflexionar, escribir y explicar.

“El río de la conciencia” se plantea justo eso, el hecho de que percibimos nuestra propia conciencia como un flujo continuo de algo. ¿Esa impresión es real? Usa el cine como metáfora para plantearse si la conciencia no será más bien una sucesión de instantes aislados que el cerebro recompone como continuos. Muestra algún caso fascinante donde la conciencia parece detenerse y no vacila en adentrarse en el terreno de la qualia. Nosotros no nos limitamos a hacer o calcular: percibimos, como una experiencia cualitativa. Para nosotros el rojo es algo más que una frecuencia de la luz. El rojo para nosotros es rojez.

“Sensibilidad: las vidas mentales de las plantas y las lombrices” es un asombroso modelo de elegancia, un ejemplo magistral de cómo escribir un ensayo. Retomando a Darwin y un comentario suyo sobre las lombrices, traza todo un mapa sobre la continuidad de la mente en el mundo natural. Desde los seres más pequeños, incluyendo las plantas, hasta nosotros, ofreciendo una panorámica abierta y expandida de lo que es la mente. Un ensayo fascinante.

En ese ensayo, además, comenta el caso de los cefalópodos, como seres muy inteligentes. Y para saber más sobre la inteligencia de los pulpos, no se me ocurre nada mejor que «Otras mentes», de Peter Godfrey-Smith. Aquí te dejo el vídeo.

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Gracias y hasta la próxima.

Todd May es asesor filosófico de la serie «The Good Place», porque su libro «La muerte: Una reflexión filosófica» es un certero análisis de nuestra mortalidad.

Lo publica Biblioteca Buridán.

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TRANSCRIPCIÓN

¡Ay, pobre Yorick!

Yo le conocía, Horacio. Tenía un humor incansable, una agudeza asombrosa.

Hola. Tengo una mala noticia. Vamos a morir. Algún día. Es una faena, sí, lo sé. Pero Todd May en «La muerte: Una reflexión filosófica» intenta acotar los límites de semejante jugarreta.

Lo publica Biblioteca Buridán con traducción de Josep Sarret Grau.

Qué depresión, pero no queda otra que empezar.

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Es muy posible que el nombre de Todd May no te suene de nada. Tampoco es que los nombres de profesores de filosofía salgan habitualmente en las conversaciones. Pero es muy posible que te suene la serie a la que asesora: «The Good Place», las aventuras de Eleanor Shellstrop, Chidi, Jason y Tahani. Una serie que precisamente se inicia con la muerte de los protagonistas.

Cuentan que justo este libro, «La muerte: Una reflexión filosófica», acabó en manos del creador de la serie, Michael Schur, y el resto es historia. Alguien se tiene que asegurar que los chistes sobre Kant y Aristóteles tengan sentido.

Pero vamos al libro.

Nace, por supuesto, de la percepción de la mortalidad, esos momentos donde recordamos que vamos a morir y hasta pensamos: “mira, me toca hoy”. Todd May parte de una anécdota de ese estilo.

El primero de los tres capítulos caracteriza la muerte en sí. La muerte es, nos dice, de todos los hechos importantes de la vida, el más importante, porque la muerte colapsa todos los demás.

La muerte ni siquiera es un final, como acaban las novelas o las películas. Es una interrupción. Es el cese de las experiencias. Es la destrucción de los placeres. La muerte es inevitable e incierta.

No es nada nuevo, claro. Ya el mismo Eclesiastés nos advertía que todo es vacuidad, solo vacuidad y nada más que vacuidad. O como olvidar a los grandes filósofos, Bill y Ted.

Pero por si todo lo anterior fuese poco, la muerte además hace que dudemos del sentido del mundo.

Es decir, para qué esforzarnos, para qué hacer, si al final todo va a desaparecer. ¿Qué sentido tiene cualquier acto humano frente a la eternidad? ¿Cuál es el valor de una vida humana si está condenada a desaparecer?

Todd May va exponiendo varias tradiciones filosóficas y varias opciones. Por ejemplo, Epícuro y su idea de que no debemos temer a la muerte porque es algo que jamás experimentaremos. No suena nada convincente. O Nagel, sobre la valía intrínseca de vivir. El simple hecho de estar vivo.

Por supuesto, te habrás dado cuenta de que el tono del libro es totalmente ateo. Da por supuesto que no hay nada más allá y cuando se refiere a las religiones lo hace en el contexto de intentar contener el conocimiento de que vamos a morir.

Porque esa es la cuestión. Sabemos que vamos a morir. Si no lo supiésemos, pues tampoco pasaría nada. Pero la muerte pesa sobre todos nuestros actos y todos los segundos de nuestra existencia.

El segundo capítulo recurre nada menos que a Borges y su cuento “El inmortal”. Es decir, la otra opción. ¿Cómo sería eso de no morir? ¿Cómo se comportaría un inmortal? Alguien eternamente de mediana edad, por ejemplo, que supiese que no va a morir jamás. ¿Cómo encararía el mundo? ¿Cómo podría decidirse a hacer algo si siempre queda tiempo para emprender cualquier proyecto? La eternidad futura siempre será mayor que cualquier pasado.

Su conclusión es que la inmortalidad es incompatible con la humanidad. Que la inmortalidad borraría el sentido de nuestras vidas tanto como lo hace la muerte.

Yo recelo mucho de los textos que pretenden demostrar que la inmortalidad sería tremendamente aburrida, una infinita extensión de tedio. Siempre me pregunto si no será un fallo de imaginación.

Además, ¿no podría probar? Digamos, ¿vivir un millón de año? ¿Vale? O medio millón, ¿no? ¿1000? ¿Mil años y luego cuento qué tal, si me he aburrido mucho? ¿Quinientos? No es más que un parpadeo comparado con la eternidad. Un breve experimento. Tampoco pido tanto. ¿Vale? ¿Puede ser? ¿Por probar?

No, no puede ser. No a menos que se produzca un cambio tecnológico por ahora ni siquiera planteable. Y tampoco el argumento del libro es que la inmortalidad sea mala en sí. El problema es que la inmortalidad no sería humana. Ser inmortal sería ser algo completamente diferente a un ser humano. Lo cual no sería un problema si fuese una opción…

Pero resulta que como seres humanos que somos, seres que saben que van a morir, es justo la muerte lo que dota de sentido a nuestras acciones. La paradoja es que la muerte da sentido a nuestras acciones, pero no hay un buen momento para morir. La paradoja es que la muerte nos hace humanos, pero morirse es una faena.

He ahí el problema.

Y a eso dedica el tercer capítulo, a intentar resolver esa paradoja. O mejor dicho, a buscar la forma de integrarla en nuestra vida. Tarea para la que vuelve a recurrir a distintas tradiciones filosóficas para luego integrarlas en su respuesta final.

¿Lo que propone en ese capítulo final es la respuesta? ¿Es la mejor manera de vivir con el conocimiento de la muerte? Eso es lo que cada uno debe decidir por su cuenta.

Me gustó mucho este libro. No estoy de acuerdo con algunos de los argumentos, y creo que el budismo y el estoicismo no son tan limitados como da a entender. Pero me gusta mucho la forma en que lo cuenta y lo claramente que muestra la paradoja humana de la muerte. Incluso su respuesta, si debo decir la verdad, me parece bastante razonable.

Pero ¿qué piensas tú? Deja tus opiniones, comentarios y recomendaciones. Y recuerda, si te interesa ver más vídeos sobre lecturas que valen la pena, ya sabes: suscríbete. Hay un botón por ahí debajo.

Gracias y hasta la próxima.

¡Universo!, de Albert Monteys

Robots demasiado enamorados. Formas de vida demasiado alienígenas. Jefes muertos que siguen dando la vara. Una extraña dislocación emocional y cronológica. Es «¡Universo!», de Albert Monteys.

Lo publica Astiberri Ediciones

En mi canal de YouTube recomiendo lecturas que me gustan y que creo que podrían interesar a otros. Si quieres saber cuáles son, suscríbete.

Después del vídeo tienes la transcripción del contenido.

TRANSCRIPCIÓN

Hola. Robots demasiado enamorados. Formas de vida demasiado alienígenas. Jefes muertos que siguen dando la vara. Una extraña dislocación emocional y cronológica. Es «¡Universo!», de Albert Monteys.

Lo publica la editorial Astiberri.

Marchemos al futuro.

Mi nombre es Pedro Jorge Romero y en este canal te hablo de lecturas que valen la pena. Suscríbete para estar al día y no olvides darle a la campanita para no perderte ningún vídeo.

Al grano. «¡Universo!», de Albert Monteys, es uno de los mejores libros de ciencia ficción en español. Ya sea cómic, novela o ensayo especulativo. Es de la mejor ciencia ficción española. Todo un triunfo del género.

Si te mola la ciencia ficción, eso es todo lo que necesitas saber. Este vídeo es así de cortito…

Ah, ¿qué quieres más? ¿Que aquí estoy para darte razones?

Uff, ¡cómo me haces trabajar! Menos mal que me caes bien.

Vale, vamos…

«¡Universo!» lo hace todo bien. Albert Monteys combina ideas espectaculares, cósmicas, grandiosas con un grafismo intenso, colorista y exuberante, un uso magistral de las viñetas para marcar el tiempo y la distorsión y, por si no fuese suficiente, lo redondea todo con una tremenda conciencia humana y un cariño especial para las clases sociales más desfavorecidas.

En este libro no hay aguerridos héroes espaciales o brillantes científicos geniales. Hay personas normales intentando navegar, como intentan siempre las personas normales, un presente, su presente, cada vez más extraño, azaroso y complicado.

La primera historia es un buen ejemplo.

Se llama “El pasado es ahora”. A Alex Wortham, el megalómano jefe de una gran corporación, se le ocurre una idea genial: consumir el 23% de los recursos de la Tierra para mandar a un empleado al inicio del tiempo, donde producirá el big bang y dedicará los primeros 13 minutos del universo a grabar la marca de la empresa en todos los quarks.

Por cierto, el jefe lleva muerto varios años, pero eso no le impide seguir mandando. Ya sabes, la cabeza muerta del mercado y esas cosas.

Lo que nuestro pobre salaryman no sabe es que la vuelta a casa con su familia implica esperar 16.000 millones de años. Y para que no se desmadre, lo han mandado con una especie de ordenador guía casi omnipotente para garantizar la aparición de la empresa. Al pobre hombre, que se rinde casi siempre a la apatía mientras el universo se despliega a su alrededor, no se le permite ni el más mínimo proyecto personal. No sea que interfiera, claro…

Pero más allá de toda la perfecta ejecución de la historia y el grafismo, el núcleo que sostiene “El pasado es ahora” es ese delicado equilibrio entre la historia sencilla de un hombre al que le gustaría volver a casa tras su jornada laboral, de 16 mil millones de años, y las enormes fuerzas del capitalismo más voraz que no le permiten ni un respiro.

Y así sucesivamente. Albert Monteys demuestra en cada historia su dominio del cómic y de los recursos pulp para sacarse de la manga historias alucinantes que tocan la famosa condición humana. El amor que queremos y el que recibimos, vivir una fantasía o entregarnos a la realidad en “La fábrica del amor”. El impresionante homenaje a Kirby en “Taurus-77” con extraterrestres que son demasiado extraños para ser mediáticos (tenemos claro lo que queremos en nuestros aliens), que acaba siendo una deliciosa vuelta de tuerca a los temas de Stanislaw Lem.

La extraña invasión de iluminados en “Lo que sabemos del planeta tierra”, que antes de su exquisitamente irónico final, todo un golpe en el mejor sentido, habla de la fertilidad y la infertilidad, de la fragilidad y la perfección.

Y acabando con ese impresionante retrato de las relaciones de parejas que es “La Cristina del mañana”, donde una mujer va percibiendo el tiempo cada vez con más adelanto, alejándose por tanto cada vez más del presente, obligada así a presenciar el paso de la existencia como una observadora incapaz de intervenir. Es una historia donde las viñetas mismas se rompen y se trastocan, incrementan el dinamismo ya presente en toda la colección, para seguir así el estado de la protagonista. Una historia conmovedora, emotiva, turbadora, desgarradora… una historia que merece todos los premios.

Las historias están ligeramente interconectadas entre sí. Algunas más que otras. El título «¡Universo!» no es casual. Todos los personajes habitan el mismo mundo.

Pero lo mejor todo es que esto sigue. Este no más que un primer volumen. Albert Monteys sigue creando episodios nuevos que va publicando digitalmente en Panel Syndicate (enlace en la descripción). Aunque yo te recomiendo comprar la recopilación. Leerlas seguidas es ir dejando que cada historia deje su poso en la siguiente.

Y hablando de estos temas, si quieres más ciencia ficción de calidad, aquí tienes un vídeo sobre una obra maestra. Y recuerda, si te interesa ver más vídeos sobre lecturas que valen la pena, ya sabes: suscríbete. Hay un botón por ahí debajo.

Gracias y hasta la próxima.

Haruki Murakami con «La muerte del comendador (Libro 2)» cierra la historia iniciada en el primer volumen. La novela completa es una de las obras más reflexivas y apasionantes de su autor.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. El protagonista, cuyo nombre es tan importante que no se nos revela, debe ponerse en acción para localizar a una niña desaparecida. Extraviado en un mundo metafórico, se enfrenta a la vez al pasado y al futuro. Es «La muerte del comendador (Libro 2)», de Haruki Murakami.

Lo publica Tusquets Editores con traducción Fernando Cordobés y Yoko Ogihara.

Entremos en el bosque.

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Un viejo chiste se pregunta: ¿Hasta dónde puede entrar un gato negro en un bosque oscuro? Pues hasta la mitad. De la mitad en adelante está saliendo. En ese punto nos encontramos.

Pero antes de seguir… gracias a Tusquets por enviarme el ejemplar para reseñar. De hecho, es este, las pruebas finales. Como puedes ver, está lleno de notas, marcadores y postits. Gracias a eso la reseña puede estar hoy. Eso sí, el libro es de la editorial, pero las opiniones y comentarios son exclusivamente míos.

Ahora sigamos…

Comprendo por qué originalmente «La muerte del comendador» se publicó como dos libros. Uno continua al otro, efectivamente, pero la separación física entre volúmenes destaca la separación temática y emocional. Y, también es importante, la dualidad interna esencial a todo personaje de Murakami. Es una situación muy ingeniosa presente en los subtítulos de cada tomo. El primero reza “Una idea hecha realidad” y el segundo dice “Metáfora cambiante”. Justo, justo eso…

Originalmente, en este punto del vídeo me demoraba más. Primero comentaba los elementos que conectan esta novela con las anteriores de Murakami y también aquellos puntos donde se distancia. Pero no te voy a hacer esperar. Venga, primero mi valoración y luego lo demás.

«La muerte del comendador», completa, es fácilmente una de las mejores novelas de Murakami. No voy a hacer un ranking ahora, pero está ahí ganando puntos para el primer puesto. Es una obra de madurez, producida por un escritor consciente de todo lo que escribió antes, capaz de recrear su universo particular pero que comprende las limitaciones de la visión ofrecida por sus anteriores novelas. Se lee y se siente como una novela de Murakami, pero también es claramente una evolución. En cierta forma, la novela está contándose a sí misma.

Cuando reseñé el primer libro comenté que es la historia de un paréntesis, cosa que no es habitual en Murakami. Lo habitual, en novelas como «1Q84» o «Los años de peregrinación del chico sin color», es que la historia se inicie en el momento del despertar del protagonista que ha pasado cierta cantidad de tiempo, hasta años, en una especie de estado de suspensión vital. Viviendo, pero sin estar totalmente vivo.

«La muerte del comendador (Libro 1)» al contrario, arranca cuando el protagonista inicia su, digamos encierro. Se atrinchera en la casa de un famoso pintor, deja de trabajar por dinero y hace lo posible por desconectarse del mundo. Un periodo de tiempo que dura aproximadamente nueve meses, como un embarazo. Detalle que no es casual.

«La muerte del comendador (Libro 2)» continúa justo donde termina el anterior. El descubrimiento del cuadro de Tomohiko Amada en el desván había desatado toda una serie de acontecimientos, entre ellos el hallazgo de un extraño pozo en el jardín, una campanilla misteriosa y la aparición del Comendador del título.

En este segundo volumen, todo empieza a encajar. ¿Por qué se pintó ese cuadro? ¿Qué es el mundo de las metáforas? ¿Qué sucedió durante la guerra? ¿Qué relaciona la Alemania Nazi con Nankín y las bombas de Hiroshima y Nagasaki? Pero hay que aclarar que solo llegamos a saber lo que el protagonista descubre o le cuentan.

Y cuando Marie, la niña de 13 que se identifica con la hermana muerta del protagonista, desaparece, este no tiene más opción que empezar a tomar decisiones para rescatarla. Pero ¿rescatarla de qué? Así es como watashi acaba en la tierra de las metáforas. Metáforas que son curiosamente muy concretas.

Se inicia así lo que es la parte principal del libro, la que exige del protagonista que tome decisiones y realice sacrificios, que pierda cosas para ganar otras. Todo el proceso en el otro lado es una más que real prueba de resistencia hasta prácticamente volver a nacer. Las referencias a los monjes budistas en el primer libro no eran casuales.

En cierta forma, «La muerte del comendador» es un libro sobre zonas liminares, zonas limítrofes entre un estado u otro. En ocasiones son reales, dentro de la historia, o metafóricas, como es el caso de Marie, una zona liminar ella misma como adolescente, encontrándose entre la niñez y la vida adulta. Así la novela apuntala una y otra vez el tema del renacimiento y la regeneración. En «La muerte del comendador» solo estás perdido cuando te empeñas en quedarte en el umbral.

Mucho de lo que sucede en este libro recuerda a libros anteriores de Murakami, pero las conclusiones no podrían ser más opuestas. Todo el paseo por el mundo subterráneo remite a «El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas», pero con una resolución muy diferente. Por su parte, la relación del protagonista con Marie recuerda a una muy similar en «Baila, baila, baila». Pero donde «Baila, baila, baila» es la novela más solipsista de Murakami (no sale ni un solo personaje que no sea una versión del protagonista), «La muerte del comendador» trata a Marie como una persona totalmente independiente, con su propio camino vital, con su propio desarrollo, una persona que a pesar de su complicidad con el protagonista divergirá inevitablemente.

Es decir, todos los personajes de «La muerte del comendador», incluso los más fantásticos, poseen su propia subjetividad, son seres independientes del protagonista. Es el punto final de lo que sucedía en «Los años de peregrinación del chico sin color». La ataraxia fundamental, más que explícita en «El fin del mundo», la depresión, la imposibilidad de actuar, que caracterizaban a las novelas de boku, desaparecen como rasgos fundamentales de su obra. Son sustituidos por la comprensión de que hay otras mentes en el mundo y, lo más importante, que puedes apoyarte en ellas para actuar.

En novelas anteriores, el aislamiento era la condición fundamental del protagonista, un aspecto específico e inalterable. En «La muerte del comendador», el aislamiento no es más que parte del proceso para luego poder abrirse al mundo, la necesaria terapia para llorar la muerte de tu vida anterior, descubrir tus sentimientos reales, cerrar capítulos del pasado y tomar decisiones para encarar el futuro.

Todo un proceso que está relacionada con las metáforas, las ideas, los conceptos.

El periplo del protagonista por el otro lado es explícitamente un viaje por el mundo de las metáforas. Porque el arte no es más que un conjunto de metáforas, que ayudan comprender o a exorcizar. El cuadro de Tomohiko Amada es pura metáfora. El cuadro del hombre del Subaru también lo es. El pozo del jardín es otra más. Todas reflejando de alguna forma una realidad que es o que querríamos que fuese.

Porque nuevas metáforas permiten crear nuevas acciones, nuevas relaciones. En «La muerte del comendador» hay cosas que son metafóricamente ciertas sin ser ciertas en la realidad. Pero es que en ocasiones, para un ser humano, lo realmente importante es aquello que es cierto metafóricamente. Y además, una buena metáfora hace que los peligros sean más evidentes.

Incluso la dualidad interior humana se entiende como un enorme sistema metafórico. Mirar hacia nuestro interior es sobre todo el despliegue de unas ciertas ideas y conceptos. Es un proceso lento, que no se puede realizar de golpe, pero es posible. En ese aspecto, Menshiki y el protagonista se vuelven a presentar como reflejos uno del otro, incluso en la forma en que lidian con su mundo interior.

Lo que nos trae de vuelta al arte, como el gran mecanismo para generar nuevas metáforas. El arte que finalmente es una forma de sanación y descubrimiento, incluso de expiación. El arte que no es preciso que nadie vea, cuya simple existencia es suficiente. El arte que cambia nuestra forma de ver el mundo.

En este libro se habla mucho de los muros y de cómo se levantan para aislar. Pero el énfasis continuo es en superarlos, no en derribarlos. En romper los círculos para poder cerrarlos mejor. Es decir, se pone énfasis en el cambio y la transformación. Causas y efectos se entremezclan en esta novela. En un momento dado, incluso da la impresión de que se ha producido un salto en el tiempo.

Incluso los tics molestos de Murakami están casi ausentes en este segundo libro. Esa forma extraña que tiene de referirse al cuerpo de las mujeres, y en concreto la obsesión por los pechos. Aunque veo anime y leo manga, donde se repite mucho la misma dinámica. En cualquier caso, en el libro 2 el protagonista está mucho más centrado, no tan disperso como en el libro 1, y no tiene tantas oportunidades.

Hay muchos aspectos de este libro que me encantan y considero brillantemente ejecutados. Incluso hay alguna sorpresa llamativa que choca todavía más con la idea que uno se hace de un Murakami “normal”. Pero como hablar de ellas requeriría comentar aspectos de la trama… Vamos, que sé que a la gente eso no le gusta.

¿Debería hacer un vídeo adicional hablando de lo detalles? ¿Un vídeo para los que han leído el libro? Déjame un comentario.

Solo decir que esa capacidad de Murakami para describir lo cotidiano, para mostrar a la gente simplemente existiendo, preparando la comida, pensando en medir la presión del coche, leyendo o paseando, le sirve enormemente bien. El protagonista es alguien muy conectado con las sensaciones del mundo, alguien cuya capacidad de observación, como demuestra una y otra vez, se orienta hacia el exterior y rara vez hacia el interior. En un momento dado menciona que de los cuadros que ha pintado recuerda sobre todo la sensación que le producían.

«La muerte del comendador (Libro 2)» es en suma la historia de una transformación, una metamorfosis. El hombre que sale de la casa al final no es el mismo hombre que entró. Pero el cambio es… no sé cómo expresarlo, sutil. Muchas cosas en realidad no cambian, pero sí cambia la forma de entenderlas y de situarlas en el mundo.

«La muerte del comendador» es una novela muy reflexiva, que en el fondo, si prestas atención, está continuamente deliberando sobre sí misma, en diálogo constante con toda la obra anterior de su autor. Pero es una novela, y todo lo que piensa y reflexiona está expertamente encajado en la estructura de la obra, en los personajes, en los entornos, en los diálogos. El protagonista, Marie, Menshiki… son de los mejores personajes creados por Murakami.

En resumen: una de sus mejores novelas.

Pero ¿qué piensas tú? Deja tus opiniones, comentarios y recomendaciones. Y recuerda, si te interesa ver más vídeos sobre lecturas que valen la pena, ya sabes: suscríbete. Hay un botón por ahí debajo.

Gracias y hasta la próxima.

Orestes no acaba de decidirse a volver y cumplir su destino: vengar a su padre. Es Álvaro Cunqueiro en «Un hombre que se parecía a Orestes», una novela que te lleva a una Micenas atemporal donde todos esperan a Orestes.

Lo publica Austral.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. La espera interminable por una venganza que no acaba de consumarse. Un miedo que nunca se desvanece. El destino que no se cumple. Un mundo lleno de prodigios donde todo transcurre con la más absoluta cotidianidad. Es Álvaro Cunqueiro, y el libro es «Un hombre que se parecía a Orestes».

Lo publica la editorial Austral.

Y nos vamos a la antigüedad nos vamos…

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Aunque eso de la antigüedad en realidad no. A pesar de ese título tan curiosísimo «Un hombre que se parecía a Orestes»… Que es verdaderamente singular, ¿no? ¿Quién es ese hombre? ¿Quién se parecía a Orestes? ¿Quién es Orestes? Ya volveremos luego a esas preguntas.

Pero a lo que iba. A pesar de ese título, que da a entender una Grecia arcaica, la tierra en la que transcurre la novela es un mundo indefinido donde se mezclan periodos históricos y tecnológicos. Hay magias y prodigios, pero también ingenios mecánicos. El mundo del libro es una amalgama maravillosa donde todo suena más fantástico y más realista. Tal es el asombroso talento de Cunqueiro.

Es un libro extraordinariamente bien escrito que mezcla y remezcla todo tipo de estilos. Pasa del arcaísmo al cultismo y luego al vulgarismo. Juega continuamente con la sintaxis y con la forma de contar. Usa el teatro o el relato biográfico; incluso el índice onomástico para seguir narrando. Cunqueiro logra así dotar de irrealidad a la realidad, o quizá sea al revés, dotar de realidad a la irrealidad, logrando una de las grandes novelas fantásticas. No en vano recibió el premio Nadal en 1968.

«Un hombre que se parecía a Orestes» es una novela enormemente vital. Una novela que celebra la vida rechazando completamente la épica. Una novela tan divertida como afiladamente cruel. Como la vida misma. Usa los personajes de la mitología para quitarles todo rasgo de leyenda, para convertirlos en seres humanos que vacilan, que dudan o que simplemente dicen que no.

Pero primero vamos a repasar el mito.

Agamenón, tras la guerra de Troya, regresa a Micenas. Egisto, el amante de la reina Clitemnestra, lo mata, ocupando así el trono. Siete años después, Orestes llega a Micenas para vengar a su padre matando a Egisto y a su madre. Según la versión del mito que leas, Electra o Ifigenia, las hermanas de Orestes, tienen más o menos protagonismo.

La historia sigue, por supuesto, y en la antigüedad se escribieron muchas obras añadiendo todo tipo de detalles. Pero la versión más famosa es La Orestíada de Esquilo. Aunque con el resumen que acabo de hacer nos basta perfectamente.

Porque el punto de partida singular de esta novela es que Orestes no llega. La venganza no se cumple. Ifigenia, encerrada en su torre, sigue joven, porque la profecía dice que será joven cuando guíe a Orestes y joven se quedará.

Micenas es como una ciudad medieval, algunos dicen que es una Galicia de ensueño, MICENAS, porque Cunqueiro era de Mondoñedo. Es una ciudad próspera y con movimiento. Hay de todo… caballeros, pobres, augures, verduleras. Lo normal.

Pero a la monarquía no le va tan bien. Los reyes Egisto y Clitemnestra, que se aman sinceramente, están totalmente arruinados, habiendo consumido todo su dinero en una compleja red de espías y vigilancia por si aparece Orestes. De hecho, si entras en Micenas y alguien sospecha que podrías ser Orestes, lo más probable es que acabes torturado y asesinado. Nunca se puede estar demasiado seguro.

Pero Orestes, como ya he dicho, no llega. Anda por ahí, por el mundo, sin acabar de decidirse a cumplir su venganza a pesar de la insistencia de su hermana Electra. La ciudad espera ansiosa la llegada de Orestes, porque a estas alturas sería sobre todo un gran espectáculo.

Y así la vida sigue. Cada uno dedicándose a lo suyo, defendiéndose como puede, envejeciendo y al final dejando el hueco a otro. Porque la vida es el reverso de la épica. Los seres humanos somos pequeños y mortales. Pero para este libro, ser pequeño y mortal es lo importante.

Ya pocos recuerdan a Orestes el hombre.

Ni siquiera el propio Orestes recuerda del todo a Orestes. De hecho, él no es más que uno de los varios personajes que aparecen en el libro. Un libro que se deleita en saltar de uno a otro, contándonos cómo viven sus vidas mientras esperan a un hombre que no llegará. Es un libro que no vacila en irse por las ramas porque precisamente porque irse por las ramas es vivir.

En ese aspecto, me encanta el título. ¿Quién es ese hombre que se parecía a Orestes? La primera parte, de cinco, sale un personaje que muchos toman por Orestes, pero precisamente es porque se parece mucho al personaje del mito. ¿Quién es el Orestes del título? ¿La persona real que tiene ese nombre, o el mito, un ser que no puede llegar y consumar su venganza simplemente porque no existe? ¿Orestes se parecía a Orestes?

«Un hombre que se parecía a Orestes» es un libro tremendamente divertido, pero precisamente porque la vida humana está llena de ironías y de pequeñas fatalidades. Frente a la infecunda eternidad de la épica, contrasta la sencillez de la vida humana, lo que acaba y empieza, la duda… la finitud.

La gracia es que lo hace recurriendo a una venganza que no llegará a consumarse nunca.

¿Pero tú qué piensas? ¿Es Álvaro Cunqueiro un autor a reivindicar? ¿Es «Un hombre que se parecía a Orestes» una de las grandes obras de la literatura fantástica maestra del fantástica o es realmente una obra realista con elementos mágico? ¿Quién podría parecerse a Orestes? Deja tus comentarios, recomendaciones y opiniones. Y ya sabes, si te interesa ver más vídeos sobre lecturas que valen la pena: suscríbete. Hay un botón por ahí debajo.

Gracias y hasta la próxima.

Así Empieza es una sección de mi canal donde hablo sobre el comienzo de libros. En este caso, del comienzo de Maupassant y «el otro», de Alberto Savinio.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. Inauguro hoy una nueva sección en el canal. Se llama «Así empieza» y la idea es justo lo que el nombre indica. La verdad es que eso del naming nunca se me ha dado bien, soy excesivamente literal. Tendría que haber consultado a mi amigo Máximo Gavete que es un gran diseñador y sabe de esas cosas…

Pero a lo que iba. Vídeos para hablar de cómo empiezan los libros. Porque mucha gente cree que el final es lo importante. Pero tras una lectura de un montón de páginas, el final es más como una guinda. Es guay que cierre bien el texto y que encaje con todo lo anterior, pero más como una cuestión estructural. Las últimas palabras son importantes, sí, pero…

Pero no tanto como las primeras. El comienzo del libro es el encuentro del lector con el texto y por tanto el principio tiene muchas responsabilidades y tareas por cumplir, que además, debe ejecutar con relativa rapidez. Pocos autores pueden hacer como Umberto Eco en «El nombre de la rosa» y dedicar 100 páginas a empezar.

No, lo normal es tener un párrafo. Dos. Unas pocas páginas a lo sumo.

¿Y qué hace un buen principio? A veces despertar el interés, colocarte en una posición de querer saber más. Otras veces, establecer ya el tono de lo que vas a leer, indicándote qué tipo de libro es, o, en su contrapartida de autor troll, engañarte para hacerte creer que vas a leer otra cosa. A veces el principio te cuenta el final. Y a veces pretende dejar claro cuál es la voz narradora.

Vamos, que hay casi infinitas posibilidades para el comienzo de un libro. Razón por la que hay principios de libros tan famosos.

Pero hay un tipo particular de comienzo que me resulta especialmente fascinante. El comienzo que te enseña a leer el libro. Puede hacer todo lo demás que hace un comienzo, pero además te da instrucciones. Es un comienzo “tutorial”, como en un programa de ordenador, que ofrece una miniversión de lo que será leer el resto del libro.

Y no se me ocurre ningún libro más perfecto para arrancar esta sección que «Maupassant y “el otro”», de Alberto Savinio. Está traducido por José Ramón Monreal y lo publica Acantilado.

Es un ensayo, una especie de biografía del escritor francés Guy de Maupassant. Alberto Savinio fue un escritor y pintor italiano con un estilo, ya veremos, muy particular. Su nombre real era Andrea de Chirico, hermano del más famoso Giorgio de Chirico.

A ver. Guarda roja, guarda roja. Y llegamos al principio del libro. Y lo que encontramos es esta página. Lo que hay es una cita que dice «Maupassant: un verdadero romano Friedrich Nietzsche, Ecce homo»

¿Qué? Maupassant era francés. ¿Qué es eso de que era un verdadero romano? En sentido estricto, todavía no hemos empezado a leer el texto y ya andamos desconcertados.

Por suerte, debajo hay un paréntesis que no explica lo que está pasando. Dice:

«(Los epígrafes se ponen a la cabeza de los escritos para aclarar en muy pocas palabras su contenido: este epígrafe de Nietzsche ilumina tanto mejor la figura de Maupassant cuanto que no se comprende lo que quiere decir).»

¿Cómo? ¿Los epígrafes aclaran y has puesto uno que deliberadamente no aclara nada? ¿Una cita cuya razón de ser es que no se entiende?

En este momento es cuando empezamos a sospechar en qué tipo de libro nos hemos metido. Está claro que Alberto Savinio era un cachondo monumental. Pero también es evidente que no nos está haciendo dar vueltas por nada. Hay un propósito serio detrás de todo esto.

Por cierto, recuerda que estrictamente todavía no hemos empezado a leer el cuerpo del libro. Se supone que el ensayo en sí empieza aquí…

Sin embargo, no hemos acabado con el paréntesis. Hay un numerito al final, un 1, el punto de inicio, un desvío en el camino, como si este libro fue uno de esos de “elige tu propia aventura”. Nos manda a una nota. Por desgracia, en esta edición las notas están al final, así que nos vemos obligados a literalmente saltar.

Aquí, que ya había marcado el punto. Porque eso de las notas al final es el mal…

Lo primero que notamos es que hay muchas notas. Es un ensayo muy corto, pero una buena fracción de las páginas son notas. Además, no son notas cualesquiera. Parecen bastante sustanciales. De hecho, la primera es bastante larga. No la voy a leer entera, pero empieza así:

«Este comentario al epígrafe de Nietzsche no es ni una broma ni una paradoja»

¿Seguuuuro? ¿Hay que fiarse de un autor que afirma no estar bromeando?

Sigo.

«En un país agarrotado por la seriedad como Italia, nunca me abandona la duda de si mis palabras serias serán tomadas por bromas o mis bromas por palabras serias»

Vale. Toda una declaración. Empieza a quedar clara la personalidad de Savinio. A continuación, hay unas líneas indicando que el comentario de Nietzsche ilumina la figura de Maupassant precisamente porque no se sabe qué quiso decir, o incluso si quiso decir algo. Que ilumina la figura por la vía del absurdo. Y nos interpela directamente:

«Pero ¿me entenderá el lector si digo que cuando más se dice es NO DICIENDO NADA?»

Énfasis del autor.

Para añadir:

«La absurda, la inane definición de Nietzsche atrae “en el acto” la atención hacia la figura de Maupassant con más fuerza que una definición exacta, una definición PROFUNDA.»

Énfasis del autor.

Ya está, ya sabemos qué tipo de libro tenemos entre manos. Es evidente que no va a intentar escribir ningún tipo de retrato de Maupassant al uso. Pero por si las moscas, sigue hablando de lo guay que es ver películas habladas en idiomas que no comprende y que de joven intentaba entender lo que había querido decir Nietzsche. Pero ahora es mayor y experto, así que se limita a aceptarla.

«Y así la definición me resulta mucho más clara, impactante e ilustrativa».

En este punto, amigo lector, sabes con total certeza si el libro es para ti o no. Sabes exactamente si esa reflexión por la vía del absurdo, de los incomprensible, te va a interesar o no.

Pero también sabes varias cosas más.

Primero, esto va a estar lleno de digresiones. El autor se va a ir por las ramas, por los cerros de Úbeda o por cualquier metáfora que se te ocurra para desviarse del camino.

Segundo, que llevas leída prácticamente una página entera y el libro TODAVÍA NO HA EMPEZADO. Este va a ser un libro juguetón, que te va a lanzar de un lado para otro. Acaba de empezar y lo primero que ha hecho es explicarte qué tipo de libro es y cómo usarlo. Que vas a tener que ir moviéndote de un lado a otro. No has empezado a leer y ya te ha hecho practicar con una pequeña versión del resto del libro.

Pero el tutorial no ha terminado. Vuelves a la primera página, por fin, y empiezas lo que es el texto en sí y lees:

«Nivasio Dolcemare llegó por primera vez a París…»

¿Cómo? ¿Quién es Nivasio Dolcemare? ¿Este no era un libro sobre Maupassant? ¿Qué está pasando aquí?

Este es el momento de la verdad. Si te ha parecido un comienzo brillante… yo me reí a carcajadas cuando llegué a ese nombre… seguirás leyendo. Si no, el libro no es para ti.

Pero no puedes negar que ha sido transparente desde el primer momento. No solo ha dejado claro desde la primera palabra qué tipo de libro es, sino que ha tenido la cortesía de enseñarte a leerlo, a ir de un lado a otro, a saltar del texto a las notas y de las notas al texto.

Y prácticamente todo eso antes de empezar con lo que es el ensayo en sí.

No se puede pedir mucho más de un principio.

Gracias y hasta la próxima.

Un libro tan relevante hoy como el día que se publicó. En «Cómo acabar con la escritura de las mujeres», Joanna Russ lanza una brillante e inteligente enmienda a la totalidad de la literatura.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. Una gran narradora y una gran ensayista se combinan en un brillante ensayo con un título que se explica solo: «Cómo acabar con la escritura de las mujeres». Joanna Russ lanza una brillante e inteligente enmienda a la totalidad de la literatura.

Lo publican conjuntamente la editorial Dos Bigotes y la editorial Barret con traducción de Gloria Fortún.

Vamos allá.

Que este libro se haya publicado por fin en España me ha producido mucha alegría y también algo de tristeza. Voy a empezar por la alegría y explicaré la tristeza más tarde.

Debí leer este libro por primera vez a principios de los 90. Estaba en la biblioteca de la universidad y en esa época yo leía muchos libros relacionados con la crítica literaria de la ciencia ficción. No me llamó la atención tanto el título como el que estuviese firmado por mi admirada Joanna Russ.

Por supuesto, lo saqué en préstamo, lo leí de un tirón y quedé total y absolutamente asombrado. Varias puertas se me abrieron ese día. Es uno de esos libros con poder transformador.

Joanna Russ fue una mujer tremendamente inteligente y ferozmente comprometida. Dos aspectos que, por supuesto, brillan fulgurantes en este ensayo. Fue también una extraordinaria autora de varias antologías de cuentos y libros como «Picnic en Paraíso», «Las aventuras de Alyx» y esa obra maestra absoluta de la ciencia ficción que es «El hombre hembra».

Pero también dedicó su inteligencia y compromiso a convertirse en una analista brillante de la literatura, capaz de desarmar las coartadas culturales, los supuestos políticos y sociales, las trampas retóricas, con la misma facilidad con la que valoraba la prosa y la estructura narrativa.

La gran suerte para nosotros es que la Joanna Russ narradora y la Joanna Russ analista se combinan portentosamente en este volumen, en «Cómo acabar con la escritura de las mujeres».

Este libro se publicó en 1983. Hace 35 años. A mí me impactó cuando lo leí hará unos 25. Lo que esperaba al releerlo era que hubiese “envejecido”, que toda su fuerza se hubiese disipado, que bien entrado el siglo XXI la situación de la que habla ya no fuese tan relevante.

No podía estar más equivocado.

«Cómo acabar con la escritura de las mujeres» es análisis, repaso y denuncia de todas las técnicas usadas a lo largo del tiempo para negar la autoría de las mujeres. Desde las más burdas, como prohibir a las mujeres escribir, hasta las más sofisticadas como tratar a las mujeres que escriben como anomalías, pasando por otras como valorar las obras de las mujeres con otros baremos, negar que sean arte o simplemente dar a entender que un hombre ayudó a escribirlas. Y cuando todo falla, siempre puedes recurrir a “sí, escribió, pero solo una obra”. Todo el mundo sabe que Mary Shelley solo escribió «Frankenstein», ¿no?

Joanna Russ no siente ni el más mínimo respeto para con esas excusas. Usa su furia, su inteligencia y su habilidad literaria para ir desmontándolas una a una, mostrando que las mujeres siempre han escrito, que las mujeres han escrito tras leer a otras mujeres y que cuando se les valora artísticamente inferiores habitualmente se las está juzgando con criterios diferentes a los hombres.

Así página tras página, poniendo ejemplos continuamente, valorando obras desconocidas, contando una y otra vez cómo ella misma fue engañada, cómo los manuales de literatura, las antologías y el propio canon de grandes obras está deliberadamente construido para excluir a las mujeres.

A las mujeres, y a cualquier grupo que se perciba minoritario.

Porque el libro está hablando de mujeres, de la enorme injusticia de dejar de lado la experiencia de la mitad de la especie humana. Pero como ella misma dice, esos trucos se aplican a cualquier otro grupo que se pretenda dejar de lado. Otras razas, otras culturas, otros estratos sociales. Es siempre lo mismo.

Porque en última instancia, «Cómo acabar con la escritura de las mujeres» es un libro contra el canon, contra la idea de que hay una estructura jerárquica arbórea que coloca a todos los escritores (casi siempre “escritores”, por supuesto) en el puesto fijo que le corresponde a cada uno por derecho, un lugar inmutable y para siempre. Es un libro contra la idea de que hay UNA forma de hacer arte. En realidad, la literatura es más como un rizoma, un conjunto enrevesado, de múltiples voces diferentes, de una miríada de influencias que corren en todos los sentidos, donde el orden jerárquico, el canon, solo puede establecerse a fuerza de excluir.

Es una llamada a apreciar la literatura en toda su exuberante variedad, en toda su multiplicidad, en todas sus innegables mutaciones. Una invitación a salir del pequeño jardín lleno de flores disecadas.

La inteligencia, el humor, la habilidad con la que está contando, lo entretenido que resulta leerlo… «Cómo acabar con la escritura de las mujeres» sigue siendo tan relevante hoy como el día en que se escribió. Todavía excluimos a un grupo u otro, ya sea consciente o inconscientemente. Y Joanna Russ nos conmina a preguntarnos qué estamos haciendo.

Y tras leerlo, por cierto, acabarás con una buena lista de libros por leer. Eso siempre es bueno.

En cuanto a la tristeza…

Me alegra enormemente tener a Joanna Russ de nuevo en las librerías. Pero su literatura no está. Tienes que buscarla de segunda mano. Autores, hombres, muy inferiores a ella se publican continuamente. Mientras tanto, no hay una edición de «El hombre hembra», una de las grandes novelas de la ciencia ficción. Yo espero que «Cómo acabar con la escritura de las mujeres» sirva para empezar a recuperarla.

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Gracias y hasta la próxima.

Un libro de divulgación diferente. «Un ascensor al espacio», de Kelly y Zach Weinersmith. Un repaso a 10 tecnologías emergente con mucho sentido del humor.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. Hacer predicciones es muy complicado, sobre todo si intentas predecir el futuro. Por suerte, Kelly y Zach Weinersmith no tienen miedo, o son unos descerebrados, y a eso se lanzan en «Un ascensor al espacio». Un repaso a diez tecnología que podrían hacer que nuestra vida sea mejor… o mucho peor.

Lo publica Blackie Books con traducción de Pablo Álvarez Ellacuria.

Empecemos.

Este es uno de esos casos donde no sé si empezar explicando qué tipo de libro es o qué tipo de libro NO es. Como no logro decidirme, un poco de contexto.

El título original de «Un ascensor al espacio» es «Soonish», algo así como “prontito” o “más o menos pronto” con un claro tono chistoso. La idea es explorar diez tecnologías que podrían desarrollarse en el futuro cercano y con el potencial de cambiar el mundo. Cada capítulo describe una tecnología, cuenta en qué se está trabajando, da opiniones de los investigadores y comenta posibilidades buenas y malas.

Las tecnologías comentadas son: acceso barato al espacio, minería de asteroides, energía de fusión, materia programable, construcción robotizada, realidad aumentada, biología sintética, medicina de precisión, bioimpresión y conexiones cerebro-ordenador.

La combinación de lo chistoso y lo científico no es de extrañar porque es obra de los Weinersmith. Kelly Weinersmith es investigadora especializada en parásitos.

Zach Weinersmithes el creador de SMBC, un webcomic que continuamente hace chistes sobre ciencia y tecnología. En ocasiones chiste relativos a aspectos muy rebuscados de la ciencia y la tecnología. Te lo recomiendo si te gusta mucho el humor infantil sobre tau o redes neuronales. Zack es tu hombre… Hasta tengo una cosa suya enmarcada.

Vale. ¿Qué no es?

No es un libro que pretenda tratar ciertas tecnologías en profundidad. Si alguna de las tecnologías comentadas te llama la atención, hay una larga bibliografía al final y en el texto se mencionan muchos científicos que luego puedes ir a buscar a Google.

No, la intención del libro es presentar posibles tecnologías, invenciones y desarrollos concebibles, porque alguien está trabajando en ellos. Cosas que podrían llegar a ser realidad en las próximas dos o tres décadas.

Tampoco es un libro de esos hiperoptimistas y entusiastas del desarrollo tecnológico. De esos títulos que asumen que la tecnología solo puede hacer que nuestra vida sea mejor.

«Un ascensor al espacio» siente entusiasmo e interés por la tecnología, pero su subtítulo en inglés es: “Ten Emerging Technologies That'll Improve and/or Ruin Everything”. Cuando es necesario, los autores no vacilan en indicar no solo los peligros de algunas de esas tecnologías sino directamente indicar que podrían estar limitados a los muy ricos.

En el caso del vuelo espacial barato, señalan que podría provocar graves problemas mendioambientales o se muestran pesimistas con la idea de que la minería espacial llegue a ser rentable. ¿Y qué hay de las patentes sobre órganos artificiales? Por otra parte, tendemos a convertir en enfermedad y tratar con medicinas lo que no nos gusta, por lo tanto, cuando podamos cambiar el funcionamiento del cerebro, ¿acabaremos considerando comportamiento triviales como problemas médicos?

Tampoco es un libro que plantee que todo eso va a pasar de verdad. Es muy realistas en las posibilidades y aunque haya gente trabajando en la construcción de un ascensor espacial, también destacan todos los posibles obstáculos que muy previsiblemente hagan imposible su construcción.

Es un libro lleno de bromas y chistes, complementado con dibujos cómicos de Zach Weinersmith. Habitualmente, bromean sobre el contenido del propio texto, en ocasiones a varias páginas de distancia. Y alguna vez se las arreglan para hacer una observación muy seria en forma de broma.

Por supuesto, dependiendo de tu nivel de tolerancia, la cantidad de chistes puede ser excesiva. A mí me pareció bastante equilibrado con la seriedad de lo que cuentan y agradecí los momentos de carcajadas. Pero vamos, yo en el coche en lugar de música escucho monólogos cómicos.

Algo que no vacilan en hacer es irse por la tangente si lo consideran necesario. De hecho, algunos de los mejores momentos del libro son así. Como cuando cuentan la fascinante historia de Gerald Bull, el hombre que quería lanzar cohetes a cañonazos y acabó convertido en fabricante de armas.

«Un ascensor al espacio» es un libro de divulgación diferente, extremadamente ameno, que sin embargo no quiere sacrificar el fundamento de lo que cuenta. De un tema sabrás mucho y de otros descubrirás algún aspecto nuevo. Cumple de sobra con esa máxima tan antigua de instruir deleitando. Si te gusta la divulgación…

Hay dos aspectos del libro que aprecio especialmente. Que creo que demuestran que tras las chanzas hay mucha seriedad.

Uno es el que ya he comentado, la disposición a decir cuando el avance tecnológico ha causado enormes problemas o directamente se ha empleado para aplastar a los desfavorecidos. A veces tratamos la tecnología como buena en sí mismo o, peor, neutral. Es bueno recordar de vez en cuando que el avance tecnológico es algo que se debe cuestionar, criticar y examinar.

El otro es el capítulo final, el 12, que me pareció absolutamente maravilloso. Es un cementerio de capítulos perdidos. Temas que se podrían haber tratado en el libro. O eran temas demasiado complejos, o las tecnologías no estaban claras o directamente se solapaban con algún otro. Por ejemplo, muy sabiamente en ese capítulo yace la computación cuántica.

Por cierto, las notas al pie están donde deben. A pie de página… Gracias, Blackie Books por dejarme simplemente bajar la vista para leer las notas, levantar los ojos y seguir leyendo. Eso sí que es un avance…

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Parentesco, de Octavia E. Butler

Octavia E. Butler fue una extraordinaria escritora. «Parentesco» es su magistral novela sobre viajes en tiempo y la esclavitud.

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Hola. Una extraordinaria novela de una de las grandes escritoras que examina sin miramientos la naturaleza corrupta e inhumana de todo un sistema: la esclavitud en el sur de Estados Unidos. Se trata de «Parentesco», de Octavia E. Butler.

Lo publica Capitán Swing con traducción de Amelia Pérez de Villar.

Dana viaja en el tiempo. Al estado de Maryland, a principios del siglo XIX. Va siempre a ayudar a un lejano antepasado, Rufus, cada vez que este se encuentra en una situación de vida o muerte. Dana se siente en obligación de ayudarle, porque si muere antes de dejar descendencia, todo su futuro desaparecerá.

Dana, por cierto, es de raza negra y está viajando a un lugar donde ser negro sin papeles es automáticamente ser un esclavo. Y Rufus es primero heredero de una plantación y más tarde el amo de los antepasados de Dana.

Octavia Butler fue una extraordinaria escritora especializada en ciencia ficción. Una mujer muy consciente de su raza y su sexo, lo que le permitía adoptar un punto de vista que dotaba a sus ficciones de una fuerza e importancia singulares. Y «Parentesco» es su gran novela.

El viaje en el tiempo en este caso no es más que un recurso. Nunca se explica por qué se produce o cómo las circunstancias de Rufus tienen la capacidad de invocar a Dana. Lo único importante es que en el presente de la protagonista, un 1976 algo más idealizado de lo que debió ser en realidad, pasan horas o días entre viajes, mientras que en el pasado transcurren meses o años.

Por cierto, no por casualidad 1976 fue el bicentenario de Estados Unidos.

Con esa mecánica del viaje, Dana encuentra a Rufus por primera vez cuando es un niño pequeño, y a lo largo de los viajes al pasado lo va encontrando cada vez mayor, hasta verlo convertido en el brutal dueño de la plantación. Amo y señor de la vida de muchos seres humanos. Es el mecanismo que permite a Octavia Butler ir mostrando el proceso que convierte a un niño en un adulto sádico. Para creciente horror de Dana que va planteándose si preservar su futuro es más importante que el dolor que Rufus está causando.

Pero no hay nada que hacer. Esa es la clave fundamental de la novela.

Octavia Butler contrasta continuamente una época y otra. En el pasado las heridas no importan nada, pero en el presente, las heridas de Dana llaman la atención de la policía que se plantea si su marido, Kevin, no será el responsable.

Octavia Butler también examina la supervivencia de una persona moderna, lo que en el pasado se considera una negra blanca, en un mundo hostil donde cualquier situación puede volverse mortal. Así mismo, queda en evidencia que no es lo mismo ser un esclavo negro que una esclava negra. El nivel de brutalidad recibido es el mismo, pero se manifiesta de formas diferentes.

Rufus es un personaje complejo por lo que tiene de trágico. Es, ciertamente, un adulto brutal, controlado por enormes sentimientos de inferioridad, sobre todo con Dana, y que solo puede manifestar un amor egoísta. Los castigos no son necesariamente más brutales al final que el principio, pero Octavia Butler aprovecha muy bien el hecho de que hacia el final la violencia la ejerce un personaje que los lectores conocimos como un niño pequeño.

Por supuesto, Dana es consciente del pasado de su país y lo que sucedía durante la esclavitud. Pero la novela deja claro que una cosa es saberlo intelectualmente y otra muy diferente experimentarlo. Lanzada a una situación extraña y muy ajena, Dana se enfrenta a lo que para ella es una sociedad totalmente alienígena. Los trabajos precarios del presente no se pueden comparar con las labores de un esclavo.

Pero «Parentesco» es algo más que un análisis de la sociedad de la época y sus efectos sobre mentes y cuerpos de personas concretas. No es solo el análisis de un personaje que se va degradando. Ni la narración magistral de cómo Dana se enfrenta a ese mundo. Lo que eleva la novela es una enorme consciencia de cuál es la naturaleza de ese mal en particular y lo limitados que están los individuos para cambiarlo.

El problema es que resulta muy fácil ir aceptando la lógica de ese mundo, como la protagonista descubre como horror. No dejarse llevar, no adoptar la mentalidad de esclavo es un proceso continuo que requiere enormes esfuerzos.

Cuando Kevin viaja al pasado, su situación es diferente, pero casi igualmente limitada. Porque no te he contado que Kevin es blanco, casado con una mujer negra, algo impensable en ese pasado. Por tanto, su relación, a ojos del mundo, pasa a ser la de amo y esclava. Pero ser un hombre blanco en un estado esclavista le dota automáticamente de enormes privilegios que su mujer no tiene.

Intenta ayudar, por supuesto, y en su tiempo en el pasado coopera con la huida de esclavos. Pero hay un límite a lo que una persona individual puede hacer. Su margen de actuación es muy estrecho.

Porque verás, la novela insiste una y otra vez en que el mal que está mostrando es social, es parte del sistema. Si Rufus puede crecer para convertirse en un sádico es porque eso es lo que se espera de él. Si puede hacer lo que hace es precisamente porque la sociedad se lo permite. Si puede vender y comprar seres humanos y separar familias es porque esos son los derechos que la sociedad le otorga.

Y es esa misma mentalidad, esa misma presión continua, la que moldea la mente de los esclavos. El sistema impone su lógica y ningún individuo puede romperla. Solo la sociedad puede transformar la sociedad.

Como he dicho, «Parentesco» es una novela extraordinaria. Octavia Butler pinta un retrato estremecedor de todo un sistema y fuerza a una persona del presente a enfrentarse a él, a conocer su funcionamiento interno, a comprender cómo podía persistir. Dana debe responder a muchas preguntas. La más importante, ¿es correcto seguir preservando a su antepasado?

¿Pero qué piensas tú? ¿Has leído a Octavia Butler? ¿Te fastidia que sus libros no estén todos disponibles en las librerías? A mí sí. Deja tus opiniones, comentarios y recomendaciones. Y recuerda, si te interesa ver más vídeos sobre lecturas que valen la pena, ya sabes: suscríbete. Hay un botón por ahí debajo.

Gracias y hasta la próxima.

La fascinante cultura japonesa vista a través de 50 películas. Eso es lo que ofrece Carolina Plou en «Bajo los cerezos en flor». Una aproximación singular y muy interesante. Géneros como jidaigeki, kaiju o el anime.

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Hola. ¿Cuánto podemos saber sobre una cultura a partir de lo que ella misma dice o lo que otros dicen? Pues examinándolo con atención, posiblemente mucho. Y con esa idea, Carolina Plou nos invita a acercarnos a Japón y su cultura a través de 50 películas. Es «Bajo los cerezos en flor».

Lo publica Editorial OUC.

Exploremos.

«Bajo los cerezos en flor», es un libro bien curioso. Ocupa un espacio ciertamente imprevisible, colándose en el hueco que hay entre un complejo libro de estudio sobre la cultura japonesa y una simple lista de 50 películas. En ese aspecto es ideal si quieres ir un poco más allá de lo habitual en lo que a cultura japonesa se refiere sin querer empantanarte en un estudio académico o sencillamente si quieres complementar lo que ya sabes.

De hecho, no dudo que «Bajo los cerezos en flor» podrá descubrirte aspectos de Japón y la cultura japonesa que no conocías y bien podría servir como punto de partida para seguir explorando.

Carolina Plou es licenciada en historia del arte especializada en arte japonés, por lo que está más que cualificada para escribir un libro así, aportando análisis y conocimientos. Es más, el libro se cierra con una muy interesante circularidad que da para reflexionar una vez que has terminado de leerlo. Más tarde lo comento.

Como dije antes, no es una simple lista de 50 películas. Hay varias sorpresas. La primera, es que no todas las películas son japonesas. La mayoría lo son, pero también hay americanas, coreanas, españolas… La segunda sorpresa es que las películas no están ordenadas por su año de producción, sino por la época histórica en la que transcurre la acción. La primera película es «Los tres tesoros», que narra el origen del mundo y con él el de Japón, y la última «Akira», que transcurre en el futuro Neo-Tokio.

Las dos sorpresas se desvanecen en cuanto comprendes que la intención del libro es intentar dar una imagen de cómo los japoneses se ven a sí mismos, de cómo ven el mundo más allá de las fronteras de su país y de cómo el resto del mundo los ve a ellos, con los consiguientes cruces e influencias culturales. El orden elegido ayuda además a que cada texto breve, unas tres páginas por película, se apoye en el anterior y pueda proyectarse hacia el futuro.

Y el resultado es excelente.

La autora aprovecha muy bien cada película. En ocasiones comenta la película en sí, a veces el contexto histórico en que se realizó, otras veces la época en la que transcurre, también su importancia fuera de la pantalla o el simple hecho de que la película en sí exista, como sucede en el caso de las coproducciones. Hay muchas grandes películas en la lista, pero también algunas que no lo son tanto pero que sirven para ilustrar algún aspecto que considera fundamental.

Por ejemplo.

«El bárbaro y la geisha» le permite comentar la historia de Japón. «El último samurai» para tratar las tensiones de la era Meiji y la persistencia de estereotipos hasta el siglo XXI. «El rito de amor y de muerte» para contextualizar a Mishima en cierta tradición japonesa. En el caso de «Seven Weeks», destaca los aspectos artísticos y experimentales de la película. El pánico nuclear está representado por «Godzilla, Japón bajo el terror del monstruo», por supuesto, para reaparecer más recientemente en «The Land of Hope». La larga serie de películas de Tora-san comenta los cambios en el paisaje urbano. «Lost in Translation» permite explorar Tokio como un tercer personaje que tiene su propio arco en la película. Y la curiosísima «Thermae Romae» es un llamativo ejemplo de Japón mirando a la antigua Roma desde un aspecto que para nosotros no podría ser más japonés: los baños. El sincretismo japonés en «La balada de Narayama» o el cambio en la percepción de los fantasmas en «Historia de fantasmas de Yotsuya». La relación con Corea con «The Admiral: Roaring Currents». «La princesa Mononoke» propicia un comentario sobre los pueblos antiguos de Japón, mientras que «Kubo y las dos cuerdas» es el ejemplo perfecto de influencia cultural de Japón en Occidente.

Y así sucesivamente, con todas las películas. Aprovechando muy bien el espacio disponible, especialmente considerando que el libro apenas supera las 200 páginas. Ofreciendo muchos apuntes culturales que se van sumando a medida que pasa de una película a otra. Y logra cerrar el libro muy satisfactoriamente comparando el japonismo, la pasión por Japón, del siglo XIX, con el neojaponismo de nuestro presente, desde el punto de vista de las formas artísticas más populares en cada caso.

Personalmente, he aprendido muchas cosas leyendo este libro. Empecé con cierto escepticismo, pero el formato y la calidad de los comentarios me ganaron al final. Así mismo, me quedo con una lista enorme de películas para ver. Unos ejemplos son: «Vida de Oharu, mujer galante», «Hara-kiri», «Scabbard Samurai», «Zatoichi», «La isla de Giovanni», «Los niños de Hiroshima», «El ahorcamiento» o «Despedidas».

Y algún descubrimiento francamente curioso. Como el mediometraje «El cartero de Alpartir», que puedes ver en YouTube. Una joven japonesa decide ingresar en un convento de clausura en España y los habitantes de Alpartir se vuelca en cumplir su sueño. Luego, el cartero del pueblo viaja a Japón a entregar a los padres de la joven las cartas y postales con mensajes de acogida enviadas desde todo el país. Una historia bien curiosa que se dramatiza en ese mediometraje. Como dice Carolina Plou, es una película interesante como reflejo del contexto social en dos países que en ese momento se estaban recuperando económicamente.

¿Pero tú qué piensas? ¿Te parece una buena forma de aproximarse a la cultura de otro país? Deja tus opiniones, comentarios y recomendaciones. Y recuerda, si te interesa ver más vídeos sobre lecturas que valen la pena, ya sabes: suscríbete. Hay un botón por ahí debajo.

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El regreso de Haruki Murakami a la novela larga: La muerte del comendador (Libro 1). Una apasionante y enigmática historia sobre arte, soledad, responsabilidad personal y pozos en el jardín…

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Hola. Un mundo extraño, enigmático, irreal, vacío. ¿Un hombre sin rostro que pide que pinten su retrato? ¿Un personaje que sale de un cuadro? ¿Una campanilla que suena en la noche? Tienes suerte, «Matar al comendador» te lleva de regreso al universo de Haruki Murakami, en una reflexión sobre el arte, la responsabilidad, la soledad, el tiempo y la transformación.

La publica Tusquets Editores con traducción de Fernando Cordobés y Yoko Ogihara.

Venga, vamos, que hay pozos por explorar.

Antes de empezar, este es el libro 1 de 2. El siguiente volumen se publicará traducido a principios de 2019. Por tanto, por ahora hay que leerlo como si esto fuese todo y preguntarse qué tipo de libro es y cómo encaja en la obra de Murakami.

Pues bien, «La muerte del comendador» es fascinante, reflexiva, y deliciosamente extraña, con ese punto surrealista que uno nunca sabe por dónde va a salir. Es Murakami en plena forma, explorando muchas de sus constantes y también metiéndose en territorios nuevos. Tras unos primeros capítulos que muestran con maestría la desintegración de un matrimonio, se adentra en una historia de metamorfosis y regeneración. Cubre además una enorme variedad de tema que se entretejen y se reflejan entre sí. Como se entretejen y se reflejan entre sí la mayoría de los personajes. Manifiesta alguno de los tics molestos de Murakami, pero pasan bastante desapercibidos en el conjunto.

No me puedo resistir. Esta es mi oportunidad. Hablemos de todo eso…

Un poquito del argumento.

Un prestigioso pintor de retratos, de 36 años, sin nombre en la historia, se lanza a un vagabundeo por el norte de Japón cuando su mujer anuncia que quiere divorciarse. A pesar de tener un amante, la mujer tomó la decisión por un sueño que tuvo.

Nuestro vagabundo acaba recalando en Odawara, en la casa del que fuera un famoso pintor de pintura tradicional japonesa, Tomohiko Amada, ahora un señor de 92 años ingresado por demencia senil. La casa se la ha prestado un amigo de la facultad de Bella Artes, hijo del famoso pintor. Es una casa llena de discos de ópera en la que destaca poderosamente la ausencia de cualquier cuadro.

Vale, hay un cuadro. Que descubre un día en el desván, envuelto y bien guardado, lejos de la vista de cualquiera. El cuadro se llama «La muerte del comendador».

Si estás familiarizado con Murakami ya habrás pillado algunos elementos habituales. El personaje carece de nombre y es narrador en primera persona de la historia, porque esta es ante todo su historia personal. Lo del personaje sin hombre es algo que Murakami hacía en sus primeras novelas y que recupera en esta.

Pero en japonés hay varias formas de referirse a uno mismo y Murakami usa dos de ellas. En la serie de novelas del Rata, el yo que habla es “boku”, que normalmente se usa para hombres. En «El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas», el narrador se refiere a sí mismo como “watashi”, que es más formal. Y ese “watashi” es el que conecta esta novela con el febril mundo inconsciente de «Un despiadado país de las maravillas».

Pero hay un par de variaciones.

También suele ser habitual que el protagonista de Murakami despierte de una especie de impasse, siendo ese “despertar” el punto de partida que impulsa la trama de la novela. Pero en «La muerte del comendador», al menos en este primer libro, lo que se cuenta es la historia de ese impasse, de ese largo paréntesis que dura 9 meses. Eso es prácticamente lo primero que se nos dice, antes de revelarnos, también desde el principio, que volverá con su mujer. La novela está contando ese angosto desfiladero. Un poco como sucedía en «Tokio Blues», donde ya sabíamos al empezar que el narrador sobreviviría a la historia.

Y elucubra como te apetezca con el hecho de que el proceso lleve nueve meses. Yo no me voy a meter.

También es normal que Murakami arranque con la mayor de las cotidianidades, estableciendo un entorno muy realista antes de saltar a la parte más extraña y fantástica. No aquí. Todo lo que he contado viene después de un breve prólogo donde se plantea un curioso desafío. Una entidad sin rostro le pide al narrador que pinte su retrato. ¿Cómo pintar el retrato de alguien que no tiene rostro? El protagonista tiene la rara habilidad de fijarse continuamente en las caras y recordarlas, para usarlas como puerta de acceso a la subjetividad de cada uno. ¿Pero sin cara…?

El resto de lo que se cuenta es bastante cotidiano, y los elementos más extraños podrían fácilmente interpretarse como alucinaciones o engaños deliberados. Tanto es así que aún sabiendo que no es ese tipo de novela, casi se podría leer como el relato de un desconcertante trastorno psicológico.

El protagonista ha perdido todas las ganas de pintar y pasa el día dando clase y enrollándose con mujeres casadas, más listas que él. También nos cuenta su vida. Nos habla de su hermana, Komichi, que murió a los doce años por un problema de corazón y lo mucho que la vio reflejada en Yozu, su mujer, y luego en una adolescente de trece años que aparece en medio de la novela. Adolescente que podría ser o no ser la hija de Wataru Menshiki, un misterioso millonario que vive solo en una lujosa casa al otro lado del valle. Millonario que es una especie de versión de Gatsby y que un día insiste en que el famoso retratista le pinte a él. A watashi no le apetece nada hacerlo, pero paga muy bien. La única condición es posar para el cuadro, aunque nuestro artista siempre ha trabajado de memoria.

Y está el cuadro del desván.

El cuadro llamado «La muerte del comendador» resulta ser una escena violenta que parece representar la parte de la ópera «Don Giovanni», cuando el protagonista epónimo mata al comendador. Pero trasladada a la era Asuka, allá por el siglo VII. Es un cuadro extraño, porque hay sangre y violencia, y una incongruente cabeza que asome por una trampilla del suelo, cuando a Amada lo que le gustaba eran las escenas tranquilas y armoniosas ambientadas en la historia antigua del país.

Aunque no siempre fue así. De hecho, de 1936 a 1939 vivió en Viena con la intención de dedicarse a la pintura europea. Pero algo sucedió y tuvo que huir de Europa. ¿Perseguido por los nazis? ¿Se involucró en algún grupo de resistencia? Sea como sea, regresó a Japón y reapareció como pintor tradicional.

Curiosamente, watashi empezó pintando abstracto en la facultad, porque era lo que le gustaba. Se puso a pintar retratos porque daba dinero. Y la verdad es que tiene mucho talento para ello, porque sabe pintar lo que hay bajo la piel de las personas, sabe pintar vidas y no rostros. Impulsado por Wataru Menshiki, redescubre su interés por la pintura, pero con un estilo cambiado, diferente, una metamorfosis del anterior. Menos pecuniario, digamos. Menos mueble.

Tampoco es la primera vez que Murakami hace comentarios políticos. «La caza del carnero salvaje» no es más que una larga crítica al pasado bélico de su país y tanto «Baila, baila, baila» como «Al sur de la frontera, al oeste del sol» contienen muchas referencias a todo lo negativo del crecimiento económico de Japón. Pero rara vez se remonta tanto en el tiempo, rara vez lo conecta tan explícitamente con la historia antigua de Japón.

Y rara vez hace referencias tan explícitas a la literatura de su país. Ya he comentado los ecos de «El gran Gatsby», que queda puramente al nivel de lo que lector puede apreciar y la hermana Kamichi está conectada con Alicia. Pero explícitamente se menciona a Ueda Akinari y su libro «Cuentos de lluvia de primavera», y más adelante a Ōgai Mori y su «La familia Abe». Es más, los propios personajes comentan las similitudes entre la historia de Akinari “El lazo de las dos vidas” y lo que está sucediendo en la trama de la novela. Es como si el propio Murakami estuviese reclamando el sitio que le corresponde en la tradición literaria de Japón.

Es más, ese cuento —que es una crítica despiadadamente satírica de la religión— le deja camino para hacer referencias al budismo, sobre todo a una práctica ascética extrema que permitía la momificación en vida para seguir meditando durante la eternidad. E inevitablemente algunos personajes manifiestan rasgos monacales. El misterioso Wataru Menshiki posee el autocontrol que la cultura popular atribuye a un monje zen. Y watashi es un personaje pasivo no porque se esté dejando llevar por la depresión como el boku en «Baila, baila, baila», sino porque ha decidido entregarse al flujo de la existencia y participar en lo que sea que la vida arroje frente a él.

De hecho, Menshiki y watashi se presentan explícitamente como dobles e inversiones uno del otro, hasta el punto de que Menshiki vive en la diagonal de la casa de Tomohiko Amada. Se establece una complicidad entre ellos que no es fruto de entenderse, porque Menshiki prácticamente no cuenta nada de su pasado, sino que nace de una especie de sintonía o predestinación.

El humor de esta novela es divertido y grotesco, en ocasiones combinado con la crítica. No es de extrañar si recuerdas que «Don Giovanni», a pesar de sus tragedias, es una ópera bufa que no vacila en rimar “Plutón” con “bribón”. En el caso de Murakami, uno de los personajes sale del cuadro y lo hace con el mismo tamaño que tiene en la pintura. Solo el protagonista puede verle, detalle que no impide que lo inviten a cenar. Luego ese mismo personaje de un poco más de medio metro explica que se trata de una idea y que haber adoptado otra forma podría haber violado alguna marca registrada. De igual manera, en uno de los momentos más divertidos, el protagonista descubre que sus cuadros, a efectos fiscales, son considerados muebles de oficina.

En última instancia, el gran tema de este libro es la creación artística. No es vano este primer volumen se titula “Una idea hecha realidad”. Un juego más entre la trama y el tema, porque es evidente que en la narración hay ideas manifestándose y que algunas más están llamando a la puerta.

Hubiese sido demasiado fácil haber puesto a un escritor, así que Murakami recurre a un pintor, alguien que también vive a medio camino, que en su proceso de reflexión encuentra una forma de pintar que no es las de una escuela determinada. Es difícil no ver el camino de watashi como el del propio Murakami.

El arte en esta novela, que se aprovecha de la incapacidad para definir la pintura japonesa, no es tanto crear como revelar lo que ya existe, conectar con ese mundo que hay ahí al lado. Ese mundo de ideas estremeciéndose y deseando nacer, ansiando existir. Se da a entender que algunos personajes ya son conscientes de ese mundo y pueden acceder a él, pero al artista solo le queda usar la pluma o el pincel.

El arte es insinuación y metáfora, es dar con conexiones extraña y en cierto modo inexplicables, como las que en la mente de watashi unen a Yozu y a Komichi. El arte es una búsqueda de la verdad que a veces conduce a la soledad. En ocasiones es tropezar con lo siniestro, aunque uno buscase lo armonioso. El arte, al menos en esta novela, es provocar un cambio de perspectiva que lo transforma todo. Es el arte un espejo en el que no sabíamos que podíamos mirarnos.

Pintar es entender. Y watashi es un personaje con ese inefable poder.

El ritmo es ligeramente diferente. Parece un Murakami habitual, pero no lo es. Hay un cambio sutil en la longitud de la escenas, una mesura cuidada, una cadencia buscada deliberadamente, una breve aceleración episódica que dota a la narración de una música particular, un pulso extraño y sutil, como si la novela en sí fuese el fluir que controla la vida de watashi en la casa, esa corriente de acontecimientos en la que se deja flotar.

Es difícil hacer predicciones, pero si el segundo volumen mantiene el nivel de este, no dudo que «La muerte del comendador» pueda pasar a mi ranking personal de las mejores obras de Murakami. Disfruté enormemente de su lectura, mi ejemplar está lleno de post-its con notas y es seguro que la releeré. Si crees que este vídeo ha sido largo, no sabes lo que me he tenido que controlar para que no lo fuese todavía más. La de notas que se me han quedado en el suelo. Son después de todo más de 400 páginas llenas de ideas y temas que darían para muchos análisis.

El narrador innominado es uno de los mejores creados por Murakami y su relación con Wataru Menshiki me encanta. Y eso sin mencionar la presencia fantasmal de Tomohiko Amada y su estremecedor cuadro.

Y tú, ¿piensas leer este libro? ¿Eres lector de Murakami? ¿Cuál de sus libros es tu preferido? Deja tus comentarios, opiniones y consejos. Y recuerda, si te interesa ver más vídeos sobre lecturas que valen la pena, ya sabes: suscríbete. Hay un botón por ahí debajo.

Gracias y hasta la próxima.

Sobre la lectura, de Steve McCurry

En Sobre la lectura, Steve McCurry reúne una serie de extraordinaria fotografías alrededor del tema de la lectura.

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TRANSCRIPCIÓN

Hola. Para muchos de nosotros, la lectura es una actividad intelectual. Algo que hacen los cerebros, absorbiendo directamente y casi por arte de magia el contenido de las grandes obras. Pero este maravilloso libro de fotografías, Sobre la lectura, de Steve McCurry, nos recuerda que la lectura es ante todo una forma de estar en el mundo.

Lo publica Phaidon Press.

Veamos.

Si no sabes quién es Steve McCurry, no te preocupes, yo tampoco lo sabía. Por suerte, tengo a mi amigo David, del canal David García Pérez Fotografía, al que pido consejo cuando quiero hacer algo diferente con mi cámara. Le pregunté si sabía quién era, él me miró raro y me lo dijo. Resulta que aunque no sepas quién es, es muy probable que hayas visto al menos una foto suya.

Pues bien, a lo que íbamos. Sobre la lectura es un libro de fotografías tomadas en todo el mundo. Desde Brasil hasta Italia. Desde Rusia hasta Afganistan. Desde Marruecos hasta Birmania. Todas muestran la lectura. Vamos, por donde ha pasado ese hombre ha hecho una foto con ese tema. Se completa con un prólogo de Paul Theroux que a mí francamente no me ha dicho nada. Se centra demasiado en la lectura como actividad intelectual, como un paso más de la apreciación de la gran literatura.

Pero esto son fotos. Fotos tomadas por un hombre que sabe captar el momento, que sabe congelar el tiempo. Y lo que muestran es sobre todo la lectura como una postura del cuerpo, como un acto físico, como una ocupación del espacio real. Lecturas en lugares concretos, con un fin concreto, con una actitud concreta. Lecturas reales.

Ya sea una hierática estatua, leer mientras esperas, la pose dinámica de alguien que cuelga de una escalera tras encontrar el libro que buscaba y que se ha puesto a leer sin molestarse en bajar.

El aula, el transporte público, la quietud del parque, la intimidad del hogar, el bullicio de la calle, el estruendo de la fábrica, el recogimiento monacal del museo.

De pie, sentado sobre la primera superficie disponible, apoyado contra un elefante, tendido, recostado o en posiciones inverosímiles. Solo o acompañado. Leer periódicos, libros, cómics… incluso estatuas.

Leer por devoción, para aprender, para informarse, por desafío, por entretenimiento, para estudiar. Y escuchar leer para compartir.

Leer para pasar el tiempo. Leer para evitar que el tiempo pase más rápido.

Y eso es lo que revelan estas fotografías extraordinarias. Leer como algo que hacen cuerpos, como una actividad que se manifiesta físicamente. Y algo más.

Como toda actividad que requiere concentración, la lectura implica un cierto grado de confianza y seguridad. Abandonas momentáneamente el mundo que te rodea, convencido de que en los minutos posteriores no te pasará nada. Y eso es lo que manifiestan muchas de la fotografías. Incluso las que dan a entender un trasfondo violento o un pasado trágico, revelan claramente esa tranquilidad fundamental, ese rendirse brevemente, un momento quizá pasajero de alegría, asombro o entendimiento que la fotografía de Steve MCCurry ha preservado.

¿Pero tú qué opinas? ¿Es la lectura una actividad intelectual o un acto físico? Deja tus comentarios, opiniones y recomendaciones.

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Gracias y hasta la próxima.

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